León Plascencia Ñol nació en Ameca, Jalisco, México, en 1968. Es poeta, narrador, editor, guionista y artista visual.
Es director de NOX Escuela de Escritura Creativa. También dirige la editorial filodecaballos, con la cual ha editado más de cien libros. Ha sido ganador de más de una decena de premios nacionales e internacionales. Se ha desempeñado como editor y columnista de periódicos jaliscienses y de revistas nacionales.
Fue director de la revista de literatura Parque Nandino, de La Zona, revista de interiorismo, y de la revista de diseño y arquitectura México Design; editor de la revista REDiseño; editor de la sección Vida y Cultura del periódico Siglo 21; guionista del programa televisivo Tierra de Magia, coproducido por Televisa y la Universidad de Guadalajara; ha sido coordinador de talleres de poesía y escritura a lo largo del país durante más de treinta años; fue tutor del programa Jóvenes Creadores, área de Poesía, del Fonca; es colaborador de diversas revistas de viajes, diseño y periodismo; escribe guías de viajes; ha sido seleccionado en más de una treintena de antologías; está traducido parcialmente al coreano, sueco, finés, islandés, inglés, francés y portugués. Fue becario del Fonca en dos periodos y disfrutó de residencias artísticas otorgadas por el Ministerio de Cultura colombiano (2004) y el Instituto de Traducción de Literatura Coreana (2007 y 2012).
Entre sus premios se encuentran el Nacional de Poesía “Amado Nervo” 2024, el Nacional “Ignacio Manuel Altamirano” de Novela y Poesía 2023, el Internacional de Poesía “Jaime Sabines” 2019, el “Ciudad y Naturaleza, José Emilio Pacheco” 2016, el Nacional de Poesía “Ramón López Velarde” 2016, el Nacional de Cuento “Agustín Yáñez” 2008, el Nacional de Literatura “Gilberto Owen” 2005 y el Internacional de Poesía “Álvaro Mutis” (México-Colombia) 1996.
El autor comparte en entrevista con Poetripiados sus primeros encuentros con la literatura, sus experiencias en Corea y la relación entre poesía y artes visuales. Además, reflexiona sobre la edición independiente, sus procesos creativos y las preocupaciones sociales que atraviesan su vida y su obra literaria.
—¿Cómo llegó un joven de Ameca, Jalisco, a dedicarse a la escritura?
¿Tendría que decir que por extrañas circunstancias? ¿Por predestinación? No lo sé. Cuando era niño me gustaba mucho leer y dibujar. Pasaba muchas horas en ello. Tenía cuadernos donde hacía dibujos con tinta china: estaba obsesionado con paisajes y con pájaros (cuando, años después, descubrí los dibujos de Audubon, quedé absolutamente fascinado).
En esa época leí sobre todo novelas de aventuras (Verne, Salgari, Scott y muchos más). Pensaba que sería pintor, quizá: mi mundo siempre fue muy visual por algo muy simple: desde muy pequeño fui astígmata y miope, así que mi obsesión era observar todo con detalle.
Cuando en segundo año de primaria me pusieron unos lentes, descubrí que el mundo no era borroso, que mis padres, hermanos, familia y amigos no eran borrosos y el mundo cambió para siempre. Cuando estaba en la secundaria seguí dibujando de manera obsesiva y cada vez con más precisión en los detalles (creo que todos esos cuadernos se perdieron).
Un día, a los once o doce años, quizá trece, en mi memoria está borroso el año, pero no el momento, me enfermé de fiebre y tuve que pasar varios días en cama. Para no aburrirme, le pedía a mi madre que me comprara algunos libros y revistas, lo que encontrara, en la librería y papelería que estaba en el centro del pueblo. Mi madre llegó a casa con varios libros y revistas. Los comencé a hojear y uno de ellos llamó profundamente mi atención. Recuerdo que, al leerlo, sentí un profundo sacudimiento, extrañeza y escalofríos que atribuí a mi fiebre. Me sentí raro con las palabras de ese libro (parecían tener vida, moverse de manera independiente por la página; además, tenían una disposición que yo no recordaba de otros libros).
Al terminar de leerlo, aún sin entender qué había pasado, volví de nuevo al inicio para repetir la experiencia. De alguna manera pensé que era necesario repetirla. El libro se llamaba Residencia en la tierra. Cuando me sentí mejor, quise intentar buscar palabras en mí que se parecieran a esas que había leído. Luego empecé a copiar los versos, sin saber que se llamaban así, y fui dejando de lado los dibujos.
