A los dieciséis años, Henry Alexander Gómez comenzó a escribir en una garita de Bogotá. Tenía un rifle y una libreta. Pasarían años antes de que aquella experiencia encontrara su forma en La noche apenas respiraba. Aquel soldado marcharía después entre los estudiantes. En sus libros, la música, la pintura y las huellas de las culturas antiguas abrirían otras maneras de interrogar la vida. Habla aquí de esas búsquedas y de los muertos que permanecen en la memoria de Colombia. Lo acompaña una incertidumbre que el oficio no resuelve: terminar un poema deja abierta la pregunta de si la poesía ha llegado a habitarlo.
MEMORIA Y FORMACIÓN DE UNA VOZ
JCR: En «Primer disparo» sitúas el nacimiento del poema en una garita: «Tenía dieciséis años, un rifle y una pluma». ¿Qué te permite comprender hoy esa escena sobre la necesidad de escribir en medio de la violencia?
HAG: Estimado Juan Carlos, muchas gracias por la atención que has dedicado a mi obra y a mis libros. Es un honor responder esta entrevista. Gracias también por recordar este poema, que pertenece a La noche apenas respiraba, un libro que recoge mi experiencia durante el servicio militar obligatorio en Colombia. En medio de esa violencia y mientras prestaba guardia en una garita, frente a una zona que antiguamente se conocía como El Cartucho, fui testigo de lo inhumano que puede llegar a ser la sociedad. Era un cuadro realmente aterrador, la ciudad embestida por la droga, por la delincuencia, esto sumado a la situación en que me encontraba, una institución que marcaba ciertos grados de violencia desde todos los ámbitos. En ese contexto surgió la necesidad de escribir. Nos daban una libreta y un bolígrafo, y allí comenzaron a aparecer los primeros versos, aunque todavía no sabía bien qué era la poesía ni contaba con las herramientas necesarias para escribirla: mi conocimiento del género era entonces muy limitado. Esa necesidad inicial solo se materializó en un libro muchos años después, tras haber escrito otros tres. Sin embargo, allí nació el impulso que dio origen a La noche apenas respiraba.
JCR: Desde Memorial del árbol hasta Diario para anunciar el fin del mundo, tus libros exploran asuntos y formas diferentes. Al volver a tus primeros libros, ¿qué decisión de escritura que entonces considerabas acertada pondrías hoy en duda?
HAG: Por supuesto. Desde mi primer libro, Memorial del árbol, hasta el más reciente, Diario para anunciar el fin del mundo, ha habido un crecimiento desde la palabra que se materializa en distintas búsquedas. Creo que uno de los cambios más importantes ha sido el tránsito del lirismo hacia otras formas de escritura, como la poesía objetivista, la poesía concreta o el poema narrativo. Cada libro tiene una temática propia, un timbre y corresponde a una época particular de mi vida. Al principio, quizá era más cercano a ciertas formas clásicas de la poesía, a la elaboración de imágenes construidas y al lenguaje lírico. Hoy me interesan también otros registros, más concretos, sencillos o narrativos. En cada libro hay temas que han marcado mi vida: la música, la investigación paranormal y, más recientemente, la paleoantropología o los vestigios de civilizaciones antiguas, lo que atraviesa Diario para anunciar el fin del mundo.
JCR: El humo de la noche rodea mi casa reúne poemas vinculados con Billie Holiday, Janis Joplin y Humberto Monroy, entre otros músicos. ¿Qué te ha enseñado esa música sobre el momento en que un verso debe detenerse, prolongarse o romper su ritmo?
HAG: El humo de la noche rodea mi casa es una antología publicada por la colección Un libro por centavos, de la Universidad Externado de Colombia, una colección emblemática para la poesía colombiana y que sacaba tirajes entre ocho mil y trece mil ejemplares. Este libro reunió una parte importante de mis poemas. Allí aparecen poemas de varios libros, entre ellos Diabolus in musica, un homenaje o mi visión particular de la música, especialmente del rock and roll y el heavy metal. En ese recorrido aparecen también el jazz y el blues, con figuras como Billie Holiday y Janis Joplin, cuya voz y presencia artística me han marcado profundamente. Incluyo, asimismo, a Humberto Monroy, considerado uno de los pioneros del rock en Colombia y fundador de agrupaciones como Los Speakers, Génesis y Siglo Cero. Es, en cierto modo, mi historia personal del rock: una selección de músicos y artistas que le han dado una banda sonora a mi vida. Están allí artistas como Jinx Dawson, Pappo Napolitano, Gary Moore, Eddie Van Halen, Chuck Schuldiner, Wendy O. Williams. Con los poemas de Diabolus in música quise devolverle a la música algo de lo que me ha dado. Por supuesto, toda la trascendencia de esta música altera el ritmo de los versos en la medida en que se materializa la estética que rodea el rock and roll, el metal y todas sus vertientes, y los artistas que retrato. Es decir, esta música ha dejado una filigrana unitaria con la que tejo mis poemas, y depende de su naturaleza rítmica, temática o tonal, una cosa es el jazz de Billie Holiday y otra la atmósfera de Euronymous (Øystein Aarseth). Sin embargo, este libro está marcado por una búsqueda de la imagen poética a partir de la edificación o plasticidad del lenguaje, imágenes construidas que distorsionan, en cierto sentido, la realidad para tratar de abrir un universo donde pueda habitar desde lo que me genera particularmente esta música.
JCR: Georg Trakl en el ocaso y La torre de los caballos azules dialogan con el expresionismo; en este último, «Franz Marc / Verdún, 1916» aproxima la pintura a la guerra. ¿Cómo transformas una obra de otro artista en una experiencia que solo puede existir en tu propio poema?
