HONEY BUNCH: EL AMOR ES UN CUCHILLO QUE TARDA EN ENTRAR
EL PÓSTER
HONEY BUNCH en letras rosadas, suaves, redondeadas. Como un caramelo. Como un apodo de novios. Y arriba, en un recuadro: SHUDDER. La plataforma de terror. El lugar de las pesadillas. Un título que sabe a dulce, un sello que sabe a sangre. La película entera antes de que empiece.
LA PROBADITA
Una mujer sale de un coma. No camina. No recuerda casi nada. Su esposo, desesperado, la lleva a un retiro en medio del campo. Un lugar exclusivo, caro, y tranquilo, donde prometen curar lo que los hospitales no pudieron.
En el camino, mientras el paisaje se vuelve más verde y más aislado, ella pregunta: “¿Me amarías si estuviera gorda? ¿Me amarías si no pudiera caminar? ¿Me amarías si fuera otra?”.
Él dice que sí. Ella no le cree.
Al llegar, se cruzan con una pareja que se marcha. Ella camina de forma extraña, como si el cuerpo no le perteneciera del todo. Él los observa en silencio. No es una mirada cordial, sino una advertencia muda, una que parece decirles que se vayan mientras aún pueden, que no imaginan lo que les espera.
Y aun así entran. Al otro lado de la colina se levanta un edificio gris, aislado, casi sin vida. Desde ahí llegan sonidos imprecisos: quejidos apagados, el zumbido constante de máquinas, pausas densas que pesan más que cualquier ruido.
LA PELÍCULA
Es terror, ciencia ficción y drama romántico al mismo tiempo, una mezcla intensa que avanza sin tregua y arde desde la primera escena.
En ese lugar también habitan otras historias. Un hombre afroamericano que perdió a su esposa en el primer intento; ella terminó en el crematorio y él regresó solo. Un inglés que permanece junto a su hija morena; algo salió mal, pero sigue ahí, la cuida, la visita, se aferra a su presencia. Y un padre que prefirió arder con su hija antes que dejarla sola.
Pero la historia que nos ocupa es la de ellos: Homer y Diana. Él con cinco intentos.
LOS CINCO INTENTOS
Número uno: postrada en una cama, inflamada, con oxígeno todo el día y toda la noche. Su cuerpo no obedece, pero su mente sí. Ella ama a Homer. Él la trata, la limpia, le platica, la besa, la cuida. Ella lo quiere mucho. Y él a ella. Desde esa cama, desde ese cuerpo que no responde, ella fue la que tuvo la idea de intentarlo de nuevo. La que empujó para que buscaran a la número cinco. La que quiere que ellos sean felices. Porque sabe que ella no pudo, pero tal vez otra sí.
Número dos: muerta. La del padre que se quemó con ella. La que despertó solo para preguntar “¿lo intentamos, papá?”, llorar una lágrima y morirse.
Número tres: no recuerda nada. A duras penas articula palabra. Está ahí, vacía, presente pero ausente. No es violenta. No es peligrosa. Solo es un cuerpo que respira y a veces mira sin ver. Homer la cuida también, pero no hay comunicación, no hay reconocimiento. Solo presencia. Fue ella, la número tres, la que una noche tomó de la mano a la número cinco y la llevó al otro lado de la campiña. La que le mostró el edificio gris. La que la guió hacia las otras. Sin palabras, sin explicación. Solo llevándola.
Número cuatro: atada a una cama. Violenta. Ella sí recuerda. Recuerda todo lo malo. Las discusiones. Los silencios. Las veces que él dijo “te amo” y sonó a hueco. Por eso lo acuchilló cuando despertó. Por eso está sujeta con correas. Homer le da de comer, sí, pero no hay diálogo, no hay cuentos, no hay “mi amor”. Solo cuidado físico. Solo mantenerla viva. Ella repite frases sueltas, cosas que duelen, pero él no responde. No puede.
Número cinco: la que camina. La que vemos. La que duda. La que tiene todos los recuerdos mezclados: los buenos, los malos, los que duelen, los que abrazan.
