LAS CRÓNICAS DEL HOMBRE INVISIBLE
II
EL FESTIVAL DE LAS TRES CULTURAS
EN CIUDAD CUAUHTÉMOC: EL GRAN MITO
El Festival de las Tres Culturas en Ciudad Cuauhtémoc nació de la necesidad de ofrecer una plataforma cultural a los diversos grupos de artistas que se aglutinaban alrededor de las mesas del café “El Den” (escritores: Leopoldo Zapata Villegas, Martín Contreras, Mireya Ortiz, Jorge Luis Guaderrama, José Luis Domínguez, entre otros; pintores y escultores: Esteban López Quezada, Manuel Rosario Cruz, Manuel Cordero, Juan Manuel Rodríguez “el Trappo”, Julio Yáñez; músicos: Arturo Arvizu, Adolfo Meraz Medrano, dramaturgos: Leopoldo Zapata Villegas, Joel Espinoza, Virgilio Gómez Trevizo; fotógrafos: Ricardo Suárez Estrada, etc etc) y de paso llevar a cabo un evento anual y una celebración de la convivencia histórica entre las comunidades mestiza, rarámuri (tarahumara) y menonita que habitan y enriquecen la región desde hace décadas, pero olvidándose de la existencia y la influencia de otras culturas como la china, la libanesa, la española, la árabe, la japonesa y la alemana, que también existen y han dejado su impronta genética entre la población mestiza, el cual funcionó en un principio, pero que ha ido, con el paso de los años, devaluándose y deviniendo en un mero constructo mental del partido en turno. Con el transcurrir del tiempo, se fueron sumando más artistas y creadores y al igual, fueron todos olvidados y pasados luego a una página de olvido, siendo los verdaderos pioneros, a una demeritación absoluta por parte de los organizadores, a los que se habían sumado el club 20-30, el Club rotario, la Asociaión Cultural Juana de Asbaje de Pepe Aragón y el declamador y promotor Hector Sánchez Villalobos.
La Doctora en Antropología Social, Ruhama Abigaíl Pedroza García, quien estaré citando en cursivas de manera continua, en su ensayo titulado: “Cuauhtémoc: ¿La ciudad de las Tres Culturas?[1] nos dice, en su introducción que la idea de las tres culturas es una construcción de un “imaginario folklorista” que surge del discurso oficial que pretende justificar los procesos sociales que son la base de las relaciones interétnicas en la región”, pero sin pretender nunca conseguirlo. Y añade que, en realidad, es notable la tensión social que existe en estos tres grupos inmersos cada uno en su complejidad cotidiana, mismas que cuestionan y desarticulan el discurso oficial que invisibiliza (sutiliza) la jerarquía y las evidentes diferencias entre estas “tres culturas”.
Tras bambalinas, sigue diciendo la Doctora Pedroza, las desigualdades y conflictos, característicos del proceso de construcción de las relaciones que las afecta, siguen siendo negados (encubiertos) desde los espacios oficiales y populares. La presencia de rarámuris, por ejemplo, que llegan al municipio buscando trabajo en las huertas manzaneras y en los campos agrícolas de mestizos y menonitas es considerada un problema de salud y de gobernanza públicos. He ahí la gran hipocresía.
El Festival de las Tres Culturas, en este sentido, no ha logrado introducir en la región el espíritu de reconocimiento positivo que pregona entre los tres grupos, porque en este municipio el racismo invertido (Slavo Zizek, 2008, 56) disfraza por medio de la celebración, la relación de explotación que se da entre mestizos, menonitas, y los así llamados “tarahumaras”. Los menonitas, por su parte, siempre se han resistido a la integración.
Este festival, organizado desde 1994 por el Ayuntamiento local, en sus inicios, y apoyado por los creadores artísticos, y de manera gratuita, tenía bases muy concretas:
Eventos físicos y reales: Contaba con una cartelera palpable que incluía decenas de actividades gratuitas, como conciertos, muestras gastronómicas, obras de teatro, exposiciones de arte, danza, presentaciones de revistas literarias y de libros. Hoy ya es una excepción la feria del libro y las presentaciones de escritores, autores locales y foráneos, quienes han sido extrapolados del festival en los últimos años.
