Miguel Ángel Galván nació en la Ciudad de México el 12 de julio de 1955. Es poeta y narrador. Estudió Lengua y Literaturas Hispánicas en la UNAM, así como Antropología Social y Pintura en La Esmeralda. Ha sido miembro del consejo de redacción de la Editorial Panfleto y Pantomima. Colaborador de Fotozoom, La Enredadera y Pintor de Papel.
Ha impartido cursos en distintas universidades del país. Fue becario del INBA y ganador del apoyo Arte por todas partes, otorgado por el Gobierno de la Ciudad de México. Es autor de diez libros de poesía, uno de narrativa y coautor de dos libros de ensayo, así como de diversos artículos académicos.
Además, ha publicado en diferentes revistas y periódicos mexicanos y del extranjero. Algunos de sus poemas han sido traducidos al inglés, francés, portugués y alemán. Su último libro, Acerca del olvido, fue publicado en Estados Unidos por Editorial Valparaíso, en edición bilingüe.
En entrevista con Poetripiados, el poeta afirmó que la poesía sobrevive pese a la falta de lectores y rentabilidad, apareciendo en espacios inesperados. Recordó su formación entre narrativa y autores como Darío y Pessoa, y criticó el medio literario por su mezquindad, señalando que, aunque hay más voces, no toda la producción alcanza calidad ni relevancia social.
—¿Qué es la poesía?
Me gusta lo que decía Juan Gelman: “la poesía es un árbol sin hojas que da sombra”. Por otra parte, sé que se repite constantemente que la poesía es la cumbre de la literatura, la expresión más sublime de la palabra, pero, más allá de los lugares comunes, la poesía suele carecer de lectores que no sean los mismos(as) poetas, no es rentable ni vende. A pesar de todo, sobrevive, incluso en los cubículos universitarios, y está, de pronto, en lugares inesperados y en voces que se van descubriendo al decir lo que quieren decir.
—¿Cómo fue tu primer encuentro con el arte, la poesía, los libros?
Cuando era niño lo que yo quería era ser pintor: dibujaba y me divertía al hacerlo; años después supe que no era mi vocación, copiaba, pero carecía de ideas. Aprendí a leer a los cuatro años, me interesaba descifrar esos signos y saber qué decían. No era lector de poesía, leía narrativa. La primera novela que leí fue Sin familia de Héctor Malot, que tiempo después convertirían en el anime Remi, con todo y lágrima. La poesía me interesó en la adolescencia, gracias a una antología de poetas mexicanos: desde Sor Juana, por supuesto la única mujer, Amado Nervo, Gutiérrez Nájera, Manuel Acuña, Díaz Mirón y otros más. Descubrí más tarde a Rubén Darío y empecé a plagiarlo (mal, obviamente), para llegar después a León Felipe, quien me llevó a leer a los poetas malditos. Esa línea poética me marcó. Ya en la facultad, mis lecturas se diversificaron: poetas españoles, mexicanos, franceses, gringos (sobre todo, los beats). Me clavé en José Carlos Becerra y también en Pessoa. Y ahí sigo.
—¿Te consideras parte de alguna generación o movimiento literario?
No formo parte de ningún grupo, aunque me asocian con los infras, quienes no son mis compas, pero los conozco desde siempre. En los años 70 aparecieron ellos y los integrantes del Zaguán. Se les ha identificado con las líneas y disputas que hubo entre contemporáneos y estridentistas. Pertenezco a una generación en la que he tenido grandes amigas y amigos, compañeros de viaje: Amelia Vértiz, Rosina Conde, Agustín Ramos, Roberto Castillo, Carlos Chimal. La Facultad fue el lugar en el que coincidimos; incluyo a Vicente Quirarte y a Ricardo Yáñez. Por otros lugares y en otros tiempos, Ricardo Castillo, Rafael Catana, Araceli Romero, Pancho Zapata y Luis Rey Moreno Gil.
—Participaste en la fundación de una editorial independiente, ¿siguen siendo espacios de resistencia o ya forman parte del mismo sistema?
