Sergio Briceño nació en Colima, México, en 1970. Es maestro en Literatura Española e Hispanoamericana por la Universidad de Barcelona. En 2001 obtuvo el Premio Internacional de Poesía “Salvador Díaz Mirón” y, en 2011, el Premio Internacional de Poesía “Jaime Sabines”.
Ha sido traducido al francés y al alemán. Aparece en las antologías El manantial latente, La luz que va dando nombre, Árbol de variada luz y Antología de poesía mexicana actual.
Su obra Trance fue traducida al francés y publicada por la editorial Écrits des Forges. Tradujo del francés la obra La bruma y otros elementos, de Oskar W. Milosz, que fue publicada por la UNAM.
lLegó a la poesía después de un recorrido poco convencional. Estudió como técnico en Electricidad, pasó por Economía y trabajó como mecánico, cortador de caña y fumigador antes de ingresar a Letras y Periodismo.
Crítico de ciertas tendencias de la poesía contemporánea, reivindica autores como Rubén Darío y María Rivera. También cuestiona los círculos de los premios literarios, la burocratización de la cultura y el impacto de la inteligencia artificial. Actualmente escribe sobre arqueología y reflexiona sobre las nuevas generaciones de poetas.
—¿Cómo llegaste a la poesía y qué te hizo elegir Letras y Periodismo en Colima?
Yo venía de una carrera del tronco Físico Matemático, porque había estudiado para Técnico en Electricidad en un Cetis en Ameca, Jalisco, pero me moría por aprender a escribir poesía. Entonces, el director de la Facultad de Letras y Comunicaciones en la Universidad de Colima, como me había dicho que yo no podía entrar al tronco de Humanidades, me sugirió que me inscribiera en lo que fuera y luego, en el cuarto semestre, pidiera mi cambio. Así fue como estudié dos años de la licenciatura en Economía y enseguida pedí mi cambio a Letras y Periodismo, que es un perfil que ya no existe, dentro de la misma Facultad.
Pero antes ya había trabajado de mecánico en el taller de mi tío José, cortando caña en el pueblo de Quesería y hasta fumigando casas con un traje de Tyvek y mi aspersora tipo mochila de color azul y manufactura coreana.
—¿Qué libro tuyo recomendarías a alguien que nunca te ha leído?
Me parece que Trance es el libro que en buena medida resume lo que soy, aunque en realidad el que más me gusta, en lo personal, es Corazón de agua negra. Sucede que Trance tuvo muy buena suerte. Se ganó un premio internacional de poesía, el Salvador Díaz Mirón, que me hizo sentir muy orgulloso y que llegó en el momento justo: siete años después de Corazón de agua negra, también premiado (él, no yo) en Colima y cuyo título es un verso de René Char, un poeta que me marcó desde mi libro Saetas. El verso completo dice: «El corazón de agua negra del sol ha ocupado el lugar del sol, ha ocupado el lugar de mi corazón». En el poema de Char el agua negra es un agua manchada de tinta, es decir, el agua que late en el corazón de quien escribe. Y bueno, en Trance, que luego se tradujo al francés, hay poemas inexplicables, como el de «Devá», que me fue revelado en un sueño y lo puse tal cual. La escena de cierre es completamente satánica, tipo Golden Dawn, con un Aleister Crowley deambulando en una habitación cuyos objetos, por ingrávidos, están flotando por todas partes.
—¿Lees a tus contemporáneos?
La verdad es que los leo poco, pero lo poco que les leo está muy bien leído. Quiero decir que entro en comunión con ellos, incluso aunque no comparta sus búsquedas y hallazgos. A mí me valen madre las clasificaciones contemporáneas de poetas de la experiencia y de la no experiencia. Lo que me emputa es que, en muchos casos, algunos de mis contemporáneos escriben «oscurito, oscurito, pa que se entienda», que es el equivalente colimense a la célebre frase: «Es que esta poesía es la del contrángulo de la palabra».
Y me quedo con la anécdota que Juan Domingo Argüelles refería de un señor que le dice a un pintor «contemporáneo», «vanguardista», «innovador», que sus cuadros están horribles. El pintor le contesta: «Es que así es como veo el mundo», a lo que el señor le contesta: «Si así ve usted el mundo, entonces pa qué chingados lo pinta». Es lo mismo con la poesía. Lo único que los anima es hacer todo, menos Poesía, para al final asumir que están haciendo poesía.
