Nada tiene más poder que un espíritu animado por la fe.
Qué importa que Dios exista o no.
Amélie Nothomb
UNO
Por su carácter indomable, Mitsuko pasó por varios colegios y terminó la preparatoria abierta a duras penas. Era una chica darketa que se sentía diferente por haber nacido sin el pabellón en la oreja, como un pastel al que le faltó tiempo de cocción. La arrogancia fue su escudo para evitar relacionarse con alguien. Al igual que un ninja, escondía sus emociones y gestaba tácticas de guerra en su interior, por lo que siempre estaba alerta y a la defensiva, lista para el ataque. La gente le rehuía porque era como el Muro de Berlín: imposible cruzarlo. El arma secreta para evadirse de las emociones que la abrumaban era construir, de manera perfecta, con sus dedos delgados repletos de anillos, las cuatro caras de un cubo de Rubik.
Le aterrorizaban los uniformes tanto como los horarios fijos. Odiaba obedecer y dedicar su tiempo en beneficio de los demás. Rodó de escuela en escuela hasta terminar la preparatoria y, sin ganas de ir a la universidad, cambió de trabajo muchas veces, así que aprendió de todo un poco: dependienta, mesera, event planner, gestora de licencias. Aunque le alcanzaba para cubrir los gastos fijos, aspiraba a algo mejor remunerado para independizarse de su madre y tener un espacio propio con muebles nuevos, plantas e, incluso, una mascota. La oportunidad se le presentó promocionando tequila Centenario Plata en un restaurante, como edecán. Allí se dio cuenta del impacto que causaba en los hombres, quienes, al tercer tequila, ya le hacían propuestas de todo tipo. El óvalo perfecto de su cara, los ojos rasgados y el aire de misterio resultaban irresistibles para los clientes que ignoraban la falta de ese pequeño pedazo de carne al mantenerlo oculto con una cascada de pelo reluciente. Ella los rechazaba con cortesía, aunque cuando los borrachos le dejaban billetes, los aceptaba inclinando la cabeza como sus antepasados japoneses.
En sus días libres, Mitsuko solía ir a un bar del centro donde conoció a un señor madurito que, al poco tiempo, ya le invitaba las chelas. Aurelio también la halagaba con perfumes de imitación y joyas de bisutería que Mitsuko recibía torciendo la boca.
—Ni te esfuerces, no soy de regalitos.
—¿Qué prefieres entonces, preciosa?
—Soy especial en gustos.
—Puedo darte lo que necesites.
El sugar daddy le ofreció seguridad, le enseñó modales, a expresarse correctamente, a vestirse, y la instruyó en historia, política y otros aspectos de los que ella no tenía ni idea y que en esa época no sospechaba cuánto ni en qué modo le servirían años después. En pocas palabras, la pulió como si fuera una vasija japonesa lista para mostrar su brillo.
Aquel hombre le pareció el indicado para estrenarse como amante. Pero el asombro inicial fue cediendo y Mitsuko se hartó del control que Aurelio ejercía sobre ella. A los pocos meses sintió que estar con él era otra forma de esclavitud, una remunerada. Imaginó un futuro sin progresos, cautiva, a la sombra de un padre putativo en lugar de un amante.
Decidió dejarlo después de una ceremonia de «pajaritos». La gente había llegado con sarapes, cojines, sillas plegables, fruta y agua. El chamán repartió cada dosis triturada —cuatro gramos por persona— que sabía a linaza, en unos vasos de plástico como los que da el dentista para el enjuague bucal. Los participantes, alrededor de unas quince personas, se fueron acomodando en el terreno que era un paraíso de árboles y plantas de distintas especies. Mitsuko se sentó en una silla plegable frente a unos laureles enormes que mostraban sus gruesas raíces.
En un principio sintió cierta náusea que logró mantener bajo control con la respiración. El cuerpo empezó a bullir como una olla exprés. Cuando cerraba los ojos, veía figuras geométricas que cambiaban de color, de rojo a morado, como si fueran la cúpula interna de una mezquita. Estaba maravillada por el espectáculo y por percibir el cuerpo con tanta energía, sobre todo en las manos. «Una potencia capaz de revivir a un muerto», pensó. Escuchaba a las personas vomitar, llorar y eructar, mientras la música se metía en su cabeza, distorsionando la realidad.
