La señal… la señal… la señal…
Lenguaje, espera y simulacro
en «Batman» de José Carlos Becerra
El héroe necesita que alguien lo llame. Esa dependencia, oculta bajo la aparente seguridad de quien sabe combatir el peligro, sostiene «Batman», de José Carlos Becerra. El título promete una aventura reconocible, pero el poema se demora en las condiciones que permitirían comenzarla: una señal, un traje dispuesto, la expectativa de que el mundo reclame una intervención. Cuando aparece la habitación, el hombre camina alrededor de una silla y mira por la ventana. Ha preparado su destreza y hasta sus sentimientos para un acontecimiento que tarda en llegar. La espera compromete algo más que su paciencia. Si nadie lo requiere, ¿cómo reconocerá la figura que ha aprendido a representar? Becerra lleva esa pregunta hacia el lenguaje con el que una conciencia procura convencerse de su necesidad. El personaje dispone de palabras para sostener su identidad, aunque empieza a sospechar que esas mismas palabras lo mantienen encerrado.
El nombre del personaje aparece únicamente en el título. El cuerpo del poema lo convierte en alguien a quien se habla, un «tú» que todavía debe encontrar ocasión para reconocerse. Esa distribución hace trabajar al lector. La capa, el antifaz y el reflector reciben sentido a través de una figura conocida antes de entrar en el texto; la lectura aporta las asociaciones que permiten identificarla. Becerra utiliza esa familiaridad para examinar qué queda del personaje durante la suspensión de sus hazañas. El nombre ofrece una identidad que el desarrollo pone en duda. Reconocer a Batman es apenas el principio de una lectura que terminará preguntándose por la consistencia de ese reconocimiento.
Antes de presentar al hombre y su uniforme, el poema comienza con una acción verbal que ya ha comenzado otras veces:
Recomenzando siempre el mismo discurso,
el escurrimiento sesgado del discurso, el lenguaje para
distraer al silencio;
la persecución, la prosecución y el desenlace esperado por todos.
El primer gerundio deja la acción en curso y sin un punto firme de partida. La repetición pertenece al estado en que encontramos al hablante; no sabremos cuándo inició ni qué podría terminarla. El verbo permite comenzar otra vez, pero el complemento devuelve cada tentativa a lo mismo. Allí se establece el movimiento que recorrerá el poema: una actividad persistente cuyo esfuerzo no garantiza el avance. El discurso es un «escurrimiento sesgado», una desviación que impide hablar de transparencia. La frase más inquietante de la apertura, «distraer al silencio», le atribuye a la palabra una tarea defensiva. Hablar puede mantener a distancia aquello que el sujeto no sabe afrontar cuando cesan sus explicaciones. El silencio se convierte en un interlocutor al que se entretiene para evitar que llegue su turno.
La proximidad sonora entre «persecución» y «prosecución» hace audible el paso de la aventura a su continuidad prevista. Una alteración mínima permite que el movimiento heroico se prolongue dentro del mismo cauce. El desenlace, además, está «esperado por todos»: existe un público que conoce de antemano la forma del relato. El personaje parece disponer de un repertorio completo, desde la amenaza hasta la restauración del orden. Sin embargo, le falta la ocasión para ponerlo en marcha. Becerra atiende al intervalo que una narración de hazañas suele omitir, esas horas durante las cuales la capacidad de actuar no encuentra una tarea. La demora revela que la voluntad del héroe requiere una solicitud exterior. Su destreza puede estar intacta y su identidad, pese a ello, permanecer sin confirmar.
El aviso puede ser de amor, de peligro, «de como quieran llamarle». Esa indiferencia aparente ensancha el alcance de la señal. El personaje espera un acontecimiento que le indique adónde dirigir lo que ha preparado. Amor y peligro resultan próximos porque ambos podrían arrancarlo de su disponibilidad sin objeto. Ser amado o ser necesario para salvar a alguien conferiría una dirección a su vida. El reflector reúne esos deseos en una luz dirigida, destinada a un receptor capaz de reconocerla. Por eso su ausencia inquieta de una manera distinta a la oscuridad ordinaria. La noche puede contener innumerables sucesos y, aun así, no ofrecer aquello que el hombre cree necesitar para empezar. Lo que aguarda es una confirmación de que el mundo ha reservado un lugar para él.
