Hay frases que sobreviven a quien las pronuncia y terminan marcando el camino de quienes las escucharon. Antonio León de la Cruz todavía recuerda una que su hermano Eduardo le repetía desde aquellos años en que la familia llegó de Ensenada a Ciudad Juárez. “Morro, siempre hay que dejar algo mejor de lo que encontramos”, le decía.
Eduardo era militar de carrera y murió tiempo después, pero aquellas palabras acompañaron a Antonio hasta un sitio abandonado junto al río Bravo, donde entre animales muertos, llantas quemadas y basura permanecía un vestigio de la Revolución Mexicana, el Ojo de Orozco.
Antonio León de la Cruz nació en Ensenada y vive en Ciudad Juárez desde el año 2000. Llegó por invitación de su hermano Eduardo y aquí construyó su vida. Es ingeniero en Mecatrónica por la Universidad Autónoma de Ciudad Juárez (UACJ), padre de familia y empleado de la industria maquiladora. Después de más de dos décadas en la frontera, su relación con la ciudad dejó de depender del lugar donde nació. “Ya soy juarense, ahora sí que por decisión”, explicó León de la Cruz al hablar sobre los años que lleva viviendo en esta ciudad.
La historia del rescate comenzó casi accidentalmente en 2020, durante la pandemia. Antonio acudió con su familia a la Casa de Adobe y ahí ocurrió un encuentro con elementos del Ejército Mexicano. “El Ejército nos informó que no deberíamos estar en esa zona por los riesgos que conlleva estar en esos sitios. Aparte estábamos en pandemia y estaba muy sola la ciudad”, recordó. De aquella advertencia nació una conversación con un militar, después una amistad y finalmente la idea de realizar algún proyecto que pudiera beneficiar a Ciudad Juárez.
Inicialmente pensaron trabajar alrededor de la bandera de México, pero entonces apareció el Ojo de Orozco. Daniel García, quien estaba encargado de la Casa de Adobe, les habló sobre el abandono en que se encontraba el sitio. Antonio y el militar comenzaron a investigar por su cuenta y encontraron una historia que consideraron necesario recuperar.

“Nos dimos cuenta de la importancia, del valor histórico, pero fue Daniel García quien inicialmente nos comunicó del sitio”, señaló León de la Cruz sobre el origen de aquella iniciativa ciudadana.

Lo que encontraron estaba lejos de reflejar ese valor histórico. El espacio se había convertido en un basurero clandestino, con animales muertos, llantas quemadas y desperdicios acumulados. Debido a que se encuentra en zona federal, a menos de 30 metros de la berma del río Bravo, solicitaron autorización a la Comisión Internacional de Límites y Aguas para intervenirlo. Al proyecto se incorporaron el motoclub Gavillero de Ciudad Juárez, el ingeniero Eusebio Martínez y el militar Rolando Techo Campo, quienes participaron en la limpieza y recuperación del lugar.

Como parte de los trabajos colocaron una ampliación basada en una fotografía realizada por D. W. Hoffman en 1911, durante los tiempos de la toma de Ciudad Juárez. La pintura fue elaborada por María Zaira Enríquez, ya fallecida. En 2021 realizaron la inauguración del Ojo de Orozco recuperado, con la intención de darle nuevamente presencia entre los juarenses.

“Hay lugares de la historia, de la Revolución, que nos corresponden a todos y tenemos que trabajar en su rescate”, comentó León de la Cruz al explicar el sentido que adquirió el proyecto.

Detrás de aquella iniciativa también estaba la historia de su familia. Eduardo León había llevado a sus hermanos desde Ensenada hasta Ciudad Juárez y pertenecía a una familia con una fuerte presencia militar.

“Gran parte de mi familia ha sido militar, entonces siempre hemos tenido el respeto a los valores, a los símbolos patrios, a la tierra que nos da de comer y donde viven nuestras familias”, explicó. De ese entorno surgió también la frase de su hermano que terminó convirtiéndose en una motivación para intervenir espacios abandonados.
La estación ferroviaria de Tierra Blanca
La inquietud por recuperar sitios históricos no terminó en el Ojo de Orozco. Hace unos meses Antonio conoció a Gerardo Pizaña, líder de grupos ciclistas, quien le habló de una antigua estación ferroviaria en Tierra Blanca. Pizaña conocía la existencia del inmueble, pero ambos decidieron investigar para entender mejor su historia.
El inmueble permanece abandonado en medio del desierto, al sur de Ciudad Juárez, unos kilómetros después de Samalayuca y más allá de lo que fue el Centro Federal de Readaptación Social. Entre arena, viento y los restos de aquella antigua estación ferroviaria cuesta imaginar que, del 22 al 25 de noviembre de 1913, ese paisaje fue escenario de uno de los enfrentamientos decisivos de la Revolución Mexicana.

