“Todos tenemos fuego dentro. La diferencia es que algunos tenemos la necesidad de arder más que otros.”
Hasta ahora no he sabido explicar con total coherencia por qué decidí dedicarme al arte en un desierto que parece pensado únicamente para la industria maquiladora. Y menos aún por qué elegí el arte siendo la primera mujer, en toda la historia de mi árbol genealógico, en llegar a la universidad. ¿Por qué arte?
Lo que sí tengo claro es que no puedo entender ni sobrevivir a mi realidad si no es a través del arte es que no puedo entender ni sobrevivir a mi realidad si no es a través del arte. Porque el arte me permite resistir a un contexto que me quiere callada y alienada, sin incomodar al privilegiado.
Ha sido el arte el medio a través del cual he podido enfrentar un intento de feminicidio que viví hace diez años en la Velarde. Aquella noche caminaba por la calle cuando, de la nada, un hombre me tomó por el cuello, me golpeó e intentó meterme a una casa abandonada.Ese momento cambió mi vida. Sobreviví porque me defendí. Saqué fuerzas de un lugar que no sabía que existía en mí. Sentí que mi espíritu quería escapar de mi cuerpo, pero en lugar de irse empezó a arder de rabia. Y desde entonces no ha dejado de hacerlo. Fue como si algo dentro de mí despertara: una presencia feroz que me gritó desde lo más hondo defiéndete, porque te van a matar.
Con el tiempo encontré una metáfora que explica bien esa sensación. El psicólogo Marshall Rosenberg habla del chacal y la jirafa para describir dos formas de reaccionar ante el mundo. La jirafa representa la empatía, la escucha y la compasión; el chacal, en cambio, simboliza la reacción instintiva, defensiva y agresiva, la que emerge cuando alguien necesita protegerse. Vivir en Juárez es tener siempre la puerta abierta para que ese chacal emerja en cualquier momento.
Aunque el eslogan de la identidad juarense repita que “somos gente amable y cálida”, como la jirafa, basta con que caiga la noche o se encienda el tráfico vial para que muchos se transformen en chacales. A las mujeres, en cambio, nos enseñaron a ser jirafas: dóciles, comprensivas, silenciosas. Así nos educaron en casa, en la iglesia y en la escuela.

Por eso, algo que despierta a mi chacal interno es escuchar a hombres criticando las intervenciones de mujeres en el espacio público, no solo durante el 8M, sino también en el ámbito artístico. Hace algunos años las críticas iban más allá del supuesto acto “vandálico”: ahora eran estéticas. Decían que estaban mal pintadas, chuecas, sin técnica. Leía comentarios como: “Ridículas, eso hasta un niño de kinder lo puede hacer” o “primero aprendan a escribir”. De pronto todos se volvían expertos en ortografía y composición.
Lo más triste es que también he leído críticas provenientes de mujeres que se dicen expertas en arte urbano, a quienes parece incomodarles más una pinta que los índices de desapariciones, violaciones y asesinatos en México.
Por eso este año, para la marcha del 8M, decidí realizar un mural portátil: pinté una imagen sobre tela y luego la pegué en un muro de la calle 16, por donde pasaría el contingente. La imagen muestra a una mujer sosteniendo a una niña sobre sus hombros; la niña levanta una bomba molotov a punto de estallar. Quise que la técnica fuera impecable, nomás para ver ahora con qué comentario salían. Lo pinté de rojo fosforescente, el color que para mí expresa cómo se siente la rabia por dentro.
Mientras lo pegaba, algunos automovilistas me gritaban que no sabía ni pararme sobre una escalera, que estaba bien pendeja, o la más original de todas: “¡Arriba el patriarcado!”. Entonces recordé las palabras de Yessenia Zamudio, madre de Marichuy, víctima de feminicidio: “La que quiera romper que rompa, la que quiera quemar que queme, y la que no, que no estorbe”.

El chacal es la rabia. Y si puedes permitirte ser siempre una jirafa, entonces eres un ser privilegiado. Porque hay cosas que solo se pueden ver a través de los ojos que han llorado.
Todos tenemos fuego dentro. La diferencia es que algunos tenemos la necesidad de arder más que otros.
Procuro que el fuego que arde dentro de mí algún día pueda servir para iluminar el camino de otras, las que vienen después. Mientras tanto sigo haciendo arte. Sigo depositando mi espíritu sobre la materia. Porque eso es lo único que me salva del sinsentido de ser artista en esta ciudad.




