Todos los que hemos estado en el servicio público, aunque sea por poco tiempo, sabemos que existen tres reglas inamovibles para llevar la fiesta en paz. La primera es que los burócratas se mueven en manada: hay un líder, un grupo, y ese grupo se asocia con otro mayor, orientado a cierta ideología o corriente. La segunda es que, cuando tu jefe es removido, tienes dos opciones: te adaptas al nuevo grupo y a su modus operandi, o esperas a que te pidan la renuncia. La tercera, la más importante y aplicable tanto en lo público como en lo privado, es jamás brillar más que tu jefe. Puede ser un pelmazo, no saber hablar o escribir “dijistes” y “haiga”, pero tiene el poder y, tarde o temprano, te aplastará si exhibes sus limitaciones.
A Marx Arriaga, quien hasta el viernes fungió como titular de la Dirección General de Materiales Educativos, se le olvidaron estas tres reglas. El funcionario originario de Ciudad Juárez llegó al servicio público de la mano de Beatriz Gutiérrez Müller. Primero estuvo en la Dirección General de Bibliotecas Públicas y después en la subsecretaría de la SEP.
En todos los puestos en los que ha ejercido, Arriaga ha encendido polémicas debido a sus decisiones y actuar. Como director de las bibliotecas, por ejemplo, se negó a seguir comprando los tirajes completos de las revistas Letras Libres y Nexos, lo cual le ocasionó la enemistad eterna de gente como Enrique Krauze o Héctor Aguilar Camín, lo cual es más motivo de orgullo que otra cosa.
Sin embargo, su momento de brillar fue en su papel de director de Materiales Educativos, donde tuvo la encomienda de coordinar la creación de los nuevos libros de texto y, más aún, de generar los contenidos de la Nueva Escuela Mexicana, la apuesta lopezobradorista para cambiar el esquema educativo nacional.
Hay que decir que la Nueva Escuela Mexicana ha sido, desde su gestión, el esfuerzo pedagógico más importante en el país en los últimos cien años, solo comparable a la reforma vasconcelista de la primera mitad del siglo pasado. También hay que apuntar que el esfuerzo por cambiar la orientación de la educación pública nacional, de una postura eficientista basada en competencias —ordenada por la OCDE y promovida por los gobiernos panistas y especialmente por el de Peña Nieto— a una basada en los conocimientos comunitarios, la multidisciplina y el desarrollo integral del individuo y la sociedad fue titánico. En solo cuatro meses, un grupo multidisciplinario de profesores y profesionales de la educación logró cambiar el contenido de los planes de estudio y de los libros de texto. Además, se implementó un esquema de impresión en el que los antiguos talleres de la SEP se encargaron, como lo hacían hasta fines del siglo pasado, de la producción total de los libros de texto a nivel nacional.
Y todo esto fue gracias a la dirección de Arriaga.
Lo anterior, en especial el hecho de que los libros fueran impresos por el Estado, le generó a Marx Arriaga una miríada de rabiosos enemigos, ya que hasta ese momento la impresión de los materiales educativos era un jugosísimo negocio particular en el que participaban tanto editoriales como Trillas, Santillana o SM, como consorcios como Grupo Salinas. Era evidente que todo mundo le saltó a la garganta al director de la DGME, en especial los personeros del Tío Richie, al ver que les quitaban tamaña tajada del presupuesto.
Ante lo anterior, hay que subrayar un par de cosas. La primera es que la creación de la NEM fue un esfuerzo de miles de profesores y autores que, en unos pocos meses, se dieron a la labor de erigir tal proyecto educativo, y si bien Marx fue el líder, dicha reforma no es de su autoría particular.
La segunda es que, en el ejercicio de sus puestos, Marx Arriaga ha sido cuestionado por prácticas abusivas y autoritarias hacia sus subalternos: desde solicitudes de “moches revolucionarios”, es decir, aportaciones “voluntarias” del sueldo de sus empleados, hasta remociones arbitrarias. Cualquiera que cayera de la gracia de Arriaga, o de sus allegados, era inmediatamente removido de fea manera de su puesto, con policías y todo —sí, así como a él se la aplicaron—, o bien ya no se le contrataba para el siguiente año en caso de ser empleado por honorarios. Muchos buenos elementos de la SEP, algunos muy buenos amigos míos, fueron expulsados de su cargo por discrepancias con el equipo de Arriaga o simplemente por antipatías personales del director general.
Y fue entonces cuando llegó Mario Delgado a la SEP.