Colocó las manos en la tierra, percibió que la vibración se extendía por el pasto fresco, descendía al manto, la litosfera, el núcleo, provocando un temblor, movimientos provenientes de ella. El cuerpo se convertía en vehículo del interior hacia el exterior. Agachó la cabeza en señal de reverencia y el sudor le bajó por la nuca, purificándola. Cuando abrió los ojos, el espectáculo apareció ante ella: los troncos formaban cuerpos azulados que se retorcían, fornicaban, cambiaban de aspecto. El jardín cobraba vida, se aproximaban figuras mitológicas saliendo de las ramas, aparecían criaturas para brindarle un espectáculo estético. Y tuvo la certeza de que venir a este mundo no se trataba solo de comer y cagar, sin trascendencia, sin legado. Tendría que dejar una huella que diera fe de su paso por la Tierra. Y con esta reflexión fue testigo del flujo interno del cuerpo, de los órganos funcionando como una relojería perfecta, con la kundalini reptando la columna vertebral.
Los acordes la cimbraban y una voz le decía: «Eres belleza, Mitsuko, estética pura, acéptalo, nadie puede hacerte daño». Y, moviéndose al ritmo de la música instrumental, abarcó el espacio. El gozo que sentía en su corazón era tan grande que le latía a mil. Se recogió el pelo, el secreto quedaba descubierto ante esos seres animados que la llamaban para que fuera parte de ellos, y bailó su vergüenza y su belleza y sus ganas de vivir. El padre se diluyó y la ausencia dejó de doler. Después regresaría bajo otras formas, pero eso Mitsuko lo ignoraba. Todo era sonido de pájaros, de insectos; los olores del jardín llenaban sus pulmones. Se vio a sí misma como los demás la observaban: cuerpo sagrado emanando belleza.
Cuando la experiencia concluyó, la realidad se le presentó sin exuberancia y, por más que intentó revivirla observando los árboles, la pantalla se había apagado por completo. Eso sí, se quedó con la certeza de que debía continuar sola, sin importar los retos. El sugar daddy tenía que desaparecer. La ceremonia le reveló que era como un ninja, pero ella no tenía por qué esconderse entre las sombras.
DOS
Al regresar del hospital lo primero que hizo Luna María fue dirigirse hacia el baño para quitarse el vendaje que cubría su vulva. Lo hizo con la curiosidad de quien abre las almejas que compra en el mercado de pescados para ver si el molusco está vivo y se retuerce bajo las gotas de limón. Un gesto de dolor apareció en su cara cuando desprendió el micropore, la sensación era parecida a la depilación con cera en la zona del bikini. Tomó el espejo por el mango y lo colocó frente a sus genitales; estaba cubierta de puntos de sutura en paralelo al borde del labio y presentaba un pequeño hematoma alrededor, pero pudo distinguir los labios menores simétricos, de tamaño perfecto. Se percató con placer de que los labios mayores lucían juveniles. «¿Será por el ácido hialurónico que me aplicó el doctor?», se preguntó.
Un grito de terror rompió el silencio. Al acercar el espejo, se reveló una imagen que irradiaba calor proveniente de la vulva, eran Francesca y Paolo en el segundo círculo del infierno de Dante: las piernas entrelazadas, el brazo de ella rodeando el cuello masculino, como si ambos fueran una extensión de la propia carne enrojecida de Luna María. Soltó el espejo, que cayó con estrépito sobre el piso de cerámica. Se mordió el labio hasta sentir el sabor metálico de la sangre en la boca reseca. El corazón aceleró su ritmo y se arrepintió de haberse hecho la labioplastia. Juntó las palmas y repitió varias veces: «¿Qué quieres de mí?». El calor invadió sus mejillas, el rumbo que estaba tomando su vida no era lo que había imaginado. Si algo odiaba Luna María era no entender lo que ocurría. «¿Por qué?», balbuceó apenas, con un hilo de voz soportando el nudo en la garganta. El malestar se intensificó. Colocó una compresa de hielo y juntando saliva tragó el antibiótico y un antiinflamatorio.