La noche y el pacto previo enrojecen mientras la gran visita permanece bajo sospecha. Puede leerse en ese pacto el acuerdo que sostiene la representación heroica: habrá una amenaza y alguien responderá. El poema introduce enseguida otro relato de cumplimiento, la resurrección, cuyo cuerpo antiquísimo pierde sus costras sagradas. La esperanza de regresar a la vida tiene aquí una superficie gastada, acumulaciones que se desprenden. Becerra expone la materia de una promesa que ha debido repetirse para conservar su poder. Buscar en las costillas de Dios la teoría de la costilla faltante prolonga esa revisión. El origen se somete a una cuenta que nunca concluye porque las luces se apagan. La fórmula «Quiero decir» insiste en precisar, pero cada nueva explicación vuelve a mostrar la dificultad de alcanzar lo que pretende esclarecer.
El cortocircuito y la saliva interrumpida aproximan esa dificultad a dos condiciones materiales de la comunicación: la transmisión y el cuerpo. Algo intenta circular y su recorrido queda cortado. La saliva, que reaparecerá como baba y como hilo, acompaña a la palabra hasta volver imposible concebirla como una emanación pura. Hablar requiere un cuerpo; sus secreciones pueden sostener el discurso y también exhibir su fragilidad. En este punto la incertidumbre religiosa participa de la misma avería que el deseo de entender y ser entendido. El poema ha anunciado un reflector capaz de convocar al héroe, pero ya ha mostrado un mundo de luces que se apagan. La posibilidad del llamado depende de medios cuya continuidad nadie puede asegurar.
La repetición de «Llamando, llamando, llamando» cambia momentáneamente la dirección del esfuerzo. Quien espera una señal también llama, como si pudiera provocar la respuesta que le falta. Un radio portátil, artificios y argumentos participan de ese intento. Los sentimientos han sido elegidos con cuidado y desesperación; el acometimiento contra el cual se prepararon no ocurre. Hay algo doloroso en esta administración anticipada de los afectos. El sujeto ha organizado su respuesta antes de conocer la situación que debería suscitarla. La espera consume esa preparación y produce una intensidad verbal que parece alimentarse de su propio fracaso. La corriente eléctrica del vacío y el cable del delirio dan energía a lo que carece de respuesta. Así, las frases sobre el infinito terminan empañadas por su propio aliento. La explicación puede levantar delante de sí la superficie que luego toma por revelación.
La avería vuelve bajo la forma de un automóvil detenido en mitad de la carretera. Las mayúsculas de lo Clásico y lo Divinal dan solemnidad a un vehículo con las llantas ponchadas, mientras las lágrimas y los muertos continúan transitando. La ironía nace del contacto entre una promesa elevada y un desperfecto que impide circular. El dolor sigue su curso alrededor de aquello que debería ofrecerle una salida:
la pedorreta histórica de las llantas ponchadas,
el sofisma de cada resurrección,
el ancla oxidada de cada abrazo,
La brusquedad de la primera imagen vuelve corporal y audible el fracaso. Después, la resurrección se aproxima a un razonamiento engañoso y el abrazo adquiere un peso que inmoviliza. Es una secuencia incómoda porque compromete acciones en las que buscamos alivio. Su violencia permite advertir cuánto puede alejarse una fórmula de la experiencia que pretendía acompañar. El desgaste alcanza al consuelo cuando éste se ofrece como una solución ya establecida. Las llantas ponchadas son el desperfecto que la retórica del cumplimiento no consigue reparar. El desacuerdo entre el deseo que se mueve desde dentro y la palabra que actúa desde fuera toma después la forma de cuerpos que necesitan coordinarse:
como dos gemelos que no se ponen de acuerdo para nacer,
como dos enfermeros que no se coordinan para levantar al
mismo tiempo el cuerpo del trapecista herido.