HAG: Georg Trakl en el ocaso fue el primer libro que escribí, aunque se publicó años después, en una edición muy pequeña, de unos treinta ejemplares. Es una aproximación personal al expresionismo alemán y conserva el tono de mis lecturas juveniles, especialmente la huella de Georg Trakl. Lo escribí incluso antes que Memorial del árbol. En La torre de los caballos azules vuelvo sobre el expresionismo, pero intento alejarme de una mirada estrictamente estética o desprenderme del lenguaje que dejó en mis primeros poemas Trakl. El libro nació mientras preparaba un curso sobre este movimiento y leía a poetas como Georg Heym, Paul Celan o Else Lasker-Schüler, o apreciaba y estudiaba la obra de pintores como Franz Marc, Marianne von Werefkin, y Paul Klee. Comprendí que aquella generación estaba profundamente marcada por la tragedia: vivió un periodo atroz de la historia europea, la Primera Guerra Mundial, el ascenso del nazismo y luego, la Segunda Guerra Mundial. Muchos de esos artistas innovaron en la pintura y la literatura, pero sus vidas estuvieron atravesadas por las desgracias, la enfermedad y la muerte. Varios murieron muy jóvenes. Georg Trakl se suicidó en 1914 a los 27 años; Georg Heym se ahogó en el río Havel en 1912 a los 24 años. Franz Marc, muere en los bombardeos de Verdún. Sentí un pulso, la necesidad imperativa de escribir sobre ellos y, de algún modo, sobre la tragedia de Marianne von Werefkin, de Oskar Kokoschka, Alma Mahler, y en cierto modo, agradecerle a Trakl, un poeta decisivo en mi juventud y en mi crecimiento como lector de poesía. La relación de écfrasis (representación verbal de una representación pictórica) está marcada por una sensibilidad al color, al movimiento, a la materialidad de la pátina, a los espacios en blanco del lienzo, así como la temática que envuelve la obra, esto me llevó a escribir desde diferentes ámbitos, desde una estética cromática de la poesía, o una poética del dolor, esto último es lo que podría resumir el movimiento expresionista.
JCR: Al hablar de Tratado del alba, vinculaste tu escritura con una búsqueda cercana a lo místico y destaco la presencia de la palabra Dios en tu vocabulario. ¿Qué te permite interrogar esa palabra y qué se perdería si prescindieras de ella en tus poemas?
HAG: En efecto, Tratado del alba, publicado en Calatayud, España, es un libro muy distinto de los que he escrito después. Podría entenderse como una especie de arte poética: una búsqueda en torno a la pregunta por la poesía y por los autores y las autoras que empezaron a definir mi voz. El libro explora también la visión trágica de Dios en el mundo moderno. Hay referencias a poetas místicos como san Juan de la Cruz y santa Teresa de Ávila, al colombiano Carlos Obregón y a la poesía metafísica de Roberto Juarroz. Me interesaba la analogía entre la búsqueda mística de un Dios incognoscible y la búsqueda de la poesía, que tampoco podemos definir ni conocer por completo. Hoy quizá lo leería como un libro más clásico, pero responde a preguntas que me hacía entonces y que siguen vigentes: la poesía es el oficio de preguntar, de hacer preguntas que nunca tienen una respuesta definitiva.
EL OFICIO ANTE LA HISTORIA Y LA VIOLENCIA
JCR: El jurado del VIII Premio Nacional de Poesía Tomás Vargas Osorio que premió El tiempo del ruido destacó la construcción de las imágenes y la depuración del lenguaje. ¿Qué cambio recuerdas que haya sido fundamental para mejorarlo y cómo supiste que esa nueva versión funcionaría mejor?
HAG: El tiempo del ruido marca un registro distinto dentro de mi escritura. Para entonces ya había publicado varios libros y empezaba a definir con mayor claridad mis apuestas formales. En él hay búsquedas que pueden resultar experimentales: algunos poemas son narrativos y otros se mueven entre lo lírico y lo narrativo. En ciertos aspectos, estas exploraciones dialogan con poetas como Anne Carson. Mis libros pasan por una depuración de largo aliento, es decir, se corrigen a lo largo de los años desde la primera versión. Por ejemplo, poemas como “Un conocido visitante cena en El Café” que es un breve homenaje a Luis Vidales, era un poema extenso que fue perdiendo imágenes con cada revisión. Algunas podrían ser demasiado abstractas o artificiales, dado que también es una conversación con el libro Suenan timbres. Lo mismo sucedió con “Segundo Testamento de Emilia Ayarza”, de qué manera aprehendemos lo que nos dejó la lectura poderosa de una poética. En este caso, la brevedad fue tomando su forma hasta reducir al poema en su forma exacta. Otros poemas, en cambio, fueron creciendo por la necesidad del propio poema y la temática que estaba abordando, jugando con maneras expresivas imperativas o que exigía el poema, es el caso de “Hidrología”, “Parálisis del sueño” o “Aeroacústica” que también posibilitaron el darle la estructura compositiva al libro. Este es, sobre todo, un libro sobre Bogotá, la ciudad en la que vivo y que ha signado mi experiencia de vida. Me pregunto qué es la ciudad, cuál es su historia y qué la rodea; también me acerco a su dimensión ancestral, a los muiscas, habitantes originarios de la sabana de Bogotá. El tiempo del ruido es el inicio de una trilogía que incluye otros dos libros aún inéditos. En todos ellos persiste una misma pregunta: cómo escribir el poema desde la territorialidad. Pero lo que queda claro, es que escribir poemas plantea siempre una pregunta por el lenguaje.
JCR: En «Doppelgänger» afirmas: «Quien escribe esto es otro». ¿Cómo trabajaste la distancia entre el autor y el hablante para que la experiencia militar pudiera convertirse en una verdad propia del poema?
HAG: Recuerdo un ensayo del poeta colombiano Gabriel Arturo Castro en el que plantea que Franz Kafka comprendió que podía escribir cuando entendió que podía hacerlo desde el otro. Creo que aquí debemos volver a la conocida afirmación de Arthur Rimbaud: «Yo es otro». Esa idea ya había sido explorada por otros autores, entre ellos el poeta alemán Jean Paul o, en la tradición francesa, Gérard de Nerval. Esto resulta fundamental para comprender la modernidad poética: escribir supone una incisión del yo, el cuestionar la identidad y aceptar que podemos transformarnos o que en nosotros habita el otro. Esta es la pregunta fundamental de la modernidad, quien soy yo, qué hay dentro de nosotros, qué es eso extraño que nos habita y que a veces desconocemos; Freud lo denominó bajo la categoría de lo ominoso. La poesía contemporánea trabaja constantemente con esa pregunta por la identidad. Pienso, por ejemplo, en Julia de Burgos y su poema «Yo misma fui mi ruta», o en Olga Orozco, cuando escribe: «Yo, Olga Orozco, desde tu corazón digo a todos que muero». También está Fernando Pessoa y el juego de las heteronimias. En Doppelgänger me interesa precisamente ese desdoblamiento: cómo nos convertimos en otro y cómo ese desplazamiento nos permite acercarnos a la poesía desde una perspectiva distinta.
