Yo seguía con mis rutinas para no contagiarme de Covid. Ya me urgía salir de casa. Extrañaba todo: a mi familia, a mis amigos, mis salidas a desayunar o a comer, solo o con alguna amiga; mis escapadas a otras ciudades para presentar mi novela, que seguía vigente, o algunos fragmentos de mi poesía incluidos en Obra reunida. Echaba de menos manejar mi auto sin rumbo fijo, descubriendo nuevas colonias y fraccionamientos —eso me encantaba—. Y, sobre todo, dormir con mi esposa. Extrañaba absolutamente todo.
Lo que me daba esperanzas era que farmacéuticas, laboratorios y universidades de élite ya experimentaban con posibles vacunas contra el Covid-19.
Sonó en mi celular el tono que anunciaba un mensaje de la vecina por WhatsApp:
—Hola, vecino… ¿Lo agarro ocupado?
—Trabajando (leyendo) un manuscrito de una novela.
—¿Y la va a dictaminar positivamente?
—No… Es un bodrio de novela. Llevo tres capítulos y nomás no levanta.
—Oiga… ¿Y los de la editorial respetan sus dictámenes?
—Cada manuscrito lo leen tres dictaminadores. Si dos dicen que no, el escrito se desecha y se le avisa al autor que su trabajo no es publicable en la editorial. De eso se encarga otra área.
—Bueno… Sígame contando de su trabajo de chafirete.
—¿Chafirete?… ¡Fui rutero, y a mucha honra!
—Vecino… ¿Y cuando trabajaba de rutero ya sabía que sería escritor?
—Lo intuía, porque ya me gustaba mucho leer y escribía poemas… pero muy malos. Como vi que todavía estaba muy verde, dejé la poesía por la paz y me dediqué a trabajar y a acumular experiencias de vida.
—Fue un rutero escritor en ciernes.
—Déjeme contarle cómo me hice rutero… ¡De los buenos!
—Lo escucho.
—Empecé a trabajar de rutero en las madrugadas casi al mismo tiempo que inicié clases en la Prepa del Chamizal. En aquellos años las rutas se expandieron por toda la ciudad, que crecía a lo güey, y fueron desplazando a las tres líneas de camiones que existían: Transportes Urbanos, Líneas de Juárez y Valle de Juárez. Las rutas funcionaban con concesiones —las famosas placas— que otorgaba el Gobierno del Estado a cambio de una fortuna, o mejor dicho, de una buena mordida. Llegó a haber unas quince rutas, con sus respectivos ramales, que atendían a toda la ciudad. Las más famosas eran la Circunvalación, la Juárez-Zaragoza, la Ruta 4, las rutas 1A y 1B, y la Ruta 3. Yo trabajaba en la 2B, una ruta de recorrido corto, pero con muchísimos usuarios y varios destinos. Los concesionarios, como mi padre, podían rentar tanto las placas como las camionetas. Mi papá tenía dos: una la manejaba él y la otra la rentaba o la usaba cuando la suya se descomponía. Esa era la que me prestaba en las madrugadas.
—Al principio, todo lo que ganaba era para mí; solo tenía que devolver la camioneta con el tanque de gasolina lleno. Y era un dineral trabajando únicamente de las cuatro a las siete y media de la mañana. Una obrera de maquila ganaba entonces unos cuatrocientos pesos a la semana, y yo sacaba entre trescientos y cuatrocientos pesos en una sola mañana. Y eso que apenas alcanzaba a dar cinco o seis vueltas del Centro a las colonias. Así que iba a la prepa forrado de billetes; traía más lana que muchos de los «hijos de papi» de la Prepa del Chami.
—Algunas veces me llevaba la rutera a la escuela y los juniors se burlaban de mí —me hacían bullying, pero del bueno— porque ellos llegaban en carros muy bonitos, muchos deportivos, y no soportaban ver una pinche rutera estacionada junto a sus carrazos. De hecho, dos veces me agarré a golpes por eso y salí avante. Vecina, en el barrio uno aprende a pelear a las buenas y a las malas. Esa educación callejera, invaluable, me la dieron los malandros-amigos del barrio.
—O sea que fue muy peleonero.
—Hasta eso que no. Era calmado, pero con los chavos de la prepa me hice respetar a punta de madrazos. Y en la ruta fui uno de los choferes más populares; había muchachas que esperaban a que yo pasara para subirse conmigo.
—¡Las traía muertas!
—Muchas me echaban los perros… querían agarrarme de pollito… y, a veces, me dejaba querer. ¡Ja, ja, ja!
—¡Viejas lagartonas!