Las comparaciones dan consecuencias físicas a la desavenencia. Un nacimiento se demora; un herido no puede ser levantado con seguridad. Lo que debería encontrarse en una acción común permanece separado. La palabra intenta responder al deseo, pero su movimiento no coincide con él. El poema prepara de ese modo la figura de un hombre capaz de caminar, mirar y hablar sin transformar esas acciones en la intervención que espera. La actividad existe; le falta un acuerdo que la vuelva eficaz. El trapecista, además, introduce el riesgo del equilibrio, que regresará cuando el monólogo sea un hilo sobre el cual se camina. La exposición verbal conserva la huella de un cuerpo que puede caer.
La crítica alcanza entonces al instrumento que la está realizando. Dentro de un paréntesis, el ingenio reconoce su sombrero de ilusionista y pierde seguridad. Esa interrupción importa: una voz que venía explicando se detiene a examinar sus recursos.
(Aquí el ingenio de la frase ganguea al advertir de pronto
su sombrero de copa de ilusionista;
ese jabón perfumado por la literatura con el cual nos
lavamos las partes irreales del cuerpo,
[…]
La literatura perfuma el jabón con el que se lavan las partes irreales del cuerpo, aquellas zonas que llamamos alma o que no conseguimos descifrar. La imagen hace sospechosa la limpieza. Un lenguaje capaz de dar forma y atractivo a la experiencia puede volverla tolerable sin haber resuelto su incertidumbre. La danza de los siete velos queda, además, velada por la transparencia del dilema. La proximidad entre «velos» y «velada» hace que el acto de ocultar se prolongue en la frase, mientras aquello que parecía transparente vuelve a encubrir. La dificultad se encuentra dentro de los instrumentos que deberían aclararla. Becerra incluye esa posibilidad en un poema de extraordinaria invención verbal. Sus imágenes quedan expuestas a la misma sospecha que enuncian. El paréntesis contiene una objeción que el discurso no consigue dejar atrás al cerrarlo.
La dentadura postiza, la herida postiza y el deseo postizo depositados en un vaso de agua llevan esa sospecha a una escena doméstica. Antes de dormir, el sujeto puede desmontar lo que parecía pertenecerle de manera íntima. El paralelismo hace que la herida y el deseo compartan el estatuto de una prótesis. Se ha aprendido una forma de sufrir y de desear que acaso deba colocarse cada mañana para volver a representar la propia vida. La imagen inquieta porque el artificio se aloja en aquello que suele invocarse como prueba de autenticidad. Queda abierta una pregunta: ¿cuánto de la experiencia se ha adquirido a través de las palabras y los gestos que permiten reconocerla? El poema no responde desde una supuesta pureza exterior al lenguaje. También está hecho de esos recursos y se sabe comprometido con ellos.
Ese compromiso encuentra una expresión gramatical decisiva. Antes de la habitación, el discurso incluye un «nosotros» que insiste en hablar y se lava con aquel jabón. Más adelante se concentra en un «tú». La interpelación acerca el personaje al lector y permite oír también un desdoblamiento de la conciencia. Ambas posibilidades se sostienen sin identificar de manera inequívoca quién habla. El uniforme pertenece a alguien particular, pero el lenguaje que lo mantiene disponible ya ha sido presentado como una práctica compartida. Resulta difícil observar al héroe desde una distancia cómoda cuando la voz ha hecho participar a quien lee en su dificultad. La repetición que da título a este ensayo condensa esa transición: La señal… la señal… la señal…
Los puntos suspensivos prolongan cada aparición de la palabra. Nombrar el aviso ocupa un tiempo en el que el aviso sigue sin producirse. La frase puede escucharse como invocación, insistencia o cansancio. Conserva esas variaciones dentro de su pobreza deliberada: después de tantas imágenes, basta una palabra repetida para mostrar cuánto del discurso depende de lo que falta. El personaje sonríe «sin embargo» y vuelve a confiar en lo que dice. La expresión reconoce que hay razones para desconfiar y que ese conocimiento no ha bastado para cambiar su conducta. La lucidez convive con la recaída. El hombre vuelve a las palabras porque son el medio del que dispone para sostenerse durante la espera.