JCR: En «Los cuarenta ladrones», el nosotros militar reúne la condición de «víctima y asesino». ¿Cómo se originó esa doble condición para que comprender al soldado no significara absolver la violencia que ejerce?
HAG: Este libro dialoga, sin duda, con la obra del poeta estadounidense Yusef Komunyakaa, en particular con Dien Cai Dau, que aborda la experiencia de la guerra de Vietnam. Me interesa esa doble condición del soldado: es víctima de una institución violenta, pero también puede convertirse en victimario. El poema parte de mi propia experiencia y de las situaciones que viví dentro del Ejército colombiano. Una de ellas era el robo, casi convertido en una práctica habitual, en una especie de marca de la vida militar. De allí surgieron muchas de las experiencias difíciles y cruentas que aparecen en el libro. Yo tenía dieciséis años y estaba dentro de una institución profundamente agreste y coercitiva. La escritura fue también una forma de desahogo, una manera de tramitar la rabia que llevaba dentro y que terminó tomando forma en La noche apenas respiraba.
JCR: En «Antimotines», el hablante atraviesa la instrucción militar y la movilización estudiantil; Cadena de custodia vuelve a la violencia contra quienes protestan. ¿Qué cambió en tu manera de escribir sobre la violencia al desplazar el punto de vista del soldado al del manifestante?
HAG: Hay una idea de la poeta colombiana Mery Yolanda Sánchez: a veces, el último poema de un libro parece dar inicio a un libro futuro. Algo de eso sucede con Antimotines, donde aparece una doble experiencia: en un momento hice parte de las Fuerzas Militares y participé en ejercicios antidisturbios; después estuve al otro lado, dentro del movimiento estudiantil y en las marchas, enfrentándome a la violencia ejercida por la fuerza pública. Esa experiencia, creo, me llevó a escribir más adelante el libro Cadena de custodia, un libro sobre el estallido social en Colombia y la represión que tuvo lugar durante la pandemia. En ese periodo, estudiantes y jóvenes salieron a las calles y hubo una fuerte respuesta de agentes del Estado: personas asesinadas o desaparecidas, jóvenes y mujeres que perdieron los ojos a causa de la violencia policial. El cambio de punto de vista no borra las contradicciones de la experiencia anterior; me permite observar la violencia desde otro lugar y preguntarme por sus consecuencias.
JCR: La noche apenas respiraba pasa de «Prueba de balística» a «El río», donde los muertos hablan y el agua recuerda nombres y vidas. ¿Qué quisiste transformar en la lectura de la guerra al organizar el libro en esas dos partes?
HAG: En efecto, La noche apenas respiraba está dividido en dos partes. La primera, «Prueba de balística», aborda mi experiencia durante el servicio militar obligatorio. La segunda reúne poemas sobre distintas formas de violencia: el desplazamiento, la eliminación de personas en el marco del conflicto y la desaparición forzada. El poema “El río”, por ejemplo, alude a una práctica terrible de los grupos armados en Colombia: arrojar cuerpos a los ríos para hacerlos desaparecer. Los ríos del país se han convertido en cementerios vivos; en ellos permanecen los muertos y, de algún modo, sigue fluyendo el dolor de nuestra historia.
JCR: En «Velatón» propones que sean los muertos quienes enciendan una luz por los vivos. ¿Qué responsabilidad deposita sobre nosotros esa luz que, en el poema, viene de quienes ya no están?
HAG: Es un poema muy breve que parte de la tradición de encender velas para rendir homenaje a las víctimas de la violencia en Colombia. Decimos que haremos un velatón en memoria de un estudiante caído, de un líder o de una lideresa social asesinada. En el poema invierto ese gesto y me pregunto si los muertos también podrían encender una luz para nosotros, si podrían iluminarnos en un tiempo donde se pierde la esperanza. Pienso en Jorge Teillier que entendió al poeta como el guardián del mito mientras vienen tiempos mejores. No sé si algún día tendremos esos tiempos, pero a veces necesitamos una luz —y la poesía puede serlo— que nos ayude a sostenernos en medio de las dificultades sociales y políticas que vivimos.
JCR: Diario para anunciar el fin del mundo vuelve hacia los primeros rastros de la experiencia humana; «Homo neanderthalensis» vincula ese pasado con la huella ambiental de los humanos modernos. ¿Por qué mirar hacia los orígenes para escribir un libro que anuncia un final?
HAG: Diario para anunciar el fin del mundo nace de la sensación de vivir en tiempos profundamente apocalípticos, en los que la posibilidad de una guerra de grandes dimensiones parece estar siempre cerca. Frente a esa amenaza, el libro mira hacia los orígenes y las culturas ancestrales de distintas partes del mundo. Por lo tanto, su título es un oxímoron. En mi proceso de escritura ha sido importante leer sobre yacimientos arqueológicos y visitar lugares de México, Perú, Bolivia y Colombia. Pienso, por ejemplo, en Ciudad Perdida, en Colombia, a la que se llega después de varios días de camino. Son experiencias que te impregnan de una energía difícil de describir, una energía que me dio una intuición: sentí que debía llevar la escritura hacia ese camino. Ir hacia el origen también es preguntarse por el final: por el comienzo del mundo y por el posible fin de los tiempos. Es, además, una manera de indagar en el origen de la poesía a partir de las huellas de las culturas antiguas. Hölderlin formuló la pregunta «¿Para qué poetas en tiempos de penuria?». Quizá, lo decía con una profunda ironía, porque precisamente, es en esos tiempos oscuros cuando más necesitamos la poesía.
JCR: Tu investigación sobre la violencia en la poesía colombiana escrita por mujeres dialoga con Cadena de custodia, abierto con epígrafes de Matilde Espinosa, Emilia Ayarza y Mery Yolanda Sánchez. ¿Qué transformaciones exigirías a la historia de la poesía colombiana para que situara esas obras en el centro?
