Diana Alondra Berber Mijangos, nació en Acapulco, Guerrero, México, en 1987. Es poeta y artista, perteneciente a la trancestética fractal. Estudió la licenciatura, maestría y dos especialidades en humanidades en México y dos especialidades en Chile.
Directora de ensayos cinematográficos y piezas de videoarte como Adiós, simbionte, Minotavro II y Ojos Simonetta. Su trabajo artístico se ha presentado en Grecia, Reino Unido, Francia, España, Cataluña, Eslovaquia, Estados Unidos, Pakistán, Colombia, México y próximamente, Italia. Fue co-coordinadora de la residencia internacional de arte contemporáneo R.A.T., Puerto Acapulco y directora editorial de la revista de arte Flotante Mag.
Hizo una residencia artística de producción literaria en el Centre d’art i natura de Cataluña, con el colectivo Ruta Vorágine. Estudiante de arte contemporáneo por el Centro Nacional de las Artes y de intertextualidad por el Instituto de Investigaciones Filológicas.
Ganó PECDAG 2012 y 2014; EPCG 2015, PazAporte Guerrero 2016, 2018 y 2020 y Mujer Orgullo Guerrerense 2016.
Berger concibe la poesía como una vía de conocimiento y exploración simbólica que dialoga con el inconsciente colectivo y las capas más profundas de la experiencia humana. Desde una infancia marcada por el arte, los libros y las máquinas de escribir, entendió la escritura no como elección sino como inevitabilidad.
En esta conversación reflexiona sobre sus inicios, la influencia de figuras clave en su formación, la violencia en los espacios culturales, el papel político del arte y los riesgos de la banalidad en redes sociales. También comparte su proceso creativo, sus referentes estéticos y los proyectos que desarrolla lejos del escaparate público.
-¿Qué es la poesía?
Considero que es una forma de acceder al conocimiento y a la simbología presente en la psique de las diferentes culturas; una forma de construir experiencias estéticas, que tanto pueden ser críticas, meticulosas y depuradas, con un cuidado del ritmo y las figuras de estilo, como capaces de hablar al ser humano a un nivel primitivo, intuitivo, o, apelando a Jung, a través de las voces en el inconsciente colectivo. En cualquier caso, superar “el complejo de virgen” y crear con diferentes capas de complejidad siempre resulta emocionante.
-¿Cómo fueron tus inicios en la escritura?, ¿cómo te diste cuenta de que esta era tu profesión?
Desde niña sentí una gran necesidad de expresarme; inicialmente hablaba y dibujaba para comunicar cosas a mi familia y el lenguaje estalló apenas aprendí a leer y escribir; tenía diarios repletos y escribía cartas e historias, algunas sobre los cuadros de mi abuelo. Mi mamá es coleccionista de máquinas de escribir y entonces era maestra de taquimecanografía; cuando me enseñó a usar sus máquinas creó un cambio en mí, que se reforzó en la primaria cuando hice una antología con poemas de autores que me gustaban; su apertura a mis obsesiones siempre ha sido detonante de la curiosidad sociológica.
La vida en el acuario en que crecí fue estimulante para escribir. El tiempo en el estudio de mi abuelo también fue una oportunidad para descubrir libros de arte y empezar a estructurar mi propia biblioteca, donde leí la primera novela: Desayuno en Tiffanys de Truman Capote. Hacía ficción como podría hacerlo una niña en sus diferentes etapas, y para la secundaria ya tenía algunos libros de poesía armados, aunque naturalmente malos, malísimos.
En secundaria sentí que la escritura era una especie de enfermedad porque era difícil concentrarme en otras cosas; no me di cuenta como tal de que era mi profesión: entendí la poesía como una inevitabilidad, así que continué escribiendo, muchas veces desde algunos juegos surrealistas y dadaístas que mi papá y mi abuelo me enseñaron, no sé si conscientes de que eran eso. Yo no quería ser escritora: quería ser pintora o trovadora para seguir una tradición familiar y me irritaba que la literatura apareciera en las vocacionales.
A los 19 años conocí a Edmundo Font, un embajador, pintor y poeta ecfrástico que alteró por completo mi manera de percibirlo todo; cerca de él, me hice más curiosa y me regaló muchos libros, desde su inmensa generosidad; me guió en mis viajes y me motivaba a estructurar libros de poesía, que posteriormente revisábamos juntos; su opinión siempre ha sido todo para mi obra; tomo cada palabra suya con mucho respeto. Podría decirse que él definió la literatura como mi profesión al ayudarme a dejar atrás otras disciplinas artísticas (las exploré todas).
Roberto Ramírez Bravo me nombró escritora y me motivó a aplicar a una convocatoria de publicación de obra e Iván Trejo me animó también y revisó mis textos, colocando enormes tachas rojas en aquellos que debía destruir y haciéndome ganar seguridad.
-Fuiste de las primeras en denunciar públicamente violencia sexual en instituciones culturales de tu estado. Ahora existe la carta moral del INBAL. ¿Crees que eso ayuda a un cambio real? ¿Cuál es tu opinión?
Pedirle a alguien que demuestre no tener antecedentes como depredador sexual está bien, considerando que las víctimas pueden perder hasta 20 años en su pronóstico de vida por el daño a nivel bioquímico y de estructura cerebral que genera la cronicidad del sufrimiento, la desconfianza y el gatillamiento.
Todos debemos hacernos cargo de nuestra mierda con la misma valentía con la que cometemos cada error en la vida. Aún así, un documento institucional no hará que los agresores dejen sus prácticas; quizá sólo se vuelvan más sofisticadas sus maneras de seleccionar víctimas u ocultar sus ataques, porque la violencia sexual es un ejercicio de dominación: “todo en el mundo tiene que ver con sexo, excepto el sexo. El sexo tiene que ver con el poder” y en ese ejercicio, los agresores prueban constantemente los límites del horror y terminan demostrando lo que sabemos de sobra: la posibilidad de ser descubiertos también es parte de su gusto, por las alteraciones cerebrales que presentan.