Panfleto y Pantomima fue un proyecto de Rosina Conde en el que participamos Óscar Hernández Beltrán y yo durante los años 80. Las primeras plaquettes que publicamos Rosina y yo fueron en otra editorial que fue La máquina de escribir. No se consideraba entonces que fueran editoriales independientes, nos considerábamos como marginales. A principios de este siglo participé en otro proyecto, Desde la otra orilla, junto con Erika Mergruen y Benjamín Barajas. Creo que las editoriales independientes están, en general, muy asimiladas a la institución. Hay alguna que no juega en esa cancha: Resistencia, por ejemplo.
—¿Existe una crítica literaria en México, realmente?
La crítica forma parte de la institución (no sé si con mayúsculas), me parece obvio que haya grupos culturales dominantes que arropan a los suyos, y así ha sido desde tiempos inmemoriales. Hay convergencias políticas o ideológicas que giran alrededor del poder que se detenta dentro de la misma institución.
—¿Crees que los premios literarios son justos o responden a amiguismos y favores?
Hay de todo. Como no he ganado ninguno, qué voy a decir. Creo que ha habido premios que han sido otorgados con toda justicia, lo mismo pasaría con las becas. Creo también que hay concursos que están dirigidos y que premian a quienes no lo merecen, pero que forman parte de alguna secta literaria.
—¿Qué opinas de la actual visualización de la poesía escrita por mujeres en América Latina?
Las mujeres poetas dejaron de ser invisibles desde hace algunos años, no muchos, por supuesto. Hay poetas que siempre me han gustado: Enriqueta Ochoa, Rosario Castellanos, Minerva Margarita Villarreal o Alejandra Pizarnik, son algunas de ellas. Las poetas que escriben y publican ahora se han multiplicado, hay voces diversas, poderosas e intensas. No se trata de un fenómeno, sino de un acto de perseverancia, trabajo y talento.
—¿Qué lugar ocupa la poesía en una sociedad saturada de imágenes?
La poesía, como dije antes, sobrevive. Hay más poetas que nunca, lo que no quiere decir que todo lo que se publica sea de calidad. Hay poesía en FB, en Instagram, en X. No ocupa, sin embargo, un lugar relevante. Las lecturas de poesía no están repletas de seguidores que pidan más. No hay fenómenos como el de la lectura de Sabines en Bellas Artes, ni habrá cortejos fúnebres como el de Nervo en el siglo XX. La poesía, decía Pancho Zapata, es de todos y de nadie.
—¿Qué le falta a la literatura mexicana actual? ¿Qué te decepciona del medio literario?
Le faltan lectores, le sobra mezquindad. La literatura no me decepciona, me da hueva hacer vida asociada a la farándula, ir a presentaciones, pedir que me firmen el libro. Me repele un poco el medio y, muchas veces, su poca solidaridad o su muy cuestionable inteligencia.
—¿Estás trabajando en algún proyecto actualmente?
Tengo dos proyectos: uno es un libro de cuentos, el otro es un libro de poemas que llevo años escribiendo. Estoy en espera de la publicación de una edición bilingüe de un poemario y de una plaquette con poemas de amoroso resentimiento.
Algunos de sus libros son: Cercano infierno (La Máquina de Escribir, México, D. F., 1979). Toda la realidad (Panfleto y Pantomima, México, D. F., 1983). Marginalia (Laberinto; 31, México, D. F.: Universidad Autónoma Metropolitana-A, 1984). Canciones para sobrevivir (Luzazul, Consejo Nacional para la Cultura y las Artes, México, D. F., 1992). El propósito de la Luna (El Ala del Tigre, Universidad Nacional Autónoma de México, Coordinación de Humanidades, UNAM, 1992). Reposar en la nada (La Otra Orilla; 4, Ediciones del Lirio, Enkidu, México, D. F., 1999). A la deriva (Resistencia, Naucalpan, Estado de México, 2005). Todo va bien: antología 1979-2006 (Colegio de Ciencias y Humanidades / Naveluz, Ciudad de México: Universidad Nacional Autónoma de México, 2019).