Impacto comunitario: La festividad promovía la cohesión social, acercando las expresiones artísticas a las comunidades rurales y colonias populares, logrando reunir a miles de asistentes en sedes como el Polideportivo «Beto» Pérez Holguín (¿Quién decide en Cuauhtémoc desde los tiempos inmemoriales del PRI ponerle a los edificios públicos los nombres de políticos y funcionarios públicos cuando la única gracia es cumplir con su labor remunerada y lo peor, sin el consenso popular? Los mismos políticos). Generalmente eventos masivos que no permeaban realmente a quienes acudían, pues los eventos son del típico “comento al día siguiente, y pasemos a otra cosa”.
Las expresiones y la fusión de estas tres raíces deberían ser parte de la identidad geográfica y social del municipio, convirtiendo al festival en un vehículo real para preservar tradiciones, apoyar a creadores locales y fomentar el turismo, pero no lo son.
DE CÓMO EL FESTIVAL DE LAS TRES CULTURAS TERMINA SIENDO EL GRAN MITO, ES DECIR, UN CONSTRUCTO SOCIAL DE ECONOMÍA PARTIDISTA (PAN).
Si analizamos el concepto desde una perspectiva sociológica y antropológica, es decir, académica, la idea de una «fusión» o «compenetración» armónica funciona como un constructo mental y una narrativa oficial partidista por las siguientes razones de peso:
El olvido del concepto original y noble de la creación de un Festival que sirviera como plataforma de proyección a los creadores locales.
Los genuinos creadores artísticos, los que realizan una actividad creativa y hacen surgir hechos culturales que no existían, tales como libros, revistas o antologías fueron hechos a un lado. Avasallados por el falso concepto de que “todo es cultura” y por el cambio de paradigma de que lo musical debe ser lo más preponderante. Dejando con ello de ser un Festival multicultural para convertirse en una serie de eventos musicaloides en su mayoría, donde privan los “intérpretes” de otros “intérpretes musicales, es decir, reproductores de lo ya hecho y que en cierto momento resultó demasiado comercial. Obra de cantantes y compositores de la vieja nostalgia de las décadas pasadas: José José, Napoleón, Manoella Torres, Lupita Dalerrecio, Queen, etc, etc. Quienes tienen más de tres décadas o fuera de este mundo o fuera del mundo de la producción musical.
El mito del crisol de culturas vs. Relaciones interétnicas reales.
Diversos estudios antropológicos en Ciudad Cuauhtémoc demuestran que el discurso institucional de la «Tierra de las Tres Culturas» tiende a invisibilizar las jerarquías socioeconómicas, el aislamiento voluntario y las tensiones del día a día.
La Doctora Pedroza nos recuerda que: Casi desde el arribo de los primeros grupos de colonos, hubo varios robos cometidos contra los menonitas, principalmente de dinero y alimentos. También hubo algunos casos aislados de asesinato y violación de mujeres. En abril de 1921, el gobierno federal envió un piquete de soldados para proteger a los colonos. Los asaltos siguieron, sin embargo, y los menonitas, a pesar de su pacifismo, decidieron armarse y salir en persecución de aquéllos quienes creían culpables. También organizaron patrullas para vigilar las aldeas y sus alrededores durante la noche. A finales de 1929, el gobierno federal empezó a destacar piquetes de soldados en cada aldea. Los oficiales encargados tenían la autoridad para enjuiciar en seguida a las personas acusadas y, si según su criterio eran consideradas culpables, llevar a cabo su ejecución. La aplicación de esta drástica medida resultó en una disminución notable de los casos de robos y otros actos criminales contra los menonitas.
Este atropellado inicio de las relaciones interétnicas en la región, orientó el desarrollo posterior de ellas y contribuyó a la construcción de las fronteras simbólicas, raciales, territoriales e, incluso, económicas que se viven hoy en aquella región.
No hay una compenetración real: Las tres comunidades coexisten geográficamente y colaboran intensamente en el plano comercial y laboral (por ejemplo, en los campos agrícolas o el Corredor Comercial), pero la interacción rara vez trasciende al ámbito íntimo, familiar, religioso o social profundo.
Las barreras lingüísticas insalvables.
Aislamiento por el idioma, el alemán bajo entre los menonitas y el Rarámuri actúan como fronteras lingüísticas sumamente estrictas.