Decidí en ese momento que me quería dedicar a reproducir eso, aunque no supiera cómo se llamaba. Unos años después, cuando tenía quince y era un adolescente raro en ese pueblo, conocí a otros raros e hicimos una cofradía y nos enteramos de que había llegado un escritor colombiano a vivir al pueblo. Era geólogo y lo habían mandado a una mina que, se decía, tenía tal cantidad de oro que podría pagar la deuda externa.
Cuando conocí a este escritor, Jorge Bustamante García se llama, invadí su casa y nos hicimos grandes amigos. Para mí fue un maestro total: me enseñó de la literatura, de la vida (había vivido en la entonces llamada URSS) y de muchas otras cosas.
En esa época comencé a escribir mis primeros poemas, aquellos que consideraba que tenían, quizá, una incipiente voz. Jorge me alentó muchísimo. Yo ya no vivía en Ameca, estaba viviendo en Guadalajara, pero iba cada fin de semana para hablar con él y para participar en un grupo de teatro que había fundado un actor, director y dramaturgo nacido en Ameca, que también se volvería una especie de maestro y amigo, Mario Uribe, que algunos años después asesinaron por su orientación sexual. Mi primer libro apareció cuando yo tenía 17 años. Cuando vi mi nombre impreso, me causó extrañeza porque no creía que pudiera ser yo.
—Atenas 317 mezcla poesía, fotografía e intervenciones visuales. ¿Cómo nació ese proyecto?
Atenas 317 nació como nacen muchos proyectos, al menos en mí, sin saberlo. Yo había regresado de mi primera estadía en Seúl. Había vuelto a vivir a Guadalajara, a una casa hermosísima de uno de los grandes arquitectos tapatíos, Pedro Castellanos Lambley, contemporáneo y amigo de Luis Barragán. Regresé de nuevo a mi ciudad, vivía con mi nueva pareja, de origen colombiano, y un día fuimos a ver una exposición al Instituto Cultural Cabañas y, al salir de la expo, me senté en una banca porque en mi cabeza había una serie de palabras revoloteando. Empecé a escribir un poco sin saber qué había ahí y apareció, casi sin correcciones, el poema largo que abre el libro. Luego quedó olvidado. Y unos cuantos años después vi todo el libro en mi cabeza. Vi que ese poema sería el prólogo para contar una historia fragmentaria y fragmentada de una pareja y su disolución.
Quería escribir una novela y pensé que sería más interesante escribirla en versos, con distintas tipografías, con estudios médicos, con fotografías intervenidas, etc. Quería contar la historia del rompimiento de una pareja, de dos enfermedades distintas, pero no quería hacerlo de forma tradicional. El título se debe a la calle y al número donde está la casa donde yo vivía.
Me tardé muchos años en decidir ponerle punto final al libro. El primer poema es de principios de 2008. El grueso del libro se escribió en 2010. Y lo di por finalizado en 2017.
Me costaba trabajo publicarlo. Sentía que aún podría modificarse. Afortunadamente, lo mandé a un premio, resultó ganador y lo publicaron. Lo editó el que fuera mi primer editor a fines de los ochenta, Sam, José de Jesús Sampedro, el culpable de publicar los primeros libros de algunos amigos y compañeros de generación (Julián Herbert, José Eugenio Sánchez, entre algunos otros).
Unos años después se publicó otra edición. Pero no es mi primer libro que explora otros mecanismos. La mayoría de mis libros después de Zoom, publicado a principios de los dosmiles, juegan con diversas posibilidades de la escritura, la imagen y la tipografía.
—¿Cómo escribes? ¿Tienes horarios, método, cuadernos?
Te tendría que responder que sí y que no. Depende del proyecto. Cuando hago prosa comestible, es decir, la que paga las cuentas, tengo fechas de entrega muy puntuales. Durante muchos años escribí guías de viaje. Cuando escribo mis crónicas o mis novelas o relatos, sí tengo horarios establecidos. Con los poemas pocas veces me ha pasado eso. A fines de los noventa, cuando escribí Enjambres, un poema largo, o El árbol. La orilla, otro poema largo, sí trabajaba durante varias horas al día. También pasó eso un poco con Historial clínico, el libro sobre mi madre. Pero en general los poemas llegan de a poco, sin prisa. Aunque debo confesarte también que escribo muy rápido. Puedo terminar un libro en pocas semanas, aunque luego me tardo muchos años en darlos a la imprenta.
