Esa es nuestra meta.
Un quintillón de disculpas singulares
para un quintillón de ofensas específicas.
Tenemos una cifra aproximada del tamaño
del resentimiento
cuya expansión aritmética
amenaza con llevar a nuestra especie
hacia un final fragmentado.
Debemos producir un quintillón de disculpas convincentes
en los próximos 10 años.
5 mil años de historia y literatura
no serán suficiente.
El registro de ofensas
reales e imaginarias
deberá multiplicarse
con licencia creativa
y libertinaje.
Variaciones y recombinaciones a partir de ofensas verificables
y no verificables
no darán abasto
a la necesidad urgente
de una producción quintillonaria.
Debemos subirnos las mangas
y codificar
incontables tipos de ofensa
que antes no eran ofensa.
Ofensas que minan
el pasado y miran
con lente anticipatorio
hacia el futuro de la ofensa.
Todo nace de la ofensa será el adagio
escrito en mármol
a la entrada de nuestro edificio.
El público, en su angostura,
sólo podrá pensarla
como un mal incidental,
una plaga recurrente.
El público nunca será capaz de entender
y admitir
que toda ofensa es sombra y matiz
de una gran y única Ofensa.
Porque todos los errores emanan de un mismo origen
y todos los criminales rezuman de una misma grieta.
Este axioma
que nos libera
de toda responsabilidad individual
debemos ocultar
para que se expanda
hasta donde pueda
el mercado de la retornable ofensa
y el toldo púrpura de una disculpa
cada vez más tensa
y transparente.
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Eduardo Padilla (Vancouver, 1976) es autor de Zimbabwe (El Billar de Lucrecia), Minoica (escrito en colaboración con Ángel Ortuño, publicado por Bonobos), Mausoleo y áreas colindantes (La Rana), Blitz (filodecaballos), Un gran accidente (Bongo/3pies), Hotel Hastings (Cinosargo) y la antología Paladines de la Auto-Asfixia Erótica (Bongo Books). Su libro más reciente es Zwicky (Cinosargo).
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