En un año cargado de grandes estrenos y fórmulas previsibles, One Battle After Another (Una batalla tras otra) se erige como una anomalía incómoda dentro del cine estadounidense contemporáneo. No solo por estar basada en Vineland, la compleja y política novela de Thomas Pynchon, sino porque se atreve a colocar en el centro de su relato aquello que Hollywood suele relegar a los márgenes: la lucha social organizada, la memoria de los movimientos radicales y la violencia estructural del Estado contra los cuerpos migrantes.
Que sea Paul Thomas Anderson quien dirija esta adaptación no es casual. Su cine, siempre atento a las grietas del poder y a las derivas morales del sueño americano, encuentra en Vineland un terreno fértil para actualizar una historia que, aunque escrita en 1990, dialoga de manera brutal con el presente.
La película se sitúa en Estados Unidos, ese país que se piensa a sí mismo como faro democrático, pero que en la práctica ha perfeccionado mecanismos de persecución, vigilancia y exclusión, particularmente contra migrantes y disidencias raciales.
Leonardo DiCaprio interpreta a Bob Ferguson, un exrevolucionario marcado por las derrotas del pasado, obligado a reactivar viejas redes clandestinas cuando su hija es secuestrada. Este punto de partida, que podría parecer un lugar común del cine de acción, es en realidad un pretexto para hablar de algo más profundo: la persistencia de la lucha incluso cuando la historia parece haberla derrotado. Ferguson no es un héroe clásico; es un sobreviviente de los años sesenta y setenta, de esa izquierda estadounidense aplastada por el aparato represivo, el FBI, la criminalización y la cooptación cultural.
Uno de los mayores aciertos del filme es mostrar cómo operan estos grupos subversivos y de apoyo a migrantes en las llamadas “ciudades santuario”. Sistemas de comunicación cifrada, alertas ante redadas, redes de protección y sabotaje que, aunque presentadas con cierto tono de sátira, remiten a prácticas reales de resistencia civil. La película entiende que la clandestinidad no es romanticismo, sino necesidad frente a un Estado que persigue y deporta.
El tono satírico inicial —una operación casi grotesca para rescatar migrantes— funciona como un escudo narrativo. Anderson parece consciente de que, en el contexto del Estados Unidos contemporáneo, cualquier representación frontal de la lucha revolucionaria podría ser leída como propaganda peligrosa. La sátira desarma al espectador, baja la guardia, pero poco a poco el filme se oscurece y deja claro que la violencia no es un juego ni una pose estética, sino una respuesta desesperada ante un sistema que no concede alternativas.
La crítica al trumpismo —y a todo el entramado político que lo precede y lo sostiene— es evidente. El aparato antimigrante aparece como un engranaje racista, profundamente atravesado por la supremacía blanca, la militarización y el fanatismo ideológico. El antagonista, un jefe del ejército encargado de combatir la migración “no deseada”, encarna esa contradicción fundacional del poder estadounidense: defensor de la pureza racial mientras oculta una hija mestiza, producto de una relación con una líder revolucionaria negra del grupo French 75, catalogado como terrorista.
Este conflicto no es solo personal, es político. La hija mulata se convierte en una amenaza para su ascenso dentro de una secta supremacista blanca, que exige no solo lealtad ideológica, sino pureza racial absoluta. La orden de eliminarla —y posteriormente de asesinar al propio jefe— expone la lógica autodestructiva del fascismo: nadie es suficientemente puro, nadie está a salvo. Frente a ello, la película contrapone una comunidad rota, diversa, perseguida, pero solidaria.
La herencia de Vineland se siente con fuerza en la forma en que el pasado irrumpe constantemente en el presente. Los personajes viven atrapados en las consecuencias de sus decisiones durante los años sesenta, esa década mitificada y derrotada, cuyos sueños de revolución fueron aplastados por figuras como Brock Vond, encarnación del Mal, del Estado represor y del deseo de control absoluto. La búsqueda de Prairie por su madre Frenesi no es solo una trama familiar: es una metáfora de una generación que intenta entender qué pasó con la promesa de cambio.
Lejos de burlarse de la revolución, como algunos críticos apresurados han señalado, Una batalla tras otra plantea una idea incómoda, las derrotas no anulan la legitimidad de la lucha. El final —sin entrar en spoilers— no celebra la victoria fácil ni el heroísmo individual, sino la persistencia. La batalla continúa, una tras otra, porque el sistema que oprime también se reinventa constantemente.
Quizá por eso la película, disponible por ahora en la plataforma de HBO, no tuvo una campaña de promoción masiva. No encaja en el relato triunfalista ni en la comodidad liberal. Es una obra que incomoda, que sugiere que incluso en el corazón del imperio existen resistencias organizadas, memoria política y rabia contenida. En tiempos de persecución, muros y redadas, One Battle After Another recuerda que la lucha social no es una reliquia del pasado, sino una necesidad urgente del presente.

