Siempre me he maravillado de la capacidad cognitiva y resolutiva del ser humano. Pensar en cómo pudo amoldarse después, mucho tiempo después, de que su estructura ósea, su espalda, su columna vertebral lo hicieran erguirse como un animal bípedo, y conseguir no solamente caminar, sino avanzar a grandes trancos y hasta saltar con una gran agilidad, y luego de ahí subirse al lomo de un caballo, es pensar en una conjunción perfecta. Es como si a ambos animales, el hombre, el caballo, se les hubiera dado la evolución empática en el tiempo más idóneo. ¿Cómo fue que dos mil años luego de la invención de la rueda se dio esa feliz conjunción de una cadera y dos piernas ajustándose al cuerpo del cuadrúpedo y entonces el hombre se convirtió en el centauro que pudo viajar, moverse, dominar un más vasto territorio a lomo de un caballo? Un verdadero prodigio. El segundo, porque el primero, la invención de la rueda, también fue una hazaña, una verdadera proeza evolutiva, una maravilla. La conquista del Oeste norteamericano, siglos después de traído el caballo por la incursión de los vikingos y luego por los reyes católicos de España al continente, no pudo concebirse sin tamaña conjunción de caballo, hombre, colt y winchester. Tanto, que del invento del revólver se dijo la siguiente frase: «Dios creó a los hombres; Samuel Colt los hizo iguales», aunque al hablar de hombres, los norteamericanos sólo pensaran en los suyos, no en los demás hombres del continente. Pero pensar, infiriendo, en ese otro prodigio en que, casi al mismo tiempo en que se daba la conquista del oeste, Karl Friedrich estaba creando el primer triciclo motorizado de combustión interna, en la ciudad alemana de Mannheim, en 1886, con el modelo Benz Patent-Motorwagen es aparejar el progreso a la historia. Paralelamente, y con sólo veinte años de diferencia, ya en la etapa más avanzada de la conquista del oeste y del surgimiento del modelo Benz, los hermanos Wilber y Orville Wrigth creaban la primera máquina voladora. Y la rueda, el caballo, el automóvil y el avión, qué duda cabe, cambiarían el mundo. Saltar de la avasallante fuerza del caballo a los caballos de fuerza del automóvil fue un gran logro para el hombre. Pero saltar de ambos y montarse en un aparato que se elevara por los cielos a velocidades extraordinarias, como lo hace el avión me produce un escalofrío. Ese es el milagro del Ícaro moderno, siempre perdido en su propio laberinto y ya sin la tutoría de Dédalo, conseguido en medio de un ruido ensordecedor que me llega a hasta esta sala de espera. Luego ver cómo van llegando más de trescientos pasajeros que me acompañarán a la CDMX en un vuelo comercial Vivabus y se apelotonan en el mismo espacio que se va reduciendo, aunque en realidad no cambie, me sacude la conciencia. Como diría Blaise Pascal hace ya siglos, aunque parodiándolo, la inmensidad de esos espacios infinitos, con el culo en el aire, me sobrecoge. Recuerdo que a mi amigo Daniel Sada, el mejor escritor y novelista barroco mexicano que he conocido, q.e.p.d, le aterrorizaba la idea de volar. Y siempre pasaba antes por un bar para echarse unos tragos y dominar su pánico. Cuántos escritores sufriremos por el trauma del vértigo, no debemos ser pocos y habrá algunos que, de preferencia, o de ser posible, preferimos viajar en autobús, y he ahí la paradoja: en las historias que se tejen entre viajar por aire o moverse por carretera, los accidentes, según la estadística, se producen con mucha mayor frecuencia en el segundo de los casos. Lo que me trae aquí, una vez más a una aerolínea, es el deseo de completar el cuarto libro identitario de mi pueblo que habrá de llamarse “La Revolución en San Antonio de Arenales” (una historia recobrada) esos me empuja a tener contacto con esos viejos papeles, quizás amarillentos, telegramas y partes de guerra del ejército federal que sobrepasan los 110 años, luego de haber leído con suma atención 20 o 30 libros sobre la Revolución, algunas novelas, y algunas páginas de las redes de internet para encontrar en ellas la versión de los combatientes, quienes en su mayoría ya murieron, por edad o por cansancio, o por las viejas heridas recibidas en batalla, y la versión tanto de historiadores como de amantes de la historiografía de ese periodo convulso en nuestra historia de México. Por eso me interesa leer la otra versión, la de los adversarios al movimiento armado de 1910. Los datos que recabe después de cinco días de consulta en los archivos, creo, habrán de redondear las más de doscientas páginas que llevo escritas sobre el tema, centrándome, por cierto, en rescatar la verdadera, la gran importancia que tuvo San Antonio de Arenales (hoy Cuauhtémoc, Chihuahua) en aquél gran proceso revolucionario que costaría, a la postre, un millón y medio de vidas a lo largo de dos décadas y una nación defectuosamente bisoña e imperfecta como la nuestra, aunque nación, al fin, moderna. Un trabajo digno de un detective de la historia.
El hallazgo fortuito del lector atento y memorioso que he sido, lo tuve cuando en la internet encontré un libro extraordinario titulado “Guía del Ramo Revolución Mexicana 1910-1920 del Archivo Histórico de la Defensa Nacional” de Luis Muro y Berta Ulloa, en donde venían las referencias de archivos sobre la correspondencia entre los militares de la federación en aquellos tiempos convulsos. De inmediato solicité un permiso a la Sedena para poder consultar dichos archivos. La respuesta fue positiva, el general brigadier CE. D.E.M y subdirector Francisco Javier Villa Vargas me autorizó por 40 días. Con ese dato ya definido me acerqué al Director del Instituto de Cultura el doctor Raúl Manríquez Moreno y le solicité apoyo para los viáticos por casi una semana y el vuelo de avión a lo cual accedió.

Y ahora estaba ahí, ese domingo 06 de agosto del 2023, día del cumpleaños de mi hijo (quien, en esos momentos ya debería estar de regreso de la Junta, Guerrero), después de viajar un poco más de 100 kilómetros en autobús, dormitar un poco por el calor veraniego, por las desmañanadas continuas de entre semana y por el apelotonamiento de pasajeros y tomar un taxi desde la central camionera, en la sala de espera de espera en el aeropuerto de la capital del Estado, esperando la hora de mi vuelo, con el comprobante del equipaje en la mano, el pase de abordar en el celular, mi credencial del INE.

y la vista puesta en el avión en el que habría de volar dentro de un rato:

