Mariana Orantes nació en la Ciudad de México en 1986. Es escritora y artista. Ha sido becaria del programa Jóvenes Creadores del Fondo Nacional para la Cultura y las Artes y de la Fundación para las Letras Mexicanas. Recibió la beca de Residencias Artísticas para la documentación de su libro Autos, moda y discos punk y, a partir de ese proyecto, le fue concedida la Beca de Escritura Creativa Montserrat Roig 2020. Fue parte del Processi 150 de la Real Academia de España en Roma, así como del 9.º Programa de Estudios Independientes del Museo de Arte Contemporáneo de Barcelona, donde realizó una estancia de investigación enfocada en el archivo de Joan Brossa.
Para la autora, la poesía es un territorio que se resiste a las definiciones. Inspirada en pensadores como Édouard Glissant, considera que no todo debe ser explicado y que la opacidad también es una virtud. Su novela Caer bajo tierra, aunque parte de un feminicidio real, trasciende el hecho para explorar la amistad, la memoria y las conexiones humanas.
Rechaza convertir la violencia en espectáculo y advierte sobre la creciente fascinación por la crueldad. Defiende una literatura capaz de incomodar y cuestionar certezas. Además, valora las becas como herramientas de supervivencia y celebración de la creación, y afirma que la literatura latinoamericana vive uno de sus momentos más brillantes.
—¿Si la poesía se resiste a las definiciones, ¿cómo reconoces que un texto ha alcanzado ese territorio poético?
Creo que es una de esas palabras que escapan a las definiciones y a los diccionarios. Es un término que les ha dado muchos dolores de cabeza a quienes quieren definir el mundo. Según Glissant, esa necesidad de definir, esclarecer, clarificar, separar, clasificar y ordenar por categorías es propia de la mentalidad colonial. No la necesitamos. No es necesario definirlo todo; la opacidad también es una cualidad.
Dicho lo anterior, y si lo pienso desde mi parte ensayística, podría decir que, como sucede también con el ensayo, la poesía está relacionada con la forma en que entendemos el mundo, con nuestra experiencia sensible del mundo, y eso no puede tener una sola definición. Aunque una de mis favoritas son las diez definiciones de poesía de Carl Sandburg, de las cuales cito la última: “Poesía es el abrir y cerrar de una puerta, que deja conjeturando a los que miran sobre lo que se ve por un instante”.
—Caer bajo tierra parte de un feminicidio real ocurrido en tu infancia. ¿Te preocupa que en la literatura exista cierta fascinación estética por el dolor?
Mi novela, Caer bajo tierra, parte de un feminicidio real, pero no es la narración de ese feminicidio. Lo que cuento es ficción; es una novela, tiene un desenlace. No me gusta que la relacionen tanto con lo vivencial porque no era la intención. Al contrario, la novela tiene tres personajes que no son, para nada, un yo ficcional; narra cosas distintas y trasciende el asesinato: habla de la compañía, de la amistad, de la búsqueda de respuestas, de rezar por nuestros muertos en diferentes idiomas, tiempos y lugares; de cómo las historias trascienden y conectan.
Además, mi postura es no hacer de la violencia un circo, pero eso no quiere decir que no vaya a hablar de la violencia que me atraviesa. No me preocupa la fascinación estética por el dolor; finalmente es algo con lo que tenemos que vivir y las experiencias vitales alrededor del dolor también necesitan expresión.
“Para escribir una poesía que no sea política,
Debo escuchar a los pájaros,
Pero para escuchar a los pájaros,
Los bombardeos deben cesar”.
Marwan Makhoul
Me preocupa la fascinación estética por la crueldad, que es muy diferente y que he visto avanzar con inaudita velocidad. Los señores de la guerra no se preocupan por el dolor causado, ese dolor con el que tenemos que vivir cada día; se preocupan por sostener el dolor en el tiempo como una forma de control social, de desencanto, de normalización y de generación de ganancias. ¿Cuánto ganan las personas que hacen de la violencia un circo para su consumo?
—¿Cómo fue tu infancia y adolescencia?
Muy normal, supongo. Nací y crecí en la periferia del D.F., en un lugarcito antiguamente habitado por tepanecas de habla náhuatl, parte de uno de los barrios originarios de San Pedro Cuajimalpa, en la ahora alcaldía Cuajimalpa. Por esa conexión-desconexión con el D.F. y el Estado de México (la preparatoria la cursé en Huixquilucan, Estado de México), fue difícil estar y no estar.
Mi infancia transcurrió entre los árboles de los bosques cercanos: El Cedral, El Ocotal, La Cruz Blanca, La Venta y El Desierto de los Leones. El bosque marcó mucho mi infancia, pero, por desgracia y sin saberlo, también tenía la huella de la violencia.
Mi adolescencia fue entre calles de terracería, ropa negra, música punk y largas horas en el transporte público para llegar a La Lagunilla, El Chopo y los bares de punketos y darketos; fiestas con aguas locas en casas en obra negra, sentir miedo al caminar por la noche y mis padres enojados porque mi vida no tenía rumbo. No fui una alumna brillante. No fui la más bonita, ni la más chingona, ni la mera mera maromera. Pero me la pasé bien.
