En las calles de Ciudad Juárez, donde el arte urbano se mezcla con la memoria del barrio, Margarita Infante encontró la chispa que marcaría su camino. Creció en la zona de las Aztecas, rodeada de los murales de la artista Margarita “Mago” Orona Gándara, cuyas pinturas, acompañadas por versos de Nezahualcóyotl, despertaron en ella una curiosidad profunda por el arte y sus significados. Aquellas imágenes fueron su primer contacto con el mundo gráfico.
Con el tiempo, esa fascinación se convirtió en vocación. Su madre la inscribió en clases privadas de dibujo y pintura, y más tarde, durante la preparatoria, decidió estudiar artes plásticas. Hoy, Infante es considerada una de las artistas gráficas más representativas de la ciudad y ha llevado su obra a varios países como Cuba, y algunas ciudades de México.
Además de crear obra, ha desarrollado trabajo en curaduría, promoción cultural y gestión artística desde espacios como Biznaga Laboratorio, donde continúa impulsando el diálogo entre artistas y comunidad.
¿Cómo llegaste al mural y qué significado tiene para ti el arte, tanto en lo personal como en tu experiencia como mujer y madre?
“Comencé a involucrarme más en el mural cuando conocí a David, y también en la pintura en gran formato. Hasta entonces, la mayor parte de lo que producía se quedaba en mi estudio o en mi cuarto, pero cuando empecé a pintar murales mi obra comenzó a salir al espacio público. Eso cambió mucho mi forma de entender el arte y también la manera en que las personas podían relacionarse con mi trabajo.

Para mí, el arte y la cultura tienen muchos significados dentro de mi vida. Por ejemplo, desde el hecho de ser mujer, hacer murales también es un acto político, porque implica que la presencia de una mujer esté en el espacio público, especialmente en un contexto como el de esta ciudad.
También está la parte de ser madre. Cuando me convertí en mamá pensé que mi práctica artística iba a detenerse, pero ocurrió lo contrario: sentí que tenía un nuevo motor. Eso me ayudó a agilizar mis procesos, a trabajar con mayor rapidez para poder dedicar tiempo a mi hijo. Incluso muchas de las técnicas que utilizo y varios de los proyectos que he creado nacen precisamente de esa experiencia de ser madre.”
En una ciudad marcada por problemas como la violencia y las desapariciones, ¿crees que el arte puede ayudar a reconstruir el tejido social o acompañar estas problemáticas desde otra perspectiva?
“Creo que durante mucho tiempo se pensó que el arte podía tener toda la responsabilidad de regenerar el tejido social, sobre todo en proyectos impulsados por organizaciones civiles. Yo no creo que el arte, por sí solo, pueda resolver estos problemas, pero sí considero que puede ayudar a abordarlos y acompañarlos
En algunos de los murales que he realizado hemos trabajado temas como la defensa del territorio, la identidad fronteriza, la violencia de género y la migración. Desde hace dos años también trabajo el tema de la desaparición forzada. A través del mural he encontrado una forma de hacer una denuncia pública sobre los problemas sociales que enfrenta la ciudad.
En este proceso también he podido convivir con madres buscadoras, y es una experiencia muy compleja y dolorosa. Ellas no solo enfrentan la ausencia de sus hijos, también viven la violencia sistémica que existe durante el proceso de búsqueda.
A partir de esto desarrollé un proyecto llamado Memoria Viva, en el que a través de murales reconstruimos la historia de personas desaparecidas. Estos murales forman parte de un memorial que no ha sido realizado por el Estado, sino por los propios colectivos de madres buscadoras en un parque.

Más que representar a las personas desaparecidas, lo que buscamos es acompañar el proceso de las familias. Las madres participan desde el diseño del mural, en la reconstrucción de la historia de sus hijos y en la instalación de la obra. De esta forma, ellas también se apropian de la narrativa y pueden contar quiénes eran realmente sus hijos, lejos de la criminalización que muchas veces existe.
Además, el proceso también tiene un componente terapéutico, porque no se trata solo de pintar un mural, sino de acompañar a las madres en la reconstrucción de la memoria de sus hijos y en la creación de un espacio de memoria colectiva.”