HAG: En efecto, Cadena de custodia abre con epígrafes de tres poetas colombianas: Matilde Espinosa, Emilia Ayarza y Mery Yolanda Sánchez. Las tres forman parte de mi investigación doctoral en la Universidad de los Andes, en la que estudio la representación de la violencia en la poesía colombiana escrita por mujeres. Una de mis premisas es que las mujeres han desempeñado un papel central en la escritura poética sobre la violencia en Colombia. Matilde Espinosa y Emilia Ayarza escribieron sobre ese periodo histórico en plena época de La Violencia, con una revelación de la poesía y una valentía notable. Se trata de una etapa cruenta, marcada por gobiernos autoritarios y por el asesinato de Jorge Eliécer Gaitán, el 9 de abril de 1948, que desencadenó una oleada de violencia y dejó cientos de miles de muertos. Más adelante, Mery Yolanda Sánchez aborda el conflicto armado colombiano desde una poesía profundamente dolorosa que, al mismo tiempo, nos obliga a reflexionar sobre nuestra historia. Como señala la poeta Piedad Bonnett, los poetas son la memoria de un país: su escritura contribuye a mantener vivos a nuestros muertos, se trata de entender, no explicar, el flagelo de la violencia y el imaginar que algún día pueda terminar, que podremos ser capaces de reconciliarnos.
LA POESÍA COLOMBIANA Y SU PORVENIR
JCR: Has reivindicado a José Manuel Arango y Carlos Obregón dentro de la tradición latinoamericana. A partir de tres libros colombianos recientes que consideres decisivos, ¿qué transformaciones del poema reconoces en la escritura actual del país?
HAG: José Manuel Arango y Carlos Obregón son fundamentales no solo para la poesía colombiana, sino también para la latinoamericana. Carlos Obregón es una figura enigmática: nació en Bogotá, murió por suicidio en 1963, dejó únicamente dos libros, Distancia destruida y Estuario. Su obra propone una reflexión sobre lo poético desde una dimensión mística. Para la poesía colombiana de los años cincuenta, su escritura resulta extraordinariamente adelantada: explora la ausencia y la presencia de Dios y una visión trágica del mundo a partir de imágenes que nos llenan de extrañamiento. Es un poeta extraordinario que valdría la pena reeditar. José Manuel Arango, por su parte, abrió caminos novedosos en la lírica colombiana mediante el diálogo con la poesía norteamericana —William Carlos Williams, Amy Lowell , Wallace Stevens, Marianne Moore, todo el movimiento “Imagista”— y la tradición oriental, como el haiku japonés y la poesía china. Al mismo tiempo, exploró los imaginarios del territorio colombiano y el mundo muisca. Aunque era antioqueño, vivió durante un tiempo en Boyacá, y en su poesía se establece una relación particular entre lo sagrado y lo cotidiano. Muchos poetas colombianos tenemos una deuda con ambos, especialmente con Arango, cuya obra ha tenido una recepción más amplia.
La poesía colombiana en la actualidad está pasando por diversas transformaciones marcadas por búsquedas que intentan ampliar la manera en que se entiende la poesía. Existe una exploración del poema narrativo y extenso, otros tipos de lirismo, el neobarroquismo, tratamientos diferentes de la violencia, la conversación con la ciencia y otras temáticas, nuevas maneras de asumir lo emocional, el feminismo y lo no binario, la problemática del yo, la apropiación y la poesía conceptual, lo digital, todo bajo un rompimiento con la tradición, en fin. Existen varios libros interesantes, podemos citar algunos: la reivindicación de poetas como Emilia Ayarza, de quien se han publicado varias antologías, el libro Conversación a oscuras de Horario Benavides, libro fundamental dentro de la poética de la violencia, La oscilación perpetua, de Rómulo Bustos Aguirre, La temperatura exacta del miedo, de Fadir delgado, Física del estado sólido, de Helman Pardo, Animal ajena de Carolina Dávila, Mi perra y yo subimos por el ascensor, de Camila Charry, La segunda vida de las cosas, de John Fredy Galindo, entre muchos otros. En los poetas más recientes están los libros El marrano, de Nicolás Peña, Tragasapos, de Christian Rincón, o La enfermedad de los nervios, de Natalia Martínez. La lista es larga.
JCR: Has defendido los talleres de poesía como espacios de lectura y descubrimiento. ¿Podrías contarnos una experiencia de taller en la que un estudiante encontrara, a través de la lectura, una manera de escribir que transformara su relación con el lenguaje?
HAG: Los talleres de escritura son relativamente recientes en Colombia y han sido decisivos para las búsquedas de muchos escritores y escritoras. Quienes pertenecemos a la generación de los años ochenta crecimos en una época sin internet, había que ir a las bibliotecas y librerías para encontrar a los poetas que nos interesaban. Recuerdo el descubrimiento de autoras como Blanca Varela, Olga Orozco o el poeta checo Vladimír Holan. Hoy los talleres facilitan ese recorrido. Quien los coordina puede recomendar autores y autoras que alimenten las búsquedas de cada participante; además, permiten compartir lecturas, escribir en compañía y recibir la mirada crítica de los demás. Muchas veces necesitamos que otra persona nos ofrezca una perspectiva distinta para confirmar o cuestionar el lugar desde el que escribimos. Los talleres también generan vínculos y proyectos. Sylvia Plath y Anne Sexton, por ejemplo, coincidieron en un taller dirigido por Robert Lowell. De esos encuentros pueden surgir nuevas lecturas, revistas, festivales y redes de colaboración. Los talleres forman parte del ecosistema que dinamiza la poesía contemporánea. Algunas de las personas que han participado en mis talleres y otros, hoy empiezan a forjar una obra sólida, ya son partícipes del ecosistema de la poesía en el país. Una experiencia singular ha sido el Taller Distrital de Poesía, auspiciado por Idartes, en donde pudimos hacer una reflexión sostenida sobre la poesía que se ha materializado en la publicación de libros, grupos literarios, conversatorios. Hoy tengo la oportunidad de acompañar el Semillero de poesía Puntos Cardinales de la Universidad Central, en donde hemos podido reflexionar, en particular, sobre la poesía actual.