—Has hablado del lenguaje inclusivo como una forma de incomodar estructuras. ¿Crees que la literatura debe incomodar?
Por supuesto, debe incomodar, pero no a lo menso. El amor es incómodo tanto como la violencia. El amor es incómodo para quienes solo saben de control. La alegría es incómoda para quienes nos quieren ver miserables. La autenticidad es incómoda en un mundo artificial. Y la solemnidad es para los idiotas.
—Has pasado por becas, residencias y programas importantes en México y Europa. ¿Qué tanto ayudan realmente esos espacios?
Pues a mí me han ayudado a sobrevivir. Creo que está muy bien que te paguen por crear, como en cualquier trabajo. Deberían dárselo a todo mundo. Ahora, en general, ayudan a moverte. Sí, igual yo soy muy tonta para estar en los “ambientes literarios” y eso no me ha importado, pero hay quienes sí se la saben y aprovechan estas plataformas.
Porque son plataformas, nada más; lxs lectorxs, los libros, la producción y la salida material de los proyectos son otra cosa, no están ahí. Para mí, lo más interesante de las becas y residencias ha sido conocer a otrxs creadorxs, proyectos y procesos creativos que de otra manera no hubiera podido conocer.
—¿En qué punto crees que está la literatura hispanoamericana en relación con la europea o ibérica?
Para mí, la literatura hispanoamericana es de las más interesantes ahora mismo, sobre todo en la exploración de formas poéticas y experimentales, así como en cuanto a temas. Pero también me gusta la relación que tiene con diversas tradiciones literarias, con la diversidad de personas, culturas y contextos que enriquecen su literatura por estar en constante diálogo.
Sin embargo, creo en la literatura latinoamericana: es su momento de brillar.
—¿Quiénes son los escritores vivos más importantes para ti?
Creo que todxs lxs escritorxs vivxs son importantes para mí, porque mejor que estén vivxs que muertxs, ¿no? Eso, y mi maestro Hugo Hiriart, que tiene una obra maravillosa e imaginativa, con una prosa cuidada que no cae en la trampa de lo solemne, sino que se divierte mostrándote los detalles que no habías notado antes, lo que es difícil y particular.
—¿Qué piensas de la estetización del narco y de la violencia mexicana en productos culturales?
Creo que es una respuesta al trauma. Durante tanto tiempo nos hemos visto rodeados por la violencia del narco y por esfuerzos políticos por señalar o colaborar con el narco, que empezamos a responder a historias, canciones y estéticas. Sin embargo, es parte de la normalización de la violencia, y pues ¡cómo no!, si ya lo vemos y vivimos todos los días. ¿Cómo no te va a gustar una canción o un cuento que describe algo que presientes, que has visto o que forma parte de tu día a día?
Y ojo, el primer paso de la normalización de la violencia no son los creadores. Yo creo que no es la pregunta ni la persona correcta a quien hacerle la pregunta. Quizás, si le preguntáramos a los grandes nombres que inyectan dinero a la estética del narco, tendríamos una respuesta más interesante de lo que yo, simple creadora de a pie, pueda decir al respecto. Porque, si hay tanto dinero de por medio, evidentemente alguien se beneficia.
—¿Qué tan cierto es eso de las mafias literarias?
Muy cierto, pero no lo abarcan todo. Sí, hay mucha banda que nada más está viendo por dónde jugarle al Don Corleone de las letras mexicanas, y está documentado; por ahí hay largos chismes sobre el tema. Pero también hay mucha banda que, ante rechazos y negativas, cree que todo es una mafia, y pues no.
Como escritorxs necesitamos un poco más de tolerancia a la frustración. No te dieron el premio o la beca, va. Igual fue por una mafia literaria, o porque los jurados no estaban capacitados para tu genialidad, o por Mercurio retrógrado, o igual es porque te falta trabajar. Sea como sea, ponte a trabajar. Tu chamba no son las mafias; tu chamba es la literatura.
—¿Qué pregunta nunca te hacen y te gustaría que apareciera en una entrevista?
Que me pregunten por mi gato. Mi gato es mi mayor influencia a la hora de escribir y entender el mundo. Aprendo cada día de su honorable sabiduría maulladora.
—¿En qué proyectos estás trabajando actualmente?
En otra novela (porque ya agarré vuelito) y en un libro de ensayos literarios (mi vicio) sobre procesos artísticos y filosofías ocultas: magia, tarot, brujería, oráculos y mancias.
Por ejemplo, hace poco en Pliego Suelto publiqué un artículo sobre el uso del tarot como herramienta para el análisis literario, en una presentación performática de una novela contemporánea: El Órgano, de Diego Sánchez Aguilar.
Su primera novela, Caer bajo tierra (Editorial Candaya), fue publicada en noviembre de 2025. Además, es autora de los libros de poesía El día del diente de leche y La casa vertebrada; de ensayo literario Huérfanos, La pulga de Satán, Los caballeros se quedan a descansar, Visita guiada al mundo de los muertos y Todo está lleno de diosas; y del libro para niños Érase una vez en Los Beatos.