La habitación da extensión física a ese movimiento. Pasear convierte el tiempo en distancia repetida: cada recorrido devuelve el cuerpo al mismo espacio. «Entretanto» subordina la vida presente a la acción que debería empezar después. La existencia se vuelve antesala. Sobre la silla esperan la capa, el traje y la destreza cuidadosamente doblados:
Y entretanto miras tu capa,
contemplas tu traje y tu destreza cuidadosamente doblados
sobre la silla, hechos especialmente para ti,
Incluir la destreza entre las cosas que pueden guardarse hace visible cuánto de esa identidad permanece en reserva. El uniforme ha sido hecho especialmente para el personaje, pero esa correspondencia tan precisa puede convertirse en obligación. Contemplarlo es mirar la figura que se cree destinado a encarnar. La silla sostiene una posibilidad que necesita de la señal para cobrar realidad y reúne, en un objeto corriente, la distancia entre estar preparado y llegar a ser. El llamado solicitaría una presencia salvadora y también alimentaría su triunfo. La expresión deja ver el beneficio que el salvador espera obtener de su intervención. Ayudar a alguien permitiría reconocer su utilidad y recuperar un rostro que se ha esforzado en parecerse a una figura anterior, acaso él mismo. El «acaso» vuelve inestable ese modelo: la imitación puede dirigirse hacia algo que existió o hacia una identidad imaginada. El rostro amaestrado lleva la incertidumbre a los músculos de la cara. Hay que aprender a ofrecer la expresión adecuada. El pequeño dios que se orina mientras el hombre mira el espejo introduce una irreverencia que impide convertir esa búsqueda en grandeza. La divinidad privada tiene un cuerpo y un comportamiento ridículo; la necesidad de reconocerse no le concede soberanía sobre lo que aguarda.
La solicitud incluye sus «aportaciones al progreso». La expresión coloca una medida colectiva junto a la alimentación triunfante del individuo. Su intervención promete beneficiar a la ciudad y, al mismo tiempo, producir el reconocimiento del que depende. El poema deja cerca ambos intereses para hacer difícil separarlos. Ser útil puede convertirse en una manera de buscar aprobación; la aprobación puede presentarse como prueba de utilidad. El pacto previo contiene así una expectativa de reciprocidad: el personaje ofrece su capacidad y espera que el mundo confirme su valor. Si el llamado se demora, esa contabilidad permanece abierta y el traje guarda una contribución que nadie ha solicitado todavía. Mientras el uniforme permanece doblado, la noche asciende y produce criaturas que rompen sus cascarones. Su movimiento deja atrás ventanas, rostros de muchachas y música escuchada en otro tiempo. Esos recuerdos conservan experiencias que tuvieron lugar sin la confirmación del reflector. El personaje, sin embargo, persiste en esperar otra clase de acontecimiento. La actividad de la oscuridad vuelve más perceptible su demora: alrededor de quien se prepara, algo nace y se transforma. En ese tránsito aparece la mujer:
y mientras tanto tú no llegas aún para salvarte y salvar a
esa mujer
que según dices
debe ser salvada.
El «salvarte» expresa en segunda persona que el personaje también busca su propia salvación. La ayuda al otro podría sacarlo de su falta de función. El corte que aísla «que según dices» introduce una reserva en medio del relato y retrasa la afirmación de que la mujer necesita ser rescatada. La voz hace oír el origen de esa certeza: alguien lo dice. Puede existir una amenaza, pero el poema pide atender también a la necesidad que tiene el héroe de reconocerla. La mujer queda en una zona donde el deseo, la memoria y el sueño intervienen en la percepción. Preservar esa ambigüedad resulta esencial para comprender una espera que contiene disponibilidad hacia el otro y una búsqueda de confirmación personal.