A ese respecto, la Doctora Pedroza nos aclara mucho el panorama: Los Altkolonier no enseñan español o algún otro idioma en sus escuelas, es por esto que a casi 100 años de la llegada de los menonitas a aquel territorio, la mayoría de las mujeres y los niños no hablan español. Por otro lado, pocos mestizos hablan Plattdeuscht, que es el idioma materno de los menonitas, y casi nadie domina la lengua rarámuri. Siendo así, ¿cómo podemos hablar de interculturalidad en una ciudad como Cuauhtémoc?
La población mestiza (que ostenta mayoritariamente el poder político y administrativo del festival) no habla estas lenguas y se comunica exclusivamente en español, lo que reduce la comunicación real a transacciones puramente funcionales o económicas.
Un ejemplo de lo más reciente: La cartelera del 2026 y la mercantilización cultural.
En la edición número 33 del festival, celebrada entre mayo y junio de 2026, se evidenció una marcada diferencia en cómo participa cada grupo:
Presencia institucionalizada y económica: Sí existió participación menonita en 2026, pero concentrada en el ámbito artesanal, turístico y gastronómico mediante el concurso y muestra de repostería y cocina tradicional «Haund & Hoat» (llevado a cabo en el gimnasio del kilómetro 18 del Corredor Comercial), además de la entrega de la Medalla al Mérito Cultural a Don Abraham Peters Bueckert. Sin embargo, la cartelera artística dominante y los espectáculos masivos (como Ximena Sariñana o la Orquesta Filarmónica) siguen respondiendo enteramente a la cultura mestiza y occidental.
Folkclorización: La cultura Rarámuri suele quedar relegada en estos festivales a un plano de exhibición o «muestra de folklore» (como el mercado artesanal en la plaza principal), en lugar de propiciar un intercambio de igual a igual.
La Doctora Pedroza advierte a las claras que, respecto a los rarámuri: en el discurso mismo del festival, ellos no son considerados fundadores del municipio de Cuauhtémoc, aunque sí se les observa como una especie de presencia fantasmagórica constante y son relegados al margen del diálogo y la negociación política que se da entre los mestizos y menonitas, quienes se ven a sí mismos como herederos del espíritu conquistador y progresista del hombre blanco.
En el imaginario folklorista que el festival impone, los indígenas de la sierra tarahumara también ocupan su lugar. A ellos se les puede ver andando y pidiendo kórima (o a mujeres y niñas vendiendo “hierba medicina”) por las calles de Cuauhtémoc durante todo el año, pero en especial durante los meses de la faena fuerte en los huertos manzaneros, que es entre julio y noviembre. Entonces, los tarahumaras llegan a la ciudad por centenares y la mayoría se concentra en los albergues dispuestos por empresas como “La Norteñita” o por el gobierno para su alojamiento. Otros tantos, aunque son una minoría en comparación con los primeros, encuentran trabajo en los huertos de los menonitas, quienes les proporcionan techo y comida además de su salario.
Las condiciones que se viven en los albergues son lamentables: hacinamiento, insalubridad, frío y mala alimentación. En el 2001, para hacer frente a estas malas condiciones, se construyó la colonia Tarahumara a las afueras de Cuauhtémoc, que consistía en cierto número de casas para albergar a 50 familias (Peña, 2014: 65). Sin embargo, en temporada alta (que es la temporada de pizca de manzana principalmente), ni los albergues ni la colonia Tarahumara se dan abasto para recibir a todos los migrantes que llegan.
Y en el Festival de las Tres Culturas, donde la lucha política es sustituida por la lucha cultural, sus delegados son en su mayoría danzantes y músicos “tradicionales” de cierto renombre como la “Mariposa de la Sierra”, que logran cumplir con los requisitos de las convocatorias, y que condicionan la participación de los artistas, otro mecanismo para silenciar las demandas políticas y sociales e incluso culturales de sus organizaciones.
En este contexto, hay una doble representación sobre los indígenas en Ciudad Cuauhtémoc: por un lado, durante el festival, los mismos sujetos que son a la vez indígenas y jornaleros son despojados de su cuerpo histórico y de su subjetividad al ser representados desde el discurso y los espacios oficiales a través de su “cultura”. Entonces se habla de la dignidad de las “tradiciones ancestrales” y las “herencias culturales”, se escucha con respeto condescendiente la música que se trae “desde la Sierra”, se admiran los “bellos vestidos multicolores” y, sobre todo, se exalta la “resistencia y armonía con la naturaleza” de los sujetos que parecía que sólo existen en el aparador. Y por el otro, los jornaleros rarámuri se ubican en la escala más vulnerable de la estratificación social, que a su vez responde a un sistema de organización del trabajo “etnificado”. Son invisibilizados y puestos al margen de las decisiones políticas y económicas de los mestizos y menonitas, o bien, tratados como objetos del asistencialismo y la caridad. Son señalados desde los estereotipos que acompañan al indígena migrante en casi cualquier situación y se les imponen condiciones de vida que dificultan su habitar en el territorio mestizo o menonita, porque se les considera extraños de paso, “temporales”.