Pienso en los tres libros que he escrito y que le han dado un sentido de identidad al pueblo que me vio nacer: “El Barrio Viejo de mis recuerdos”, las “Leyendas de Cuauhtémoc” y “La Otra Historia de los Menonitas” y ahora en cada uno de los pasos y momentos me acercan a la posibilidad cierta de un cuarto título. Pienso en esta última frase y me acuerdo de las funciones sabatinas del box en la televisión. Cada uno de mis libros es como obtener un título de campeón en diversas categorías. Campeón en memorias de infancia, campeón como reportero de lo sobrenatural y campeón en la microhistoria y rescate étnico. Voy por el cuarto campeonato entonces.
Recuerdo a mi buen amigo Juan Paredes Valles, quien me ha prestado una tarjeta de Oxxo Spin, dejándola activa con 200 pesos, por si alguno de mis amigos, amigas o conocidos desean apoyarme en esa odisea investigativa, puesto que, aunque llevo lo del hotel, pagado ya el vuelo redondo, y 500 pesos diarios para comidas y taxis, nunca está de más contar con un extra, como habrá de verse luego.
Abordé, junto con los demás pasajeros, el avión. Y durante el vuelo y como respuesta lógica al sempiterno nerviosismo que me causa volar a más de 30 000 pies de altura, sin otro
asidero que la ciega esperanza de llegar a mi destino provisional que representaba la gran ubre mexicana, intenté distraerme con la lectura de la novela “Árboles” de Rosario Sanmiguel, autora juarense que causara furor en los noventas en el Estado con su primer libro “El callejón sucre y otros relatos”. “Árboles” es una novela de corte intimista y breve y me he puesto a tomar notas en sus márgenes para irme preparando en la escritura de una reseña-ensayo que se sumará a los textos que he ido acumulando de un nuevo proyecto en puerta llamado “La primera novela de… (Narrativa del norte de México), con las óperas primas de las plumas más destacadas de la zona fronteriza de nuestro país, donde figuran, entre otros, Ernestina Yépiz, Daniel Sada, Federico Campbell, Elmer Mendoza, Joaquín Armando Chacón, Carlos Montemayor, Victor Hugo Rascón Banda, Raúl Manríquez, Patricia Laurent Kullick, Ignacio Solares, David Toscana, Willivaldo Delgadillo, Jesús de León, Luis Jorge Boone, Rafael Ramírez Heredia, Martin Luis Guzmán, Rafael F. Muñoz, Hugo Valdez Manríquez, entre muchos otros.

Mientras recorro las salas de la una a la quince con cierta premura para bajar al subnivel del hangar 8 en donde debo recoger la maleta de equipaje, un largo y enorme pasillo pletórico de empleadas, empleados, pasajeras, pasajeros, de diversas edades, guardias de seguridad del aeropuerto, que van y vienen con una misma intensidad digna de alguien frenético o desesperado, de conductores con carritos de focos titilantes y pitidos en tonos preventivos, intentando no atropellar a nadie, me detengo un momento ante el asombro de un joven de barba y greña larga que me pregunta si soy José Luis Domínguez, el escritor. Me avergüenzo secretamente de mi memoria que, en este caso, me ha traicionado al no recordar a quien, emocionado, me saluda con tanto entusiasmo. Dice llamarse Ricardo Martínez. Sin embargo, motivado por su entusiasmo, le pido su número telefónico luego de decirle que estaré aquí toda la semana. Me dice que vive en Hidalgo, que queda cerca. Le pido que, si puede, un día de estos me marque para comer y conversar juntos. Me dice que va a hacer todo lo posible.
Me hospedo en el tercer piso del hotel Sevilla, habitación 332, tiene una televisión con una raya al centro que la hace ver burda y necia. A fin de cuentas, no vine aquí a ver programas de la caja idiotizante, sino a trabajar, y cinco días se me van a hacer muy cortos
para conseguir el objetivo. Pero, por lo pronto así están mis expectativas. El hotel queda junto al famoso Parque de la colonia San Rafael, erigido en nombre de James Sullivan, quien fue un constructor ferrocarrilero que desarrolló, bajo el régimen del porfiriato el Ferrocarril Interoceánico Internacional (Ruta México-Nuevo Laredo) y construyó la famosa Estación Colonia ubicada en el parque, justo a unos metros del hotel, donde ahora se encontraba el Monumento a la Madre, mientras que, de la estación, no había quedado ni rastro. La colonia San Rafael es la más antigua de la CDMX, está ubicada en la alcaldía Cuauhtémoc y tiene más de 100 años de edad, ya que se fundó en 1859. Además, es la sede de una mezcla ecléctica de mansiones de finales del siglo XIX, edificios de departamentos de estilo art déco y escaparates austeros, mejor conocida como el «Broadway de México». Unos 10 teatros de mediados de siglo todavía ofrecen presentaciones en vivo regularmente a los que no podré conocer y varias galerías de arte innovadoras también se han abierto en los últimos años, a las que no podré asistir por falta de tiempo. En varios de sus restaurantes y mesones los artistas jóvenes y residentes de toda la vida disfrutan de comida tradicional. En el número 18 de la calle Gabino Barreda de esa misma colonia, a un costado del Mercado de San Cosme, vivió la artista surrealista española Remedios Varo, quien se exilió en México desde 1941 debido a la ocupación nazi de la capital francesa en la Segunda Guerra Mundial. La pintora inglesa nacionalizada mexicana, Leonora Carrington, también vivió en la Colonia San Rafael, entre las calles Rosas Moreno y Antonio Caso. Fue en esta colonia donde ambas se conocieron y comenzó su amistad y colaboración artística. Sin embargo, la parte oscura de la colonia San Rafael es que en ella se han incrementado de manera considerable los delitos, que si bien es ya identificada por ser de las más peligrosas de la ciudad, durante todos los días hay reportes de asaltos a transeúntes, robo de cámaras, de vehículos o baterías de los autos, así como los asaltos a los mismos comercios y a la venta de sustancias ilícitas y por las noches y madrugadas, la prostitución en todo su apogeo.
La inseguridad en la zona, va desde el robo a las vías del tren como placas y clavos, hasta la comercialización de sustancias ilícitas, todo esto cometido por grupos de jóvenes que han llegado a vivir en dicha colonia y otros más que colindan con la colonia Constituyentes, los cuales están plenamente identificados en las redes sociales, en donde, dice la nota periodística, se pide que tengan mucho cuidado con ellos.
Sé villano en el año de Villa, general de generales, en el hotel Sevilla.


DOMINGO 06 POR LA NOCHE
Como no he comido, traigo el hambre atrasada y sé que si no como algo dormiré mal. Salgo del hotel buscando una fonda cercana, el portero me dijo que, a la vuelta de la esquina, a la izquierda, caminara una cuadra, volteara a la izquierda y que a media cuadra se encontraba un pequeño restaurante. Cuando llegué ahí no vislumbré algún restaurante o fonda, pero si una tienda de abarrotes con el clásico anuncio laminado de coca cola, donde estaba un hombre que despachaba por una ventanilla de rejillas asegurada con una cadena y un candado como para impedir el paso a cualquiera y poder despacharlo desde adentro. Le pregunté por alguna fonda o restaurante cercano y me contestó que no sabía, pero que a veces se ponía un hotdoguero por allá, señaló una de las esquinas del parque Sullivan. Terco, insistí en no hacerle caso al hombre, volví a la segunda esquina y proseguí por una media cuadra hacia la izquierda y entonces hallé un pequeño restaurante. En su interior había una especie de reunión familiar cercanas al dueño o propietario, quien atendía las mesas. Le pedí unos tacos de asada, una cerveza y un limón. Los tacos eran horrendos, aunque llenadores y sólo pude comérmelos con la cerveza con limón como paliativo. Malos tacos, pero llenadores, me consolé. Regresé al hotel.
MADRUGADA DE LUNES 07
Me revuelvo en la cama. No sé si fueron los tacos o el haberme tardado tantas horas en comer. Pero puede ser que el insomnio me llegue debido al cambio de rutina. Cambiar de cama, de escenario, de ciudad y no tener esa placidez y seguridad que te causa a diario sentir que la Hermosa está cerca y oírla moverse y sentir su tibieza, en fin, dormir solo, es una remoción enorme. Aunado al miedo a volar que me asalta por instantes, la paranoia de que la CDMX es conocida por ser zona de temblores frecuentes y que, de atorarse los dos elevadores no tendríamos del segundo piso para arriba ninguna oportunidad de salvarnos. En el taller literario que coordino, solemos leer obras literarias de varios géneros durante el año, novela, poesía, ensayo, cuento. En este último género hemos estado leyendo los cuentos del libro “La lenta furia”, de Fabio Morábito, y precisamente uno de ellos, titulado “Oficio de temblor”, habla en forma de personificación de cuáles son las posibilidades que tiene un sismo de colarse hasta la superficie de esta enorme ubre. Las líneas más aterradoras son las últimas: Y había, aunque rarísimos, los temblores santos (uno cada milenio) que no tomaban ningún tipo de precaución, no estudiaban el terreno, no trazaban rutas previas ni tomaban notas. Un instante de intuición suprema los sacaba del magma en que se hallaban dormidos y les regalaba la ruta plena, fácil y gloriosa que todos buscaban. Sólo un temblor de esa especie podrá acabar con la Tierra (de hecho acabará con ella). Esa imagen es atroz, horrenda, por definitiva y definitoria. Desde mi cama y para distraerme un poco, observo bajo la tenue luz el único cuadro que hay en la habitación. Esa pintura abstracta es armónica. Hay una especie de lucha en sus fríos y metálicos tonos grises que en forma de alas lucha por desprenderse de sus tonos cálidos para emprender el vuelo, sin conseguirlo del todo. A la vez es una flor estallando en pedazos por efectos del viento que a la vez que la eleva la empuja hacia el oeste.