Ahí combatieron las fuerzas villistas encabezadas por hombres como Rodolfo Fierro, Maclovio Herrera, Porfirio Talamantes, Eugenio Aguirre Benavides, José Rodríguez, Toribio Ortega y Rosalío Hernández contra los federales orozquistas, entre quienes figuraban Marcelo Caraveo y José Inés Salazar.
La victoria terminó en manos de los revolucionarios. Durante aquellos días, Francisco Villa capturó dos piezas de artillería que quedarían asociadas al triunfo, los cañones “El Niño” y “El Rorro”. Tierra Blanca fortaleció militarmente a la División del Norte y consolidó la presencia revolucionaria en esta parte de la frontera.
Más de un siglo después, la vieja construcción permanece como testigo de aquella batalla. “Nos juntamos, fuimos a comer, investigamos juntos un poquito acerca de Tierra Blanca y finalmente nos dimos cuenta de que es un sitio de alto valor histórico para México”, relató Antonio León de la Cruz.

La investigación reveló que la estación podía leerse como un punto de encuentro entre diferentes etapas del desarrollo nacional. “Tierra Blanca no solamente es una estación de piedra, arena y cal, Tierra Blanca representa mucho más que eso”, afirmó León de la Cruz. Para él, el lugar representa el cierre del ciclo del Camino Real de Tierra Adentro, la llegada del ferrocarril como instrumento del desarrollo económico y la expansión del telégrafo hacia regiones que anteriormente permanecían alejadas de esas comunicaciones.

La estación también permite observar el paso de una tecnología hacia otra. Antonio explica que allí puede seguirse el desarrollo del telégrafo y posteriormente la llegada del teléfono, así como el final de las máquinas de vapor y el comienzo del ferrocarril impulsado por diésel durante los años treinta. Por su antigüedad, considera que la propia construcción posee valor histórico para el país, pero Tierra Blanca guarda además otro episodio que incrementa su importancia, la batalla ocurrida en noviembre de 1913 durante la Revolución Mexicana.

Antes de aquella batalla, Francisco Villa tomó el tren El Sauz y la máquina 511. Los telegrafistas fueron obligados a informar durante el recorrido hacia Ciudad Juárez que se trataba de una corrida normal, mientras integrantes de la División del Norte avanzaban ocultos en el convoy. El lugar conserva impactos de bala de la batalla, como lo muestran las siguientes dos imágenes.


La maniobra permitió la toma de Juárez de 1913 y dio origen a la comparación con el caballo de Troya. Antonio recuerda esa estrategia como uno de los capítulos que explican la importancia militar que adquirió el ferrocarril durante aquellos acontecimientos revolucionarios.

Después vino el enfrentamiento de Tierra Blanca. Las fuerzas federales de Victoriano Huerta, encabezadas por el general José Inés Salazar, avanzaron hacia la frontera y la División del Norte se desplegó en los alrededores de la estación. Antonio calcula que el frente alcanzó aproximadamente 18 kilómetros. Los federales tenían mayor preparación y mejor armamento, pero durante la batalla apareció una maniobra atribuida a Rodolfo Fierro Villalobos, sonorense que había trabajado anteriormente como maquinista y que conocía el funcionamiento de los trenes.

“Como en las películas de Hollywood, echan en un vagón de tren la dinamita y la mandan al frente, y al tronar la dinamita en la revuelta, triunfa la Revolución, triunfa la División del Norte”, narró León de la Cruz. Para él, el resultado de aquel enfrentamiento transformó también la dimensión política y militar del jefe revolucionario.

“Hay un Francisco Villa antes y un Francisco Villa después de la batalla de Tierra Blanca”, agregó al dimensionar la importancia que atribuye a ese episodio.
Hoy Antonio observa los médanos, la antigua estación y los vestigios que permanecen en aquella zona como un patrimonio que todavía puede conservarse. “El valor histórico es vasto en esa zona, es una zona preciosa, los médanos son hermosos”, expresó León de la Cruz. Considera que Tierra Blanca posee un doble valor por la antigüedad de su infraestructura ferroviaria y por los acontecimientos revolucionarios desarrollados en sus alrededores, por lo que busca divulgar su historia entre las nuevas generaciones.

Su intención es que más personas conozcan estos sitios, los recorran y comprendan también la responsabilidad que implica visitarlos. El rescate del Ojo de Orozco y el interés por Tierra Blanca tienen para Antonio un origen común que regresa inevitablemente a su hermano Eduardo.

“Siempre hay que dejar algo mejor de lo que encontramos”, concluye con las palabras de su hermano, que terminaron convirtiéndose en una manera de relacionarse con la ciudad que eligió para vivir.

