A veces, cuando no llevo conmigo una pluma y una libreta, suelo tomar fotos a las páginas que quiero recordar del libro que leo, como quien por el camino resguarda objetos temiendo olvidar algún día el lugar en el que estuvo. También así noto cuando un libro de verdad me ha enganchado, cuando mi galería cambia la imagen de fondo, pero el objeto capturado son textos del mismo libro. La primera foto decía “Esta novela es para mi madre”, y 248 páginas después la dedicatoria de Franco Félix en Lengua Dormida sonaba ya no como un anuncio de intimidad absoluta, de un amurallamiento contra todo y contra todos, sino como la bienvenida para aquellos que, sin advertirlo, caímos en el centro de la casa de los espejos.
La casa de los Rostros Flotantes, llama Franco al lugar donde sucede casi todo, al espacio que compartió desde niño con su familia, a ese sitio que todos guardamos y que, aunque te mudes mil veces, seguirás llamando casa hasta el final de tus días. La pluma del autor nos sitúa, con una estructura arriesgada, espontánea, invisible como debe ser cualquier artilugio bien utilizado, de pronto en un sillón gastado escuchando una conversación sin rayas que nos anuncien que alguien está a punto de decir algo, justo como recuerdo las mejores charlas con mis viejos: sin anuncios, sin avisos, sin tenemosquehablar que predisponen al silencio, simplemente soltando las palabras y esperando otras de vuelta. Atestiguamos el retrato de una familia que acumulaba palabras, lenguaje y complicidad para el día que la lengua decidiera reposar, cuando las palabras no quisieran o no pudieran salir y bastara un movimiento de cabeza, una mirada o cualquier sonido para pedir agua, comida o una serie de narcos que, dice el autor atinadamente, nos avasallan con violentas imágenes pretendiendo que en algún momento aceptemos la idea que la violencia sólo sucede allá, nunca aquí. Y entonces nos vemos recordando los días en los que también nosotros renegamos de la diversión de nuestros viejos, de las películas en blanco y negro o de las telenovelas que mi propia madre no se pierde y que amablemente me permite criticar, esperando paciente el momento de luz en el que entienda que hay demasiada realidad en sus ochenta y dos años como para regalarle un minuto más. Ella, mi madre, y Ana María, ese ser sobre el que reposa Lengua Dormida, esperan como todos los padres, como esperaré yo mismo algún día, a que sus hijos o los míos, mientras buscamos la forma de arrellanarnos en la vida, anunciemos discretamente qué clase de hijo seremos, como lo plantea el autor, si el hijo que siempre sonría, el que aparece en todas las fotografías impoluto, o aquel que cuando el mundo empiece a caerse a pedazos limpiaría el culo de sus padres las siguientes horas de su vida.
También su padre habita la casa de los Rostros Flotantes. Y acudimos de la mano de Franco Félix a una especie de introspección literaria que, a sus lectores, nos revela la imposibilidad de su prosa arriesgada, de sus historias siempre distintas, de ese lenguaje que ha recorrido la erudición y entendió que la mejor forma de expresarse era con un “¿a que sí?”, de estructuras arriesgadas como quien camina por una cuerda floja sostenida por dos postes; que todo eso es imposible sin la figura de sus padres. Creo haber entendido eso mientras leía un par de escenas maravillosas: en la primera, Ana María intenta explicar de la mejor manera posible, la más tierna, la más inocua, a un Franco niño que también ellos, sus padres, van a morir algún día, y mientras lo hace busca con esa misma lengua que dormirá irremediablemente consolar al plebe que llora y niega esa posibilidad. Y entonces vienen más palabras, una más tranquilizadora que otra hasta que da con las mejores: “pero falta mucho para eso” dice Ana María logrando calmar un poco al pequeño que por fin deja de llorar, poniendo la mesa para que “el viejo cabrón”, nos dice el autor, remate con un: “como unos cinco años”. Y a mí me parece una genialidad la forma en que con cuatro palabras nos puede situar el autor en nuestra propia infancia, que con una frase minúscula nos pinte completo a un ser que bien pudiera ser mi padre, o yo mismo siendo padre o mi hijo si logro hacer bien las cosas.
La segunda escena, con un Franco ya adulto, encargándose de algunas cosas en casa, siguiendo las instrucciones de su madre y alistándose para salir al mercado, toma la lista del mandado que aguarda sobre la mesa y al repasarla nota la presencia de un infiltrado, algo que no cuadra en ese pequeño papel y sus peticiones. El principal sospechoso es su padre, ese “viejo cabrón” que jugaba con los miedos del niño asentado en Hermosillo, ahora ya con una ceguera avanzada por el azúcar acumulada en su sangre, con “trazos infantiles en letra de molde y marcador permanente” logró colarse hasta la lista y dejar un último encargo: “una soda”.
