Karina Maccio nació en Buenos Aires en 1974. Egresada del Nacional de Bs. As, es licenciada y profesora en Letras por la UBA, especializada en Literatura Argentina y Latinoamericana. Enseña Semiología en la Escuela Superior de Comercio “Carlos Pellegrini”. Ha creado y dirige Siempre de Viaje Literatura en Progreso (2005), espacio de talleres de lectura y escritura, y Viajera (2008), editorial dedicada a la literatura contemporánea con énfasis en la poesía. Ambos espacios funcionan en la Guarida Literaria en el Abasto, donde soñamos y trabajamos con letras.
Se desempeña como editora, traductora y gestora cultural, produciendo eventos literarios y artísticos en Buenos Aires y realizando intercambios en el país y el mundo. Para Nacturna Editora, ha traducido estos libros de Anne Dufourmantelle: En caso de amor, Inteligencia del sueño, La mujer y el sacrificio. De Antígona a nosotras y El revés del fuego.
Maccio ha ganado premios y subsidios literarios con varios de sus libros. Sus poemas fueron traducidos al inglés, portugués e italiano, puestos en escena en varias ocasiones, y publicados en diversas antologías nacionales e internacionales. Ha participado de festivales en todo el mundo, como el de Medellín (Colombia), Lima (Perú), Encuentro de Poetas Mujeres (México), Horas de Junio en la Universidad de Sonora (México), Las dos orillas, Montevideo (Uruguay), La marché de la poésie de París (Francia), el encuentro de Poesía y Traducción en la Universidad de Texas A&M (Estados Unidos) y en la Universidad de Calabria, Cosenza (Italia).
La literatura como viaje, traducción y transformación es el corazón de todos sus proyectos.
La reflexiona en esta entrevista sobre la poesía como una experiencia que trasciende las palabras y se vuelve emoción viva en quien la lee. Relata su acercamiento temprano a la escritura y su decisión de dedicarse a ella desde joven.
Además destaca influencias literarias clave y describe una escena poética argentina diversa y activa, sin estructuras cerradas de poder. Considera que la poesía puede enseñarse y que la crítica literaria debe acompañar la lectura, no juzgarla. También aborda, entre otros temas, el impacto de la tecnología en la escritura y comparte sus proyectos actuales, entre ellos la publicación de su primer libro de cuentos.
—¿Qué es la poesía?
Nos preguntamos todo el tiempo qué es la poesía sólo para darnos cuenta de que ni bien logramos responder algo, también es otra cosa, o lo contrario. Eso implicaría decir que cualquier definición de poesía es inútil, o un ejercicio para que lo poético intente desmarcarse, salirse de lo que fue definido. De todas maneras, ensayo una respuesta contando lo que me sucede cuando encuentro poesía en lo que estoy leyendo. Es ese momento, cuando al recorrer una página olvidaste que hay un texto, palabras o una historia. De pronto, algo se levanta de la hoja y sucede enfrente tuyo: una proyección que te transporta a otro mundo hecho de ciertas sensaciones y emociones convocadas. A veces me pasa que es como si saliera una mano del texto y te estrujara el corazón, o te acariciara el pecho para luego abrazarte. Lo poético para mí ocurre cuando lo que leemos desaparece (las palabras, la hoja, el libro entero) para volverse cuerpo en nosotros, parte íntima y revuelta. Cuando la poesía sucede, nos transformamos porque ocurre una expansión de eso inaprehensible y etéreo que a veces llamamos alma.
—¿Cómo descubriste que ibas a dedicarte a la escritura?
Me acuerdo perfectamente de cuándo comencé a leer. Era muy chica, mi mamá es maestra y en seguida empezó a mostrarme en los libros de aprendizaje cómo se combinaban las letras, cómo hacían sonidos y luego palabras y luego oraciones. Me pareció algo tan mágico (que una historia permaneciera guardara en el libro, que se pudiera desplegar una y otra vez) que empecé a probar si todos leían lo mismo. Y si cuando yo leía, podían entenderme. Comprendí que entonces podía también escribir y dar forma a lo que sentía. Me parecía un gran secreto a voces, en extremo íntimo y a la vez una manera de compartir con otros, de generar un lazo invisible, como pasa cuando nos enamoramos. A los diez años ya llevaba varios años llenando cuadernos como diarios íntimos, a los quince escribía y dibujada en mis agendas, a los 18 sabía que iba a leer y a escribir a como diera lugar, así que decidí estudiar Letras en la universidad, aunque eso me sirviera para aprender que “dedicarme a la escritura” era otra cosa, y que no tenía nada que ver con carreras, instituciones, y trabajos predeterminados.
—¿Qué poetas han sido importantes en tu camino? ¿Cómo ves la poesía contemporánea en Argentina?
Poetas amigos, amigas, esos encuentros que te acompañan y que cuando el sentido peligra, te llevan a seguir escribiendo: Edgar Allan Poe, en sus cuentos, en sus ensayos y también en sus poemas; Alfonsina Storni, que me enseñó la potencia de la voz de una mujer; Alejandra Pizarnik, cuya escritura cobijó mi adolescencia y luego no dejó de deslumbrarme; Susana Thénon para gritar a viva voz en un escenario; Juan L. Ortiz, el poeta de los ríos y de una belleza siempre interpelada por lo social. La lista es variable, ahora los nombro a ellos y ya terminando esta oración pienso en todos los que faltan.