La culpa no es de ahora, viene de las vanguardias de principios del siglo XX, cuando en lugar de proponer algo realmente conmovedor, lo único que hicieron fue tratar de madrear a los poetas clásicos, es decir, se fueron a los putazos sin proponer nada, nada, nada. Esa jalada de torcerle el cuello al cisne era eso. O lo del mole de guajolote. Pffff. Una vez Díaz Mirón se encontró en la calle a uno de esos estridentistas que había publicado invectivas contra él, y el estridentista, al verlo, todo apanicado se cambió de acera y Díaz Mirón hizo lo mismo hasta enfrentarlo cara a cara y reclamarle por sus burradas, a lo que el estridentista sólo se limitó a llorar y a temblar, como todo buen estridentista.
—¿Quiénes te parecen los más importantes?
Me quedo con María Rivera. Me parece que es una poeta íntegra, de una enorme solvencia y con un tono y unas imágenes muy de mi generación. Claro, de los estrictamente contemporáneos míos hay demasiado pocos. El otro sería Julián, que es un año más joven que yo. María es, conmigo, nacida en 1970, pero ya Herbert, con Luis Vicente de Aguinaga, son del 71. Y Enzia me parece que es de un poco antes, no diré su fecha de nacimiento por caballerosidad. Es tan grave e inusual esta situación de poetas nacidos estrictamente en 1970, que ni siquiera la Inteligencia Artificial te da una respuesta satisfactoria. Será porque no hay antologías que recojan a los puramente setenteros.
—Has estado en encuentros de poetas y jurados de premios. ¿Cómo funciona realmente el reconocimiento y los premios en la poesía mexicana: mérito, relaciones?
No. La verdad es que en el único premio en el que fui jurado es uno de Bacalar, al que me invitó mi querido maestro Ramón Iván Suárez Caamal, gran poeta para lectores pequeños. Nunca más fui jurado en nada. Lo que sí puedo trazar, y lo he hecho en repetidas ocasiones, porque tengo una formación de periodista, es la línea de relaciones entre ciertos jurados y ciertos premios. Eso sí lo he hecho y lo seguiré haciendo, y lo que veo es ya una vuelta al enorme engranaje de los gustos, esos afectos «de cuates» que marcan el valor de un texto poético. Por ejemplo, si el propio Rubén Darío o Neruda o Claudio González o el muy olvidado Vicente Aleixandre se presentaran a un concurso de poesía hoy mismo, en este momento, lo perderían, seguro que lo perderían, porque su sensibilidad, para las «buenas conciencias» de hoy, está simplemente «demodé», a lo que ellos cuatro responderían al unísono: «Claro, ¡es un jurado de puros rastacueros!»
—¿Cómo ves el papel del Estado mexicano en el fomento a la cultura hoy?
Me parece que el Estado tiene impregnado un compromiso con los grupos vulnerables que está muy bien, pero que en el fondo acaba por convertir a los concursos de poesía, por poner un ejemplo, en un asunto burocrático, lo cual termina por despojar a una actividad enteramente creativa en un diagrama de flujo o en un Excel con ventanas activas, de esas ventanas que cada vez que las rellenes con datos, tendrás siempre el mismo resultado. Ahora, en el campo más amplio, el de la cultura en general, quiérase o no, se aplica el mismo método: la compasiva insensibilidad. Yo, hace unos días, le propuse a la gobernadora de Colima, Indira Vizcaíno Silva, perteneciente al Movimiento de Regeneración Nacional, la publicación de un ensayo monumental sobre la diosa prehispánica Tlaltecuhtli, que tengo escribiendo desde el año 2006, es decir, desde hace 20 años, y en el que se celebra la idea de que «Dios es mujer», con elementos científicos y con un enorme amor sobre nuestras culturas originarias, pero su respuesta fue un silencio sepulcral. ¿Qué quiere decir eso? Una de dos: o está consultando esa propuesta con sus asesores, que de seguro no los tiene en el ámbito cultural o, si los tiene, son muy torpes; o, en cambio, lo que quiso decir es que no tiene nada que decir, lo cual es doblemente grave.