—¿Cómo fue la residencia en Corea? ¿Qué cambió en tu forma de escribir?
Las dos ocasiones que estuve en Corea fueron extraordinarias. La primera vez fue algo extraño. Ni siquiera había pensado en mi vida que podría vivir allá. Recibí una llamada invitándome a una residencia. Pensé que era broma que me hacía un amigo y dije que sí aceptaba. Cuando me di cuenta de que era en serio, tuve que tomar rápido una decisión. Quince días después ya estaba viviendo en Seúl. Llegar, literalmente, a otro mundo, lleno de signos distintos en el comportamiento, con una lengua extraña, claro que me modificó. Creo que a partir de esa experiencia no solo cambió mi forma de escribir, sino mi forma de entender el mundo.
En el año de 2007, durante el tiempo en que viví en Seúl por primera vez, acostumbraba a salir a pasear por la ciudad. Me gustaba esa sensación de extranjería y de extravío. En uno de mis vagabundeos matutinos salí de una de las estaciones del metro y caminé dejándome llevar por el azar. De pronto llegué a un parque lleno de ancianos y grupos de gente que jugaba go; era el parque Tapgol. Recuerdo que era un día soleado de verano, quizá un sábado.
A veces me bajaba del metro en cualquier estación y me metía entre callejuelas, templos budistas, enormes avenidas de edificios futuristas, bosques diminutos para ver pasar la vida. Ese día, ese sábado bullicioso, lo recuerdo bien, descubrí a un hombre de complexión delgada, vestido con pants grises y zapatillas chinas, que hacía una serie de movimientos que llamaron mi atención. El hombre se desplazaba en una especie de danza o tai chi y, según yo, realizaba movimientos de grullas y de otros animales.
Lo observé durante una larga hora. Entonces el hombre tomó un rollo enorme de papel y lo extendió en el parque. Luego sacó sus pinceles, una piedra donde preparó la tinta. Su concentración era absoluta: caminaba de un lado a otro a lo largo del papel de arroz. Después, con un enorme pincel, hizo algunos movimientos por encima de él, que unos minutos antes había estado repitiendo en su danza casi autista. Cuando el pincel se movía en el aire, entendí que lo que yo creía un baile oriental era en realidad la preparación del maestro calígrafo para aventurarse a pintar de un solo trazo su obra, como los monjes budistas. Pintó con absoluta rapidez y sin equivocarse. Su gestualidad era la de la grulla que surca el espacio y lo inunda con su vuelo.
Allí, en ese momento, quise aprender las técnicas del maestro calígrafo. Me acerqué a él para preguntarle si quería enseñarme y rápidamente me dijo que no.
Volví en otras ocasiones para verlo y tratar de copiar los trazos. No quería hacer caligrafía, sino utilizar la mancha para construir una obra que pudiera dialogar con mis gustos del Extremo Oriente y Occidente.
Luego conocí la obra de Lee Bae, Lee Doo Shik, Lee U-fan, Lee Kang-so y a uno de los maestros del grupo japonés Gutai, al monje budista Kazuo Shigara y su culto a la imperfección. En esa imperfección radican la belleza, la fuerza y la vitalidad de una obra. Los elementos estaban ahí; bastaba aventurarse.
A partir de esa idea construí una serie de collages que toman como motivos principales el trazo de las letras deconstruidas en pliegos que pinté con tinta china. Después recorté y rompí esos papeles y páginas de libros, revistas y periódicos japoneses, coreanos y chinos. Luego fragmenté o fracturé las diversas piezas que se convirtieron en el puzzle para armar los collages. La idea era mezclar papeles y texturas diversas.
Lo que hago, lo que aprendí quizá ese día de verano, es que acercarme a la pintura es en realidad una continuación de mi escritura poética. La letra como mancha en el espacio; la mancha como una letra resignificada. Ahí volví a pintar de nuevo. Otra vez con tinta, en blanco y negro, me acerqué al budismo, intenté respirar de otra forma, en otra forma. Ahora ya no separo nada de lo que hago. Para mí todo proviene de una misma respiración, aunque use distintos conductos.