Recordó que, todavía en estado de duermevela tras despertar de la operación, vio a una mujer hecha de fractales, como si pudiera percibirla a través de un caleidoscopio. El cuerpo robusto, el pelo lacio y blanco con flequillo cubría parte de sus ojos oscuros; llevaba una capa de terciopelo verde oliva que ondeaba y el cáliz en la mano derecha era el as de copas de la baraja española. El corsé de seda con incrustaciones de rubíes, los muslos gruesos, firmes y las botas altas de plataforma impresas con la réplica de un cuadro de Doré, en el que Francesca, desnuda, abraza a Paolo. Él la observa embelesado y ella, en estado de éxtasis, sangra del pecho. Aunque el aspecto de la figura era diferente a aquella que desde niña veía en la tienda de artículos religiosos que heredó de su madre, sabía que se trataba de María Magdalena. La silueta se confundía con imágenes de cuerpos desnudos cuyos rostros expresaban lascivia.
Se santiguó y rezó varios Avemarías. «Aparta de mí este cáliz», repitió entre rezos con la mandíbula apretada y los dientes castañeando cual maracas.
El alimento postoperatorio consistió en consomé de pollo y pan de centeno con humus y aguacate. Tenía el estómago hecho un nudo y apenas podía comer. Le daba terror cerrar los ojos porque temía que las imágenes volvieran. Pasaba horas en el reclinatorio, respirando incienso y con la vista fija en la llama de la vela. Parecía una estatua más de la tienda. La invadían pensamientos de tortura al saber que fue vencida por el pecado de la vanidad, desobedeciendo los consejos de su madre que, desde pequeña, la reprimía cuando la encontraba frente al espejo: «Alimenta el espíritu, nena, el cuerpo acabará siendo banquete para los gusanos». Luna María luchaba contra esa sentencia. Merecía rehacer su vida. El recuerdo de Octavio le provocó escalofríos. Ese hombre anodino y mamítico, que apenas la miraba, fue incapaz de accionar el botón del placer. No podía esperar más, soñaba con gritos de deseo, como veía en las películas; quería sentir la muerte chiquita, el olvido de sí por unos segundos. Una vez más, la vida le jugaba chueco, como cuando creyó que su boda, a lo Lady Di —ataviada de tules, encajes, lentejuelas y amuletos de la buena suerte bordados en el dobladillo mientras escuchaba «La marcha nupcial», de Mendelssohn—, le resolvería la vida y la bendeciría con hijos, a los que renunció después de cuatro abortos.
Sabía que una cosa era lo que se pensaba y otra muy distinta lo que realmente sucedía. ¿Por qué se dejó arrastrar por la ilusión del gremio de las divorciadas, de una vida de lujuria con hombres imaginarios?
Así transcurrió la cuarentena: apenas dormía, atormentada por saber cuál sería su destino. La vida apacible había sido interrumpida por la intrusión de esas visiones que quería evitar a toda costa, pues tambaleaban sus creencias tradicionales y la obligaban a hacer algo que no sabía afrontar. Se vio de reojo en el espejo y no se reconoció: las raíces canosas, la piel ajada y las rodillas adoloridas de tanto mantenerse postrada pidiendo piedad la habían asustado. El castigo por sus actos estaba siendo severo. Aprovechó que sus genitales se habían desinflamado para bajar a su tienda. Apenas se alegró cuando la dependienta le dijo que se habían llevado la Virgen de Guadalupe de tamaño natural.
Las sillas permanecían llenas de polvo en el patio. Se dijo que tenía que hacer un esfuerzo y reunir al Grupo de Biblia, quizás si regresaba a los versículos, a la palabra de los apóstoles, disiparía los mensajes de María Magdalena y, sobre todo, las portentosas imágenes de lujuria que la sometían.