Más adelante, la posibilidad de que sea ella quien encienda el reflector le devuelve una iniciativa. El héroe imagina una acción de la mujer anterior a su intervención, aunque el «Tal vez» impide darla por cierta. Esa posibilidad merece conservarse. La mujer puede convocar, ausentarse o permanecer fuera de lo que él alcanza a comprender. Reducirla a una invención agotaría demasiado pronto su presencia. El personaje necesita atribuirle una petición de ayuda; el poema permite que su figura exceda esa necesidad y regrese como un fantasma cuya procedencia sigue sin resolverse. La habitación se superpone con un barco. Una ola golpea el casco y el marinero de guardia escucha, se dice que no era nada y vuelve a pasearse por el cuarto. El cruce de espacios impide construir un escenario estable. El personaje escucha desde un recinto cuyo exterior puede ser calle o mar, mientras ambos lugares participan de su vigilancia. Decirse que no era nada permite continuar, aunque deja sin verificar aquello que produjo el golpe. El casco manchado y cubierto de parásitos muestra el desgaste de esa andanza. Esperar no conserva intacto al cuerpo. Más adelante el fantasma de la mujer vuelve con la espuma y repite contra el barco el golpe del sueño. El llamado adopta una forma que aparece y se deshace antes de que pueda fijarse su procedencia. La duda se formula de manera directa cuando el hombre detiene sus paseos:
¿Acaso escuchas realmente ese ruido? ¿Ese ruido viene del
pasillo o viene de tu deseo?
Reconocer una señal exigiría distinguir entre el acontecimiento exterior y el indicio que la expectativa puede fabricar. La conciencia que debe resolverlo lleva demasiado tiempo esperando. El poema registra el entusiasmo de creer que han encendido el reflector y lo interrumpe de inmediato: «Pero no, todavía no». La corrección devuelve al sujeto a su traje y a sus sentimientos preparados. También él participa del mecanismo que lo decepciona. Cada percepción promete el comienzo y obliga después a revisar lo que parecía anunciar. La acumulación de preguntas prolonga esa revisión hasta dificultar cualquier afirmación estable. El lector debe atravesar el mismo intervalo entre creer que algo sucede y admitir que todavía no sabe qué ha ocurrido. Las pequeñas luces de navegación de un jet agudizan el problema. Una luz puede permitir que algo atraviese el cielo sin dirigirse al hombre que la observa. La existencia de un resplandor no garantiza un destinatario. El personaje examina el mundo buscando una intención que lo incluya y encuentra señales cuya función le es ajena. Al mismo tiempo, aquello que toma por noche exterior cruje dentro de él. La separación entre el cuarto y la ciudad, entre percepción y deseo, se vuelve porosa. El hilo de baba o soliloquio une ese recorrido interior con la materia de la palabra. La conciencia deja un rastro que puede seguir, pero ese rastro conserva la fragilidad de su origen. Mirar por la ventana y escuchar el pasillo ya forman parte de un mismo movimiento interpretativo.
Los paseos regresan a la silla y adquieren la extensión de un viaje enrevesado. El uniforme sigue allí, junto a la imagen del automóvil descompuesto y a una estatua que se labra con gestos y habladuría. Su «sentido griego» puede sugerir una aspiración de plenitud, la figura humana que reuniría capacidad y destino en una forma reconocible. El poema, sin embargo, muestra cómo esa forma vacila en el trayecto entre la ventana y el reflector apagado. La palabra trabaja para conferirle consistencia a quien espera. Al hacerlo, puede sostenerlo y mantenerlo dentro de su órbita. La saliva se vuelve un hilo sobre el que hay que guardar el equilibrio. Desovillarlo exigiría encontrar una dirección en aquello que ha crecido mediante vueltas sucesivas.
