Del lado de todo
aquello que un hombre
encuentra en su camino,
y ya se sabe, hay que cuidar la hierba,
también la que aplastan las botas,
la que crece obstinada
entre una bala y el silencio.
La hierba no conoce los nombres,
no sabe distinguir
al santo del culpable.
Bebe la misma lluvia
sobre las manos de quien se marcha
y sobre las manos de quien se queda.
Y quizá el diálogo comienza precisamente allí,
cuando se quita la máscara
y el hombre es. No el retrato.
Es hijo de su tiempo,
que ha aprendido a transformar
en icono los pasos que preceden
a los papeles asignados:
médico, combatiente,
soñador, héroe,
compañero afectuoso
y destructor de sí mismo
cuando se mide
con su propia conciencia.
Algunos héroes son muy discutidos.
Llegan incluso a ser llamados asesinos,
protagonistas de empresas
altas y temerarias,
mentes de ejecuciones
de las cuales quizá
ni siquiera tenían conocimiento.
El héroe a menudo no paga
la estatua que otros levantan.
Pero el héroe sabe
que su aparición
no le ofrece una aventura gloriosa,
sabe que el fuego siempre tiene dos caras:
ilumina el rostro y quema la mano.
El hombre, antes de ser héroe,
no ignora que los héroes no engañan
cuando se trata del riesgo,
de la pérdida,
de ese daño
que anida en el sueño
cuando el sueño pretende
convertirse en utopía.
Pero los héroes no prevén,
y cuando su historia
es contada por los disidentes,
por los rivales, por los vencedores y los vencidos,
no saben dónde recoger la reputación
cuando la índole de todo se contamina.
La boca añade una noche,
memoria que borra la luz,
bandera que recoge sangre.
Y tú lo sabías, Comandante,
Ché Guevara, lo sabías.
El 8 de octubre la Quebrada del Yuro
se hizo estrecha como una garganta.
La montaña guardó
el ruido de los disparos. Tú estabas herido,
y el camino que tenías delante
se hizo de pronto
más pequeño que la vida
depositada en aquella escuela,
donde, en pupitres vacíos,
antes de morir,
todavía aprendiste,
leyendo la última página.
Tú lo aprendiste,
parpadeaste
y ya era muerte.
Pero ¿qué es la muerte?
¿Es acaso una puerta
que nadie recuerda haber construido?
¿Es el nombre que damos
al momento en que el cuerpo
ya no consigue seguir el sueño?
La muerte vino a buscarte
en una pequeña habitación,
pero no consiguió llevarse
todo lo que habías dejado
en el mundo.
Parpadeaste
y ya era muerte.
Quizá la buena muerte
sea poner la vida
dentro de un frasco de cerveza
y llenar el frasco de escorpiones,
para que nadie
meta allí la mano,
pero esa no es la tuya.
En tu muerte el mundo
puso muchas manos
y crecieron historias,
algunas verdaderas y otras falsas.
***
Yuleisy Cruz Lezcano. (Cuba, 1973). Radica en Marzabotto, Bolonia. Emigró a Italia a la edad de 18 años. Realizó sus estudios profesionales en la Universidad de Bolonia, donde consiguió el título en Ciencias de la enfermería y obstetricia. Cuenta además con un segundo título en Ciencias biológicas. Trabaja en la salud pública. En su tiempo libre ama dedicarse a la poesía, la narrativa, la pintura y la escultura. Ha publicado los siguientes títulos: Pensieri trasognati per un sogno (2013), Fra distruzione e rinascita: la vita (2014), Diario di una ipocrita (2014), Vita su un ponte di legno (2014), Cuori Attorno a una favola (2014), Tracce di semi sonori con i colori della vita (2014), Sensi da sfogliare (2014), Piccoli fermioni d’amore (2015), Due amanti noi (2015), Credibili incertezze (2016), Frammenti di sole e nebbia sull’Appennino (2016), Soffio di anime erranti (2017), Fotogrammi di confine (2017), Tristano e Isotta. La storia si ripete (2018), Inventario delle cose perdute (2018), Demamah: il signore del deserto – Demamah: el señor del desierto (2019), L’infanzia dell’erba (2021) y Doble acento para un naufragio – Duplo sotaque para um naufrágio (2023).