Me gusta más la réplica que se encuentra a un lado del Lobby del hotel. Los tonos que aparecen en ella la llenan de vida y de atractivo. No quiero pensar que el autor o la autora, los cuadros no tienen firma, se repite a sí mismo o misma en su obra volviéndose monotemática, como la pintora de mi pueblo Águeda Lozano, quien, como la grulla del refrán, pero ésta ingrata, en una entrevista de un canal televisivo, al preguntarle la reportera sobre qué ciudad extrañaba más en el mundo, ella, en vez de contestar que su tierra natal, San Antonio de Arenales, hoy Cuauhtémoc, dijo que París, pobre snob, casi casi monocromática, de colores fríos como su alma. Siempre que recuerdo a Águeda Lozano, recuerdo su tacañez de rica, su falta de empatía para con los demás creadores. Y sobre todo, que le disputó una barda de 70 centímetros de ancho y unos cuantos metros de largo a su cuñada, metiendo en el pleito a la policía municipal y a un grupo barzonista, olvidando que los trapos sucios se lavan en casa, cuando no se trata de una autobiografía valiente y dejando que los pasquines de los medios que no llegan a octavos hicieran su agosto con ese escándalo. En parte tiene razón, los políticos de mi pueblo que nos han gobernado, si es que llegan a eso, tienen una mentalidad limítrofe muy parecida a la de los cangrejos. Les encanta ir de sesgo y prefieren no avanzar.

Me pongo a leer un rato antes de que, por fin, me dé sueño. Me levanto temprano a escribir, recontando lo transcurrido antes y durante el vuelo. Le haré las correcciones que hagan falta después. Insisto, esto es un borrador y no sé todavía cómo terminará.
LUNES 07
Después de un baño vigorizador, desayuno en el restaurante del hotel. Hay autoservicio. Luego he tomado un taxi para ir a la larga calle de Donceles a buscar nueve títulos de escritores de los que debo escribir. Al parecer se la he puesto difícil a los libreros de esa zona. Sólo dos hallazgos e inusualmente muy caros. Un “De cuerpo entero”, de Víctor Hugo Rascón Banda de 30 pesos que no me sirve de mucho, porque lo que busco es “Contrabando”, su ópera prima como novela y que había extraviado en un Oxxo, después de terminar de leerla, en La Junta, Chihuahua, hacía cuatro días. Sucedió de la siguiente manera: Me entretuve en la caja pagando un shampú y unos desodorantes, luego recogí la maleta de los libros pensando en que en esos momentos podía pasárseme el camión que habría de llevarme de regreso a Cuauhtémoc, y olvidé el libro arriba del pequeño refrigerador de colores blanco y rojo, casi casi camuflado porque la portada del libro era de esas mismas tonalidades. Me acordé ya cuando el autobús había avanzado algunos kilómetros y ya ni modo, me dije. Pero hallé “El ocaso”, de Rafael Ramírez Heredia en 400 pesos, lo cual es una exageración en una librería de medio uso. Era impensable encontrarlo y sin embargo sucedió. Los milagros libreros existen en esa zona de la CDMX. Publicada en 1966, tres años después de que yo naciera y dos años antes que la Hermosa, “El ocaso” no hace referencia en la solapa a que su autor haya nacido en Tampico, Tamaulipas. Sólo dice que nació en México, así, a secas, y con que yo lo sepa y sirva para mis propios fines literarios ensayísticos, basta.


La foto de autor muestra a un hombre sin barba ni bigote y cuyos rasgos son un tanto aniñados -pienso en Julio Cortázar-, indefensos. Ahora sé por qué Ramírez Heredia después se dejó crecer los bigotes de vinagrón o de alacrán como los que usaría después, muy a la Salvador Dalí o a la José Fuentes Mares.

Son escritores que son niños jugando a ser monstruos con bigotes horrendos más que para asustar a la gente, o para intimidarla, para esconderse tras ellos. Detrás de cada hombre con cara de monstruo siempre habrá escondido un niño asustado con el mundo, ya lo sé, especulo. Psicoanálisis dixit.
Pero como hay dos por uno, me quedo también con “El águila y la serpiente”, de Martín Luis Guzmán, el cual acabo de releer y re-disfrutar antes de venir a la CDMX, pero como a mi buen amigo y mecenas el profesor Javier Cuevas Lira quiere un ejemplar, lo he adquirido para él. Este libro debería ser infaltable en cualquier librero, no sólo el de los chihuahuenses, sino el de los mexicanos:

Luego compro en otros 30 pesos una oferta de un libro de ensayos de la literatura norteamericana. Así que por 460 pesos obtuve 3 libros. A final de cuentas no salió tan cara la inversión.

Descubro una fondita restaurante que cocina comida muy rica. Mecato, ¿será el término mecate derivado en masculino? No. Investigo en Google y resulta que es un término colombiano que define al dulce o la golosina que se come entre comidas. Ahí ordeno sopita de verduras de entre, chilaquiles rojos con huevos estrellados, y tecito verde.

Encargo un pastel de chocolate y un café americano para en la tarde-noche. La encargada dice que me los van a llevar al hotel. Intento pagar la cuenta con la tarjeta que me prestó Juan Paredes Valles. Se suponía que Alicia Estrada había adelantado 300 pesos de dos clases de literatura y que mi amigo y pupilo poeta de la capital del Estado Gerardo Acosta me había apoyado con 350 pesos, más los casi 200 de Juan, debería respaldar, contando lo que gasté en el aeropuerto en Chihuahua, 100 pesos, y 240 de taxi rumbo al hotel del aeropuerto Benito Juárez al hotel Sevilla, que daban un gasto de 340. En la tarjeta, por lo tanto, debía tener 510 pesos mínimo. Pero no. Al parecer, me los han timado.

Por la tarde he ido a la Dirección General de Archivos e Historia de la Secretaría de la Defensa Nacional al Campo Militar Número 1J, “Teniente Mecánico de Aeronáutica Juan Guillermo Villasana López”, situado avenida Ejército Nacional y Boulevard Periférico Manuel Ávila Camacho. He utilizado al taxi del hotel para mayor seguridad, pues no sabría moverme en esta gran ubre y a mi edad ya no puedo andar haciéndole al héroe preguntando o jugándome el pellejo, adivinando si el próximo taxista no será de casualidad un asaltante. Recordé el caso infausto de mi paisano Leonardo Desiderata, quien me contó cómo en sus años mozos, cuando soñaba en grande con ser un escritor, viajara a esta metrópoli y se atrevió con la inocencia de los pocos años juveniles a visitar varias editoriales para ver si le publicaban alguno de sus libros, pero fue en vano. Traía una de esas bolsas cangureras llena de billetes. El último taxi que tomó fue el de la bola negra: el conductor, aprovechando el paso por un paraje solitario, oscuro y desconocido para Leonardo, lo golpeó con una llave stilsson en la cabeza noqueándolo al instante y luego de dejarlo sin zapatos, sin la bolsa cangurera con el dinero y sin sus documentos, lo aventó en un baldío. Cuando recuperó el sentido, como pudo se comunicó con amigos y conocidos donde se hospedaba y fue así como pudieron notificar a sus familiares en Cuauhtémoc y llevarlo al hospital para que tuviera atención médica. Luego recordé el caso de mi buen amigo el escritor Eli Miramontes, quien, en sus correrías izquierdistas por esta gran ubre, en compañía de uno de sus amigos, fue asaltado por un par de policías en plena calle. Esas cosas ponen paranóico a cualquiera. Lo sé.


