Entras, Carlos. El sitio no se presenta como bazar, es una casa que aprendió a vender sus reliquias tras el derrumbe: cuartos a medio sostener, paredes con la pintura ya desprendida en forma de cáscara, una luz amarillenta que no es cálida sino anémica, como si el día padeciera desnutrición severa; todo lo que respiras adentro tiene ese gusto de humedad y polvo con memoria que parece provenir de huesos pulverizados, enterrados bajo el suelo: fósiles domésticos. La persona que atiende no está ahí para sonreír, vigilante de un pasado que a final de cuentas decide no fugarse, te mira con esa calma de quien ha visto entrar a gente buscando algo que no cabe en bolsas; y tu mamá, Carlos, a tu lado, es joven, apenas rebasa los treinta y lleva el pelo largo como la has visto solo en fotos cuando tenía esa edad: ella camina como si reconociera el terreno sin necesidad de mapa, como si su cuerpo supiera lo que el tuyo todavía discute, y entonces el cuadro: el Niño Fidencio plantado en una pared como dato extraño que se volverá mala señal o amuleto o parte importante de la trama en tu cuento; ese “Niño” que era niño incluso cuando ya era hombre, el santo curandero con su fama de trance y multitud enlodada, de cajitas, manos mágicas y fe sin intermediarios, figura hecha por la necesidad de leones en el desierto, de rumor y de alivio, y a tu mamá le gusta cuando su vacío lo llena el desamparo, sabes que ella quisiera una cajita para guardar la suerte y no esa imagen; tú miras el cuadro y es otra cosa, algo más incómodo: el apodo, la palabra “niño” pegada a un cuerpo adulto, y tú, en tu edad exacta, jaloneando aún esa cuerda secreta de querer ser adulto con la solemnidad del adulto pero sin renunciar a los privilegios del niño, el permiso de que te sostengan, el derecho de que te lleven de la mano cuando el suelo se vuelve raro y surgen bordos y pudiera resquebrajarse hasta volverse una fosa común; te distraes con una camisa negra, que no promete elegancia, colgada en un perchero, te la acercas al pecho y de inmediato sientes lo que sería: un corsé apretándote las costillas, un recordatorio de respirar poquito, caminar con el tórax custodiado, y sabes —sin drama— que no te queda, no por medidas sino por destino; ponértela sería cargar una forma de peso que no necesitas añadir, y la devuelves al gancho como se devuelve una piedra a la orilla del río; la persona que atiende dice algo simple, casi sin intención, “atrás hay plantas, si quieren ver”, y esa sugerencia abre el patio como quien abre una compuerta oxidada y se acompaña por el rechinido: afuera no hay paisaje bonito, hay Aldamas sin postal, un semidesierto con nublazón encima, un cielo que parece retenido por la garganta, y la luz sigue palúdica, como si el aire trajera fiebre antigua, y el suelo es polvo y costra, lodo seco que se volvió santuario por pura insistencia, y la soledad no se posa: se instala, llena los huecos entre las cosas, le da a los personajes —los pocos que aparecen en tu cuento— una cualidad vacía, como si la presencia estuviera a medias, como si cada quien trajera un silencio que trabaja por dentro; los árboles levantan ramas oscuras y nerviosas, no como decoración sino sistema circulatorio expuesto, vénulas y arteriolas al aire, el cerebro del pueblo ramificándose desde la placeta hacia la loma donde está la ermita, ahí donde gente acude y le reza a los santos para que las nubes rompan aguas; y tú caminas con tu mamá pegada al costado, pero ahora sí eres niño y tienes la madurez del adulto, aun así sientes ese tipo de aislamiento que no se arregla con compañía, porque no es “estar solo” en un cuento sino estar en un sitio donde la vida se siente primaria, áspera, casi animal: Aldamas es un pueblo de bárbaros no por insulto sino por origen, por esa manera de existir sin barniz, de sobrevivir con lo mínimo, malos modales pero no mala educación: «siempre hay que mirar de frente», dice tu mamá cuando miras lagartijas que se corretean cerca de tus zapatos; y entonces hay un corte: la zona inundada, miras de frente el tramo de agua que no pertenece a ese suelo seco, el agua puerca y oscura, de tal manera que no admite reflejo, como si debajo del agua no hubiera fondo sino la noche