Pienso en el humor o el arte como esa cortisona que algún Dios incapaz nos suministra para llevar la carga de los días. Luego de reír con el capítulo de la soda por varios minutos, te encuentras una línea devastadora que por sí sola, sin necesidad de más acción, de personajes complejos ni estructuras complicadas llena un capítulo entero que te destroza y obliga a tomar un respiro: “Mi Madre duerme desde hace tres días”.
Y entonces sucede. Aunque lo sabíamos desde el comienzo de la novela, ahora pega más fuerte el momento en que Ana María dejó este mundo. De la pluma del autor habíamos recorrido esa historia que atraviesa el libro en la que su madre sale casi huyendo de la Ciudad de México para refugiarse en un lugar extraño y caliente como Hermosillo, sólo tomando a una de sus hijas de su vida anterior para iniciar otro camino en el norte. Franco nos hace entrar en sus propias dudas, nos hace cuestionarnos con brutal honestidad ideas que seguro a él lo persiguieron por muchos años. Se pregunta, y al mismo tiempo nos obliga a tomar partido, si Ana María es un monstro por salir huyendo y dejar hijos y esposo, si su familia nueva, si sus hijos nuevos deben reprocharle algo. Lo pregunta para luego armar un rompecabezas que sana heridas, para juntar las piezas de una historia de amor puro que no dejará completo a ningún lector.
Desde que Ana María partió, en agosto, hasta diciembre, parece borrarse un poco la historia familiar. Parecen haber entrado en un letargo las vidas que flotaban alrededor de la madre. ¿Será que su muerte se lleva también una parte de nuestra vida? ¿Será que los siguientes meses sirven solamente para levantar los pedazos de lo que no se llevó? “Me paro junto a ella y le doy las buenas noches. Acerco tres sillas lo más que puedo a su ataúd. Sé que es la última noche que dormiremos juntos”, y esas sillas escoltando el féretro nos remiten a la infancia, a todos los momentos en los que nuestra madre improvisa camas con abrigos y bolsas de mano para dejarnos descansar, antes siquiera de pensar en la posibilidad de separarse de nosotros. El resto de nuestras vidas simplemente pasaremos de un lugar a otro, de un momento a otro, intentando preservar y extender hasta nuestros hijos ese hilo que nuestras madres tejieron entre las vidas. Luego aparece el autor dando un sorbo de una bebida de sábila a su madre que seguro ella deseaba desde hace tiempo. El líquido cae sobre la lápida con su nombre grabado; y Franco, sin decir nada, sin hacer más, quizá rogando en secreto como todos lo hacemos cuando hemos recorrido un pedazo de camino sin tu padre, sin tu madre, espera en silencio que sea verdad eso que escuchabas de niño. Que sí volveremos a encontrarlos algún día.
Siempre que escribo sobre un libro que me sacudió, temo fallar en mi intento de conseguir un lector más. No veo tampoco otra razón para escribir sobre ello que lograr otros ojos en la historia, quizá por eso prefiero terminar este texto con las palabras del autor y no las mías.
“…Eso mismo me ocurre ahora. Escribir este libro sobre mi madre se parece un poco a eso. Imagino que abro una caja y trato de ver cómo funciona un sistema complejo que me supera por completo, y ahí voy con un desarmador, sacando chispas, reventando cables, despegando circuitos y mi Ma no está para darme un coscorrón y no hay un taller que se especialice en ordenar la novela. Porque para tratar de desentrañar la oscuridad de mi madre no voy dando lamparazos, sino disparando chorros de luz negra. No es posible ver las tinieblas de una mujer como mi madre con una linterna ni con el resplandor de una llama, sino con una lámpara de ondas largas que permita ver, al menos, los rastros fluorescentes del pasado como una escena del crimen. De eso se trata la escritura, no de moldear una historia eficaz, de darle contornos para que parezca una novela, si no de abrir a destajo el instrumento del silencio, aunque ya no tenga reparación. Se trata de construirle a ella un universo secreto, fracturado y a destiempo en Australia, el país que amamos hace décadas y que contiene a las bestias más feroces y a su fantasma. Lo más seguro es que, aunque el artilugio no vuelva a reproducir música, en su apertura y su desastre producirá, por fin, un alivio, una voz como estampida en cada página…”.
Eso es Lengua Dormida.