Hay que recordar que el actual secretario de Educación Pública no tiene un perfil magisterial ni en su currículum hay rastro alguno de interés por la educación a nivel nacional. Habiendo sido previamente senador y, sobre todo, dirigente de MORENA durante el sexenio de AMLO, a Delgado se le conoce principalmente como un eficaz operador político que, entre otras cosas, logró consolidar a su partido como la fuerza política dominante en menos de seis años. Mencionemos también que lo anterior lo consiguió por medio de una política de alianzas muy cuestionables, que ocasionaron que, si bien en muchos estados ganara el partido guinda, en realidad los grupos que llegaron al poder fueran conversos de otras fuerzas políticas, incluso antagónicas al obradorismo. Las consecuencias saltan a la vista: en muchos estados los gobiernos morenistas son incompetentes, están plagados de corrupción o están conformados por gente que hasta hace unos meses quería encarcelar al Peje.
Por eso, cuando Claudia Sheinbaum lo incorporó al gabinete como secretario de Educación, muchos comprendieron que su labor sería política: convertir al SNTE y a la fuerza magisterial en el aparato electoral del partido guinda, dejando a la educación en un segundo plano.
Es por eso que, desde principios del sexenio, Arriaga se confrontó con su superior jerárquico. Marx, hombre de militancia pero también de protagonismo, comenzó a destacar más que Delgado, en especial en lo que implicaba el control de la NEM. El problema fue que el secretario de la DGME comenzó a creer que los contenidos del plan de estudios eran de su coto particular y, cuando sus superiores le solicitaron hacer cambios en los libros de texto, se negó tajantemente.
Hay rumores, por otro lado, de que la animadversión entre Delgado y Arriaga tiene que ver con el interés del actual secretario por incorporar nuevamente a las editoriales desplazadas por Marx en el proceso de impresión de libros. Es bien sabido que el exsenador Delgado pertenece al ala más neoliberal del morenismo y no ve con malos ojos este tipo de asociaciones. Así pues, tomando como excusa la reticencia de Arriaga a cambiar los planes de estudio en lo referente a la inclusión de género —una orden presidencial, por cierto—, decidió deshacerse de un obstáculo para reprivatizar la impresión de los textos de educación básica.
Sin embargo, a Delgado le salió el tiro por la culata, ya que Marx logró maniobrar la narrativa para quedar como mártir del magisterio, logrando que una buena parte de los simpatizantes de la 4T lo apoye. Ahora el secretario de Educación Pública tiene un problema no menor, pues gracias a su torpe ejecución al removerlo hizo que Arriaga creciera como figura opositora dentro del propio obradorismo.
Ante lo anterior, concluyo y vislumbro lo siguiente: 1) Los logros de Marx Arriaga como artífice de la Nueva Escuela Mexicana son indudables, así como su iniciativa de regresar la rectoría de la impresión de los materiales al Estado; 2) como funcionario público, Arriaga se comportó igual o peor que el más autoritario de los priistas, lo cual es lamentable. En ese sentido, es muy distinta la disciplina necesaria en cualquier cargo político que la humillación y la arbitrariedad hacia los subalternos, y Arriaga cayó muchas veces en estas últimas prácticas; y 3) Mario Delgado de ninguna manera es mejor opción. Si bien es un magnífico operador político, representa lo más torcido de la 4T y de ninguna manera se deben apoyar sus iniciativas de integrar nuevamente a la IP en los asuntos de la educación.
Así que la telenovela educativa seguirá por unos días, por lo menos hasta que la presidenta Sheinbaum aplaque las aguas, o hasta que nos invada Trump.
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Omar Delgado, escritor, periodista y docente, irrumpió en el panorama literario en 2005 con Ellos nos cuidan, publicada por Editorial Colibrí. Su talento narrativo volvió a brillar el pasado 26 de noviembre, cuando fue galardonado con el Premio Nacional de Novela José Rubén Romero por su obra Los mil ojos de la selva.
En 2011, su pluma conquistó dos escenarios: obtuvo el Premio Iberoamericano de Novela Siglo XXI Editores-UNAM-Colegio de Sinaloa con El Caballero del Desierto y, en ese mismo noviembre, ganó el concurso nacional de cuento Magdalena Mondragón, convocado por la Universidad Autónoma de Coahuila.
Su narrativa continuó expandiéndose con Habsburgo (Editorial Resistencia, 2017) y la inquietante El don del Diablo (Nitro Press, 2022). Delgado, con una carrera marcada por la crítica y los reconocimientos, reafirma su lugar entre los imprescindibles de la literatura contemporánea.


