Esa tarde nos despedimos y colgamos la llamada.
Fue una llamada dura (para mi vecina). Se desahogó, soltó un poco de la presión que traía. Espero que platicar conmigo le haya ayudado.
Al escuchar cómo inició el secuestro del padre de Elijah, quedé un poco abrumado, y más porque noté que a ella le dolía lo que me narró. También pude percibir que lloró en algunos momentos durante la llamada.
El Covid seguía arrasando en territorio nacional (curiosamente). Los informes de los contagios y las defunciones eran alarmantes. El epidemiólogo Hugo López-Gatell, encargado del Gobierno Federal de informar y controlar los estragos del Covid, aparecía en televisión diciendo estupideces… Era desesperante.
Un día anunciaba que el cubrebocas no era necesario y al otro día pregonaba que sí… Los mexicanos no sabíamos qué creer. Lo único que nos quedaba era recurrir a las notas periodísticas internacionales. A mí me impactaban las escenas de ciudades españolas e italianas, en donde se veía a la gente encerrada en sus edificios de departamentos, conviviendo de balcón a balcón o desde sus terrazas.
Algo similar a lo que estábamos haciendo mi vecina y yo; ella en su azotea y yo en mi patio (aunque yo decidí ya no vernos así).
Y me puse a pensar cómo hubiera sido conocer a mi vecina en tiempos normales. A lo mejor no hubiéramos iniciado estas charlas. Lo más probable es que ella no me hubiera sacado plática al observarme, desde su azotea, regar mis árboles. Pero yo pienso que el aislamiento por el Covid echó a andar esta singular amistad; si no, nomás nos hubiéramos saludado y ya… como lo hacen miles de vecinos.
Esto me hizo recordar mi antiguo barrio, donde crecí hasta los 19 años. En los sesenta y los setenta, era común vivir en un barrio que pertenecía a una colonia. Mi barrio era la J-55 y la colonia Del Carmen.
En el barrio, casi todos los vecinos se conocen o conviven, pero en la colonia no… Todo es cuestión territorial.
Las colonias se “dividen” en barrios o microbarrios. La J-55 abarcaba cuatro esquinas, dos calles y un callejón; o sea, que yo digo que era un microbarrio. Ahí me juntaba con mis amigos de infancia, adolescencia y parte de juventud.
En la J-55 había tres vecindades. Yo era de los privilegiados: mi casa era de ocho cuartos (no de renta) y se puede decir que era una vecindad, porque compartíamos patio con otras tres familias.
Pero en ese microbarrio todos éramos vecinos y nos conocíamos de nombre y apellido… convivíamos y nos agarrábamos de las greñas, o sea que hacíamos vecindad.
La ciudad creció a lo loco y surgieron los fraccionamientos, y los buenos y reales vecinos se acabaron; somos vecinos modernos que nomás se saludan y ya… pero no se conocen (claro que hay sus excepciones).
En las colonias y barrios, el ser vecino tiene mucho arraigo y cercanía; realmente se convive, y en los fraccionamientos no.
Ha de ser porque los fraccionamientos son habitados por familias o parejas que provienen de barrios y colonias, o hasta de lugares lejanos, y que los metieron en cajoncitos en una gran caja (fraccionamiento)… y nadie se conoce. Son vecinos falsos o forzados, y es muy raro que hagan una real vecindad.
Lo que quiero decir es que mi vecina y yo sí somos vecinos de una microvecindad formada entre su azotea y mi patio… y lo más curioso es que, por la pandemia, nunca estamos frente a frente.
Esto me hace añorar a mis vecinos de la J-55, con quienes nos llevábamos de pellizco y nalgada.
Y he vuelto a mi viejo barrio de vez en vez y ya no es lo mismo; muchos vecinos emigraron a fraccionamientos, a El Paso, Texas, o murieron. Y sus casas se están cayendo o están a punto de derrumbarse… o simplemente, en ellas, vive gente extraña.

