Siempre me he maravillado de la capacidad cognitiva y resolutiva del ser humano. Pensar en cómo pudo amoldarse después, mucho tiempo después, de que su estructura ósea, su espalda, su columna vertebral lo hicieran erguirse como un animal bípedo, y conseguir no solamente caminar, sino avanzar a grandes trancos y hasta saltar con una gran agilidad, y luego de ahí subirse al lomo de un caballo, es pensar en una conjunción perfecta. Es como si a ambos animales, el hombre, el caballo, se les hubiera dado la evolución empática en el tiempo más idóneo. ¿Cómo fue que dos mil años luego de la invención de la rueda se dio esa feliz conjunción de una cadera y dos piernas ajustándose al cuerpo del cuadrúpedo y entonces el hombre se convirtió en el centauro que pudo viajar, moverse, dominar un más vasto territorio a lomo de un caballo? Un verdadero prodigio. El segundo, porque el primero, la invención de la rueda, también fue una hazaña, una verdadera proeza evolutiva, una maravilla. La conquista del Oeste norteamericano, siglos después de traído el caballo por la incursión de los vikingos y luego por los reyes católicos de España al continente, no pudo concebirse sin tamaña conjunción de caballo, hombre, colt y winchester. Tanto, que del invento del revólver se dijo la siguiente frase: «Dios creó a los hombres; Samuel Colt los hizo iguales», aunque al hablar de hombres, los norteamericanos sólo pensaran en los suyos, no en los demás hombres del continente. Pero pensar, infiriendo, en ese otro prodigio en que, casi al mismo tiempo en que se daba la conquista del oeste, Karl Friedrich estaba creando el primer triciclo motorizado de combustión interna, en la ciudad alemana de Mannheim, en 1886, con el modelo Benz Patent-Motorwagen es aparejar el progreso a la historia. Paralelamente, y con sólo veinte años de diferencia, ya en la etapa más avanzada de la conquista del oeste y del surgimiento del modelo Benz, los hermanos Wilber y Orville Wrigth creaban la primera máquina voladora. Y la rueda, el caballo, el automóvil y el avión, qué duda cabe, cambiarían el mundo. Saltar de la avasallante fuerza del caballo a los caballos de fuerza del automóvil fue un gran logro para el hombre. Pero saltar de ambos y montarse en un aparato que se elevara por los cielos a velocidades extraordinarias, como lo hace el avión me produce un escalofrío. Ese es el milagro del Ícaro moderno, siempre perdido en su propio laberinto y ya sin la tutoría de Dédalo, conseguido en medio de un ruido ensordecedor que me llega a hasta esta sala de espera. Luego ver cómo van llegando más de trescientos pasajeros que me acompañarán a la CDMX en un vuelo comercial Vivabus y se apelotonan en el mismo espacio que se va reduciendo, aunque en realidad no cambie, me sacude la conciencia. Como diría Blaise Pascal hace ya siglos, aunque parodiándolo, la inmensidad de esos espacios infinitos, con el culo en el aire, me sobrecoge. Recuerdo que a mi amigo Daniel Sada, el mejor escritor y novelista barroco mexicano que he conocido, q.e.p.d, le aterrorizaba la idea de volar. Y siempre pasaba antes por un bar para echarse unos tragos y dominar su pánico. Cuántos escritores sufriremos por el trauma del vértigo, no debemos ser pocos y habrá algunos que, de preferencia, o de ser posible, preferimos viajar en autobús, y he ahí la paradoja: en las historias que se tejen entre viajar por aire o moverse por carretera, los accidentes, según la estadística, se producen con mucha mayor frecuencia en el segundo de los casos. Lo que me trae aquí, una vez más a una aerolínea, es el deseo de completar el cuarto libro identitario de mi pueblo que habrá de llamarse “La Revolución en San Antonio de Arenales” (una historia recobrada) esos me empuja a tener contacto con esos viejos papeles, quizás amarillentos, telegramas y partes de guerra del ejército federal que sobrepasan los 110 años, luego de haber leído con suma atención 20 o 30 libros sobre la Revolución, algunas novelas, y algunas páginas de las redes de internet para encontrar en ellas la versión de los combatientes, quienes en su mayoría ya murieron, por edad o por cansancio, o por las viejas heridas recibidas en batalla, y la versión tanto de historiadores como de amantes de la historiografía de ese periodo convulso en nuestra historia de México. Por eso me interesa leer la otra versión, la de los adversarios al movimiento armado de 1910. Los datos que recabe después de cinco días de consulta en los archivos, creo, habrán de redondear las más de doscientas páginas que llevo escritas sobre el tema, centrándome, por cierto, en rescatar la verdadera, la gran importancia que tuvo San Antonio de Arenales (hoy Cuauhtémoc, Chihuahua) en aquél gran proceso revolucionario que costaría, a la postre, un millón y medio de vidas a lo largo de dos décadas y una nación defectuosamente bisoña e imperfecta como la nuestra, aunque nación, al fin, moderna. Un trabajo digno de un detective de la historia.
El hallazgo fortuito del lector atento y memorioso que he sido, lo tuve cuando en la internet encontré un libro extraordinario titulado “Guía del Ramo Revolución Mexicana 1910-1920 del Archivo Histórico de la Defensa Nacional” de Luis Muro y Berta Ulloa, en donde venían las referencias de archivos sobre la correspondencia entre los militares de la federación en aquellos tiempos convulsos. De inmediato solicité un permiso a la Sedena para poder consultar dichos archivos. La respuesta fue positiva, el general brigadier CE. D.E.M y subdirector Francisco Javier Villa Vargas me autorizó por 40 días. Con ese dato ya definido me acerqué al Director del Instituto de Cultura el doctor Raúl Manríquez Moreno y le solicité apoyo para los viáticos por casi una semana y el vuelo de avión a lo cual accedió.

Y ahora estaba ahí, ese domingo 06 de agosto del 2023, día del cumpleaños de mi hijo (quien, en esos momentos ya debería estar de regreso de la Junta, Guerrero), después de viajar un poco más de 100 kilómetros en autobús, dormitar un poco por el calor veraniego, por las desmañanadas continuas de entre semana y por el apelotonamiento de pasajeros y tomar un taxi desde la central camionera, en la sala de espera de espera en el aeropuerto de la capital del Estado, esperando la hora de mi vuelo, con el comprobante del equipaje en la mano, el pase de abordar en el celular, mi credencial del INE.

y la vista puesta en el avión en el que habría de volar dentro de un rato:


