Fernando Yacamán es escritor y docente, licenciado en letras hispánicas, con formación en creación literaria en la Escuela Dinámica de Escritores y el Instituto Nacional de Bellas Artes. Su obra ha cruzado fronteras: se ha presentado en Brasil, España e Inglaterra, y en México ha participado en festivales que celebran la diversidad sexual, como los de la UNAM y Zacatecas. Reconocido con el premio Elena Poniatowska (2009) y galardonado en el Certamen Nacional de Juegos Florales de los Centenarios de Ramón López Velarde (2021), ha sido también becario del PECDA y del FONCA, consolidando su voz en la narrativa mexicana contemporánea.
En esta entrevista, Yacamán nos habla de su infancia y de cómo los juegos imaginativos, las historias inventadas por su abuela y el contacto con el teatro y la playa moldearon su forma de narrar. Nos invita a recorrer un universo literario que explora el deseo, la complejidad de las relaciones y lo que se oculta tras la norma social.
Sus relatos, que combinan lo fantástico con lo cotidiano y la noche como espacio narrativo, cuestionan las estructuras de poder, la heteronorma y los estereotipos, sin perder la sensualidad y el exceso como instrumentos de expresión.
A lo largo de nuestra conversación, Yacamán reflexiona sobre la literatura como acto de libertad, sobre la importancia de contar lo que muchos no ven y sobre cómo sus libros, desde Ya quiero despertar hasta Epifanía del escorpión, se convierten en escenarios donde se revelan cuerpos, deseos y mundos que la mirada común suele ignorar.
-¿Cómo fue tu infancia? ¿Hubo libros, arte, teatro en casa, o llegaste a la literatura solo?
Yo fui un niño vago. Me la pasaba con los amigos inventando juegos. Teníamos uno que llamábamos “la pócima del diablo”, un brebaje para volvernos zombis. Años después ese fue el título de mi segundo libro. Creo que ahí empezó todo, porque no jugábamos las historias, las vivíamos. Pienso en esa idea de Cortázar, que los niños no juegan, viven lo que imaginan.
También aventábamos jicotillos a una telaraña hasta que salía una viuda negra. Esa escena se me quedó. Vuelve en mis sueños y en lo que escribo. Hay algo ahí, en la espera, en lo que acecha. Ahora esa araña ha aparecido en un montón de escorpiones en mis últimas historias, escorpiones de diferentes tamaños y colores.
No tuve familiares lectores. No crecí entre libros.
Pero mi abuela me contaba historias antes de dormir. A veces se quedaba dormida y yo la despertaba porque no quería quedarme a la mitad. No me gustaban las historias de siempre. Y ella inventaba. Hubo noches en que yo terminé contándole a ella. Ahí entendí que narrar era una forma de no irse a dormir del todo.
Las historias de mi abuela fueron importantes, pero también su manera de contar los chismes. Es un arte. Sabe dosificar, sabe callar, sabe mirar antes de soltar la frase final.
Mi madre me llevaba al teatro, sobre todo a ver marionetas. Y viajamos a la playa. El mar aparece en lo que escribo. Supongo que uno escribe desde los primeros lugares que lo marcaron.
-Prácticamente toda tu obra gira en torno a hombres que aman a otros hombres. ¿Alguna vez has sentido presión de editores o del mercado para «diversificar» esos personajes?
Un hombre muy cercano a mí, a quien quiero como a un padre, alguna vez me sugirió que escribiera de otros temas, que no me quedara en lo que él llamaba “lo marginal”, que eso era para pocos lectores. Lo decía desde su experiencia, pensando en abrirme camino. Era una recomendación. Yo la escuché. Y de ahí surgieron varios cuentos de mi libro “El cuerpo de la noche”. Pero después me pregunté: ¿por qué tendría que moverme de ahí? ¿Por qué complacer a la heteronorma?
En la escuela me formé leyendo literatura heteronormada, muchas veces machista, como casi todos en México. Ese era el modelo. Nadie pensó en nosotros cuando esos eran los únicos relatos posibles. Aprendimos a leerlos igual. Y ahora resulta que, para que me lean, tendría que escribir sobre “sus” temas. No me interesa. Que ese mundo también aprenda a leer otras experiencias.
Escribo lo que me nace. Y no se trata solo del amor entre hombres. Me interesa su complejidad, lo que no se dice, las tensiones, las zonas incómodas. Me interesa lo fantástico atravesando esas relaciones, como una forma de ir más allá del realismo que todo lo ordena. Hay un territorio ahí que tiene mucho que decir. También me interesa el exceso: el deseo, el cuerpo, la noche. Vivimos en una sociedad que controla, clasifica y sanciona. Lo que se sale del margen incomoda. A mí me interesa lo que se sale de ese control.
La noche en mi literatura no es solo un escenario, es una estructura, cambian las reglas, los códigos, aparecen otras versiones de uno mismo. Lo que de día se oculta, en la noche no. Para mí, la noche funciona como un género. Es un espacio narrativo con sus propias leyes. La noche es mi género.
Los editores con los que he trabajado no me han censurado. Al contrario, han acompañado el proceso.
Y aunque hoy se habla de apertura —y en junio aparece la mesa del orgullo en las librerías— no es un tema que ocupe el centro del campo editorial. Hay avances, sí. Las mujeres han disputado el canon y han ganado espacio. Pero la tradición sigue siendo dominante: hombres heterosexuales que todavía se leen entre ellos como si fueran universales.
-¿Crees que en México hay una mafia literaria, esos círculos cerrados donde se decide quién existe y quién no?
No hablaría de una “mafia literaria”, pero sí hay círculos. Grupos cerrados, muchas veces burgueses, que en algún momento escribieron algo relevante y después se acomodaron. Desde ahí reparten apoyos, publicaciones, premios. Se leen entre ellos, se recomiendan entre ellos, se legitiman entre ellos.
Eso no es un secreto.
Lo que me incomoda no es que existan redes. Es que ocupen esos espacios para repetir fórmulas. Para publicar libros “bien escritos” pero vacíos, sin propuesta. Para seguir administrando el prestigio como si fuera herencia familiar.
Ahora bien, tampoco creo que el panorama sea cerrado por completo. En esos mismos espacios institucionales hay gente valiosa, lectores atentos, editores que sí buscan otras voces. Y fuera de ahí hay nuevas editoriales, proyectos independientes, plataformas digitales donde circulan propuestas que antes no habrían tenido lugar.
No lo llamaría mafia. Lo llamaría un sistema con zonas cómodas, con puertas medio cerradas, pero también con grietas, y a veces lo más interesante está entrando por esas grietas.
-¿Crees que la literatura tiene una obligación política, o puede simplemente ser bella y punto?
No creo que la obra tenga la obligación de ser política, pero al final toda obra lo es. No porque esté pensada para eso, sino porque nace de una forma de estar en el mundo. La literatura no se escribe en el vacío, está escrita desde un cuerpo, desde una posición que decide qué mirar y qué ignorar. Eso ya es tomar partido.
Yo no escribo pensando “voy a hacer algo político”. Escribo lo que me atraviesa, y claro que hay una postura. Escribir desde relaciones entre hombres, desde el deseo que no encaja en la norma, ya es ir contra la heteronorma. Es señalar el daño que ha hecho, lo que sigue haciendo, cómo organiza el mundo y quién queda fuera.
En el libro que sale en marzo, Epifanía del escorpión, hay una escena donde unos prostitutos matan a un gringo y lo hacen con saña. Cuando la escribí sentí emoción. No voy a mentir. Había un reclamo ahí. Pensaba en el poder estadounidense, en su violencia disfrazada de orden, en figuras como Trump, un delincuente, un hombre racista, que ante todas las atrocidades que dice y hace sale impune. Esa escena fue disfrutable para mí. Y sí, es profundamente política, aunque no esté escrita como discurso.
En otro cuento de ese mismo libro, Tahúr, hablo del enamoramiento de un hombre maduro por un muchacho indígena. Ahí, en el momento de escribir, mi foco estaba en la historia, en el choque de esos cuerpos y deseos desde lugares distintos. Después vi que también es político: me interesa romper el estereotipo del indígena sometido, explorar otras narrativas posibles fuera de la victimización y el exotismo.
Lo político no siempre está en la consigna, sino en qué cuerpos pones al centro, en qué deseo legítimas, en qué violencia exhibes sin pedir disculpas.
Yo no escribo para dar lecciones, escribo desde lo que soy, y eso es una declaración.
– Tenías 24 años cuando la editorial FOC de Barcelona publicó Ya quiero despertar. ¿Cómo llegaste a esa editorial siendo tan joven y desde México?
Sergio Loo había publicado ahí su poemario Sus brazos labios en mi boca rodando. Me gusta mucho ese libro. Él me dijo que mandara mi libro de cuentos a esa editorial.
El editor lo leyó y me dijo: “No sé dónde colocarlo, pero tiene algo”. Me quedé con esa frase, porque creo que mi literatura sigue teniendo esa resonancia.
Con el tiempo volví a ese libro, a esos cuentos y veo fallas, muchas, está mal escrito y son historias que sobrepasan el exceso en todos los sentidos. Siempre me ha gustado la exageración y el ridículo, pero ahí todo estaba desbordado. No te mentiré. Disfruté mucho al escribirlos. Hasta la fecha te puedo decir que la escritura para mí es placer, con todo y sus posibles frustraciones.
Aun así, en ese libro, está mi voz.
No quiero que nadie lo lea más. Me incomoda, pero he regresado a él. Hay un cuento, “La virgen del sado”, sobre un hombre que secuestra a su ligue y, con el paso de los días, a la víctima le erotiza el encierro, el maltrato sexual hasta que escucha la voz de la virgen. Esa tensión entre placer, culpa y delirio me sigue pareciendo potente. Años después ese título se volvió un libro. Retomé la historia porque la idea me seduce, pero la reescribí por completo.
Lo mismo pasó con dos cuentos que están en el libro que está por editar la BUAP en marzo, Epifanía del escorpión es la historia de un hombre que le cambia el color de los ojos según con quién se acuesta, y ese color marca el destino de sus amantes, es una especie de escorpión, una vez que inyecta el veneno cambia el destino. Otro relato es Alto contraste, donde un hombre se acuesta con extraños y les toma fotografías para dejarlos atrapados ahí, en la imagen, en las imágenes que colecciona porque ese es su placer.
Sé que regresaré a ese libro, a Ya quiero despertar por otras historias para reescribirlas. Y cuando regreso no solo corrijo textos. Me encuentro con el hombre que fui a los veintitantos. Me cae bien. Pensaba sin cálculo. Decía las cosas más salvajes sin pedir permiso, y me recuerda que la literatura no es para portarse bien.
– ¿Qué opinas del papel de los premios literarios en México?
He conocido autores que me han gustado mucho a través de los premios. Hay escritores que admiro que los han ganado y me da gusto que eso les dé más visibilidad, que sus libros circulen más, que lleguen a más lectores.
También he leído libros premiados que no me dicen nada.
He sido jurado en algunos concursos y ahí ves cómo funciona. El azar, la intuición, las discusiones. Una vez estaba seguro de un texto y los otros jurados no lo votaron. Ese autor nunca sabrá que alguien apostó por él. Ni siquiera tuvo una mención honorífica. En otro concurso coincidimos dos jurados en el primer lugar, la mención honorífica la decidió el tercero. Su segunda opción tampoco sabrá que estuvo ahí.
Los premios no son una verdad absoluta, son el resultado de lecturas, criterios, discusiones y circunstancias. A veces gana el mejor texto, a veces gana el que genera consenso; no siempre es lo mismo.
Hay algo más que me inquieta. No sé si estoy equivocado, pero a veces percibo cierta tendencia a premiar lo que encaja con los temas del “momento”. Temas que resultan cómodos dentro de una idea de corrección, de lo que se considera pertinente decir ahora. Hablo de jurados que, consciente o inconscientemente, responden a un marco. Eso no invalida los premios, pero tampoco los convierte en medida de lo que importa. Percibo lo “políticamente correcto” como un eje de posible selección y me parece peligroso, porque para mí la literatura es un espacio de absoluta libertad. Un libro no es mejor por un premio, ni peor por no tenerlo; la literatura se juega en el tiempo.
-En varios países de América Latina y Europa están creciendo movimientos que cuestionan los derechos conquistados por la comunidad gay. ¿Qué hace un escritor frente a eso?
Me parece un retroceso volver a la moral, al control, al miedo como herramienta de castigo. Se supone que íbamos hacia más libertad y de pronto estamos otra vez discutiendo si ciertos cuerpos pueden existir en paz.
Movimientos como “Make America Great Again”, partidos como Vox, el gobierno de Vladimir Putin con sus leyes contra la llamada “propaganda LGBT”, en México el Frente Nacional por la Familia y los grupos provida son un cáncer para el pensamiento humano.
No importa si eres escritor, mecánico o maestro. Cuando aceptas que te digan qué puedes pensar, qué puedes desear, qué puedes hacer con tu cuerpo, ya perdiste, y esas instituciones viven de marcar límites, de decir quién está bien y quién está mal.
Yo no soy activista, pero escribo. Y sé que mi literatura incomoda a ciertas personas, que siga incomodando, si un cuento molesta es porque toca una estructura, si alguien se siente atacado por una ficción, la ficción no es el problema.
Los conservadores siempre han existido, lo alarmante es que vuelvan con fuerza, y con discursos reciclados, de odio, que segregan, vendiendo orden como si no fuera censura.
Si mis letras cuestionan, si desarman una idea de esas, entonces está haciendo lo que tiene que hacer.
-¿Quiénes son los escritores o escritoras más influyentes en tu carrera?
Lo que más influye en mi escritura es la música. Es el arte que más amo, el que más consumo. Sin música todo se me vuelve plano. En mí tiene un poder inmediato. No tienes que explicar nada, suena y algo se activa.
Escucho electrónica por las posibilidades que abre, por cómo construye atmósferas, también punk, cumbia por el pulso. Me importan los bajos, la intensidad, el golpe. Bandas como Santa Sabina, Diorama, Nina Hagen, Kirlian Camera, VNV Nation, Ashbury Heights, Tr/st por mencionar algunas de tantas que escucho. Siempre estoy en una constante búsqueda por los sonidos, porque esos sonidos de alguna manera resuenan en mis letras. Cuando escribo puedo repetir muchas veces la misma canción, porque hay algo ahí, que conecta con el sentido de mi escritura.
Después viene el cine. El mexicano es una gran influencia: Jaime Humberto Hermosillo, Ripstein, Reygadas, Ruizpalacios, María Novaro, también el cine mexicano de oro. Hay una forma de mirar el deseo y la culpa que me interesa.
Luego las artes plásticas. Y después, aunque suene raro, la literatura.
En la literatura me marcaron los que abrieron camino en la narrativa gay en México: Luis Zapata, José Dimayuga, Salvador Novo, José Joaquín Blanco, José Rafael Calva, Elías Nandino, Villaurrutia. Ellos fueron algunos de los que abrieron espacio donde no lo había.
Y tengo una admiración (quizás obsesión) por David Wojnarowicz, por su escritura, por su trabajo plástico, por su aspecto físico, por la rabia que dejó documentada. No separaba vida y obra.
-¿Tienes algún ritual antes de escribir?
Sin música no escribo. Punto. Con audífonos o con las bocinas. La música está todo el tiempo y cuando digo todo el tiempo no es una pose. Necesito que vibre, que vibren en las historias, como te decía, a veces conecto una canción con la historia que estoy escribiendo y puedo repetirla de manera enferma, pienso en mis proyectos de escritura desde que me levanto, los voy corrigiendo en el transporte público, pienso en sus posibilidades antes de dormir. Las escenas regresan solas, los diálogos insisten; yo solo los sigo.
Para escribir disfruto la tarde cuando empieza a oscurecer.
Ignacio es parte esencial del proceso. Es mi compañero cósmico desde hace dieciocho años. Es artista escénico. Escuchamos la misma música, vibramos en la misma frecuencia y no tienes idea de lo importante que es eso para mí, y más que importante la manera en que nosotros podemos querernos y crear. Cuando llego con texto nuevo se lo leo en voz alta. Sin filtro. Él escucha y a veces una frase suya me obliga a tirar páginas, a veces me empuja más lejos o pone un título o dice la frase final.
-¿En qué estás trabajando ahora?
En marzo se publica mi libro de relatos Epifanía del Escorpión, lo edita la BUAP, en la colección Extra(e)ditados. Son diez historias que suceden en el Centro de la Ciudad de México. Vivo ahí desde hace cinco años. Camino esas calles todos los días. Ese libro no solo está ambientado ahí, fue escrito ahí, atravesado por ese ruido.
Hay un cuento entre mujeres situado en la Nueva España, me interesaba tensar el pasado, meter el deseo ahí donde la historia oficial no mira. Está también la lucha libre. Soy aficionado, voy al Coliseo, y escribí sobre Gardenia Cósmica, luchadora trans, me interesa ese cruce entre espectáculo, identidad y resistencia.
Aparece El Tahúr, un bar que para mí es un oasis en medio del Centro, un lugar único donde van hombres que les gustan otros hombres, pero es un lugar vibrante y único y lugares como ese, que escapan de lo genérico se encuentran en extinción. Y está el cuento que da título al libro: un prostituto de la Alameda que tiene un encuentro sexual con un escorpión gigante. En el Centro lo sagrado y lo monstruoso conviven sin pedir permiso.
Muchas presentaciones de libros son eternas y planas. Yo no quiero eso. Estoy trabajando algo más cercano a lo performático, con música, con cuerpo, con escena. Si el libro nace de la noche, la presentación también.
Y sigo escribiendo. Los escorpiones no se agotaron en este libro. Ahora aparecen pequeños, o del tamaño de un sol, azules, rojos, blancos. Empiezan a formar una constelación en las páginas que ahora escribo.
Su obra se ha publicado en diversas antologías nacionales y extranjeras. Ha publicado los libros de narrativa: Ya quiero despertar (2014), La pócima del diablo (2015), El cuerpo de la noche (2017), La virgen del sado (2022), El demonio que nos habita (2022), Sebastián de la noche (2023), y Todos mis padres, que mereció el I Premio Siníndice de Novela de España, y fue publicada en ese país en 2019.

