A Carlos Sánchez Ocampo, hombre, cómo no
Mi más remoto recuerdo. Estoy a mitad de camino entre tres y cuatro años y aún me resisto a caminar. Mi hermana me carga a horcajadas sobre su cintura. Estamos en el patio, la tarde es calurosa y el mundo está paralizado, la inmovilidad es absoluta. Porque sí, levanto la vista hasta el ramaje del trupillo en el patio de nuestra casa, todo en aquella aldea en que mi madre me ha llevado a nacer, cuando hago un desconcertante descubrimiento. En la inmovilidad brutal del tórrido atardecer tropical que detiene la vida en sus manifestaciones básicas, esto es, la mineral, la vegetal y la animal; en esta contención de la respiración del paisaje enmarcado bajo el azul impecable del cielo sin nubes, en esta detención de todo lo visible y lo audible, una hoja, una única hoja pinnada del trupillo se agita vivamente. Me extasío contemplando el bizarro evento. Mi cuerpo se afloja, me desgonzo y muero.
El pediatra de la aldea viene a casa a ratificar la muerte del niño. Yazgo sobre la mesa del comedor, arreada hasta la sala, con su mantel blanco, todavía sin corona fúnebre. El médico me ausculta y bruscamente se vuelve a tomar de los hombros a mi madre. ¡Está vivo!, dice con una exaltación profesionalmente contenida. Mi madre solo atina dejar salir de la entraña de su ser un ¡ay!, y poco falta para que caiga redonda sobre las baldosas rojas y amarillas.
No recuerdo mi despertar. He sobrevivido a una violenta deshidratación causada por el norovirus de la gastroenteritis, gracias a la llegada, ya in extremis, del doctor Páez. Todavía faltan unos meses para que entre en servicio el acueducto municipal. Han estado dándome agua sin hervir del Canal del Dique, apenas reposada en una tinaja. Mi hermana la mayor, acaso hastiada del sambenito que carga durante cuatro años, me ha sumergido de cabeza en el río y he tragado agua por la boca, nariz y los oídos. Así que he muerto por gastroenteritis y el doctor Páez me acaba de revivir.
A lo largo de una vida, ya no tan breve, he vuelto a ver el fenómeno repetirse. Árboles inmóviles que agitan vivazmente una sola hoja. Mi educación no me permite creer, sino apenas saber lo empíricamente comprobable. Sé que a los árboles no les está permitido hacer esto, pero, creciendo que crecía, antes de abandonar la aldea pude ver y tocar (¡Alberto Caeiro, recuerdo aquí a Alberto Caerio, también conocido como Fernando Pessoa: Pobres flores en los setos de los jardines geométricos. Parecen tener miedo de la policía. Pero son tan buenas que igual florecen y presentan la misma sonrisa que tuvieron ante la mirada del primer hombre que las vio como una aparición y las tocó levemente, para ver si hablaban -cito de imprecisa memoria), pude ver y tocar en la aldea, digo, la mimosa, que allá denominaban sicalípticamente (ojalá ya se sea un arcaísmo la voz, ojalá ya no haya memoria de semejante ultraje) “ciérrateputa.” Casi me arrepiento de esta rústica infidencia. La toqué, pues, levemente para ver cómo se movía, y estoy en capacidad de afirmar que lo hacen como lo haría un gusano o un ingeniero de sistemas al despertarse por la mañana. Esta hoja de la mimosa es pinnada como la de mi trupillo, pero sensible y nerviosa, como dicen quienes los conocen son también los poetas, que yo no sé si serán de La Habana, serán de Santiago, tierra soberana…
Lo de la única hoja que me mueven los árboles es para mí un cerrado enigma. Y no espero con ilusión cándida que la vida me alcance para dilucidarlo. Amo ese primer recuerdo de mi memoria. Amo saber que, como ese dios de los judeocristianos y otros antes que ese (minúsculas premeditadas), he muerto y resucitado y aquí me tienen, como si tal cosa, sin que se me rinda culto religioso alguno, solo a duras penas tolerado, casi hasta los 20, mi propia madre, que en feliz y santa paz descanse, según se dice.
Como no soy creyente, no incurro en la disconformidad de decir creo; en su lugar, digo que yo sé que los árboles tienen una conducta, no tan estrafalaria, desde luego, como la de ese presidente que votaron los estrafalarios argentinos. No, sino que los árboles son comedidos en su comportamiento, no unos intempestivos desadaptados como ese desapacible sujeto. Hasta mediados del siglo XX la conducta de los árboles solo podían apreciarla los filósofos, capaces que son de intuición teleológica, de percibir las causas finales o el origen de todas las cosas. Pero si no vieron esto, no es tampoco algo que pueda afectar lo que deseo exponer aquí.
Nuestra necedad llega al extremo de amputar árboles pretendiendo corregir la estética de la naturaleza. Creemos que sometiendo a formas geométricas (cubos, triángulos, esferas, etc.) su conducta, enmendamos su falta de buen gusto. Insensatos, eliminaríamos la joroba del camello y la trompa del elefante. La naturaleza, así, necesita ser instruida por nosotros, sumos árbitros de la elegancia. ¿Y a la jirafa?, ¡pues podémosle la gracia de sus cuernos; recortémosle el esbelto cuello, que lo tiene muy largo para nuestro sentido de las proporciones, ¿no ven acaso cómo ignora de manera flagrante el sagrado número áureo?!
Podar, diseñar, imponer la forma que se nos antoja al árbol es impedir el libre desarrollo de su personalidad, equivalente a impedirle a un muchacho de 19 años que se fume su porro o que dedique la vida a la preservación del medio ambiente. Dice Schopenhauer que lo que debemos a los animales no es conmiseración, sino justicia; yo digo lo mismo de los árboles.
La conducta de los árboles es, tomo emprestado de Schopenhauer el concepto, su representación, como serlo de nosotros nuestro cuerpo. Su cuerpo que se mueve de manera armónica y de ninguna manera exenta de estética. Para apreciar bien algo de la conducta de un árbol, solo tenemos que dejar una cámara tomándolos durante, digamos, un par de años. Luego aceleramos la grabación y se verá animada su magnífica gesticulación. Su conducta es su forma actual y su forma histórica aunadas. No tiene por qué conducirse de manera brusca y, por demás, grotesca como un político de baja estofa en campaña. Su conducta nos comunica la ciencia natural de su elegancia. Los frutos que pone a nuestro alcance hablan de su desprendimiento. La sombra que nos prodiga, a cambio apenas de un poco de agua, es la manifestación de su gratitud ejemplar. Y sus flores, que brillan con los colores arrebatados por el sol, tendrían que hacernos llevar una mano al ala del sombrero al pasar ante su serenísima presencia en el universo.
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Leo Castillo (Costa Caribe de Colombia) Libros publicados: Convite (Cuentos, 1992) Historia de un hombrecito que vendía palabras (Fábula ilustrada, 1993) El otro huésped (Poesía, 1998) Al alimón Caribe (Cuentos, Cartagena de Indias, 1998) De la acera y sus aceros (Poesía, 2007) Los malditos amantes (Poesía, 2014)Instrucciones para complicarme la vida (Poesía, 2015) Tu vuelo tornadosolado (Poesía, edición artesanal, 2015) Documental: (https://www.youtube.com/watch?v=Ec_H6WMsU-c) Colaborador Diarios El Espectador, El Heraldo de Barranquilla, Revista Atarraya Universidad del Magdalena y la Revista Huellas Universidad del Norte, entre otras.

