Un teléfono en las manos de un adolescente puede ser herramienta de estudio, entretenimiento, espacio de convivencia y también una puerta abierta durante prácticamente todo el día. Mientras la pantalla reclama atención, su cerebro continúa desarrollando capacidades para controlar impulsos, valorar riesgos y tomar decisiones.
Sobre esa relación entre tecnología y desarrollo cerebral giró la conferencia “Digitalidad y su impacto en la salud mental en niñas, niños y adolescentes”, impartida por la doctora María Elena Medina-Mora, integrante de El Colegio Nacional, durante el Foro de Salud Mental de la Universidad Autónoma de Ciudad Juárez.
“Estamos hablando del bienestar, estamos hablando de la salud mental de todos, profesores, alumnos, trabajadores, y eso no se había dado”, dijo.
La discusión nacional sobre pantallas fue impulsada hace dos meses por la presidenta Claudia Sheinbaum, quien propuso analizar sus efectos en niñas, niños y adolescentes. El debate ha incorporado a especialistas, familias y docentes, y se consulta a maestros sobre una posible regulación del uso de celulares dentro de las escuelas.
La especialista explicó que la salud mental permaneció durante años con poca presencia dentro del sistema sanitario y todavía existe una enorme distancia entre quienes necesitan ayuda y quienes efectivamente la reciben. México, señaló, suele aparecer alrededor de la media en la presencia de problemas dentro de encuestas internacionales en las que ha participado, mientras ocupa uno de los últimos lugares en atención.
“La edad adolescente es muy importante porque el cerebro se está desarrollando y porque es un momento en donde podemos mejorar o podemos tener un retraso importante”, explicó Medina-Mora al detenerse en una etapa que combina vulnerabilidad con grandes posibilidades de intervención.
Durante esos años, las emociones y los mecanismos relacionados con recompensas presentan un desarrollo avanzado, mientras la corteza prefrontal continúa madurando. Esta región participa en procesos relacionados con regulación, planeación y toma de decisiones, cuya maduración puede prolongarse hasta los 23 o incluso 25 años.
“Hay mucho más riesgo de tomar decisiones que no son adecuadas y por eso hay que poner nuestros ojos en ellos”, señaló.
A esa condición biológica se agregan factores sociales y ambientales. Medina-Mora habló de pobreza, falta de oportunidades, exceso de trabajo y estudiantes que deben combinar sus clases con el cuidado de familiares enfermos. El bienestar emocional, planteó, requiere políticas universitarias capaces de mirar también aquello que ocurre fuera de las aulas y termina afectando el desempeño académico.
“Muchos alumnos prefieren la inteligencia artificial y trabajar con la inteligencia artificial en lugar de ir a tratamiento”, advirtió la investigadora al señalar uno de los cambios que obliga a terapeutas, profesores y universidades a revisar cómo están acercándose a las nuevas generaciones.
La hiperconectividad adquirió mayor fuerza durante la pandemia. El confinamiento mantuvo durante horas a niñas, niños y adolescentes frente a dispositivos que también eran necesarios para estudiar, comunicarse y entretenerse. Los videojuegos incorporaron además mecanismos similares a los utilizados en las apuestas para mantener la participación del usuario y algunos pueden generar dependencia.
“Los papás cuyos bebés tuvieron celulares desde muy chiquitos no lo hacían por no cuidarlos, sino porque pensaban que iban a estar mejor”, comentó.
Medina-Mora sostuvo que responsabilizar exclusivamente a las familias resulta insuficiente. Maestros, autoridades y empresas desarrolladoras también forman parte del problema y de las posibles soluciones. Propuso pensar, por ejemplo, en juegos con límites de tiempo, información accesible para los padres y mecanismos que permitan interrumpir su funcionamiento después de 20 o 30 minutos.
“Los adolescentes pueden buscar respuestas en las redes sociales hasta que las redes sociales les dan la razón”, explicó la especialista al abordar por qué internet y la inteligencia artificial resultan atractivos cuando alguien atraviesa dificultades emocionales.
Una pantalla está disponible a cualquier hora, responde inmediatamente y difícilmente cuestiona al usuario. Medina-Mora consideró que los profesionales también deben aprender de esa experiencia. Un joven que atraviesa una ruptura sentimental posiblemente quiera hablar primero de ese problema, mientras algunos modelos tradicionales comienzan con cuestionarios o preguntas alejadas de su preocupación inmediata.
“Ellos quieren hablar de sus problemas emocionales o una ruptura y nosotros les pedimos que contesten un cuestionario para empezar”, dijo.
El desafío adquiere otra dimensión al observar cuándo aparecen los padecimientos. Medina-Mora señaló que 75 por ciento de los trastornos mentales que pueden presentarse a lo largo de la vida comienzan antes de los 24 años. En la etapa universitaria también aumentan determinadas conductas de riesgo y problemas relacionados con ansiedad, depresión y rendimiento académico.
“El 75 por ciento de todos los trastornos mentales que ocurrirían a lo largo de la vida tienen su inicio antes de los 24 años”, afirmó la especialista, al plantear que la detección temprana puede modificar considerablemente la trayectoria posterior de esos jóvenes.
Las universidades difícilmente podrían proporcionar tratamiento especializado a cada estudiante que lo necesita, reconoció. Sí pueden identificar señales tempranas, desarrollar prevención, ofrecer intervenciones breves, canalizar casos y construir redes donde los propios estudiantes ayuden a compañeros que atraviesan momentos difíciles.
“Tenemos que entender y atender las necesidades de los estudiantes, no nuestro modelo”, sostuvo.
La tecnología también puede utilizarse a favor de la salud mental. Medina-Mora recordó una experiencia desarrollada con universitarios de México y Colombia que permanecían en listas de espera. Las intervenciones fueron digitalizadas y podían realizarse de manera autónoma o con acompañamiento para recordar actividades pendientes. Los resultados, aseguró, fueron muy favorables.
“Lo que es muy peligroso es que no hablen con nadie. Tenemos otros estudios en donde la mitad de los estudiantes que habían tenido ideación suicida nunca se lo habían platicado a nadie”, advirtió Medina-Mora al regresar al punto central de su exposición: detrás de cada pantalla continúa existiendo una persona que necesita ser escuchada.