—¿Qué busca hoy filodecaballos editores en un autor?
Desde que fundé filodecaballos en el año 2000 buscaba poéticas que me sorprendieran, que me generaran asombro, que me permitieran dialogar con ellas. Y también mostrarles mi asombro a otras personas, a otros lectores.
Los primeros años publiqué muchos libros y plaquettes (David Huerta, Eduardo Milán, Arturo Carrera, Mónica Nepote, Ángel Ortuño, Rocío Cerón, Julián Herbert, William Ospina, Laura Solórzano, Hernán Bravo, Luis Eduardo García, Eduardo Padilla, Eduardo Chirinos, poetas franceses, rusos, de distintas latitudes), luego vino un receso porque terminé muy cansado.
Después empecé otra nueva época, ahora en Ciudad de México, y publicamos no solo poesía, sino también otros géneros, siempre con la misma idea: textos que nos generaran asombro. Desafortunadamente, dos cosas hicieron que terminara esa época: el terremoto de 2017 (perdimos la mayoría de nuestro catálogo) y el fraude de una distribuidora.
Traté de dejar la editorial, pero parece que ella no quiso. En los últimos años, quien es ahora la editora es Petronella Zetterlund, mi pareja y extraordinaria traductora. Hemos publicado en tirajes reducidos, que damos de mano en mano, a muchas poetas y muchos poetas suecos. Queremos seguir con ello y ampliar la edición hacia el mundo nórdico.
—¿Cómo es el panorama de las editoriales independientes en México?
Me parece que hay una gran efervescencia. El grave problema siempre es la distribución. Aunque ahora he visto unas dos o tres distribuidoras que parece que están haciendo muy bien su trabajo.
También creo que la mejor literatura la están publicando las editoriales pequeñas (siempre ha sido así). Por ejemplo, nosotros publicamos a Park Minyu, uno de los narradores más extraordinarios de Corea del Sur, o a Ida Borjel, Jenny Tunnedal, Johan Jonson, Leif Holmstrand, poetas suecos increíbles, que están entre los mejores, no solo de su país, sino de Europa.
—¿Qué es lo que más te preocupa del mundo actual, en lo social y político?
Me preocupa la derechización del mundo. Me preocupa la polarización de la sociedad. Me preocupa la intolerancia. Me preocupan demasiadas cosas, que sería largo de explicar aquí. Pero lo que más me preocupa es no ser consecuente conmigo mismo y el mundo que decidí habitar. Todos los días intento ser empático con los otros. Espero lograrlo o haberlo logrado.
Algunos de sus libros son Enjambres (FCE, 1998), El árbol. La orilla (Canadá-México, Écrit des forges, Canadá-México, 2003), Apuntes de un anatomista de ciudades (2006), Zoom (Aldus, 2006; Ángeles de Hierro, República Dominicana, 2010; IVEC, 2013), Satori (Conaculta, 2009; Era, 2012), Seúl es una esquina blanca (El Equilibrista, 2009), Tratado sobre la infidelidad (Conaculta, 2010; Montacerdos, Chile, 2016; Malpaso, España, 2017), Revólver rojo (Bonobos, 2011), Polaroids de grullas volando bajo un cielo naranja (filodecaballos, 2013), El lenguaje privado (filodecaballos, 2014), Atenas 317 (Universidad Autónoma de Zacatecas, 2017; UNAM, 2023), La música del fin del mundo (Salto de Página, España, 2019), Animales extranjeros (Ediciones Era, 2021), Manada de bisontes en un sueño (antología personal) (Editorial Tedium Vitae, México, 2023; Editorial Aula de Humanidades, Colombia, 2023), Escenas difusas al fondo del paisaje (Consejo Estatal para la Cultura y las Artes de Nayarit, 2024) y Fado meu (Textofilia, 2025).
Realizó con Rocío Cerón y Julián Herbert la antología El decir y el vértigo. Panorama de poesía Hispanoamérica 1965-1979 (filodecaballos, 2005).
Su obra ha sido expuesta en diversos museos y galerías de México. Ha ilustrado numerosos libros y revistas nacionales e internacionales. Fue reconocido como Creador con Trayectoria de Jalisco en 2024. Es miembro del Sistema de Creadores de Arte de México.

