El ministro de Seguridad Nacional de Israel, Itamar Ben-Gvir, recomendó “matar 30 o 40 palestinos cada noche”, incluso cuando “no representen una amenaza inmediata”, porque, según las declaraciones que le atribuyen los reportes citados, “no merecen vivir, ni siquiera son personas”. También defendió ahorcar prisioneros palestinos “uno por uno”, celebró el endurecimiento de sus condiciones carcelarias y sostuvo que “toda Gaza es nuestra”, al plantear nuevos asentamientos y promover la emigración de la población palestina.
Las palabras son suficientemente graves para detenernos en ellas. Siempre que un integrante de un gobierno deja de hablar de individuos responsables de delitos y extiende la condena hacia una población, aparece uno de los mecanismos políticos más peligrosos que conoce la historia: la deshumanización. Antes de justificar la eliminación del otro hay que convertirlo discursivamente en alguien cuya vida vale menos.
La comparación con la Alemania nazi exige rigor. Israel no es la Alemania de Hitler, los israelíes no pueden ser responsabilizados colectivamente por las palabras de Ben-Gvir y el conflicto palestino-israelí tiene circunstancias históricas diferentes al Holocausto. Pero precisamente la memoria de aquella tragedia permite reconocer determinadas señales que nunca deberían minimizarse.
La persecución nazi tampoco comenzó directamente con Auschwitz. Durante años, la propaganda presentó a los judíos como enemigos, elementos contaminantes y seres inferiores. Llegaron las leyes discriminatorias, la segregación y la exclusión de la vida pública; posteriormente vinieron las deportaciones, los guetos, los fusilamientos masivos y el exterminio. Seis millones de judíos fueron asesinados.
Por eso debería alarmarnos escuchar en 2026 a un ministro decir de otro pueblo que sus integrantes “ni siquiera son personas”. ¿Qué diferencia moral existe entre combatir a quien representa una amenaza y sostener que también puede matarse a quien no representa ninguna? ¿En qué momento la seguridad nacional deja de ser argumento defensivo y comienza a utilizarse para justificar la eliminación del otro?
Hay además una cuestión particularmente inquietante en la afirmación de que “toda Gaza es nuestra”. Si simultáneamente se propone establecer asentamientos y fomentar la “mayor emigración posible”, corresponde preguntar qué clase de emigración puede producirse entre destrucción, guerra y desplazamiento. ¿Puede hablarse realmente de una salida voluntaria cuando permanecer se vuelve cada vez más difícil?
Nada de esto borra los crímenes cometidos por Hamas ni convierte sus acciones en justificables. Israel tiene derecho a proteger a sus ciudadanos y los responsables de ataques contra civiles deben responder ante la justicia. Pero precisamente una de las enseñanzas fundamentales surgidas después de la Segunda Guerra Mundial establece que un crimen no concede autorización para cometer otro.
También inquieta la satisfacción expresada ante el sufrimiento de los prisioneros. Un Estado puede detener, procesar y condenar conforme a sus leyes y al derecho internacional. Cuando el sufrimiento mismo se convierte en motivo de celebración política, la frontera entre justicia y venganza comienza peligrosamente a desaparecer.
La Alemania nazi dejó otra enseñanza que suele olvidarse, no olvidemos las grandes atrocidades necesitan previamente una normalización de lo intolerable. Participan políticos que construyen discursos, funcionarios que redactan normas, policías que obedecen órdenes y sociedades que gradualmente pueden acostumbrarse a escuchar aquello que años antes habría resultado inadmisible.
De ahí que quizá la pregunta equivocada sea si Israel se está convirtiendo en la Alemania nazi. Una equiparación semejante simplificaría acontecimientos históricos distintos. La pregunta verdaderamente incómoda es si estamos viendo mecanismos de deshumanización que el mundo juró reconocer después de contemplar los horrores del nazismo.
Porque “nunca más” no puede depender de quién sea la víctima. La memoria del Holocausto enseñó precisamente que ninguna población debe ser despojada de su condición humana por su religión, nacionalidad u origen. ¿Qué valor tendría esa enseñanza si únicamente somos capaces de reconocer la deshumanización cuando ya pertenece a los libros de historia?