El edificio de los archivos está a un lado del de la Fuerza Aérea Mexicana:

El oficial a cargo me hizo pasar a una sala amplia, llena de militares de los que ignoro su cargo; luego me llevó a otra, al fondo, más reducida, sumamente calurosa, de grandes ventanales, sin aire acondicionado y en cuyas paredes se pueden ver los próceres de la patria,
Miguel Hidalgo, José María Morelos y Pavón y Benito Juárez. Y en solitario, en la pared al fondo hay una fotografía también en blanco y negro del general artillero -desgraciadamente fusilado en Chihuahua, como antes lo fue Pablo López, como antes, mucho antes lo fue Miguel Hidalgo y Costilla, Felipe Ángeles, y como después sería fusilado Villa en Parral. No siendo éste un fusilamiento con toda la regla, sino en la vil calle, pero, en fin, fusilamiento.
¡Ay, Chihuahua, que fusilas y asesinas a tus grandes hombres, no te acabes! ¡Qué vergüenza de Estado somos! ¡Tenemos que cambiar el curso de nuestra ignominiosa historia, si no, nunca saldremos del hoyo!

Deberé usar guantes y cubrebocas todo el tiempo de consulta, lo cual incrementa algunos grados el calor asfixiante que hace aquí y, si quiero tomar fotografías, que sean exclusivamente sin el uso del flash. El oficial sale y cuando regresa trae consigo cinco libros de contabilidad enormes en donde tienen almacenados todos los documentos sólo del año 1910 de todo el país. Son mil doscientas cincuenta páginas de entre las cuales deberé rescatar todo lo que concierne a nuestra región. La perspectiva de lo que comenzó como una idea, como un ideal, y ahora se concreta en una posible realidad. Así que le agradezco al hombre, el sale y yo me pongo manos a la obra. Lo que voy encontrando entonces, sí va valiendo la pena.

Al salir a los patios ya llegadas las 19:00 p.m., y mientras recorro la distancia entre los archivos y la salida, descubro un simpático macetero hecho por militares en uno de los jardines:

El del taxi del hotel ya me espera afuera. Como el hotel ha quedado bastante lejos del campo militar, me cobrará otros 200 pesos de regreso, lo cual sumará en ida y vuelta el doble. Recuerdo que sólo me han dado 500 pesos para el gasto diario que deberá incluir comidas y transporte, pero con este costo del traslado me veré en la necesidad de pedir apoyo a mis amigas, amigos y conocidos. Pero bien valdrá la pena el esfuerzo.
Ya por la noche, pregunto al guardia del hotel por un Oxxo cercano y quiso mandarme a dos o tres cuadras de ahí, pero yo había visto, y estoy seguro de que el guardia también, que atrás del parque Sullivan, y desde la esquina de la calle del hotel muy bien podía distinguirse, tras la arboleda uno de ellos con sus característicos colores de amarillo y rojo. Tal parece que siempre ha habido una secreta corriente, o una especie de tácito pacto entre algunos chilangos que consiste en querer mandar a paseo a los que sean de afuera. Recordé que, en otra de mis visitas a la CDMX cuando todavía ésta era México D. F., cuando, queriendo moverme por primera vez en el metro, fui y les pregunté a dos policías sobre cual vagón debería abordar para moverme hacia Bellas Artes, y me mandaron en sentido contrario a un rumbo que me hizo perder tres horas. Afortunadamente aprendí cómo desplazarme a través de ese medio de transporte. ¡Bienvenidos los “malas leches” porque de ellos será el reino del infierno! Green go, chilam go! Al contrario, el botones del hotel es la mar de amabilidad, y coincidentemente se llama Alberto Vázquez, como el cantante, tan gentil, que le regalé mi libro de Leyendas de Cuauhtémoc para su hija que anda en los 11 años. El hombre se fue feliz. Como no ha llegado el café americano con pastel de chocolate de Mecato compro un capucchino de canela y unas galletas en un Oxxo. Luego de que me relajo un poco viendo televisión. Llega el pedido de Mecato, pero ya no me cabe. Lo dejaré para en la mañana y eso desayunaré.
MARTES 08
Creo que me cayó mal algo que comí o anoche o hace un rato. No puedo apostar que los tacos sean los responsables, o el café americano frío y el pastel de chocolate que consumí del Oxxo, sino más bien han de haber sido las dos horrendas cosas, pues me sentí mareado. ¿no sería un microtemblor? Están construyendo en el baldío de al lado. Suenan las máquinas perforadoras desde muy temprano. Las pozas de los cimientos son enormes, lo que pinta para un enorme edificio. Pero, afortunadamente, el mareo ya pasó.
Antes de ir a los archivos, para sanear con verduras y vegetales y cereales el estómago, disfruto en Mecato de una ensaladita muy rica.
El taxista de hoy en el hotel, es más joven, el del día anterior. Hablo de la importancia de leer y de cómo el celular ha sido un enorme problema en la educación de las generaciones más recientes. Él me dice que no hace falta chutarse una biblioteca para saber cómo educar a los hijos. Entonces discutimos el tema de autoridad y autoritarismo. Le he dicho que las palabras autoridad y autoritarismo tienen la misma raíz etimológica. Y que el padre que ejerce su autoridad con los hijos termina siendo autoritario, quiéralo o no. Se ha encendido como un cautín, y ha alzado la voz argumentando que un padre siempre hace lo que debe para enseñar a sus hijos lo que está bien y lo que está mal, y no está exento de razón. Aunque enseñar y mandar siempre han ido, en los hogares, de la misma mano. Son los padres los que siempre han delimitado la conducta de los hijos. ¿De qué otra manera se ha sobrevivido durante siglos? Pero él, dándose como aludido, terminó alterándose en demasía, dándole a la polémica un tono más autoritario sin darse cuenta. Mejor guardo silencio, un silencio prudente. Tiene razón, pero ignora que nadie vive su vida propia como quisiera, sino como la ideología o religión dominante, que no son sino sinónimos de autoritarismo, dictan. Cambio de tema. Le digo que ha exagerado con eso de chutarse una biblioteca cuando la estadística nos dice que los mexicanos en general no leen sino 2. 6 libros al año. Lo cual ha empobrecido su mundo, lo ha reducido a tal grado que cabe en la punta de un dedo meñique. La lectura, la literatura son caminos hacia la libertad individual. Quien más lee mejor criterio se forma de una realidad que nos ha sido impuesta soterradamente. Quien más lee ejerce la capacidad del gusto, es decir, aprende a ser un hereje, una persona que ejerce el derecho a elegir, a escoger entre una u otra cosa siempre. Las personas pasan la vida, en su mayoría, dejando que la vida las viva. Pero aquella persona que lee se da cuenta tarde o temprano de que puede dejar de ser pasiva y de que es capaz de tomar las riendas de su propio destino. Leer libros nos hace más libres, más conscientes de sí. Esa es la acción liberadora que consigue el arte en general y que la ideología dominante no quiere que tengas. Por eso ésta ha creado alrededor de ella todo un tinglado de entretenimientos, es decir, de lucecitas de colores, de relajos, escándalos y espectáculos que mantienen a las personas enajenadas, alejadas de su propio centro. La acción benéfica de leer libros es equivalente a la acción benéfica de acercarnos al arte en general. El arte también es desarrollo social. El taxista se va con la encomienda de regresar por mí. Se han tardado más de 20 minutos en hallar los archivos. Ayer fueron eficientes, trajeron cinco tomos. Ahora, de nueva cuenta el tomo I de 250 páginas, con eso tengo por la tarde de hoy.