La composición nos hace experimentar esas vueltas. Las imágenes reaparecen y cambian de relación; una escena vuelve dentro de otra, una pregunta reactiva la incertidumbre que parecía a punto de agotarse. Los paréntesis interrumpen la seguridad de la voz y dejan objeciones que el resto del discurso debe llevar consigo. La insistencia avanza lo suficiente para que cada retorno muestre un desgaste. De ahí que la extensión del poema resulte significativa: caminar alrededor de la silla tiene una duración verbal que el lector comparte. Becerra compromete su propia elocuencia en esa experiencia. El poema encuentra imágenes capaces de sostener la atención y, dentro de ellas, hace visible el riesgo de que la invención prolongue el extravío que intenta comprender.
El silencio llega a ser humillante porque no reconoce el esfuerzo del personaje. Su preparación no obliga al mundo a llamarlo. Cuando aparece un resplandor, la revelación dura lo que tarda en nombrarse el amanecer. El día introduce una claridad común, independiente de quien mira por la ventana. Antes de preguntar por el reflector, la voz percibe algo que se aleja como alguien que corre descalzo por la playa. La comparación presta cuerpo a una pérdida cuyo objeto permanece incierto. Algo termina mientras la luz ocupa la niebla, y la conciencia apenas consigue atender a su retirada. El amanecer vuelve perceptible un alejamiento que no permite identificar del todo.
¿Y en esa claridad en aumento, acaso puede todavía
distinguirse
la señal de un reflector encendido?
Esa pregunta modifica el problema de la espera: incluso si el reflector se encendiera, su luz podría confundirse con la que aumenta entre los edificios. La incertidumbre adquiere una condición nueva. A la demora se suma la dificultad de distinguir el aviso. El hombre podría haber esperado toda la noche una señal que el día volvería menos visible. La claridad no le entrega el conocimiento que esperaba de ella. Tampoco demuestra que el llamado sea imposible: mantiene abierta su aparición y compromete la posibilidad de reconocerla. El poema llega a ese límite sin ofrecer una regla para atravesarlo.
Las barredoras mecánicas y los primeros camiones urbanos dan movimiento a la ciudad. El mundo prosigue con tareas cuya necesidad no depende de una intervención espectacular. Ese comienzo cotidiano ofrece una medida distinta del tiempo: hay trabajos que empiezan mientras el personaje continúa aguardando su ocasión. El traje recibe al final el nombre de simulacro, pero ese reconocimiento no interrumpe el monólogo. El hombre permanece cerca de lo que ha preparado para ser. Su deseo de ayudar conserva una posibilidad humana que el poema no cancela; su necesidad de ser llamado conserva también el riesgo de convertir al otro en una prueba de sí mismo. La fuerza del cierre reside en mantener esa dificultad dentro de una escena concreta. Por la ventana entra una claridad que nadie encendió para él. Abajo circulan los primeros vehículos. En la habitación sigue doblado el traje.
BATMAN
José Carlos Becerra
Recomenzando siempre el mismo discurso,
el escurrimiento sesgado del discurso, el lenguaje para
distraer al silencio;
la persecución, la prosecución y el desenlace esperado por
todos.
Aguardando siempre la misma señal,
el aviso del amor, de peligro, de como quieran llamarle.
(Quiero decir ese gran reflector encendido de pronto…)
La noche enrojeciendo, la situación previa y el pacto previo
enrojeciendo,
durante la sospecha de la gran visita, mientras las
costras sagradas se desprenden
del cuerpo antiquísimo de la resurrección.
Quiero decir
el gran experimento,
buscándole a Dios en las costillas la teoría de la costilla
faltante,
y perdiendo siempre la cuenta de esos huesos
porque las luces eternamente se apagan de pronto,
mientras volvemos a insistir en hablar a través de ese
corto circuito,
de esa saliva interrumpida a lo largo de aquello que
llamamos el cuerpo de Dios, el deseo de luz encendida.
Llamando, llamando, llamando.