JCR: La Raíz Invertida y el Festival de Literatura Ojo en la Tinta te han permitido conocer la poesía desde la edición y los encuentros con lectores. ¿Qué obstáculo debería resolverse primero para que la poesía publicada en Colombia encuentre lectores fuera de sus círculos habituales?
HAG: Es una pregunta que nos hemos hecho desde que creamos el Festival de Literatura Ojo en la Tinta y la revista latinoamericana de poesía La Raíz Invertida: ¿cómo construir puentes para que la poesía llegue a más lectores? Los espacios dedicados a ella siguen siendo limitados, especialmente en las escuelas y las universidades. Por eso considero fundamental abrir lugares de encuentro y circulación. La Raíz Invertida recibe, en promedio, unas cinco mil visitas diarias. Llevamos más de dieciséis años publicando a escritores y escritoras de distintos lugares. Por su parte, el festival ha celebrado doce ediciones y estamos evaluando la posibilidad de realizar una nueva. Estos espacios permiten que los autores se conozcan, dialoguen con públicos diversos y que más personas incorporen la poesía a su experiencia como lectores. Solemos leer más narrativa y novela, mientras que la poesía y el cuento reciben menos atención. Necesitamos que estos géneros tengan mayor circulación y reconocimiento simbólico. Eso es lo que buscamos con nuestras iniciativas editoriales y culturales.
JCR: Después de ganar el Premio Francisco Brines en 2025, integraste el jurado de su edición de 2026. ¿Qué te permite reconocer el valor de un libro cuando ese libro contradice tus preferencias como escritor?
HAG: He sido jurado de varios concursos distritales, nacionales, e internacionales, y esa experiencia exige una forma de lectura distinta. No se trata únicamente de valorar libros que dialoguen con las estéticas que uno prefiere, sino de comprender el trabajo que otros escritores realizan desde perspectivas diferentes: cómo construyen el libro, qué búsquedas lo sostienen y cuáles son sus aciertos. Puede haber una obra que no me convenza del todo desde el punto de vista estético, pero puedo reconocer una búsqueda sólida y decisiones que merecen ser valoradas. En los concursos, además, hay que conversar con los demás jurados, defender una elección y llegar a consensos. A veces uno termina reconociendo los méritos de un libro que no había elegido inicialmente. Todo esto implica una responsabilidad y exige honestidad: entender que no todo lo que nos gusta es necesariamente valioso y que puede haber poéticas distintas de la propia que merecen un reconocimiento. También es una experiencia enriquecedora, porque permite formarse como escritor y lector, y comprender mejor qué está sucediendo en la poesía actual.
JCR: La compilación de Si después de la guerra hay un día te permitió participar en una lectura colectiva de la violencia colombiana. ¿Qué criterios revisarías hoy en tu trabajo editorial para que las escrituras en lenguas indígenas, las tradiciones afrocolombianas y las voces de distintos territorios amplíen nuestra manera de entender la poesía de Colombia?
HAG: He participado en la construcción de dos antologías. La primera fue Si después de la guerra hay un día, publicada en Colombia y Cuba. El proyecto surgió de una propuesta de la editorial Sed de Belleza para preparar una antología de poesía colombiana contemporánea. Junto con el poeta Héctor Cañón, con quien realicé el libro, pensé que era importante darle un eje temático, y la violencia nos pareció una perspectiva necesaria. Leímos a poetas de distintas regiones del país, hombres y mujeres, que trabajaban ese tema, con el propósito de mostrar parte de ese tejido de voces. Más recientemente publicamos Casa mínima: antología del poema breve colombiano, en la que aparecen autores y autoras que escriben desde lenguas originarias, como Fredy Chikangana, cuya lengua materna es el quechua, y poetas afrocolombianas como Mary Grueso. Para mí, lo fundamental es reconocer que esas escrituras tienen un valor poético propio, aunque sus búsquedas y tradiciones puedan diferir de las occidentales. Me parece excluyente reservarles unas páginas especiales, como si constituyeran una sección separada: sus obras deben dialogar en igualdad de condiciones con las demás. Hace falta más investigación editorial sobre la poesía afrocolombiana, especialmente la vinculada con la oralidad, y sobre las obras que se escriben en lenguas originarias. Son campos que necesitan mucha más atención y circulación.
JCR: En «Instantánea» reúnes las fotografías militares con las selfies en lugares marcados por la violencia y concluyes: «La guerra es una palabra fotogénica». ¿Qué puede hacer hoy un poema que circula en redes para interrumpir esa manera de mirar el dolor?
HAG: Cuando hacemos arte a partir del conflicto o la guerra —una fotografía, un poema, un relato o una pintura— debemos preguntarnos desde dónde hablamos y cuál es nuestro lugar de enunciación. También debemos examinar hasta qué punto nos afecta aquello sobre lo que escribimos y si lo hacemos con honestidad. En Ante el dolor de los demás, Susan Sontag reflexiona sobre la ética de las imágenes de guerra, la reportería gráfica de los diferentes conflictos y la manera en que miramos el sufrimiento ajeno. Una fotografía puede documentar una tragedia, pero también puede convertir el dolor en espectáculo. Es cuestionable, por ejemplo, tomarse una fotografía en un campo de concentración o en el lugar donde ocurrió una masacre sin considerar el sentido de ese gesto. Hay una línea muy delgada que podemos cruzar y que debemos aprender a reconocer. Para escribir sobre el conflicto tiene que existir una relación real con el tema, una emoción y un dolor que nos interpelen. Me entristece encontrar escritores que abordan la violencia solo porque parece haberse convertido en una tendencia. La escritura sobre el sufrimiento exige responsabilidad, una postura ética, política y social. Acá la honestidad debe ser fundamental para poder tejer esa voz.
JCR: En «La guardia», el hablante desea que su palabra perdure en quien lo suceda. Si dentro de veinte años un joven colombiano leyera poesía por primera vez, ¿qué quisieras que encontrara en ella para comprender su vida y la del país que le tocó habitar?