Dejo el plan detallado de citas y números de archivos para leerlo parejo y encuentro cosas muy interesantes sobre mi pueblo y sus cercanías.

Eso colma mis expectativas. Termino al filo de las 19:00. El taxista ha matizado, suavizado su tono para conmigo. Incluso se porta conciliador y secretamente le agradezco por eso. Ya en mi habitación reflexiono sobre su oficio. Es un padre que cumple con sus obligaciones para sentirse dentro de una normalidad y eso le brinda una sensación de seguridad, de confianza, una sensación del deber cumplido. ¿Acaso sabe que la rutina es el precio más alto que todos debemos pagar por esa misma sensación de sentirnos seguros en el mundo? Si todo lo resume en trabajar conduciendo las vidas de los otros a diversas partes de esta gran ubre, pero a la vez dejándose conducir por la rutina, ¿eso será vivir realmente?
¿En eso se resume una vida? Vivimos en una cárcel y terminamos por no ver los barrotes y amando el encierro. La verdad, prefiero conversar con los taxistas viejos.
Por las mañanas, en el hotel, transcribo a mano, parte de los archivos de cuyas páginas he tomado fotos. He descubierto un poco más de información sobre el caso del coronel Martín Luis Guzmán Rendón, apuntes y despuntes que me dan una idea mucho más cercana que la que tenía de su muerte en la asonada de Malpaso en 1910. Recuerdo el poema, por asociación mental, del poema de Jorge Luis Borges, “El general Quiroga va en coche al muere”, sobre todo la tercera estrofa y la última:
Junto a los postillones jineteaba un moreno
Ir en coche a la muerte ¡qué cosa más oronda!
El general Quiroga quiso entrar en la sombra
llevando seis o siete degollados de escolta.
Ya muerto, ya de pie, ya inmortal, ya fantasma,
se presentó al infierno que Dios le había marcado,
y a sus órdenes iban, rotas y desangradas,
las ánimas en pena de hombres y de caballos.
Este coronel -quien fuera el padre del escritor que llevó su mismo nombre y que nos dejó libros tan hermosos sobre Francisco Villa, del que llegó a ser su secretario, y que, según lo que van revelando los documentos hallados, parecía un ser predestinado a morir, por las altas expectativas que despertó entre la milicia y la manera trágica en la que, en el Cañón de Malpaso cayó herido gravemente bajo una lluvia de balas de los hombres de Pascual Orozco, maderistas éstos recalcitrantes entonces- merece ser tratado con el mayor de los respetos. Y luego pienso en ese otro gran huérfano, Alfonso Reyes, cuyo padre, Bernardo Reyes, moriría dos años después de manera similar, intentando un golpe de Estado contra Francisco I Madero, ya establecido éste como Presidente de la República y al que también le cae al saco militar el poema de Borges. Y cómo el destino terminará uniendo, reuniendo en España, a Martín Luis Guzmán Franco con Alfonso Reyes, ambos literatos de altos vuelos en nuestro país, en ese mismo dolor. Y escribo, poco a poco, en ratos, la reseña-ensayo de “Árboles” de Rosario San Miguel. Carpe diem, si no, de qué otra manera.
MIÉRCOLES 09
Durante el baño matutino, a pesar de las precauciones que siempre tomo porque ya sé lo peligrosos que son los baños de pisos lisos, me he caído contra la celosía alumínica de la puerta corrediza, contra su filo mi rodilla izquierda, han sido tan duros el tirón y el golpe que me ha abierto la carne:
Durante el baño matutino, a pesar de las precauciones que siempre tomo porque ya sé lo peligrosos que son los baños de pisos lisos, me he caído contra la celosía alumínica de la puerta corrediza, contra su filo mi rodilla izquierda, han sido tan duros el tirón y el golpe que me ha abierto la carne:

En la antepierna derecha un desgarre muscular, un golpe y su respectivo moretón:

Comprendiendo que será inútil culpar al Hotel por poner en los baños sus pisos sumamente corredizos, finos y todavía con una leve pendiente en su entrada, cosa ilógica, y porque además sería pleito perdido, hablo a recepción para que me envíen al botones en turno. Debo enviarlo a la farmacia por medicamentos. Presto y solícito, el buen hombre va y me trae algodón, alcohol, gasas, cinta adhesiva fácil de desprender, pastillas para dolor, pero se
le olvida el merthriolate. Bueno lo importante es lavar bien la herida con agua y jabón, luego desinfectar con alcohol, luego iré por el otro elemento. Le doy su propina y realizo la primera atención, arde como el demonio, pero no hay de otra, y nada de chipileadas, a caminar normal, como si nada hubiera ocurrido, aunque me duela.
Me queda como rodilla momificada luego de la autoatención:

No hace falta que un hombre se embarque en las grandes aventuras, ni que se atreva a recorrer lugares insólitos e inéditos para correr peligro. El peligro está en todas partes. El riesgo está en una simple cocina, en una cáscara de plátano sobre una baldosa, en un animal ponzoñoso oculto y hostil debajo de la cama mientras duermes, en un golpe viejo que resulta muchos años después, cuando ya lo has olvidado, o como esta mañana, en un simple baño de regadera de hotel. Caerse en el piso del baño, bajo la regadera, es, también, una señal de envejecimiento. Ya tengo 60 años. No poseo los mismos reflejos, la misma fuerza ni la misma capacidad de reacción ante un resbalamiento. Pienso en los demasiados casos que existen de los ancianos que se accidentan durante el baño. Muchos se desnucan; muchos más se quiebran la cadera; la mayoría no se reponen de los golpes padecidos en el percance. El buen amigo y maestro Ubaldo González, por ejemplo, me contó su caso aterrador. Cuenta que teniendo unos 30 años, estando solo en su casa, se encaminó al área del baño dispuesto a darse un regaderazo, solía, por costumbre, abrir la llave del agua caliente primero, luego se metía y regulaba la temperatura del agua con la llave del agua fría. Pero en esa ocasión, al encaminarse desnudo, se resbaló y cayó de golpe y de espaldas contra el suelo, golpeándose fuertemente la cabeza. De semejante encontronazo con la dureza del piso, se paralizó, es decir, sus músculos no obedecían la orden de moverse y comprendió que se había paralizado. No sabía si esa incapacidad duraría o no mucho tiempo o si ya, de plano, no podría ya más moverse. Y ni a quién gritarle por ayuda.
Lo peor estaba por venir: Como no había tenido tiempo de regular la temperatura del agua, nivelarla con el agua helada, el agua caliente empezó a fluir con mayor regularidad y de tal manera, que empezó a vaporizar. El agua le caía en el pecho y casi conseguía quemarle la piel. El detalle es que no podía moverse. Y si el agua caliente, casi hirviendo le seguía cayendo, no tardaría en causarle daños severos. Afortunadamente, pudo, por fin, rodarse hacia un lado, de tal manera que quedó a unos centímetros de la caída del agua, y aunque ésta seguía salpicándolo, la parte de la media espalda era capaz de aguantar mucho mejor que el pecho. Al fin logró incorporarse, todavía aturdido y como pudo cerró la llave. Poco tiempo después recuperó el movimiento y salió del baño. Fue así como consiguió librarse de tan terrible suerte. Al pensar en ese caso, no puedo dejar de calificarlo como algo terrorífico, una especie de pesadilla hecha una realidad.
Subo la primera de las fotos en las redes sociales e inmediatamente hay respuesta de la Hermosa, de las amigas y amigos solidarizándose y dándome consejos. Desayuno en Mecato unos ricos sandwichitos de atún con café y jugo para consolarme un poco.

