El mundo acaba de redescubrir que el corazón energético del planeta no está en Wall Street, sino en una franja de agua de apenas 33 kilómetros llamada Estrecho de Ormuz. Por ahí circula más de una quinta parte del petróleo global y más del 20% del gas licuado. Traducido al lenguaje cotidiano: si Ormuz se atasca, el planeta tose.
Tras los bombardeos de Estados Unidos e Israel contra Irán, y con la advertencia de Donald Trump de que la ofensiva podría extenderse un mes, el estrecho vive un “bloqueo efectivo”. No está oficialmente cerrado, pero más de 150 petroleros hacen fila como si esperaran gasolina en pleno huracán. El resultado inmediato ya se siente: el Brent saltó 7% en un día y el mercado empezó a sudar.
¿Por qué tanto drama por un paso angosto? Porque es la única salida marítima real para gigantes energéticos como Arabia Saudí, Kuwait, Irak, Qatar o Emiratos Árabes Unidos. Sin Ormuz, exportar se vuelve casi imposible. Arabia Saudí puede desviar parte del crudo por su oleoducto Este-Oeste, pero eso reduce su capacidad prácticamente a la mitad. Es como tener una autopista de diez carriles y quedarse de pronto con cinco.
Y ahora muchos mexicanos se preguntan si todo esto puede afectar a México. Nuestro país produce petróleo, sí, pero también importa buena parte de las gasolinas que consume. Es decir, si el crudo internacional se dispara, tarde o temprano la Magna, la Premium y el diésel podrían resentirlo. No sería inmediato ni parejo. Todo dependerá de cuánto dure la tensión en el Estrecho de Ormuz, del tipo de cambio y de cuántos estímulos fiscales esté dispuesto a aplicar el Gobierno. Si el conflicto se prolonga, subsidiar más tiempo aliviaría el golpe en las bombas, pero presionaría las finanzas públicas.
Y aquí entra el gran cuello de botella global. Tras los bombardeos de Estados Unidos e Israel contra Irán, el paso por Ormuz quedó prácticamente congelado. Más de 150 petroleros esperan turno. Si el cierre se acerca al mes, el barril podría volar por encima de los 100 dólares. Asia temblaría primero; Europa resistiría mejor. Pero nadie sale ileso cuando la arteria energética del planeta se contrae.
Ahora imaginemos el escenario que inquieta a los mercados: un cierre total o casi total durante un mes. Medios internacionales como El País y otros estadounidenses como The New York Times advierten que el barril, hoy rondando los 70 dólares, podría dispararse muy por encima de los 100. El gas natural en Europa podría volver a niveles de pánico similares a los de 2022. Y cada aumento en el precio del crudo es una ficha de dominó que cae: transporte más caro, alimentos más caros, inflación más terca y bancos centrales menos dispuestos a bajar tasas.
Especialistas de Wall Street que evaluaron el posible impacto del conflicto con Irán, advirtieron que Asia sería el primer gran afectado. China, India, Japón y Corea del Sur absorben la mayor parte del petróleo que pasa por Ormuz. Para Pekín, que ya lidia con tensiones comerciales y desaceleración interna, un shock energético prolongado sería una presión adicional nada menor.
¿Y Europa? Esta vez llega mejor blindada. Gran parte de su crudo proviene de Noruega y Estados Unidos, y el gas licuado estadounidense cubre una porción creciente del consumo. Aun así, países más dependientes de Irak o Arabia Saudí sentirían el golpe. Nadie, dicen los que dicen saber, es totalmente inmune cuando el mercado global entra en modo pánico.
En clave geopolítica, el mensaje es que Ormuz es el interruptor maestro de la economía mundial. Si la escalada dura semanas, se tratará de una guerra regional con efectos directos en los precios de la gasolina y en los recibos de luz en muchas partes del mundo. Eso es lo peligroso para todos los mortales como usted y yo.

