I
Vagaba por un camino vacío, entre la podredumbre de aquellos barrios olvidados. Al menos, el buen clima suavizaba el enfado.
Arrastraba los pies, con las manos en los bolsillos y la cabeza gacha; nada destacaba en la silueta.
Las paredes amarillentas y gastadas crujían bajo el peso acumulado por las almas ávidas de sus rumbos.
“¿Por qué tuvo que decir eso?, ¿qué le inspiró a empuñar la daga y clavarla justo allí?”
En donde habita mi cofre, que creía impenetrable… donde me he hecho fuerte tras diez años de un trabajo detestable, donde su par de rostros sonrientes entre los paneles me rescatan del hartazgo de mi vida malograda, y también de un creciente arrepentimiento por haber acelerado esto.
Ya está, ya está. Nos casamos demasiado jóvenes.
Lo sé.
Pero, como un ‘hombre’, me hice fuerte recurriendo a chistes locales ante el primero de los incómodos silencios, rememorando la vez que se veía hermosa en la cena con mis padres, y contemplando en mi galería de fotos a mi hija sonriente en su primer día de clases.
Y ella tuvo que causar un desastre irreparable.
II
Algo curioso de los pasos es dejarlos ser, y eventualmente te conducen a un destino memorable: trágico, romántico o quizá gracioso. Esa noche, parecí haber elegido todas las opciones
—Etiqueta Negra en las rocas, por favor.
Hacía ya siete años que no terminaba aquí. La última vez fue una discusión que amenazó con el final.
Y la superamos, sí. Como los matrimonios jóvenes lo hacen.
Aquella noche volví a casa, hicimos el amor y concebimos a Venus.
Como los matrimonios jóvenes lo hacen.
Creí entonces que todo había sido para bien, y lo fue. No amo nada más que a mi hija.
Aunque hoy, sólo un milagro o una desdicha nos llevaría juntos a esa cama.
III
Asomo detrás de mi hombro derecho, gracias a una voz femenina y otros balbuceos de ebrios. Es una mujer perdida pidiendo instrucciones al peor público posible. ¡Se tambalean!
Ahhh… recuerdos precompromisos.
Me acerco lentamente, y como un repentino mazazo en la nuca, me deleito desde sus zapatos altos hasta su ceja derecha, que se eleva ante mi descarado registro.
—Espero que seas igual de bueno con un mapa.
(Oh, aquella emoción empolvada de ser un atractivo misterio, por una vez más).
Sonrojado, me hace asentir, mientras ella sonríe con una ternura colegial para luego volver la mirada, estudiosamente.
Hablamos acentuando las palabras. Hace un par de horas se perdió en la avenida.
Le indico detalladamente cómo volver a casa. Al despedirse, me agradece regalándome un mojado beso en la mejilla. Tras una ligera vuelta, palmeo su hombro izquierdo… ese instinto que acecha al hombre de una sola mujer, y esta vez no pude combatirlo.
Mentiría al decir que esperaba una negativa. Abre sus grandes ojos avellana, aprieta los labios y responde:
—Claro.
Y mi cofre caoba con detalles en oro se sacude un poco.

Walter Montaz (Ciudad Juárez, 1992) es profesor y escritor en formación.