Desde ahí se puede ver parte del parque James Sullivan, pequeño pulmón de la convulsa colonia San Rafael, en donde la gente pasa, pasea o pasea a sus perros todo el día de hecho hay una especie de caja alta hecha de alambre grueso y recocido donde los dueños llevan a sus canes para que gasten energías. Una especie de perrario en el que raras vez se suscitan peleas entre estos guardianes domésticos.
El taxista de hoy es de la tercera edad, pero muy lúcido, se llama Carlos, es un buen hombre, servicial y amable y de conversación amena. Luego de llevarme a los archivos y traerme más tarde de vuelta al hotel me recomienda comer en un restaurante ubicado en la calle de un segundo Oxxo llamado “La casa de Toño”. Está a escasas dos cuadras del hotel, cruzando el parque. Mañana iré a desayunar ahí.
Por la noche, voy a asomarme al parque James Sullivan a ver si puedo tomar fotos. Todavía hay mucha gente, en su mayoría jóvenes de ambos sexos que cantan hip-hop, toman alcohol y fuman mariguana. Tímidamente, buscando no molestarlos con mi presencia, tomo algunas fotos. El parque Sullivan funciona como marco para quienes exponen sus pinturas
los fines de semana en el Jardín del Arte y para la prostitución que tradicionalmente, ya entrada la madrugada, se ejerce en esa zona. También es refugio y baño público para algunos indigentes y escenario para los bailarines que han hecho durante mucho tiempo de este lugar una especie de sede oficial de su espectáculo-protesta surrealista.
Fue Rafael Alducín, fundador en México del periódico Excélsior, quien impulsó la iniciativa de que cada 10 de mayo se festejara a las mamás mexicanas, lo cual logró a partir de 1922. En 1944, también logró que se aceptara la idea de levantar un monumento en la Ciudad de México en homenaje a las madres. Así, el 10 de mayo de ese año, el entonces presidente Manuel Ávila Camacho encabezó la ceremonia de colocación de la primera piedra de lo que sería el Monumento a la Madre. Este monumento se ubicaría en una nueva zona de la ciudad que empezaba a modificarse, cerca de la nueva calle de Sullivan y del cruce de Insurgentes y Reforma. Justo en los terrenos de lo que, hasta 1939, había sido la Estación Colonia, una de las terminales ferroviarias de pasajeros más importantes de la capital y que ya había sido demolida. El 10 de mayo de 1949, el Monumento a la Madre fue inaugurado por el entonces presidente Miguel Alemán Valdés.


En realidad, se trata de un monumento muy sencillo y poco fotografiado. Tiene forma similar a un obelisco, es decir, un pilar cuadrado —pero sin una forma de pirámide en la punta— hecho de piedra, que en este caso es cantera, y decorado al centro con la escultura de una madre vistiendo un rebozo y que está cargando a un niño.
A los costados, tiene otras dos esculturas, a su izquierda, la una de una mujer sosteniendo un maíz, símbolo de la fertilidad:

A su derecha, la de un hombre escribiendo:

Justo atrás de la escultura a la Madre, descubro una escultura de rostro doble. Sólo le tomo una foto a uno de ellos.

Voy al Oxxo, Fernando Suárez me ha depositado un dinero para lo que me haga falta. Es un mecenas de primera. Siempre atento al acontecer cultural e histórico de Cuauhtémoc y dispuesto a ayudar a quien le haga falta. Hombres como él son escasos, pero existen. Otro que también me ha apoyado siempre es don Humberto Ramos Molina, quien cada vez que me ve en la calle me llama cariñosamente: “Señor libro”.
JUEVES 10
Hoy volví al parque Sullivan muy temprano. Sólo encontré a dos o tres jóvenes que dormían ahí. Ese rincón al lado izquierdo del Monumento a la Madre, el recoveco entre el monumento y el monolito, servía de espacio para unas cobijas escasas y una forma de vida
vagabunda que se removía aún con somnolencia. Las tres esculturas habían sido creadas por el artista Luis Ortiz Monasterio —en la Ciudad de México tiene otras obras, como la Fuente de Nezahualcóyotl, en el Bosque de Chapultepec—, quien ganara el concurso al que convocó el periódico en 1948.
Una marca evidente de cómo ha cambiado la cultura en México, bien puede ser la placa de este monumento.
Cuando fue inaugurado, la placa decía «A la que nos amó antes de conocernos».

Pero en la década de los 90, esa frase les parecía algo misógina a algunos grupos feministas, por lo que colocaron una leyenda extra con la frase: «Porque su maternidad fue voluntaria».

Después, las placas fueron destruidas un par de veces, por lo que finalmente, en 1997, se colocaron las dos placas de bronce que tiene actualmente y que reúne ambas ideas, la antigua y la moderna.

De día, y de cierta distancia, se ve más impresionante el monumento a la Madre en el parque James Sullivan.

Desayuno en una sucursal de “La casa de Toño”, que es, como diría Ernest Hemingway, un lugar agradable, amplio, limpio e iluminado.

Huevos con jamón, frijoles negros, una quesadilla, dos bolillos, café americano y té verde.
Un desayuno muy nutritivo y sabroso que estoy dispuesto a contraponer con una buena caminata. Enfilo rumbo a la famosa avenida Reforma. Camino varias cuadras mirando a los edificios y negocios a los lados de la alameda que está situada en el centro de la avenida. Me asombra descubrir tantos Starbucks en tan pocos metros. Casi, casi, la avenida Starbucks a fuerza de tantos de estos negocios, en vez de la avenida Reforma. El ajetreo es intenso a lo largo de la larga alameda. Vehículos y personas van y vienen como desesperados, como si al final de su destino respectivo, les esperara una herencia o la noticia de que se han sacado la lotería. Los menos, como yo, avanzamos despacio, disfrutando del paseo. Descubro una exposición de vacas adornadas con diversos colores y motivaciones culturales. Las vacas que han invadido buen trecho de la alameda.

Luego veo una exposición fotográfica que expone diversas geografías del mundo. Le tomo una fotografía a una hermosa máscara realizada en Monte Hikurangi, Neozelanda, cuyo artífice es Matt Crawford.

