La historia de América Latina está llena de fantasmas que regresan cuando menos se les espera. Algunos llegan vestidos de generales, otros de empresarios exitosos, de asesores extranjeros o de discursos que prometen orden y prosperidad. Cambian los nombres y las épocas, pero la tentación de influir en el destino de los pueblos latinoamericanos parece permanecer intacta en ciertos círculos del poder estadounidense.
El reciente respaldo de Donald Trump al candidato ultraderechista colombiano Abelardo de la Espriella es una señal difícil de ignorar. El mensaje del presidente estadounidense fue directo al señalar que la elección colombiana será importante para la relación entre ambos países. Fue una declaración política que inevitablemente coloca el peso de Washington sobre una contienda electoral soberana.
La reacción del presidente Gustavo Petro fue igual de contundente. Cuando un país interviene en las decisiones de otro, dijo, muere la libertad. Más allá de simpatías ideológicas, el señalamiento toca un tema que ha acompañado a América Latina durante generaciones: la constante disputa entre la autodeterminación de los pueblos y los intereses geopolíticos de las grandes potencias.
Resulta difícil no observar un patrón. Mientras gobiernos y movimientos de izquierda han ganado espacios en distintas naciones de la región durante los últimos años, desde Washington emerge una narrativa cada vez más favorable a proyectos identificados con la derecha y la ultraderecha. No es un secreto que Donald Trump comparte afinidades políticas con figuras conservadoras del continente y que observa con recelo el avance de gobiernos progresistas.
México tampoco escapa a este escenario. La polémica por la participación de agentes de la CIA en una operación realizada en Chihuahua abrió un debate que sigue lejos de cerrarse. A ello se suman los recientes señalamientos difundidos por medios estadounidenses contra políticos vinculados a la Cuarta Transformación, así como versiones que posteriormente han sido cuestionadas o desmentidas por autoridades mexicanas. Son hechos distintos, pero que han alimentado una creciente percepción de tensión entre ciertos sectores políticos de ambos países.
También resulta inevitable observar que, en meses recientes, diversos actores políticos de oposición han mantenido acercamientos y encuentros en territorio estadounidense. Viajar, dialogar o establecer contactos internacionales no constituye por sí mismo ninguna irregularidad. Sin embargo, cuando estos movimientos coinciden con campañas mediáticas, acusaciones sin pruebas concluyentes y una narrativa constante sobre la supuesta incapacidad de México para resolver sus propios problemas, las preguntas comienzan a surgir de manera natural.
No se trata de afirmar la existencia de una conspiración ni de construir teorías sin evidencia. Se trata de reconocer que la política internacional rara vez es inocente. Los intereses existen, las presiones también y las grandes potencias suelen actuar en función de aquello que consideran conveniente para sus objetivos estratégicos.
La pregunta de fondo no es únicamente qué ocurre hoy en Colombia o qué sucede en México. La verdadera interrogante es hasta dónde están dispuestos los países latinoamericanos a defender su capacidad de decidir por sí mismos. Porque la soberanía no suele perderse de un solo golpe. A veces se erosiona lentamente entre respaldos extranjeros, campañas de descrédito, rumores convertidos en titulares y la insistente idea de que otros saben mejor que los propios ciudadanos lo que conviene a sus naciones.
Mientras Donald Trump permanezca en la Casa Blanca, todo indica que la disputa ideológica en América Latina continuará siendo observada con especial interés desde Washington. Y cada gesto, cada respaldo y cada señal enviada desde el norte merecerán una lectura cuidadosa. La historia de este continente ha enseñado demasiadas veces que las coincidencias políticas rara vez son sólo coincidencias.

