Fedosy Santaella Kruk nació en Puerto Cabello, Venezuela, en 1970. Es narrador y poeta. Ha publicado tanto cuento como novela con editoriales como Alfaguara, Ediciones B y Loqueleo en Venezuela; con Norma en México, y en España con Pre-Textos y Editorial Milenio. En poesía, con Oscar Todtmann editores y con LP5 Editora.
En 2009 fue becario del programa internacional de escritura de la Universidad de Iowa. En 2010 quedó entre los diez finalistas del Premio Cosecha Eñe de España con el cuento Sandor y los conejos, que luego fue publicado en la revista Eñe (La Fábrica), número 24, en enero de 2011. En 2013 ganó el concurso de cuentos de El Nacional (Venezuela).
Ese mismo año estuvo entre los nueve finalistas del Premio de Novela Herralde con la novela El dedo de David Lynch (publicada luego por Pre-Textos). En 2016 se hizo acreedor del Premio Internacional Novela Corta Ciudad de Barbastro con la novela Los nombres, editada también por Pre-Textos. En 2017 obtuvo mención de honor en la I Bienal de Poesía Eugenio Montejo.
La siguiente entrevista se adentra en la vida y el pensamiento de un autor que ha hecho de la literatura su destino y su forma de estar en el mundo. Poeta, narrador y docente, su obra dialoga con la crisis, el exilio, la memoria y el lenguaje como espacio de libertad y de fractura.
Desde Venezuela hasta México, su trayectoria atraviesa transformaciones personales y colectivas, así como el derrumbe de un sistema editorial y la reinvención de nuevas formas de circulación literaria. Aquí habla de la poesía como un “hermoso fracaso”, de la literatura como vocación inevitable y del oficio de escribir en medio de la incertidumbre.
Con lucidez y honestidad, reflexiona sobre el presente de su país, los premios, los lectores y el lugar del escritor en tiempos convulsos.
— ¿Qué es la poesía?
La poesía es una frase rota, quebrada, insuficiente; es el lenguaje tratando de salir del centro de los lugares comunes, una forma de libertad, la puerta a la disolución del ser y la puerta al sentido del ser, el vacío entrando a todas las cosas y haciendo que el río sea montaña y la montaña gato, y el gato una piedra del camino. La poesía no es verso, tampoco isotopías, tampoco emparejamientos, pero al mismo tiempo es verso, isotopías y emparejamientos. Está en la prosa, está en la narrativa. La poesía es una revelación de nada. Es el sustento más útil para quien anhela vivir poéticamente. La poesía no se escribe: habla en el silencio, allí donde todos sabemos qué es la poesía, pero cuando intentamos explicarla no podemos hacerlo. Es un fracaso, un hermoso fracaso. Yo no sé qué es la poesía.
— ¿Cuándo y por qué decidiste que la literatura sería tu vida? ¿Hubo un momento específico o fue una certeza gradual?
La literatura me decidió a mí. Estuvo ahí, creo, desde el principio: desde los cuentos de mi abuelo ucraniano y de mis tías ucranianas; desde la biblioteca de mis padres; desde mis dibujos; desde el mar de Puerto Cabello, la ciudad en la que nací. La literatura me destinó.
— ¿Cómo era el ambiente literario venezolano en los 90 y 2000? ¿Qué se perdió exactamente cuando ese mundo comenzó a desmoronarse?
En 2000 fue un gran momento de la literatura venezolana. Había editoriales en Venezuela, nacionales e incluso internacionales. Apareció una nueva camada de autores nacionales. La prensa se interesaba en nosotros. Las librerías estaban abiertas, nuestros libros estaban a la venta. Fue un pequeño boom literario, impulsado por todo un sistema que incluía editores, lectores, librerías, prensa y académicos. Había actividades de fundaciones, concursos, eventos. El camino lucía favorable.
Luego, cuando acabó aquel boom petrolero y no quedó nada porque todo se lo agarraron y la censura arreció, se volvió cada vez más difícil conseguir papel para imprimir. Después, las editoriales internacionales se fueron de Venezuela. Luego, a las editoriales independientes cada vez les costó más producir libros por falta de papel y porque los costos se dispararon a la estratosfera. Las librerías fueron cerrando, una buena parte de los escritores se fue, el país se llenó de protestas, de secuestros, de torturas. Todo se fue. En los últimos tiempos, con mucha dificultad, se ha reavivado un poco el sistema literario, y eso es admirable. Pero quién sabe: todo se ha vuelto tan incierto.
— ¿Cómo es tu proceso creativo a ocho años de vivir en México? ¿Hubo cambios drásticos con respecto a vivir en Venezuela?
Yo sigo escribiendo. Es lo que sé hacer; lo hago como necesidad expresiva. Es mi forma, no sé, de ir a misa, su sucedáneo. En cuanto a México, me fascina la plasticidad del español mexicano. En mis textos he comenzado a usarla. También he estado leyendo literatura mexicana, que es extensa, variada y de alta calidad, tanto en narrativa como en poesía y ensayo. He conocido, he reflexionado. Venezuela siempre está en el fondo, hablando, buscándome, evitándome. Todo es espiral y todo conecta.