Creo que hoy jueves es día de la máscara. Porque avanzando por la avenida llego hasta el Ángel de la Independencia:

Ahí, a un lado, descubro entonces a un chilango que vende máscaras de la lucha libre. De pequeño siempre quise ser Blue Demon, no el Santo, el enmascarado de Plata, como la mayoría, sino el demonio azul. Compro una y le pregunto al hombre si sabe dónde hay una librería cerca. Me señala el camino de regreso y me dice que enseguida de la próxima glorieta, se encuentra el edificio de Reforma 222, que ahí es una plaza comercial donde puedo hallar una sucursal de la librería Porrúa. Hacia allá me encamino.
Luego de comprar la primera novela del coahuilense radicado en Puebla, Luis Jorge Boone, cuyo título es “Las afueras”, me pongo a curiosear en los demás locales de la plaza comercial y lo que veo a ratos me provoca que les tome fotos. Voy al sanitario. Luego de lavarme las manos con agua y jabón sufro de un fuerte mareo. Son los efectos del galpanazo que me di en la regadera del baño del hotel. No quiero desmayarme aquí, en este reducido cubículo. Al verme en el suelo, inconsciente, corro el riesgo de ser despojado de mi celular, de mi cartera con el dinero e identificaciones, de mi libro recién adquirido, de mi máscara de Blue Demon y de mis zapatos. Iría a parar en un hospital en calidad de desconocido y sin la más mínima posibilidad de comunicarme. Hago ejercicios de respiración profunda. Me repongo un poco, pero me siento débil. Tomo fotografías desde el segundo piso. Tratando de distraerme y de no dejar que el pánico me invada. Yo debí ser fotógrafo, siempre me han gustado las formas bellas. Tengo un ojo educado en lo que es armónico y equilibrado. Amo por ello la historia de la pintura y en parte la historia del arte. Lástima que también descubrí, tristemente, que los pobres no podemos aspirar a la fotografía como arte, porque resulta cara. Así que ahora uso las ventajas de un celular.

Regreso al hotel. Luego voy a comer en Mecato una rica ensalada de verduras que nutre y desintoxica el cuerpo.
Voy al archivo luego de un par de horas y sigo hallando información sumamente valiosa para el proyecto.

Voy al archivo luego de un par de horas y sigo hallando información sumamente valiosa para el proyecto.
Hoy salgo a las seis de la tarde. Debo ir a Ediciones Era, porque hoy se presenta el libro “Selva Negra” de Elsa Cross. Generalmente veo este programa por Facebook, y participo de manera entusiasta con mis comentarios en él, porque es en vivo la transmisión. Y ahora que estoy en la CDMX sería fatuo no aprovechar para ir en persona. La va a presentar un escritor, poeta, llamado León Plascencia Ñol de quien sí me interesa conseguir un libro y que me lo firme. No es que me atraiga mucho la poesía de Elsa Cross, su vertiente de corte temática hindú me resulta monocromática. Ella es una poeta monotemática exacerbada hasta las lágrimas por el populacho ignorante o snob de lo que significa la verdadera poesía y que ha sido elevada desde su postura de capilla literaria tal como se hace con una de esas viejas y falsas catedrales de la poesía mexicana, que es, en el fondo hindú. Ya sabemos que los premios literarios se otorgan, en su mayoría por la gracia de envejecer, más que por crecer en la literatura.
La oferta es que después de la presentación va a haber un brindis con mezcal. Llego más que puntual, compro el libro de poemas “Animales extranjeros”.

Además, descubro los “Cuatro Cuartetos” de Thomas Stearn Eliot, en traducción de José Emilio Pacheco:

Veo que ambos libros tienen un idéntico formato en la portada. Y curioseando por los estantes, veo el libro de otro chihuahuense, Rafael F. Muñoz “Se llevaron el cañón para Bachimba”, y sé que quien me lo ha pedido es mi buen amigo Mario Jesús Salazar Almuina, quien tiene el nombre tan largo como un ferrocarril, así que lo compro:

Tomo mi lugar en las sillas de atrás. Llegan puntuales la poeta y el presentador. A mitad de la presentación ya me he leído el libro de Ñol. Me han gustado sus poemas y mentalmente hago una segunda cita con el libro.
La poeta, entre la lectura de sus versos va sacando a flote ciertos hechos como ese de que habiendo nacido en la CDMX no sea capaz de escribirle versos a la ciudad. “Yo no sé qué tiene la ciudad de México, pero mientras vivía aquí sólo escribí dos poemas, pero en cuanto ponía un pie fuera los poemas comenzaban a fluir”. Hay un comentario sobre cierta gente que detesta y “es aquella que se acerca a la cábala sin ser judía”, pero aguas con eso, pues dice el dicho que lo que más detestas suele ser parte intrínseca tuya, el snobismo no sólo se da al querer ser lo que no se es. Por ejemplo, Elsa Cross escribe poesía mística hindú sin ser hindú y casi creo que sin ser una mística. Hay riqueza en su escritura, pero pobreza en su hablar. Por ejemplo, un pleonasmo ha sido cuando exclama sobre su libro que presenta: “Es una reunión de poemas que se fueron juntando…”. Los adverbios en mente y los términos definitorios totalitarios salen a raudales de su boca: “Totalmente, completamente, cosa extraordinaria, tino extraordinario, algo maravilloso, prosa maravillosa, fue fundamental, un restaurante que es fantástico, lo coleccionaba todo”. Y cuando León Plascencia Ñol le menciona esa relación cercana que se encuentra en su poesía con la pintura, Elsa Cross ni siquiera es capaz de mencionar el término “Écfrasis”, que no es otra cosa que la representación verbal, ya sea en prosa o en verso, de una representación visual.

de Ediciones Era, de la colonia Roma en la CDMX.
Casi al final de la presentación, me animo a preguntarle a poeta no sin antes hacerle saber sin que lo sepa, dos visiones de mi propio pasado como poeta.
1ª- Un hombre sale de su trabajo de guardia de seguridad y para llegar a su casa tiene que cruzar un arroyo, por ir tan abstracto tropieza casi a la vera de un arroyo, y la punta de su zapato derecho eleva unas piedrecillas del camino, mismas que bordean el pequeño promontorio premonitorio del agua corriente y en su descenso espanta a unos pájaros, los que vuelan al sentir esa andanada. El hombre, ve surgir de la caída de las piedrecillas el vuelo de los pájaros y entonces define en una sola frase el nacimiento de una metáfora: “Pateo las piedras y se vuelven pájaros”. Ha nacido algo nuevo que no existía. La visión de estar ante la poesía.
2ª- Ese mismo hombre, varios años después, trabaja en una biblioteca, durante el rato libro que le queda después de las 6:00 de la tarde, hora en que la biblioteca se ha quedado vacía y el hombre a cumplido con la tarea de acomodar los libros consultados durante el día y luego de escribir en ese enorme libro de contabilidad del resumen de su actividad como bibliotecario. Lee, lee mucha poesía. Y en sus manos se encuentra el libro de Pablo Neruda, “Extravagario”, que son textos poéticos breves, en determinado momento, da la vuelta a la página y se encuentra con estas líneas: “Mi corazón es un carrusel vacío en el crepúsculo”, en ese instante, cierra el libro, voltea hacia la puerta que da al occidente y descubre con asombro, que, coincidentemente, el crepúsculo vespertino se está llevando a cabo. Entonces el hombre llora. Y entonces se da cuenta de que la poesía tiene el poder extraordinario de hacer llorar la piedra llamada corazón del hombre.
La pregunta es: ¿en qué momentos se dio en ti el encuentro con la metáfora y con ese poder de la poesía para hacer llorar hasta las piedras?
La respuesta de la poeta fue muy simple, muy tonta, muy me vale madre tu pregunta: “No me acuerdo”. Lo que arrancó una risa general entre los asistentes. Entonces pensé ¿cuál es la clase de chiste que ha contado la poeta con su respuesta tan bobalicona? Y pienso en que muchas y muchos de los asistentes son muy jóvenes, y como ella puede seguir dando
clases en la universidad y por lo tanto, deben de ser alumnos suyos. Y Elsa Cross añade que uno no es consciente de que esté pasando por ese proceso, y lo peor es que niega la memoria. Dejé que terminara la presentación, y no tardó mucho. Me levanté, fui con el presentador allá adelante y luego de que firmó uno de sus libros, me firmó el mío y le pedí que nos tomaran una o dos fotografías.

Mi amistad León Plascencia Ñol”. Las palabras más difíciles de descifrar fueron “para” y “viajes” que
que parecían decir “pan” y “viztes”.