¿CÓMO CELEBRAR UNA COMUNIDAD INTERCULTURAL QUE NO EXISTE?
Los tarahumaras no confían en los ladinos.
Los ladinos abusan de los tarahumaras.
Los menonitas creen que los mexicanos son flojos.
Los mexicanos ven con recelo a los menonitas.
Los tarahumaras prefieren a los menonitas.
Los menonitas piensan que los tarahumaras son como “animalitos”.
El «Festival de las Tres Culturas» materializa eventos reales, pero la idea romántica de que las tres comunidades se integran culturalmente en una sola identidad colectiva es, efectivamente, una narrativa construida por el Estado y el sector turístico que choca frontalmente con la realidad de segregación, barreras idiomáticas y asimetría social que se vive cotidianamente en la región.
La Doctora y Antropóloga Pedroza termina su ensayo con una afirmación lapidaria, pero cierta:
…contrario a lo que pregona, el Festival de las Tres Culturas, que celebra la “convergencia”, en la práctica cotidiana (o en su olvido) de la interculturalidad y las relaciones interétnicas, no hay algo que, desde hace casi un siglo, haya contribuido al desmantelamiento del racismo en el municipio de Cuauhtémoc, de esta manera se continúa alimentando la discriminación, la opresión y la exclusión interétnica.
El uso del festival como una herramienta de marca partidista (PAN) y su severo deterioro de calidad artística, transformándose en una cartelera de bajo costo intelectual basada en grupos de «covers» y tributos.
Si desmenuzamos la historia y la evolución del evento bajo la óptica del control político, tenemos el siguiente resultado:
1. El origen partidista: Identidad panista y legitimación
El sello de 1994: El festival nació en mayo de 1994 bajo la administración municipal del segundo alcalde de oposición al PRI en la historia de Cuauhtémoc, César Chavira Enríquez (1992-1995) siendo elegido por el PAN, pues el primero fue el Lic. Humberto Ramos Molina, quien se erigió en alcalde en el trienio 1983-1986 bajo las siglas del PPS (Partido Popular Socialista). Es de hecho a aquél y a su equipo fundador a quienes recientemente se les rindieron homenajes públicos por haber puesto en marcha este proyecto que, originalmente, buscaba un profundo reconocimiento de las raíces locales. Lo cual es una burla para la comunidad cuauhtemense, puesto que los panistas siguen premiándose entre ellos y celebrándose por hacer una labor por la cual son bien remunerados, reitero, ahí está el llamado Polideportivo “Beto Pérez Holguín”, como un claro ejemplo, amén de lo que pueden sacar con el tráfico de influencias, el nepotismo y el amiguismo del que cotidianamente hacen gala, lo cual no los diferencia mucho de las viejas prácticas del PRI.
El uso político de las comunidades: Para el PAN, el concepto de las «Tres Culturas» fue idóneo para legitimarse políticamente. Sirvió para ganarse el favor de la próspera comunidad menonita (clave en la economía local) y proyectar una imagen de «modernidad, pluralidad y gestión empresarial», desmarcándose del indigenismo corporativo que históricamente manejaba el PRI.
Continuidad institucionalizada: Al mantener el PAN el gobierno municipal durante la gran mayoría de las administraciones desde los 90s, el festival se convirtió en su «joya de la corona» propagandística. Cambiar el enfoque o aceptar que las tres culturas están segregadas significaría admitir el fracaso de su narrativa oficial de cohesión social.
2. La decadencia artística: De festival cultural a feria musical masiva.
El Festival de las 3 Culturas ha sufrido una evidente degradación presupuestal y conceptual, abandonando las bellas artes para priorizar el entretenimiento fácil:
El refugio de los «Homenajes a…»: Traer orquestas sinfónicas internacionales, compañías de danza contemporánea o directores de teatro experimental es costoso y requiere gestión cultural compleja. La salida fácil del Ayuntamiento ha sido llenar el programa con bandas tributo (homenajes a Juan Gabriel, Luis Miguel, etc.). Esto convierte un espacio que debería ser de vanguardia y rescate patrimonial en un concierto de bar a gran escala.