Llamando desde el radio portátil oculto en cualquier parte,
llamando al sueño con métodos ciertamente sofocantes,
con artificios inútilmente reales,
con sentimientos cuidadosa y desesperadamente elegidos,
con argumentos despellejados por el acometimiento que no
se produce.
Palabras enchufadas con la corriente eléctrica del vacío, con
el cable de alta tensión del delirio.
(Acertijos empañados por el aliento de ciertas frases, de
ciertos discursos acerca del infinito.)
Recomenzando, pues, el mismo discurso,
recomenzando la misma conjetura,
el Clásico desperfecto en mitad de la carretera,
el Divinal automóvil con las llantas ponchadas
entorpeciendo el tráfico de las lágrimas y de los muertos,
que transitan Clásicamente en sentidos contrarios.
Recomenzando, pues, la misma interrupción,
la pedorreta histórica de las llantas ponchadas,
el sofisma de cada resurrección,
el ancla oxidada de cada abrazo,
el movimiento desde adentro del deseo y el movimiento
desde afuera de la palabra,
como dos gemelos que no se ponen de acuerdo para nacer,
como dos enfermeros que no se coordinan para levantar al
mismo tiempo el cuerpo del trapecista herido.
(Aquí el ingenio de la frase ganguea al advertir de pronto
su sombrero de copa de ilusionista;
ese jabón perfumado por la literatura con el cual nos
lavamos las partes irreales del cuerpo,
o sea el radio de acción de lo que llamamos el alma,
las vísceras sin clave precisa, los actos sin clave precisa,
la danza de los siete velos velada por la transparencia del
dilema;
y por la noche, antes de acostarse,
la dentadura postiza en el vaso de agua,
la herida postiza en el vaso de agua, el deseo postizo en el
vaso de agua.)
La señal… la señal… la señal…
Así sonríes sin embargo, confiando otra vez en tu discurso,
mirándote pasar en tus estatuas,
flotando nuevamente en tus palabras.
La señal, la señal, la señal.
Y entretanto paseas por tu habitación.
Sí, estás aguardando tan sólo el aviso,
ese anuncio de amor, de peligro, de como quieran llamarle,
ese gran reflector encendido de pronto en la noche.
Y entretanto miras tu capa,
contemplas tu traje y tu destreza cuidadosamente doblados
sobre la silla, hechos especialmente para ti,
para cuando la luz de ese gran reflector pidiendo tu ayuda,
aparezca en el cielo nocturno,
solicitando tu presencia salvadora en el sitio del amor
o en el sitio del crimen.
Solicitando tu alimentación triunfante, tus aportaciones al
progreso,
requiriendo tu rostro amaestrado por el esfuerzo de
parecerse a alguien
que acaso fuiste tú mismo
o ese pequeño dios, levemente maniático,
que se orina en alguna parte cuando tú te contemplas en el espejo.
Miras por la ventana
y esperas…
La noche enrojecida asciende por encima de los edificios traspasando su propio resplandor rojizo,
dejando atrás las calles y las ventanas todavía encendidas,
dejando atrás los rostros de las muchachas que te
gustaron,
dejando atrás la música de un radio encendido en algún
sitio y lo que sentías cuando escuchabas la música de un radio encendido en algún sitio.
Sigue la noche subiendo la noche,
y en cada uno de los peldaños que va pisando, una nueva
criatura de la oscuridad rompe su cascarón de un
picotazo,
y en sus alas que nada retienen, el vuelo balbucea los
restos del peldaño o cascarón diluido ya en aire;
y mientras tanto tú no llegas aún para salvarte y salvar a
esa mujer
que según dices
debe ser salvada.
¿En qué sitio, en qué jadeo
el sueño recorre el apetito reconcentrado de los dormidos?
¿Qué ola es ésa, que al golpear contra el casco
hace que el marinero de guardia ponga atención por un
momento, para decirse después que no era nada
y torne a pasearse por el cuarto, mirando de vez en cuando
por la ventana las luces dispersas de la calle?