Me tomé una especia de un par de shots de mezcal, salí a la calle donde ya me esperaba el taxista don Carlos. El hombre, al dejarme frente al hotel no quiso cobrarme. Entonces, como agradecimiento le obsequié mi libro de “Leyendas de Cuauhtémoc”.
Llegando al hotel mi amigo poeta veracruzano me manda un mensaje por inbox, diciéndome que es muy posible que nos acompañe en la Feria del Libro en octubre próximo y que, de ser así, quiere que yo presente su libro “Sonido de Gardenias”. Acepto gustoso. Releo el libro de Plascencia Ñol. Poemas sobre viajes, Perú, Korea, Japón. Poemas-crónica. Y una buena parte está dedicada a Markus Rotkhowitz, pintor abstracto nacido a inicios del siglo XX en Letonia, pero nacionalizado como norteamericano y fallecido en 1970 por propia mano. Uno entiende un poco la razón de su suicidio si notas en sus cuadros el hastío monocromático que lo obsesionaba: el hastío del vivir. Rotkho llegó, como dicen alguno de sus seguidores, había llegado a un punto muerto. León Plascencia Ñol, le dedica varios de sus poemas, hace de ellos una serie de écfrasis:
Ocho
El gran animal
de la noche. El gran animal en lo negro.
Lo que descendía
en lo celeste.
Nueve
El mundo es un dragón
con fondo blanco. Lo inmaterial
la materia de lo dicho. El rastro
negro en lo negro de la hoja.
Gansos Blancos torturados
se ha ido todo; estoy escuchando el golpeteo
de las gotas frente al cristal; un grupo de turistas
al final de la tarde; una sola vez el mundo
está completo; algo tan simple como descender
en medio del lenguaje; somos bonzos
incendiados; los cerrojos del templo parecen
ojivas luminosas; en el aparador de la esquina
vi un hokusai; gansos blancos torturados
en la fotografía; el lenguaje es una bolsa
perforada de papel.
Le hago espacio a la cámara digital de mi celular borrando lo que ya he enviado a mi Facebook, pues mañana tomaré otras del archivo militar para completar la faena que me ha traído aquí.
VIERNES 11
Voy a “La Casa de Toño”.
Creo que lo más parecido al wasabi japonés en materia de salsas en México es la habanera. Por eso en “La Casa de Toño” le he puesto a mis comidas ese chile habanero que te impacta hacia el interior de los carrillos y la quijada; se clava profundo su picor y si lo mezclas con ese tarro de leche con chocolate amargo y caliente después de un bocado, eso te puede arrancar una lágrima furtiva. Aún con todo ese impacto que consigue la salsa habanera no se compara ni en sueños con el wasabi japonés, cuyo ardor sabroso se te incrusta igual en los carrillos y la quijada pero no se queda ahí, pues comienza a ascender y luego de pasar por la nariz, se inserta en los ojos, levantándose luego como una neblina que te ciega por unos instantes que se te hacen eternos, la neblina japonesa se ha instalado en ese murciélago que habita en el interior de cada rostro humano y nos hace llorar. Afortunadamente nos queda un último recurso que es el jugo verde delicioso compuesto por espinaca, apio, naranja y perejil, el complemento perfecto para cualquier desayuno o comida.
En el archivo del Campo Militar Número 1J me he topado con un par de coterráneos norteños. Andaban haciendo una investigación sobre Manuel Gameros, el propietario de la famosa Quinta que lleva su apelativo allá en Chihuahua. Gameros había estado en el colegio militar por tres años y había conocido al Presidente de la República, el Gral. Porfirio Díaz, incluso había pertenecido a su Plana Mayor. Un excelente matemático. Les he ayudado por espacio de media hora interpretando los documentos con esa caligrafía de doctor que solían tener los militares de carrera en sus reportes. Les di mi número y quedaron en comunicarse.
Por la tarde he tomado otras dos fotografías, dejando que la armonía arquitectónica, que se capta a través de uno de los ventanales del hotel, me ilumine. Ha llovido leve, pero ha llovido, y el cielo está seminublado. Y eso me pone nostálgico. Antidiluviano, antiuterino. Tomo otras fotografías recurriendo al orden que me provoca el caos, porque amo el caos por ser la fuente del orden. Como nací siendo no deseado, y posteriormente regalado, nacido en el desprecio de una madre y también de un padre, todos mis esfuerzos en la vida estarán encaminados a darle un orden al caos en el que fui concebido. Mi sistema creativo también se basa en ello. Tendré en mi espacio personal un desmadre, pero un desmadre demasiado en orden. Sólo el que carga el costal del caos, sabe el orden que va cargando.

Luego me voy a cenar unos ricos taquitos de asada acompañados de una cerveza indio, me la merezco. Cuando regreso al hotel, las interacciones en el Facebook son las siguientes:
José Díaz
¡Qué bárbaro!
Juan Armando Rojas Joo
¡Nice!
Horacio Maldonado
Yo, el Santo, el enmascarado de Plata
Nina Mouskoury Siempre tan polifacético
Enrique Ortega
¿En cuál realidad alternativa?
Yo
En el mundo de la ficción
Enrique Ortega pone la imagen de un perro dudando con los lentes entre una de las patas y uno de los ganchillos de las orejas metida en el hocico.
Enrique Ortega
Mis sueños son más científicos. Y sí tengo máscaras, la del “Guajolote vengador” para los fifís,
“Avenger Turkey y el buen chairo “Totoltzin”
Ezequiel Arpero
Yo, Mil Máscaras, je je saludos
Jorge Talavera
Yo tengo una igual.
Agustín García Yo una de Scary.
Y más de una veintena de likes más…
Alisto la maleta, mañana deberé estar en el aeropuerto temprano, si se puede antes de las 11:00.
SÁBADO 12
Después de desayunar en “La casa de Toño”,
Don Carlos me lleva al aeropuerto. He llegado con suficiente tiempo como para documentar la maleta, pasar el checking y estar en la sala de espera con anticipación.
Leo en pdf “Sonido de Gardenias” de Victor Toledo, e inmediatamente encuentro un chispazo de empatía con el libro. Es la infancia del poeta, poetizada, lo que me remite a mi infancia del poeta en prosa que es “El Barrio Viejo de mis recuerdos”. Converso con alguien de Empalme, Sonora. Descubro que es buen lector, sabe de Enrique Serna y “El seductor de la Patria”, y del Batallón de San Patricio, lo cual me habla de que le gusta la novela histórica. Como se ha leído “El Perfume” de Patrick Suskind, le recomiendo el mejor libro de Milán Kundera “La vida está en otra parte”. Su vuelo sale primero que el mío. Faltando escasos quince minutos para el abordaje me doy cuenta de que estoy en el sitio equivocado. Afortunadamente descubro la puerta 21 a tiempo como para abordar. Este avión es más pequeño que en el que llegué a la CDMX. Eso me pone nervioso. Recuerdo que Daniel Sada se tomaba siempre unos whiskies antes de volar, como para darse valor. Durante el vuelo leo “Las afueras” de Luis Jorge Boone, para calmar la ansiedad. Hay personas que de tantos nervios tienden a dormirse de inmediato, lo noto en mi compañero del asiento a mi derecha, el que da justamente al pasillo. En cierto momento nos atrapan unos minutos de turbulencia, pero el avión se comporta estable. Por fin llegamos. Pasan de las 4:00 y tengo hambre. Pido un taxi a la Central Camionera y como en un restaurante, el único que queda ahí. Cuando abordo el camión a Cuauhtémoc me relajo bastante. Ya siento la cercanía con mi pueblo de nueva cuenta, y le traigo buenas nuevas de lo ocurrido hace ya 113 años en él y a sus alrededores.