Actualmente, ¿en qué proyectos estás trabajando y cómo estás enfocando tu práctica artística en este momento?
“Durante mucho tiempo siempre tuve que tener otros trabajos para poder sostener mi práctica artística y también mantener a mi hijo. Pero este año tomé la decisión de dedicarme de lleno al arte.
En este momento estoy gestionando el espacio Biznaga Laboratorio, donde organizo la agenda de talleres y también las residencias artísticas. Ese es el trabajo en el que estoy concentrada ahora.

Además, estoy tomando un pequeño descanso del proyecto Memoria Viva, porque durante los últimos seis meses trabajé muy intensamente en él. Acompañar temas como la desaparición forzada desde la perspectiva de las madres es algo muy fuerte, por eso también necesitaba darme un momento de pausa después de ese proceso.”
Desde tu experiencia como artista y muralista, ¿cómo percibes el ambiente de la ciudad para las mujeres que trabajan en el espacio público?
“La ciudad es sumamente violeta, marcada por muchas violencias. Por eso la mayoría de mis murales los trabajo con la técnica de muralismo portátil. Esa técnica me permite pasar el menor tiempo posible en el espacio público. Primero, para no exponerme tanto al clima y, segundo, para evitar las violencias que he vivido pintando en la calle
En varias ocasiones he tenido que contratar personas que ni siquiera me ayudan a pintar, sino que simplemente me acompañan mientras trabajo, precisamente por lo que puede pasar. Siempre aparece el comentario incómodo: que la escalera no se usa así, que el material no se maneja de esa forma. Son intervenciones constantes mientras una está trabajando.
Por eso esta técnica me permite realizar el mural en mi estudio y después únicamente instalarlo en el espacio público. Me ha facilitado muchas cosas. No sólo evita esas situaciones, también me permite estar cerca de mi hijo mientras trabajo.
Alguna vez una maestra me decía que es como cuando un hombre te acosa en un bar y decides irte para evitar el problema. Y sí, en cierta forma es una solución, aunque en el fondo sabes que las cosas no deberían ser así.
Además, tengo colegas que también son mamás y artistas. En esos casos las posibilidades de producir obra, aplicar a convocatorias o seguir preparándose se reducen mucho. Es algo que se vuelve todavía más evidente cuando se acerca el 8 de marzo, porque comienzan a difundirse muchas estadísticas y datos sobre la situación de las mujeres, tanto a nivel nacional como local”.
En tu experiencia dentro del muralismo, ¿has sentido que como mujer ha sido más difícil que se reconozca tu trabajo como artista?
“Sí, todavía sucede mucho. Incluso a pesar de que, por ejemplo, tengo un grado académico mayor que el de David Flores. Tal vez no tengo todos sus años de trayectoria, pero cuando comenzamos a pintar murales juntos me costó muchísimo que me reconocieran como artista.

Durante mucho tiempo la gente me veía solamente como la asistente o como la pareja del artista. Recuerdo que una vez, cuando trabajamos en California, la persona que nos contrató nos pagó a los dos por separado y dijo que había tenido dos artistas trabajando en el proyecto. Fue la primera vez que alguien me reconoció así.
A partir de ahí me di cuenta de lo difícil que había sido para mí separarme de la figura de David Flores y que se me reconociera como Margarita Infante o como artista. Me ha costado mucho trabajo. Por eso yo busco que mi trabajo pueda reconocerse de manera independiente, aunque en ocasiones colaboremos juntos”.
¿Y esa situación también la has vivido cuando trabajas en el espacio público o realizas murales en la ciudad?
“Sí, también pasa mucho en la calle. Por ejemplo, en septiembre me contrataron para pintar un mural para Pagano, que está ubicado en el Santos. En ese proyecto David me acompañó como asistente, en parte por las situaciones de violencia que a veces enfrento cuando trabajo en el espacio público.
Sin embargo, aunque las personas me veían pintando directamente el mural, muchas asumían automáticamente que la obra era de él y que yo era la asistente. Y no sólo ocurre con la gente que pasa en la calle; incluso dentro de mi propia familia a veces el reconocimiento se dirige primero hacia él.