HAG: Creo que la poesía puede perdurar porque las emociones humanas siguen encontrando resonancia en los poemas. Hay textos que leemos una y otra vez y que continúan conmoviéndonos. A veces, el poema más sencillo y desnudo es el que llega más hondo; otras veces, ciertos artificios o procedimientos formales no consiguen producir esa emoción. Pienso en poetas como Horacio Benavides, Mary Oliver, Olga Orozco o Alejandra Pizarnik: al leerlos, algo se quiebra dentro de nosotros. Esa capacidad de conmover es la palabra que perdura. No sé si mis poemas se leerán dentro de veinte años, o cincuenta, pero quisiera que alguno lograra permanecer y que, si la humanidad sigue habitando la Tierra después de un siglo, alguien pudiera encontrarlo y sentir que le dice algo. Los poemas son simples palabras ordenadas en una página, en un libro o una pantalla; la poesía sucede cuando alguien los lee y algo lo conmueve o le permite comprender el mundo de otra manera. Ojalá esa sea la finalidad de lo que escribimos. La escritura es un trabajo exigente y, a veces, ingrato: trabajamos durante mucho tiempo sin saber si hemos conseguido escribir un buen poema, sin saber si la poesía llegará a habitarlo. Esa incertidumbre es también parte de su belleza. Por eso vuelvo a la analogía entre el poeta y el místico: ambos buscan algo incognoscible, algo que aman profundamente pero que no pueden apresar y que siempre parece escaparse, ese es el gran halo trágico del poeta y el místico. Recuerdo la poética de san Juan de la Cruz, la que expresa esa experiencia o dicotomía entre la ausencia y la presencia de Dios, la búsqueda de lo incognoscible: “salí tras ti clamando, y eras ido”. La poesía siempre está por encontrarse y, cuando creemos haberla hallado, ya se ha marchado. Me encanta esto, yo dedico y dedicaré mi vida a esta búsqueda, es mi razón para estar en este mundo.
SOBRE EL AUTOR
Henry Alexander Gómez (Bogotá, Colombia, 1982) es poeta, narrador, docente y editor. Licenciado en Ciencias Sociales por la Universidad Distrital Francisco José de Caldas y magíster en Creación Literaria por la Universidad Central, cursa el doctorado en Literatura en la Universidad de los Andes, donde investiga la representación de la violencia en la poesía colombiana escrita por mujeres. Enseña en el pregrado y la maestría en Creación Literaria de la Universidad Central. Es cofundador y editor de la revista latinoamericana de poesía La Raíz Invertida y director del Festival de Literatura Ojo en la Tinta. Ha publicado, entre otros libros, Memorial del árbol, Diabolus in música, La noche apenas respiraba, El tiempo del ruido y Cadena de custodia, además de Cuentos para hundir un submarino, Premio Internacional de Cuento Juan Ruiz de Torres en 2021. Obtuvo los premios internacionales de poesía José Verón Gormaz por Tratado del alba, Miguel Hernández por La torre de los caballos azules y Francisco Brines en 2025 por Diario para anunciar el fin del mundo.
MUESTRA POÉTICA
LUCY
Tres millones de estrellas atrás
Lucy levanta la pequeña hoja de un árbol
y la extiende sobre las nubes para comparar
las formas familiares. Tal vez intuye
el secreto de las cosas pequeñas,
a lo mejor un guijarro, un insecto, una semilla.
Quizás anuncia sin entender
que sus huesos diminutos de australopithecus
serán las vocales justas para razonar la anatomía,
los homínidos
que mudan de dientes cada generación,
el músculo como un molde del tiempo,
la forma de la pelvis para erguirse
en dos patas y así romper la barrera del sonido.
Dice en su portal National Geographic
que mientras el paleoantropólogo
Donald Johanson celebraba el hallazgo
de los restos óseos, en Hadar, Etiopía,
la radio trinaba la canción “Lucy
in the Sky with Diamonds”, de The Beatles.
El paraíso igual a un salón de espejos
para darle un nombre en voz alta
a la geometría de los fósiles,
a aritmética de la música que no posee espacio
y nos ayuda a descifrar la mirada ubicua
de Scarlett Johansson quien recibe con la punta
de su dedo el cerebro de Lucy, minúsculo y
manso como una pequeña luna;
todo para concebir que los humanos solo somos
una pequeña casa flotando en el océano.
Del libro Diario para anunciar el fin del mundo (PreTextos, 2025)
DE CAMINO A TIAHUANACO
Es curioso ver a los perros
que se sientan a un lado de la carretera
cada veinte o treinta metros
esperando a que los autos
les arrojen una ración de pan.
Así es el camino a Tiwanaku,
una ciudad atacada por el silencio
de las voces tempranas,
el sol y su médula de fuego
que descansa sobre los altos monolitos:
esos largos faros que extienden su sombra
hasta las aguas siderales del lago Titicaca.
Los alemanes quisieron ver
en estas rocas los vestigios de una raza
de gigantes, otros más, han visto allí
la prueba de habitantes de otras estrellas:
maneras erróneas de conjugar el pasado.
Los cuerpos mutilados hallados
en las excavaciones en la base de
la pirámide Akapana nos hablan de
un ritual que no conoce la sangre,
un lenguaje de muertos que solo
es descifrable para quien es capaz de ver
sobre las aguas los pasos perdidos
de Huiracocha, Señor de los báculos.
La cabeza del cóndor vigilia
la luz que nace en el polvo,
el maullido del gato andino
grabado por el viento y la nieve.
Acá está inscrita esa hora del tiempo
donde el fracaso no es más
que el antecedente de una victoria,
esa hogaza de pan que cada tanto
un viajero lanza a la carretera
para que sea devorada por los antepasados.
Del libro Diario para anunciar el fin del mundo (PreTextos, 2025)
HOMO NEANDERTHALENSIS
Son los homínidos que más tiempo
han estado sobre la tierra,
mucho antes que los humanos modernos
quienes llegaron con sus inventos
para poblar el océano
con tres millones de toneladas de plástico.
Un neanderthal es un ser de viento,
un humano que nos devuelve la mirada
para asirnos con el terror de vernos
a nosotros mismos.
Estos hombres, paridos de la nieve vertebral
de las montañas,
entendieron las formas cambiantes
de la sombra
desde el aleteo del fuego,
grabaron su respiración
en los muros de las cuevas
con líneas que representan
el vuelo de las libélulas,
el talle de la luz sobre los árboles,
o la geometría inacabada de las placas
en el caparazón de las tortugas.