El problema en México no son sólo las violencias estructurales, culturales y directas: también la tolerancia a la violencia; la cultura de daño y las dinámicas de corrupción. No creo en el toque mágico de carta moral: ¿alguien agredió? Cárcel. Tajante. Si se rehabilita, qué bueno, si no, es su problema. Negarle el acceso a un premio sólo lo hará buscar otro y ya, porque las consecuencias que enfrenta son una burla. Fuera de eso, considero necesario rescatar la obra artística valiosa, porque es una deuda con el arte, pero al monstruo siempre hay que cortarle la cabeza y obligarlo a la reparación desde una perspectiva de justicia transicional. Sólo después de pagar las consecuencias de sus actos, creo que se debería volver a abrir la puerta de premios oficiales.
-¿Las redes sociales están destruyendo la posibilidad de pensamiento complejo o pueden ser herramientas de conocimiento?
Muchas personas son perezosas; no les gusta pensar, prefieren que les den cualquier información ya digerida; si no existieran las redes sociales no habría cambio; encontrarían (como lo hacían antes) otra manera para vivir disociadas y desconectadas de sus cuerpos y experiencias psíquicas.
El problema no es la adicción desde sus sistemas de recompensa sino su negación a dejar de ser ignorantes y no es descabellado, la verdad es que la ignorancia, aunque patética, es maravillosa. Las redes pueden ser una herramienta para simplificar el acceso a ciertos marcos referenciales, pero requieren curaduría, porque dan la sensación de que cualquier opinión es respetable y dejan de lado que la libertad de expresión requiere libertad de pensamiento, entonces nos topamos con miles de opiniones que quieren mostrarse legítimas, cuando sólo hacen un culto a la ignorancia, pero sin asumir que hablan sólo desde esa posición.
Con redes o sin ellas, existieron, existen y seguirán existiendo personas que no quieren pensar y ponen todo su esfuerzo en ello, hasta que finalmente consiguen el daño cerebral deseado.
-¿Crees que los artistas e intelectuales tienen la responsabilidad de pronunciarse sobre temas políticos? ¿Se puede resolver algo con la palabra?
Considero un mínimo a cumplir el tener una postura clara, no sólo respecto a tensiones geopolíticas y pruebas de los límites del horror, sino también respecto a lo que ocurre en el entorno inmediato. Creo que la cobardía y el arte no son compatibles en el tiempo que nos ha tocado vivir y que defender la neutralidad es un ejercicio de idiotez; sin pensamiento crítico, sin libertad de pensamiento, la libertad de expresión es basura y más, entonces, el arte creado desde ese posicionamiento; salvo que el artista en cuestión tenga genialidad y valga la pena el vacío legal.
No lo veo igual para casos del pasado porque el revisionismo hist(ó)(é)rico me irrita.
-¿Cómo es tu proceso de escritura? ¿Escribes todos los días con disciplina o esperas a que algo te convoque?
Depende del proyecto específico, puede iniciar con absenta, con meditaciones específicas, con automatismos, a partir de estructuras oníricas o realmente iniciar por la disciplina de sentarme a escribir; así fue durante todo el embarazo, en que escribí 6-7 libros desde la mitología personal.
En el caso de la obra infantil, mi hijo participa en los procesos porque hago las correcciones en función de su interacción con lo que escucha. Más allá de los cambios propios de la maternidad respecto al tiempo, el espacio, el ambiente y los métodos para escribir, las noches siempre me han servido para tener el silencio que necesito e iniciar una fase de escritura inútil que a la hora comienza a darme material para trabajar.
-¿Quiénes son los escritores vivos más importantes para ti?
Mis referencias de cabecera están centralizadas en el cine (Greenaway, Sorrentino, Tornatore, Denis, vivos; Lynch y Kieślowski, muertos) y en la pintura y escultura (Braque, Ernst, Rahon, Klee, Giacometti, etc.), pero valoro mucho la mirada desde/hacia Brasil con autoras como Adélia Prado y Ana Elisa Ribeiro. Marco Antonio Campos, mexicano. Y está la poesía ecfrástica de Verónica Volkow y Edmundo Font; la poesía de Claudia Hernández de Valle-Arizpe, con un poderoso andamiaje como poeta.
-¿En qué trabajas actualmente? ¿Tienes algún proyecto en puerta?
Desde hace una década decidí no publicar ni ser partícipe de eventos literarios; he querido enfocarme en escribir y tengo sin publicar al menos unos 25-30 proyectos de poesía, novela, álbum ilustrado y literatura infantil. Lo que más me importa de aquí es un libro de prosa poética que he trabajado desde 2017 y casi todo a partir de estados alterados de conciencia con absenta; varios libros infantiles que redacto en las noches sólo para leerlos a mi hijo; hay también algunos proyectos a los que pude dar forma trabajándolos primero desde el cine.
Y estoy en correcciones de algunas obras que parten de la mitología y simbología personales y de procesos que he nombrado trancestética fractal y que son un coqueteo de fondo y no de forma con artistas que admiro como Max Ernst y Rimbaud. En general, mi amor por la pintura está presente en todo lo que creo.
Alondra Berber es autora de los libros El péndulo de cal y El incendio de las mariposas. Ha dado conversatorios en Eslovaquia, España y México, en eventos como TEDx, KAEST, Mondafest, y sobre arte y resistencia en espacios artísticos como la Galería YLK en Madrid.