Creo que históricamente ha sido así. La calle ha sido un espacio dominado por los hombres”.
Ante ese panorama, ¿cómo crees que las mujeres artistas pueden abrir más espacio y reconocimiento dentro del arte público?
“Creo que una de las claves es trabajar en colectividad. Hace poco hablaba de esto con una maestra que me decía que las mujeres necesitamos tener más presencia en la calle, acompañarnos más y generar redes entre nosotras.
El contexto sigue siendo violento y los índices de feminicidio no han disminuido. Eso también refleja la manera en que la sociedad y las instituciones responden a la violencia contra las mujeres. Por eso creo que crear colectividad es fundamental.
A mí me ha ayudado mucho relacionarme con otras artistas que también son mamás. Aunque no todas se dedican al mural, compartir procesos con ellas ha fortalecido mi práctica artística y también mi manera de vivir el arte. Me siento acompañada en ese sentido.”
¿Y cómo ha sido para ti colaborar con artistas con trayectorias y formaciones distintas?
“Es complicado, sobre todo cuando trabajas, como con David, que tiene muchos años de trayectoria en la ciudad. Aunque tengas la misma calidad artística o incluso una formación académica distinta, en lo personal y en lo público puede ser difícil encontrar ese reconocimiento.
Además, nuestras formaciones son muy diferentes. Yo me formé desde las artes plásticas y desde la academia, mientras que David viene más del diseño gráfico y de la formación desde la calle. Por eso conceptualizamos el arte de maneras distintas.
Aun así hemos logrado empatar nuestros estilos. De hecho, por eso pudimos crear el colectivo Infante de las Flores. Pero sí es cierto que en muchos proyectos he sentido que tengo que dar el 300 por ciento para demostrar mi trabajo y que se reconozca lo que hago”.
¿Cómo comenzaron tus primeras experiencias pintando fuera del país?
“Bueno, yo empecé a pintar fuera del país porque precisamente comenzamos este colectivo y realizamos intercambios culturales en diferentes estudios. Estuvimos en Texas, en Arkansas y en California. Esas fueron mis primeras experiencias internacionales.”
El año pasado participaste en un festival de muralismo en Cuba. ¿Cómo llegaste a ese encuentro y qué significó para ti?
“El año pasado tuve la oportunidad de ir a Cuba. Fue el primer festival de mural que se ha realizado en el país. El tema del festival era la presencia femenina en el espacio público, es decir, la obra de las mujeres en el espacio público.
Fue una experiencia muy bonita. Yo pinté un mural y traté de buscar un concepto que pudiera conectarnos con el contexto de Cuba. Elegí trabajar el tema de la migración, en particular la migración infantil, porque es una temática que ya había abordado antes en algunos murales.
Sin embargo, no contemplé que en Cuba el concepto de migración se entiende de una manera muy distinta. Allí la migración se percibe más desde la ausencia. Es decir, la gente conceptualiza la migración desde lo que se pierde o lo que ya no está, algo diferente a como solemos verlo nosotros”.
Tu mural abordaba la migración infantil desde una imagen muy simbólica. ¿Cómo construiste esa pieza?
“Hice la figura de una niña arriba de una bolsa. Debajo de ella había un montón de tierra, como si hubiera sido arrancada de raíz, y estaba flotando en el espacio. Era como trabajar el concepto del naufragio, pero pensado desde la tierra, porque también se puede naufragar en tierra.
La bolsa también tenía un sentido simbólico. Me acordé mucho del caso del niño que llegó a Miami, aquel momento en el que Estados Unidos y Cuba estaban disputando su custodia.
Además, siempre trato de acompañar mis murales con alguna frase, porque siento que eso complementa la imagen, ayuda a darle más códigos al espectador para leer el mensaje. La frase que puse decía: “A todo aquel que tuvo que migrar por los sueños de otros.”
Porque, en realidad, los niños no quieren migrar. Los niños no quieren dejar a sus amigos, a sus abuelos, su casa o su identidad, que apenas se está formando.”
Sin embargo, ese mural incluso enfrentó censura. ¿Qué ocurrió?
“Sí, fue algo que nunca me había pasado. La primera vez que intenté pintar el mural me hicieron borrarlo y tuve que hacerlo en otro espacio. Fue la primera vez que censuraban una obra mía.