—¿Existe algo así como una “mafia literaria” en Argentina? ¿Grupos que se protegen, que se premian entre ellos, que bloquean a otros?
La poesía contemporánea en la Argentina está viva, diseminada en eventos literarios que ocurren cada día de la semana a montones. Hay una profusión de editoriales pequeñas que se ocupan de leer y publicar, de mover en ferias y lecturas públicas sus catálogos. Los poetas traducen, editan, actúan, rapean, producen todo tipo de experiencias. Invaden las redes sociales con sus propuestas, con sus textos. Creo que la poesía logra hoy usar su condensación y musicalidad para inmiscuirse en una multiplicidad de ámbitos, que no son necesariamente artísticos.
No hablaría de “mafia literaria”, es demasiado. Y tampoco hablaría de una o uno. Hay muchos círculos y circuitos, grupitos y grupetes, como en cualquier ámbito. Hay repeticiones de nombres y existen modas, tanto de formas de escribir o leer, como de premiar. Creo que es parte de todo “mundillo”. También me parece que la poesía no tiene nada que ver con esto, es más allá de estos nudos o paredes.
—¿Qué voces contemporáneas te resultan imprescindibles en el mundo de habla hispana?
Cristina Peri Rossi, Chantal Maillard, Diana Bellessi, Mirta Rosenberg y Susana Villalba.
—¿Se puede enseñar a escribir poesía?
Creo que se puede enseñar cualquier actividad humana y escribir poesía es una de ellas. Creo que es fundamental la labor en los talleres literarios, donde aprendemos que no escribimos en solitario, sino cruzados por múltiples dimensiones que compartimos como seres sociales. Creo que cuando enseñamos cualquier lengua, mostrar poesía en ese idioma es abrir un espacio nuevo, deslumbrante, para pensar e imaginar.
—¿Existe una verdadera crítica literaria en América Latina?
No sé si hay una “verdadera crítica literaria”. Lo “verdadero” me parece siempre sospechoso. Sí creo que hay personas que escriben sobre lo que leen, y me parece muy importante que esto suceda, no para decidir sobre si un texto es “bueno” o no (eso nunca se decide en una crítica y tampoco se trata de ese adjetivo), sino porque es importante producir escritura en torno a las lecturas que hacemos, es importante acompañar a un libro de visiones sobre lo que dice, su mundo.
—¿Cómo es un día ordinario en tu vida? ¿A qué hora escribes?
Me levanto a veces muy temprano, en general, no tanto. Los días en que “no tanto”, puedo preparar café y luego mate en mi cocina y puedo también escribir un rato allí. Más tarde, cuando voy a la Guarida Literaria (donde funciona Viajera Editorial y los talleres Siempre de Viaje) entre la edición, la traducción, las clases, en el hueco que a veces se hace, escribo. También a la noche, cuando se calma el día y veo destellos de palabras sonidos, palabras imágenes.
—¿Cómo ves el futuro de la industria editorial a partir de las redes sociales y la IA?
Cuando se inventó la fotografía, los pintores (o los críticos de arte probablemente) temieron que la pintura se acabara. Esto no pasó, sólo cambió la forma de pintar o de pensar qué era un cuadro o una obra de artes visuales. La tecnología nos cambia. Ya sucedió (tantas veces) con las redes sociales, también con una computadora o un smartphone. Las inteligencias artificiales nos están cambiando. Así habrá que inventar una nueva escritura, que despliegue lo que (nos) sucede en estos tiempos.
—¿En qué proyectos trabajas en este momento?
Acabo de publicar mi primer libro de cuentos, Al color de una noche de verano. Tengo muchas ganas de llevar esas historias a un formato audiovisual, a un cortometraje. Estoy imaginando eso. También escribo distintas series poéticas, me importa mucho la relación entre lo que podemos decir y lo que no, la poesía va siempre hacia lo que queda afuera, lo indecible que late en cada cuerpo. Estoy intentando tirar de ese hilo transparente, una vez más.
Ha publicado Pupilas Estrelladas (Siesta, 1998), Ferina (La Bohemia, 2001), Lestrygonia (Aurelia Rivera, 2003), Impresos en rojo (Gog y Magog, 2006), La pérdida o La perdida (Viajera, 2008), Diario de la Transformación (Viajera, 2011), Mis Peores Poemas de Amor primero en español (Siempre de Viaje Ediciones, 2012), y luego en versión bilingüe My Worst Love Poems por Annie Mc Dermott (Viajera, 2014). En 2015 publicó el primer volumen del proyecto Amarillo (amar y yo), llamado Ocre (Textos Intrusos), y una reedición ampliada en 2018 por Viajera. En 2016 apareció AmorAtada. En 2021 se publicó en Chile el volumen tercero, Amarr-a-Dos (Andesgraund Ediciones) que completa la trilogía Amarillo.
En 2020 salió Ama de Caza (Editorial Lisboa) y Tu corazón partido sigue latiendo (Viajera Bolsillo). En 2021 publicó Esplendor (Ediciones en danza), y Dedicatorias (Bajo la luna). Con poemas de estos libros ha participado de la primera edición de Poesía Ya! en el CCK.