El hallazgo de polen en la cueva Shanidar,
en Irak, demuestra el uso de flores
para los ritos funerarios:
un atisbo de la noche
que prueba la inmortalidad,
sus alas de ángeles abanicando
los nombres de las conchas marinas,
las garras de las aves de rapiña,
el excremento dejado por los mamuts
sobre las planicies de hielo,
el susurro de un idioma de pasos
hoy vencido por la perplejidad.
Del libro Diario para anunciar el fin del mundo (PreTextos, 2025)
EFECTO MARIPOSA
A los estudiantes caídos
Primero fue el silencio palpitando en los televisores,
la declaración oficial del ministro de defensa
argumentando bajo juramento que la tierra es plana
y que Dios es la patria abofeteada.
Luego fue el miedo, el llanto de la madre
al reconocer el cuerpo del hijo bajo el filo de los hospitales.
Luego fueron los gritos,
hombres y mujeres arrastrando la noche,
tropezando con el vértigo de las ambulancias.
Luego fueron las úlceras de una calle cualquiera,
el animal desvencijado,
una palabra ahogada entre el olor de su propia sangre.
Luego fue la caída, el aliento inmóvil,
el disparo directo a la cabeza. La escopeta calibre 12
midiendo con la lengua una retina hecha de preguntas.
Luego fueron las nubes lacrimógenas
que ascendían al cielo igual que los santos,
purificando las oraciones de rigor.
Luego fue la poesía y sus despedidas,
el vocablo lanzado desde el sueño, los tambores,
niños y niñas caminando sobre el agua,
resucitando el milagro de los puños cerrados.
Luego fue el día buscando sus afanes,
la sed de las alcantarillas,
los periódicos levantando la voz,
un raro aire que recorría la ciudad
de esquina a esquina, de corazón a corazón.
Luego fue el colegio y sus cicatrices,
las conversaciones de pasillo, la primera comunión,
la respiración del sol y el más largo de los viajes.
Luego fueron las canicas mapeando la tierra,
la gravedad del primer llanto,
el sudor de la mujer parturienta,
el amor igual a un hoyo negro devorándolo todo.
Del libro Cadena de custodia (Playa sucia, 2025)
OLLA COMUNITARIA
A veces, el diablo asciende desde el mismo infierno
y se sienta sobre el asfalto para comer de nuestro plato.
Nunca dice nada, solo fuma un Pielroja
mientras afila su bigote con sus uñas sudorosas.
Cuando estallan las granadas, intenta gritar, sí,
pero un agua salada que desciende de los cielos le tapa la boca
Del libro Cadena de custodia (Playa sucia, 2025)
VELATÓN
Que los muertos enciendan una luz por cada uno de nosotros.
Del libro Cadena de custodia (Playa sucia, 2025)
SOBRE LA MÚSICA
Qué de malo hay en un hombre
que se sienta a beber en la barra de un bar
completamente solo.
Yo corría tras las mujeres
en una época de hambrunas y profetas.
Pero un hombre solitario es el centro del universo
y la palabra que bucea
en el fondo de una cerveza
es la cerilla que encendemos
al momento de nacer.
El joven detrás de la barra te sonríe,
la chica de al lado mira su smartphone
mientras su novio se mueve al ritmo de un rock
tal vez demasiado conocido.
Siempre pensamos que la noche
va a guardar un poco de esa palabra,
aunque la vejez es engañosa.
No importa. El diablo está en la calle,
a unos pasos de la entrada del bar,
y espanta algunas palomas nocturnas.
Poemas de El tiempo del ruido (Sílaba, 2024)
EN LOS TIEMPOS DE LA GUERRA
Una tarde nos visitó Freddie Mercury, se sentó a la mesa a comer con nosotros. Apenas si teníamos provisiones, pero donde comen cinco cenan también seis.
Habló sobre el tráfico de las grandes capitales y le pidió a mi madre un poco de yodo para desinfectar una vieja herida que guardaba en su costado izquierdo. No teníamos un piano, pero bastó un par acordes de la vieja guitarra (le hacía falta una de las cuerdas).
Es al final de las derrotas donde se escriben todos los juramentos del amor. Freddie Mercury se marchó cuando mi padre le puso una pequeña corona de espinas.
Poemas de El tiempo del ruido (Sílaba, 2024)
SEGUNDO TESTAMENTO DE EMILIA AYARZA
Una llave, un viento, una epístola. Mi escritura, como una ciudad huérfana en el pecho.
Poemas de El tiempo del ruido (Sílaba, 2024)
CASA GIRATORIA
Paul Klee / Madrid, Museo Thyssen-Bornemisz
Le jalé una hebra a un pedazo de la noche y la cubrí con un poco de cera. Mis manos moldearon una vela que alumbró la habitación. Miré la llama por horas y logré entender el reflejo de su luz en la pupila de cada hombre o mujer que alguna vez ha encendido un fuego; supe también cómo la llama me observaba.
Esa flama, esa gota de estrella que me abraza con mi yo primitivo, es un ringlete que rueda por el tiempo, una veleta de fuego movida por el corazón de todos los hombres.
Del libro La torre de los caballos azules (Madrid, Editorial Devenir, 2022)
MUJERES NEGRAS
Marianne von Werefkin / Hannover, Museo Sprengel
Esa niebla negra por donde ahora avanza una mujer que lleva en su alforja el nombre de cada mujer sobre la tierra:
la mujer que se levanta a la madrugada y en silencio atiza la mañana con la estufa de carbón; la que se crucifica cada noche en el Gólgota y muerde con rabia sus pecados; la que hizo llover y sustentó la cosecha; la que degolló un gallo con su piel y alimentó el sexo de Jesucristo; la que ilumina el sol mirando las estrellas; la que guarda en su corazón las piedras con las que se hacen los muros de las cárceles; la que abre las piernas para volver a ser niña; la que lleva en su rostro el rostro de todos sus muertos; la que escribe poemas en la oscuridad y la que teje la leve risa del aire.
Van, por la orilla del alba, bajo la niebla negra, fundando la tierra.