— Ante la crisis editorial, ¿qué circuitos alternativos de publicación y distribución consideras viables para los escritores venezolanos?
Es complejo. Hay escritores venezolanos viviendo fuera que han logrado publicar en los otros países donde viven. Sin embargo, es muy difícil, porque además no es sólo un tema venezolano, sino mundial: el mercadeo ahora impera, ese relumbrón inocuo. Surgen, con cada vez mayor peso, opciones de publicación por Internet, así como editoriales que ofrecen servicio de diagramación y distribución; unas más honestas que otras, claro está. No obstante, creo que hay un hermoso camino, que es el de las editoriales independientes, tanto en Venezuela como fuera de ella.
En Venezuela tenemos a Oscar Todtmann editores, una magnífica editorial con muchos años de experiencia, y Elipsidra, que también es prestigiosa. En otros países hay editores venezolanos trabajando, tanto en poesía como en narrativa. Nombro a DosPájaros ediciones, LP5 editora, Kalathos, Luba Ediciones y Sudaquia, entre otras. No obstante, no es fácil para el escritor venezolano conseguir editorial: salimos de un país arrasado y llegamos a otro donde nadie sabe quiénes somos, y eso es duro.
— ¿Cómo sientes el futuro político y social de tu país con lo que está pasando ahora con Estados Unidos? ¿Sientes que el escritor venezolano en el exilio tiene un rol particular? ¿O la literatura tiene que mantenerse en otro registro?
No somos mejores para opinar por ser escritores. En todo caso, es un momento contradictorio, donde hay en mí una mezcla encontrada de sentimientos: hay miedo, alegría y rechazo, y estoy muy claro en que no soy experto en política. Además, la literatura tiene su tiempo, distinto al de la urgencia periodística (que es necesaria, sin duda), y también hay que tener claro que el alma humana, por más convicciones que tengamos, no es plana. La palabra heteroglosia sería quizás la más adecuada para definir mi estado mental y espiritual en este momento, en contraposición a la épica del que está seguro, absolutamente seguro de lo que es y debe ser. Gracias, Bajtín.
— ¿Cómo percibes la crítica literaria en Venezuela actualmente? ¿Sientes que hay espacios suficientes para el análisis riguroso de la literatura contemporánea?
No tengo idea del estado de la crítica literaria en Venezuela. Hace pocos meses ni siquiera periodistas de cultura se interesaban en hacerte una entrevista, en leer tu nuevo libro. ¿Ha ido cambiando eso? No lo sé. Pero quizás obraba y obra allí el miedo, la autocensura. No sé; quizás los críticos, los académicos, no tienen tiempo para pensar en eso. Están ocupados en sobrevivir fuera de Venezuela; están ocupados en sobrevivir en Venezuela.
— En México existe un debate sobre si los premios literarios están amañados o dados a conveniencia, ¿se habla de esto en tu país?
Conocí a un escritor joven que siempre decía que los premios literarios estaban amañados, hasta que ganó un concurso importante y empezó a ser jurado en premios. No dudo que haya premios amañados. El Planeta parece ser uno. Alguna vez, un premio de España que pude ganar no lo gané porque no vivo en España; eso lo supe. Pasan tantas cosas que los ojos no ven. Por mi parte, te puedo decir que las veces que he sido jurado nadie me ha dicho quién debía ganar, pero eso fue en Venezuela. Acá, en México, también fui jurado en un concurso importante y no hubo trampas. Hay premios limpios, hay premios muy sucios. Creo que son una vía para darse a conocer si ganas o quedas finalista. No los descarto.
— Después de 14 años dictando talleres, ¿qué has aprendido sobre el proceso creativo de otros que haya transformado el tuyo?
He aprendido que escribir ficción es realmente difícil y qué suerte tiene uno que puede más o menos hacerlo bien.
— ¿En qué proyecto trabajas actualmente?
En un libro de poesía y en una novela de dictador latinoamericano que no es de dictador, sino de gran empresario latinoamericano.
Sus libros de relato corto más recientes son: Piedras lunares, reedición, Ediciones PuntoCero, Venezuela/España, 2016; Retablo de plegarias, El Taller Blanco Ediciones, Colombia, 2019; Los escapistas, Oscar Todtmann editores, Venezuela, 2025.
Novela: La luz de Tesla, Editorial Norma, México, 2021; Leonora del viento, Editorial Norma, México, 2022; El dibujo de la isla, Monroy Editor, Venezuela, 2023.
Poesía: Tatuajes criminales rusos, Oscar Todtmann editores, Venezuela, 2018; El barco invisible, Oscar Todtmann editores, Venezuela, 2020; Daemon, LP5 Editora, Chile, 2022.
Como compilador: Cuentos sin palabrotas. Antología del cuento venezolano para jóvenes, Alfaguara, 2009; Con el susto al cuello, Alfaguara, 2014.
Actualmente es coordinador y profesor de la maestría de escritura creativa de la Universidad Internacional de La Rioja/México.