¿Qué ir y venir está gastando el cuerpo de su andanza
contra el casco manchado, cubierto de parásitos marinos?
…porque de pronto has dejado de pasearte por la
habitación.
¿Acaso escuchas realmente ese ruido? ¿Ese ruido viene del
pasillo o viene de tu deseo?
(Cierta especie de ruido que tropieza con cierta especie de
silencio dentro de ti,
como alguien que se topa con una silla al caminar a oscuras…)
¡Tal vez ya prendieron el reflector para pedirte auxilio!
¡Tal vez fue esa mujer quien lo encendió!
Pero no, todavía no,
nadie camina por el pasillo hacia tu puerta, nadie tropieza
con una silla dentro de ti,
y allí están doblados tu traje de héroe y tus sentimientos
de héroe,
listos para cuando entres en acción.
¿Pero por qué no han encendido ese gran reflector?
¿Es sólo el ascenso de la noche lo que deja sus cascarones
rotos en el aire?
¿Qué criatura de la oscuridad picotea para que el aire tome
forma de cascarón roto, de peldaño dejado atrás?
¿Qué es aquello que detiene de súbito tus paseos por la
habitación mientras te dices
«Acaso deba esperar otro rato»?
Y vuelves a asomarte por la ventana.
¿Es el zumbido de un jet que cruza el cielo rayándolo
fugazmente con sus pequeñas luces de navegación?
Y algo dentro de ti que tú crees que es la noche allá afuera,
cruje pisando cascarones rotos, peldaños donde el cuerpo
de su andanza deja un hilo finísimo de baba o soliloquio,
mientras retorna el fantasma de una mujer bandeado por
la oscuridad
donde el mar se encaverna después del zarpazo,
y ese fantasma, que es la otra cara de la espuma, repite
contra el casco del barco el golpe del sueño
salpicando al silencio desde lejos.
Y vuelves a asomarte por la ventana.
¿Es el zumbido de un jet que cruza el cielo?
¿Qué es ese ruido que te hace mirar tu traje y tu antifaz,
y asomarte después por la ventana?
Ir y venir alrededor de una silla,
enrevesado viaje alrededor de una silla, guardando el
equilibrio difícilmente
al caminar y girar sobre un hilo finísimo de saliva.
Ir y venir, habladuría alrededor de una silla donde está un
extraño traje doblado,
ir y venir alrededor de un viejo y descompuesto automóvil
que estorba el tráfico en la carretera,
gestos entrecruzados, habladuría de ventanas y escaleras
labrando la estatua cuyo sentido griego vacila y se viene
abajo en el trayecto entre una ventana y un reflector que
no se ha encendido,
mientras los cascarones rotos de la oscuridad crujen y se
disuelven bajo el brusco aleteo con que la oscuridad va
impulsando la noche.
Y otra vez te paseas,
¿quieres desovillar el hilo de saliva, el hilo de palabras sobre
el que te balanceas en precario equilibrio?
¿En qué juego de tus frases, en qué humillante silencio has
puesto el oído?
Y otra vez te paseas y otra vez te vuelves hacia la ventana,
pero ese resplandor… pero ese resplandor que descubres de
pronto,
es el amanecer,
palidísimo gesto de esa luz entre los edificios, donde el
silencio enhebra las pisadas lejanas de todo lo nocturno.
¿Y ahora
qué es lo que sientes que se aleja,
como alguien corriendo descalzo por la playa, entre la
niebla que la luz va a ocupar?
¿Y en esa claridad en aumento, acaso puede todavía
distinguirse
la señal de un reflector encendido?
Paseos alrededor de una silla donde está un extraño traje
doblado,
monólogo alrededor de una silla donde está un simulacro en
forma de traje doblado,
mientras el amanecer se deja llevar por su propia marea
ascendente, y por el ruido de las barredoras mecánicas
y de los primeros camiones urbanos
que aparecen por las calles desiertas.
BECERRA, José Carlos (2010). “Batman”. El otoño recorre las islas. México D.F: Era, pp. 173-178.