—¿La inteligencia artificial representa una amenaza para la literatura o es una exageración?
Es una amenaza absoluta y tangible y real, que ya estamos viviendo. En realidad, no es una amenaza, es una agresión en descampado, o en la ciudad, y tan abierta y libre y tan directa que hemos terminado por normalizarla. Estamos siendo sujetos de una violencia que nos parece inofensiva y hasta la aplaudimos, como las personas en condición psiquiátrica que niegan los puñetazos que les dio su pareja o su persona amada. Lo que hizo Anthropic al comprar toneladas de libros en librerías de viejo es un hachazo en la memoria humana y más que un hachazo, un robo. Lo que intentaban, y casi están a punto de lograrlo, era tener «lenguaje puro, sin contacto digital», para crear ellos mismos un nuevo universo literario y manipularlo a su antojo.
Puedes pensar en Borges como un vate al respecto, pero la referencia inmediata es Fahrenheit 451, donde van y queman tus bibliotecas ¡en tu propia casa! Y los bomberos no abaten el fuego, sino que lo provocan. No quieren que haya pasado, les repugna el pasado, y eso es lo que hacen ahora nuestros «vanguarderos».
—¿Qué rutina de escritura sigues?
Te voy a responder primero sobre mis rutinas de lectura, que, aunque no van de la mano, siempre las quiero ver así. Leo en la mañana, justo al despertarme, un poema de Rubén Darío. Es como abrir a besos ese día, como resplandecer y quedarte con su luz. Luego, ya avanzada la mañana, escucho o leo prosa, más por rutina que por gusto. Hay que leer a nuestros narradores para entender una porción, muy pequeña, del mundo en que amamos y nos aman. En el intersticio, investigo. Si tengo dudas sobre algún pasaje leído en la mañana de Darío, me clavo muy cabrón hasta llegar a la médula de lo que dijo el Maestro. Entonces el poema de Él se abre aún más y ya puedo alcanzar el éxtasis. Lloro, sí, porque Darío está hecho para los no rastacueros. En cuanto a la escritura, mi rutina es muy sencilla: nunca escribo poesía por obligación o por necesidad. Las pocas veces que he sido becario, he escrito los peores, en verdad, los peores versos de mi vida. Y a pesar de que me encantan los cuadernos hechos a mano y esta vibratoria singular de poner con una Montblanc un par de estrofas, la verdad es que, como soy lacayo de Hathor, es Ella quien me dice en qué momento se le antoja decirme algo al oído, y para eso la mejor herramienta es mi cuaderno digital, el que traemos todos en el equipo móvil de telefonía.
—¿Qué libro de otro autor te hubiera gustado escribir?
Un solo poema me hubiera gustado escribir: «Coloquio de los Centauros», de mi Maestro, el gran Rubén Darío.
—¿Cómo ves la salud de las editoriales en México? ¿Están por desaparecer?
No, por el contrario: las editoriales de poesía, que suelen ser pequeñas, artesanales, vivas y deliciosamente punzantes, tienen ahora una vitalidad tremenda. La lógica es plausible: pocos ejemplares, mucha difusión. La gente ya no cree en las editoriales grandes, son repetitivas.
—¿En qué proyectos trabajas actualmente?
Sigo escribiendo sobre temas arqueológicos, es algo que me apasiona. Y estoy tratando de entender cuál es el ritmo, la cadencia, el sentir de las generaciones nuevas y no dejo de preguntarme en qué hemos fallado al escribir poesía, pero a la vez, lamentándome de la precaria condición de lo que ahora todos entienden por poesía. Y he llegado a la conclusión de que lo que la mayoría de los lectores entienden hoy mismo por poesía es lo más alejado posible de lo que es realmente la Poesía.
Su obra poética está en los libros Corazón de agua negra, Catorce fuerzas, Ella es Dios, Saetas, Náqar, La hembra humana, Trance, Insurgencia, En concreto (Xilitla), Todos somos esto, Forrest y Monolito. Es autor de la novela Tumba siete.