compacta, y el miedo te prende en seco porque no ves nada, porque tu mamá ya no está contigo y no te sale voz para preguntar que dónde está; no saber dónde pisa el pie convierte cualquier paso en una apuesta, y aún niño sabes que hundirse aquí no sería mojarse: sería caer en algo sin nombre; ahí aparece tu papá muerto pero vivo y no hay truco de juventud, no hay nostalgia limpia, aparece como lo viste al final, con las piernas hinchadas, cansado, canoso, con la gravedad de quien ya estaba yéndose aun cuando respiraba, y la tristeza te entra como un catarro que no pide permiso y se descuida hasta volverse bronconeumonía: la tristeza es física, de caja torácica, de estómago, de laringe; y, sin embargo, moribundo o apenas vivo, tu papá está en esas aguas sumergido a la altura de sus rodillas y él te extiende la mano y esa mano es un hecho, no una metáfora en el cuento: te afirma sin palabras, y por un instante —por la hinchazón y la vejez, por la dignidad del cuerpo que carga su propia enfermedad— te hace pensar en San Lázaro, no el de la estampita brillante sino el que apenas camina con el peso del regreso de un sitio sin nombre, y tú cruzas con él, el agua le muerde las rodillas y a ti te llega casi al cuello, cada paso hace un sonido opaco, como si caminaran dentro de un cuarto sin luz, y tú sigues aunque no veas el fondo ni el futuro ni el final del tramo, porque la mano convierte el terror en movimiento, y el miedo, cuando se comparte, pierde su monopolio; del otro lado el patio se vuelve un jardín desordenado, vivo a su manera, conviven enredaderas e insectos con plantas carnívoras, cosas que crecen defendiéndose con espinas que no se disculpan, y a lo lejos, por la cerca ves, como una persistencia verde, la casa de los abuelos, una coordenada que no se toca pero orienta: la casa de alto y color verde y el ladrido del perro negro, guardián, confirman que es Aldamas; del jardín, tú eliges una mata chiquita que apenas tiene un diente de leche, es la planta de la buena suerte, vida mínima con raíces, en cuanto la sostienes volteas y tu papá ya no está: no se despide ni explica, simplemente deja el vacío en su lugar exacto, y tú te quedas con esa mata entre las manos como si fuera un encargo, una prueba de que la vida es un cuento, y entonces lloras con la cara contra el día: lloras en la regadera porque el agua convoca la noche de agua donde viste sumergidas las piernas varicosas de tu papá, y te pasas horas rumiándolo, buscando significados, mientras estás al pendiente de que la planta no se muera, leyendo el cuento que escribiste, juntando oraciones e imágenes, eliminando puntos y aparte y puntos y seguido, hasta hacer un solo párrafo, las piezas forman un bloque denso que te agobia, un mal cuento, pero lo que te queda al final no es una definición sino una frase pesada que te cae con la sencillez de lo verdadero: el cuerpo no olvida lo que el agua ya cruzó, y aunque el cielo siga nublado sin lluvia y sepas que ya no estás en Aldamas, el mundo insistirá en esa misma textura de tono gris, en ese nuevo cuento donde no hay más adultos con deseos por ser niños, solo sonámbulos dirigiéndose a sus labores, aturdidos: esperan un final feliz; mientras a ti, la memoria te toma por el hombro y, tú, volteas: te toca elegir qué tanto le abres la puerta.
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Carlos Aldamas (Monterrey, N.L.) es poeta y narrador. Ha publicado textos en las revistas Oficio y Lagarto. Así como crítica de cine para distintos medios nacionales; también ha colaborado en el fanzine Punkroutine. Se formó en talleres con Dulce María González, Óscar David López, Benji Cárdenas, Luis Aguilar, Jesús de la Garza, Ingrid Bringas y Fernando Yacamán. A los diecinueve años escribió su primera novela Los últimos días y, durante el auge de las bitácoras electrónicas (2005–2013), impulsó espacios donde mezcló crítica, ficción y poesía. Es cofundador del Colectivo Katzen, desde el cual promueve y gestiona actividades culturales. En 2023 obtuvo reconocimiento del poeta José Eugenio Sánchez por su poema Carlos, he venido a verme. Actualmente prepara una colección de textos que desdibujan los límites entre géneros, pendiente de publicación.