Del libro La torre de los caballos azules (Madrid, Editorial Devenir, 2022)
CRÓNICA DEL TREN DE MEDIANOCHE
Un día leí en un viejo periódico la noticia de un niño que intentó parar un tren con sus manos: “El pequeño joven se paró delante de la máquina que venía a toda velocidad y puso las manos hacia adelante con intenciones de frenarlo”, advirtió el maquinista. “No puedo borrar de mi mente sus ojos soñolientos y una risa púrpura que contrajo el tiempo por unos segundos”. Y agregó: “Comencé a tocar la bocina exasperado, ya que el tren no podía detenerse”.
El nombre del muchacho era Georg Trakl, pianista de Salzburgo.
Tiempo después, vi al niño del tren. Juro que brotó de la rama de un arce rojo y se puso a jugar en uno de mis poemas. No le bastó con haber mordido cada palabra para luego desperdigarlas en el suelo. Me dijo que la lluvia es ambulante y que los muertos llevan brazos de plata en las noches especialmente frías.
Del libro La torre de los caballos azules (Madrid, Editorial Devenir, 2022)
GAS MOSTAZA
Un cielo tejido por la lepra
llenó el canal que había en la falda de la montaña
y nos rodeó de punta a punta.
El teniente Rojas disparó varias veces su lanzagranadas
como quien clausura las puertas de un laberinto
donde la hiedra ha perdido el camino.
Las granadas incendiaron la prisión
y la soga del humo nos apretó el cuello
hasta dejarnos desechos los pulmones.
Incluso el aguacero se colaba
debajo de nuestros cascos de guerra
e intentaba encontrar un pequeño orificio
por dónde respirar.
El infierno tiró al suelo el armamento.
El soldado Orozco le pidió a gritos
a la Virgen María
que le atara el cordón de su bota militar.
El sudor de los fusiles, por primera vez,
me expropiaba del aire
y me cosía los huesos uno por uno
a la risa astuta de la guerra.
Nada quedó a salvo,
ni siquiera las uñas aferradas a las paredes de cal.
—Han dejado de ser reclutas —nos gritó
el teniente Rojas—, se acaban de graduar como miembros
activos de las Fuerzas Militares de Colombia —replicó.
Despertamos con el uniforme lleno de odio,
viejos,
como niños expulsados del paraíso,
con una constelación de sombras rotas detrás de las orejas.
Existe en el mundo
un alto riesgo de caer en las cadenas
que nos ofrece la victoria.
Las cosas iban perdiendo su control natural.
Del libro La noche apenas respiraba (Gobierno del Estado de México. Toluca, 2018)
LOS 40 LADRONES
El largo bastón que traigo de la guerra
sostiene el arte milenario del hurto calificado.
Cada cosa era usurpada en el ejército:
las toallas, las colchas, las cucardas, la munición;
hasta robábamos el aire que llenaba nuestras bocas,
luego de las patrullas nocturnas.
Aprendimos, desde el primer día,
a dormir con los setenta y cinco cartuchos como almohada,
con el Galil anudado al brazo del sueño,
para nunca perder la costumbre de ser víctima
y asesino.
Nacimos, como François Villon, para guardar el mal
en nuestras tiendas de campaña,
para usurparle a Alí Babá cada una de sus sortijas de oro.
No podía ser de otra forma,
vivimos con la certeza de caminar
por el filo de la orilla,
sin ataduras,
o, por lo menos,
con la promesa de robar siempre en el patio donde
Dios habilita todos los comercios.
Corsarios, piratas, bandidos, lobos de asalto,
somos igual que el mal ladrón crucificado
y condenado por Jesucristo,
a imagen y semejanza de Bonnie y Clyde,
de la raza ladina de Lex Luthor.
No fue Vincenzo Peruggia quien robó la Mona Lisa,
fuimos nosotros, los soldados de Colombia,
que siempre andamos con la sed guardada en los bolsillos,
con una tercera mano
para llegar a donde no nos alcanza la suerte.
Hay verdades que simplemente no son nuestras,
pensamientos
semejantes a una gradería de piedra
en la que se asciende al bajar los peldaños:
igual que la guerra: pequeña metáfora
que le hurta los ronquidos a Dios.
Del libro La noche apenas respiraba (Gobierno del Estado de México. Toluca, 2018)
DE PATRULLA
Las mujeres
venían desde cualquier rincón
y nos saludaban
con sus pañolones caídos. Fundaban
todo un continente en nuestras vísceras.
—Yo le pago la que quiera,
soldado Gómez —decía el capitán—,
usted sólo escoja.
El Escalón Rojo era un vendaval de frutas ácidas
moviéndose a lo Héctor Lavoe. Las extrañas
genealogías del amor
crecían desde la barra del bar al lanzagranadas
terciado a mis espaldas.
El humo escarlata
de los cigarrillos se acomodaba en los sillones
donde cada soldado urdía la geometría simple
de los mundos inacabados.
—Vengo desde atrás de la lluvia —me decía
Maritza y su rímel se propagaba por el aire
hasta llenar de estrellas
cada puesto de guardia en el batallón.
Del libro La noche apenas respiraba (Gobierno del Estado de México. Toluca, 2018)
LOS HUESOS DE LA BISABUELA FELISA
Aparecieron de repente,
estaban metidos en un cajón de madera negra
y cargaban el aire roto de la noche.
Andaban por el camino de los años
apretados a cualquier rincón de la casa.
Prima Betty los descubrió por error,
buscando en el cuarto de trastes algún juguete perdido.
Susto de perros esos huesos ladrando la muerte.
Sortilegio. Oscura brujería. Asesinato en el balcón del silencio.
Fue abuela quién recordó que eran los huesos olvidados
de la bisabuela Felisa. Habían llegado décadas atrás
y buscaban ser un puñado de viento,
una flor soñolienta.
Al fondo de la caja, la extraña carta del abuelo
confirmaba la noticia y reclamaba un lugar junto a su tumba.
Insólitos los ríos
que cruza la piedra después que la lluvia se extingue.
Años de errar debajo de las camas,
rechinando entre sombras, auscultando la tierra,
los huesos,
la vida,
como un planeta cansado,
gritan su parte del mundo, justo ahora que exhumamos
los restos del abuelo.
Allí descansan,
los dos,
en una bóveda sin fondo,
en un osario celeste, examinando la luz.
El corazón se busca más allá de la carne.
Del libro Casa giratoria (Taller Blanco Ediciones, Bogotá, 2019)