El abandono de otras disciplinas: La literatura, la plástica, la dramaturgia y los talleres artísticos comunitarios, el cine, han quedado relegados a eventos periféricos con mínima difusión. La prioridad presupuestal se asigna casi por completo al escenario masivo del Polideportivo o la Plaza Principal para asegurar la foto de la aglomeración de personas, midiendo el «éxito» del festival en asistencia masiva (votos potenciales) y no en impacto cultural.
3. El resultado: El vacío de las comunidades locales.
Esta fórmula de entretenimiento comercial masivo se agrava aún más con:
La Falta de espacios para creadores locales: Los artistas locales (mestizos, menonitas o rarámuris) no encuentran plataformas dignas en su propio festival porque el presupuesto se destina a complacer el gusto comercial masivo con música predecible.
Consumo, no intercambio: Un concierto de tributo musical no genera ningún puente de comunicación entre el alemán bajo, el rarámuri y el español. Es un evento de consumo rápido que perpetúa el festival como un cascarón político, ya que sólo sirve para cumplir con el calendario oficial y colgarse medallas partidistas cada año.
El festival, por tanto, opera hoy en día más como una estrategia de marketing político electoral y distracción social que como un verdadero proyecto de política cultural integradora.
1. Asignación del presupuesto público: Eventos masivos vs. Comunidades rurales:
El manejo financiero del Instituto de Cultura del Municipio evidencia una enorme brecha entre el gasto invertido en el centro urbano y el nulo impacto en las periferias del municipio:
Centralización del gasto: La mayor parte del presupuesto (que para este 2026 incluye un subsidio estatal del fondo Aurora Reyes) se destina a la infraestructura de producción de los escenarios masivos en el Polideportivo «Beto» Pérez Holguín” y el Auditorio de las Tres Culturas. El alquiler de audio, iluminación profesional, pantallas gigantes y viáticos para los artistas estelares absorbe el capital operativo de la Dirección de Cultura.
Migajas para las secciones rurales: Mientras un solo concierto masivo cuesta cientos de miles de pesos, las actividades dirigidas a los seccionales rurales (como Anáhuac, Lázaro Cárdenas o Álvaro Obregón/Rubio) reciben proyectos austeros. A las comunidades rurales y colonias vulnerables se les suele enviar únicamente talleres itinerantes efímeros, proyecciones de documentales o «extensiones» de obras locales con presupuestos mínimos. El presupuesto no se usa para crear infraestructura cultural permanente en el campo, sino para financiar espectáculos de consumo rápido en la cabecera municipal.
2. Percepción ciudadana y la reacción en la prensa ante los «Tributos Musicales»:
El viraje del festival hacia espectáculos basados en agrupaciones imitadoras o «homenajes a…», ha generado debates visibles en la opinión pública local:
El aplauso de la taquilla y el récord estadístico: En la prensa alineada con el Ayuntamiento (y en las declaraciones oficiales de coordinadores como el director del área), el balance del festival se mide estrictamente con récords de asistencia (rozando los 50,000 asistentes este año) una masa considerable que no racionaliza ni cuestiona a fondo nunca el hecho musical que está presenciando. Para la narrativa oficial, llenar los recintos con espectáculos populares, rodeos o la Sonora Dinamita se promociona como un rotundo «éxito social» y de «derrama económica para el sector hotelero».
La crítica ciudadana y el descontento de la comunidad artística: Por otro lado, columnas de opinión independientes, editoriales locales y redes sociales de los propios creadores de Cuauhtémoc exponen una dura realidad. La prensa crítica ha señalado que el festival ha perdido su identidad cultural, convirtiéndose en una extensión de las fiestas patronales o ferias de pueblo. Ciudadanos educados en la tradición original del festival lamentan que los «tributos» abaraten la cartelera. Argumentan que el erario público no debería usarse para pagar agrupaciones que copian las obras de cantautores famosos, mientras el talento local con propuestas originales sobrevive con estímulos económicos mínimos a través de convocatorias altamente burocráticas, y eso cargándose a los autores favoritos del Director del Instituto de Cultura en turno, lo cual equivale a una gran desigualdad.