EL FLECHAZO
Llega un punto en que todo se vuelve insoportable: las miradas del personal, los pasillos interminables, los ruidos que brotan del edificio gris. Ella comienza a correr sin saber hacia dónde, movida únicamente por la necesidad de escapar. Y entonces el recuerdo la alcanza de golpe: el choque, el impacto brutal, el vidrio estallando, el cuerpo que deja de responder, el instante exacto del accidente que vuelve completo y la sacude por dentro.
Cuando levanta la vista, la asistente de la directora está frente a ella. Le sonríe. Le toca el brazo.
“Honey, no te preocupes. Estás curada. Acabas de recordar el momento del accidente y eso significa que fue exitoso. Tu recuperación es exitosa. Ya nada más vamos a hacerte algunos estudios y te vas a casa”.
Pero ella sigue confundida. Algo no cierra. Algo en esa sonrisa, en ese “honey” dicho con tanta familiaridad, en esa tranquilidad que no debería existir. El recuerdo del choque debería traer paz, y en cambio trae más preguntas.
EL DESCUBRIMIENTO
Esa misma noche, la número tres le toma la mano y la guía en silencio; la número cinco camina detrás de ellas. Cruzan al otro lado y entran al edificio gris.
En una de las habitaciones aparece la número uno: postrada, hinchada, conectada al oxígeno. Homer permanece a su lado, le habla en voz baja, le limpia el rostro, le sonríe. Ella lo mira con un amor intacto, con esa expresión que sobrevive incluso cuando el cuerpo ya no obedece.
Más adelante distingue a la número tres, la que la condujo hasta ahí, sentada en su lugar, con la vista perdida en un punto fijo.
Luego está la número cuatro, sujeta, alterada, repitiendo frases que lastiman, mientras Homer le acerca la comida con gestos mecánicos, sin atreverse a sostenerle la mirada.
Y entiende.
No es un monstruo. Es un hombre que cuida de todas. Que no mata, no crema, no esconde. Que gasta su vida en cada una de las versiones fallidas de la mujer que perdió. Que ama a la número uno desde siempre, que la escucha, que la visitó cuando ella pidió un último intento. Que fue por sugerencia de esa mujer postrada, de esa primera versión que nunca pudo ser, que buscaron a la número cinco.
La número uno quería que ellos fueran felices. Que Homer tuviera a Diana de verdad. Que alguien pudiera caminar, hablar, vivir.
Y por eso la número tres —la que no recuerda, la vacía— la llevó hasta allá. Para que viera. Para que entendiera.
La pregunta del coche, la de “¿me amarías si fuera otra?”, encuentra respuesta: él no solo dijo que sí. Lo demostró. Con cada una. Y ellas, las otras, también lo aman. Incluso la número cuatro, atada y violenta, lo amó alguna vez, antes de que le implantaran solo los recuerdos malos.
EL FINAL
El edificio gris arde. Un padre se quema con su hija. Los otros escapan.
Él queda inválido en la huida. Ella lo carga hasta el mar. Lo hunde. Lo deja ahogarse. Un segundo. Dos. Sonríe. Y lo saca.
“Te amo. Te amo. Te amo. Te amo”.
“Yo te amo más. Yo te súper más. Yo te amo infinito más”.
Se abrazan. A lo lejos, el fuego.
LO QUE QUEDA
La número uno, postrada, con oxígeno, amando desde su cama. La número dos, ceniza con su padre. La número tres, vacía, que sin recordar fue capaz de guiar. La número cuatro, atada, violenta, repitiendo frases que duelen mientras él le da de comer. La número cinco, caminando hacia el mar con su marido en brazos, sonriendo como quien no sabe bien qué ha decidido.
Y esa pregunta: ¿hasta dónde llegarías por amor?
EL PÓSTER (CUANDO TERMINÁS)
HONEY BUNCH. Rosado. Suave. Como un caramelo.
A SHUDDER ORIGINAL. Cuatro letras que pesan como una losa.
Ahora sabés lo que esconden esas letras rosadas. Ahora sabés que detrás de cada «honey» dicho con familiaridad hay una historia que no se cuenta, un experimento, una mujer que recuerda lo que no debería.
CALIFICACIÓN: 5/5
Disponible en AMC Plus y Shudder. Véela.