Las siete integrantes del grupo formaban un círculo en el patio circundado por macetas de barro. La líder abrió «el libro de libros» en una página al azar. La voz lenta y pastosa acariciaba el aire antes de meterse en los oídos de las oyentes. La sesión comenzó: «Tú creaste mis entrañas, me formaste en el vientre de mi madre. ¡Te alabo porque soy una creación admirable!».
Esperó a que las palabras se asimilaran, pero las asistentes tenían cara de no haber entendido nada y, en lugar de lanzar la tradicional mirada compasiva, Luna María bajó la vista. Las palabras se le enrollaban en la lengua haciéndolas ininteligibles. Disimuló el enojo que le reptaba hacia la cara eligiendo cantos gregorianos para salvar la situación. Ni el olor a incienso sirvió. Dándose valor y lanzando una voz apenas audible, dijo que la sesión estaría dedicada a meditar esas palabras, quería eludir a las asistentes, así que las instó a cerrar los ojos. Se notaba el hastío en sus posturas corporales. La sesión resultó sin la exaltación de espíritu que las caracterizaba. Nadie imaginó los demonios internos que atormentaban a Luna María. Al irse, algunas colocaron billetes de baja denominación en la canasta de mimbre. Eso la inquietó aún más: «Ya no creen en mí».
Frente a la veladora, con las palmas unidas, rezó un misterio del rosario. Llevaba varios días sin conciliar el sueño, apenas y se levantaba del reclinatorio. Se sentía en pecado y merecía un castigo. Una escena, un chispazo en su mente interrumpió el rezo: ella, atada de manos y pies, cera caliente entre los pechos y María Magdalena susurrando: «Todo es perfecto cuando dejas que tu alma respire. Vive sin juzgarte, ama sin poseer, confía sin dudas. Has sido elegida como mi mensajera».
La ambigüedad la aterrorizaba. ¿Por qué la prostituta de la Biblia la elegía a ella que había sido ejemplo de virtud y fidelidad a pesar de haber sido infeliz con Octavio, quien le había dejado la autoestima por los suelos? ¿Por qué los mensajes de lujuria entre los de esperanza? Respiró profundo, sintiendo cómo se le cerraba el pecho y le dolía la boca del estómago.
—Dios mío, ¿qué quieres de mí? —rezó entrelazando los dedos con fuerza y agregó—: Por favor, te suplico, no me pongas esta prueba, te prometo ser espíritu, recuperar la fe y servirte, Señor. A ti, solo a ti.
Imágenes lascivas regresaron como única respuesta. La vulva caliente de Luna María palpitó.
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Qué importa que Dios exista, Isa González Bretón. Novela. Nitro/Press, col. Habitaciones Propias no. 13. México, 2026. Para mayor información, páginas muestra y modos de compra: https://nitro-press.com/9786078805693

Isa González Bretón Originaria de Puebla. Licenciada en Antropología Social por la UDLA-Puebla y maestra en Letras Iberoamericanas por la Universidad Iberoamericana de Puebla. Ganadora del Xl concurso de cuento «Mujeres en vida», BUAP, 2007. Es autora de los libros de cuentos De vez en cuando, Si te vi no me acuerdo, A qué llamamos amor y Caídas. De los cuentos en las antologías: Volver a los diecisiete, cuentos de lolitos (comp. Jorge Abascal) con el relato «Té de tila», ¡Basta! Cien mujeres contra la violencia de género con el microrrelato«Amarás», Próximamente en esta sala, cuentos sobre el cine con el relato «Los Magos», Lados B Narrativa de alto riesgo con el relato «El anticuario» (Nitro/Press, 2017), Tercera antología de escritoras mexicanas con el cuento «Tic Tac», Vagón Rosa Rosa Rosa, Los cuentos por fuera. Ha publicado las novelas Tóxica(s), Dígalo sin miedo, Avon llama, El cuerpo de Crista. Ha impartido talleres de cuento y autobiografía en Duermevela Casa de Alteración desde el 2008 y en el CAE, escuela de artes escénicas, combinando la escritura con el performance.