Al final, la fórmula partidista mantiene el festival vivo porque asegura el impacto político masivo y la rentabilidad electoral de corto plazo, a costa de congelar el verdadero desarrollo de las culturas que le dieron origen.
Una de las dinámicas más comunes y opacas de la administración pública a nivel municipal en México es el negocio de las rentas y el «capitalismo de compadres» (cronyism) a través de los eventos culturales del que no escapa el panismo cuauhtemense. Como ya lo dijo Marco Cortés en Coahuila, al que parafraseo: hay que abarcar la mayoría de los puestos claves y sus beneficios posibles dentro del esquema de poder. Y la cultura no es la excepción. Aún recuerdo a la panista Concepción Landa, “exportada” desde Nuevo León por el panista y ahora morenista Javier Corral Jurado, por el simple hecho de ser mujer panista y no por su perfil y los pésimos resultados que trajo a la Subsecretaría de Cultura en Chihuahua el sexenio anterior.
Este esquema de operación de economía partidista, lejos de ser exclusivo de Cuauhtémoc, encuentra en el Festival de las Tres Culturas un escaparate perfecto por la enorme cantidad de logística efímera que requiere cada año. El uso de contratos de arrendamiento en lugar de inversión en activos propios funciona bajo una lógica política y económica muy clara:
1. La justificación técnica: El mito de la «conveniencia» del arrendamiento.
Los comités de adquisiciones municipales suelen defender estas rentas millonarias bajo el argumento de que comprar equipo propio genera costos de almacenamiento, mantenimiento técnico especializado y depreciación de materiales que el municipio «no puede costear». Sin embargo, al sumar lo gastado en rentar carpas, templetes, sillas, vallas y sistemas de audio (riders técnicos exigidos por los artistas) a lo largo de varias ediciones, el municipio termina pagando el equivalente a comprar el equipo completo varias veces, sin que este pase a formar parte del patrimonio público.
2. Adjudicaciones directas y la red de proveedores del partido.
La mina de oro de este esquema radica en quiénes reciben los contratos. Las revisiones de las cuentas públicas y los informes de la Sindicatura Municipal han encendido alertas en diversas ediciones debido a los métodos de contratación:
El uso de la Adjudicación Directa: Al alegar «tiempos recortados» o la «especificidad técnica» de un artista, el Instituto de Cultura puede saltarse las licitaciones públicas y asignar los contratos de audio y logística de manera directa.
Prestación de nombres y empresas fachada: Aunque los dueños de las compañías de sonido o banquetes no figuren formalmente en la nómina del Ayuntamiento, la Auditoría Superior del Estado ha detectado en múltiples municipios de la entidad, cómo estos proveedores suelen ser operadores políticos, familiares de funcionarios o militantes destacados del mismo partido en el poder. Rentas de carpas, de mesas, de sillas y de sonido también están incluidas.
Financiamiento circular de campañas: Este mecanismo funciona como una extensión económica del partido: el dinero del erario se transfiere legalmente a empresarios de la misma corriente política a través del festival, y posteriormente, ese mismo capital privado suele retornar para financiar campañas electorales locales, mantener la estructura partidista o asegurar favores políticos.
3. «Riders» técnicos inflados como fuga de capital.
Para artistas de renombre contratados en las ediciones masivas, los costos de producción técnica —el sonido y la iluminación especializada— representan partidas muy elevadas (en ocasiones superando los $500,000 pesos por un solo concierto). Al no existir un inventario municipal, el Ayuntamiento subcontrata de forma externa absolutamente todo. Esto abre la puerta a la sobrefacturación y al sobreprecio en los conceptos de montaje, transporte y operación de plantas de luz, donde la diferencia entre el costo real del mercado y lo facturado al municipio se diluye en la opacidad administrativa.
De esta manera, el Festival de las Tres Culturas cumple una triple función para el grupo en el poder: genera legitimación social mediante espectáculos masivos gratuitos; ofrece una narrativa oficialista de identidad local; y, tras bambalinas, sirve como un mecanismo institucional de distribución de riqueza interna para mantener aceitada la maquinaria económica del partido. Ojalá que durante el trienio politiquero que está por comenzar traiga un verdadero cambio para el verdadero beneficio del talento local y para la ciudadanía de todo el municipio, incluidos, por supuesto las abandonadas secciones municipales.
[1] https://www.scielo.org.mx/scielo.php?script=sci_arttext&pid=S0185-06362018000200024