Pero también terminó siendo una experiencia muy enriquecedora, porque pude conocer las experiencias de mujeres artistas de distintos países de Latinoamérica y entender las diferentes violencias a las que nos enfrentamos.
En ese encuentro conviviste con artistas de varios países. ¿Qué reflexiones surgieron sobre la violencia de género?
“Por ejemplo, había artistas de Venezuela que nos contaban que en su país los ataques con ácido contra mujeres son una realidad muy presente, algo que también ocurre en Colombia.
Recuerdo que una de ellas me decía que podría soportar una violación, que podría vivir con eso, pero que no podría vivir con un ataque de ácido en la cara. Escuchar ese tipo de testimonios fue muy fuerte.
Fue muy interesante ver cómo cada una percibe el concepto de violencia de género, de equidad y de feminismo desde su propio contexto. Hubo incluso ciertos choques culturales entre las artistas de distintos países, pero para mí fue muy enriquecedor.
Además, fue la primera vez que viajé sola fuera del país.”
También has colaborado con comunidades artísticas en Estados Unidos. ¿Qué percepción tienen allá sobre México y la frontera?
“Sí. Me tocó colaborar en California, en una galería chicana, con artistas chicanos. Ellos conciben un México que no es el México que yo conozco.
Es un México muy romantizado, muy ligado a la estética del cine de oro mexicano. Muchas de las personas con las que conviví no han viajado a México, entonces su idea del país se construye desde una imagen muy idealizada.

Pero también fue muy interesante entender su cultura y su manera de relacionarse con México.”
Después de viajar y mostrar tu trabajo fuera de Juárez, ¿cómo cambió tu percepción sobre el arte que se produce en la ciudad?
“Salir de Juárez también te hace dimensionar el nivel de los artistas y de las propuestas que existen aquí. Hay cosas muy interesantes.
Para mí también fue muy revelador visitar el museo en San Francisco y ver que había una sala dedicada al tema de la migración. Ahí había obra del arquitecto que hizo el subibaja rosa en la frontera.
Recuerdo que su instalación incluía unas esferas como las navideñas que se agitan con agua y nieve, pero dentro tenían representaciones del muro fronterizo. A partir de eso proponía diferentes juegos o posibilidades para la frontera: una marimba que ambos lados pudieran tocar, un juego de voleibol, una fonda… distintas maneras de imaginar la frontera de otra forma.
Me dio mucho gusto ver el nombre de Juárez en ese museo. Pensé: estamos del otro lado. Y la verdad es que sí creo que Juárez, en unos cinco años, podría convertirse en una potencia cultural.”
Y en ese contexto surge el proyecto de Biznaga. ¿Cómo nace la idea de crear este espacio?
“Hace poco también viajamos a Oaxaca y nos dimos cuenta de que aquí hay artistas con propuestas muy interesantes. Sin embargo, muchas veces falta apoyo.
Por eso pensamos que Biznaga podía convertirse en ese espacio que nosotros nunca tuvimos como artistas: un lugar de acompañamiento y de oportunidades que a nosotros no se nos dieron.
El círculo del arte puede ser muy competitivo y también muy cerrado. Entonces, a partir de todas las experiencias que David y yo hemos tenido, pensamos que Biznaga podía ser algo diferente.”
Además, el proyecto también busca apoyar a mujeres artistas y especialmente a madres. ¿Por qué era importante incluir esa perspectiva?
“Para empezar, no existen muchos espacios que apoyen la práctica artística de las mamás artistas. Por eso pensamos en incluir una ludoteca.
La idea es que las mamás que vengan a Biznaga puedan pintar tranquilas mientras sus hijos están en otro espacio aprendiendo o realizando actividades.

También queremos ofrecer acompañamiento. No lo llamamos profesionalización porque nos parece un término muy académico y no queremos que el espacio esté ligado a la academia. Pero sí queremos prestar herramientas, compartir conocimientos sobre técnicas, materiales y facilitar el acceso a ciertos recursos.
Por eso estoy trabajando ahora en este espacio, especialmente pensando en las mujeres.”

