En el estudio improvisado, en el suelo, entre manchas de acrílico y trazos que no obedecen a un plan previo, el pintor Nicolás Arturo Rosas Malagón —Nico Rosas— habla de su obra como si no le perteneciera del todo. Como si cada cuadro fuera un descubrimiento y no una decisión. Así inicia la conversación, con una certeza poco común en el arte: él no sabe qué va a pintar.
El lienzo no siempre empieza en blanco. A veces comienza en la memoria, dice. Ahí, en ese territorio previo, es donde el creador fronterizo sitúa el origen de su obra, antes incluso de tocar el color.
“Mi nombre es Nicolás Arturo Rosas Malagón”, dice, como si nombrarse fuera también una forma de ubicarse en el tiempo. Luego retrocede. “Bueno, de hecho, en lo que son artes plásticas, en cuanto a la pintura, te voy a decir que mis inicios fueron no tanto con la pintura, sino con puros dibujos en blanco y negro”. El trazo, antes que el pigmento. La forma, antes que la emoción desbordada.
Recuerda entonces una escena que, con los años, se volvió punto de quiebre. Una exposición de dibujos, una conversación breve, una pregunta insistente. Adriana Peña aparece en el relato como detonante. “Ella me pregunta que si no pinto… y entonces yo le comento que no”. La respuesta es directa, casi defensiva: no sabe usar pinceles, no entiende los colores. Pero la insistencia permanece. “Y entonces ella me invita a que lo haga”.

Era 1998. A partir de ahí comenzó su acercamiento a la pintura desde una experiencia directa. “Yo, sin saber el idioma, por decirlo así, me sumerjo en el acrílico”. Su proceso se guía por la intuición y la exploración constante. “Y empiezo a descubrir formas y seres que emergen sin yo desearlo… nunca sé lo que voy a pintar”.
En su caso, la pintura surge a partir de un proceso intuitivo. Desde entonces, su obra se ha mantenido bajo esa misma línea.
“Mi tema… siempre ha sido el manejo del subconsciente, la geopolítica, el dolor, las tragedias”. No hay paisajes complacientes. No hay ornamento. Hay memoria. Hay historia. Hay imágenes que nacen desde lo que duele. “Yo no te sé pintar manzanitas, ni playas, ni horizontes bonitos”, dice, con una honestidad que no busca agradar.
La pintura aparece como refugio y como un lenguaje para atravesar la soledad, la pérdida y el caos. Desde ahí, su obra se construye en lo emocional, lejos de lo decorativo. Nico Rosas busca respuestas en aquello que no se puede nombrar.
—¿Por qué el arte sigue siendo una vía para entender lo que nos pasa como comunidad?
“Yo pienso que el arte debe impulsarse desde la infancia y comenzar en casa, porque abre una puerta que muchos niños ni siquiera saben que existe. Esa oportunidad puede alejarlos del exceso de tecnología, de los malos ejemplos y de la soledad en la que crecen muchos, una realidad que todos hemos visto y que, en muchos casos, termina en actividades ilícitas por falta de opciones. En una ciudad como esta, el arte cumple un papel importante, ya que así como se fomenta la lectura, también deberían promoverse la escritura y la pintura como formas de expresión. El arte puede convertirse en una alternativa que despierte interés, que les permita descubrir algo nuevo y que vaya más allá de lo material.”

Su exposición actual, Los caminos del subconsciente, presentada en el Café San Ángel sucursal Ejército Nacional, no responde a una narrativa lineal. Es, más bien, una acumulación de procesos, de tiempos largos y de encierros:
El arte, asegura, ocupa un lugar fundamental en la vida cotidiana de una sociedad, ya que permite comprender lo que ocurre a nivel colectivo y ofrece una forma de expresión que va más allá de las palabras. A través de distintas manifestaciones culturales, señala, las personas pueden interpretar su realidad, compartir experiencias y construir una visión común de su entorno.
Rosas considera que el arte influye directamente en la manera en que una comunidad se percibe a sí misma. Asegura que fortalece la identidad colectiva, genera empatía entre las personas y contribuye a reconstruir vínculos sociales. En contextos complejos, explica, el arte adquiere mayor relevancia al convertirse en un medio para procesar y reflejar las dificultades que enfrenta la sociedad.
Desde su perspectiva, la relación entre arte, memoria y comunidad es inseparable. Las expresiones artísticas permiten preservar historias, transmitir valores y abrir espacios de reflexión. En ese sentido, sostiene que el arte no solo acompaña a la sociedad, también puede incidir en la forma en que se enfrentan los problemas sociales y en cómo se construyen nuevas posibilidades de convivencia.
En su proceso no hay bocetos ni planeación. Hay impulso.
“Te voy a decir algo: como nunca sé qué voy a pintar, simplemente me entrego al lienzo y comienzo a aplicar colores. Es como si el lienzo ya guardara algo y yo solo tuviera la llave para revelarlo; en este caso, el pincel. Así van apareciendo las formas y los seres. También te confieso que, así como no sé lo que voy a pintar, tampoco me gusta titular mis obras. Al ponerles un nombre, de alguna manera le dices al espectador qué debe pensar desde el inicio. Los titulé casi por compromiso, no porque quisiera. Me piden un nombre y una explicación sobre lo que sentí al pintarlos, pero expresar todo lo que hay detrás de una obra que me llevó cuatro o cinco años sería contar una historia demasiado larga”, explica Rosas.

Describe su proceso creativo como un acto de fe. Explica que parte del lienzo en blanco sin dudas sobre el resultado y trabaja directamente sobre la superficie, muchas veces colocándola en el suelo. Desde ahí aplica color de forma libre, utiliza espátula y, en ocasiones, incorpora figuras con marcador sobre el acrílico. Para él, más que una técnica rígida, se trata de una práctica guiada por la intuición y la confianza en lo que va surgiendo.
Hoy, Nico Rosas asume esta exposición como un regreso. Un regreso a mostrarse, a exponerse, a dejar que sus cuadros encuentren mirada.
“En este momento, la exposición estaba programada para concluir el 5 de mayo, pero me pidieron extenderla hasta el 3 de junio, lo cual agradezco. Antes de esta muestra, tuve una en los viveros Surías y otra en 2022. Para mí, esto representa un regreso, una forma de volver a enfrentar lo desconocido: no saber qué voy a pintar, pero confiar en que el resultado será interesante. Aprovecho para invitar al público a visitar la exposición en el Café San Ángel, sucursal Ejército Nacional. La muestra está ahí, abierta, esperando encontrarse con las personas y conectar con su subconsciente.”

