Vicente Fox llegó a la Presidencia en el año 2000 como el hombre que había conseguido lo que durante décadas parecía asunto de ciencia ficción política. Sacó al PRI de Los Pinos después de 71 años y México descubrió, entre festejos y botas presidenciales, la llamada alternancia democrática. Alternancia, sí, aunque con sus respectivas comilla, ya que cambiar las siglas en la puerta resultó bastante más sencillo que cambiar las costumbres de quienes entraban por ella.
Millones de mexicanos votaron entonces pensando que comenzaría una etapa distinta. Fox prometió combatir la corrupción, reducir la pobreza y desmontar prácticas construidas durante décadas de gobiernos priistas. Sin embargo, terminó su sexenio dejando muchas de aquellas expectativas pendientes y sin la ruptura política que había ofrecido durante su campaña.
El Fox de la campaña presidencial del 2000 hizo del ataque al PRI una de sus principales armas políticas. Era el candidato de botas que hablaba de “tepocatas”, “víboras prietas” y otras alimañas para referirse a quienes asociaba con el viejo sistema. Con ese lenguaje prometía terminar con décadas de corrupción, impunidad y abusos desde el poder.
Una de las grandes banderas del foxismo fue combatir la corrupción, promesa obligada de todo gobierno que se anuncia como nuevo. Francisco Barrio Terrazas quedó al frente de la Contraloría y prometió ir tras los famosos “peces gordos”. Ahora sí, se pensó, los poderosos del viejo régimen rendirían cuentas. Los peces, por supuesto, siguieron nadando.
Esos peces gordos nunca llegaron. Casos como el Pemexgate ofrecieron al foxismo la oportunidad de demostrar que la alternancia también significaba terminar con la impunidad de los poderosos. Al final, aquella gran cruzada quedó muy lejos de las expectativas generadas y la frase terminó convertida en uno de los símbolos de las promesas incumplidas del sexenio.
Tampoco hubo una transformación radical en las condiciones económicas y sociales del país. Fox gobernó seis años con un enorme capital político derivado de su victoria electoral, pero las estructuras que había cuestionado durante la campaña sobrevivieron. El cambio presidencial terminó siendo mucho más profundo en lo electoral que en la manera cotidiana de gobernar.

Veintiséis años después, Fox llegó a la sede nacional del PRI para reunirse con Alejandro Moreno, Manuel Añorve, Rubén Moreira y demás tricolores. Hablaron de democracia, libertades e instituciones, porque la política también tiene sus reconciliaciones milagrosas. El hombre que hizo del PRI su enemigo histórico descubrió finalmente que aquellas “tepocatas” también podían ser buena compañía.
Fox llamó en la reunión de ayer viernes, a mantener el diálogo y ampliar la participación ciudadana. Lo acompañaron Juan Carlos Romero Hicks, Rodolfo Elizondo y otros integrantes de Alma de México. Del lado priista estaban Manuel Añorve y Rubén Moreira. Una reunión difícil de imaginar cuando Fox prometía sacar al PRI de Los Pinos.
A sus 84 años aparece un Fox políticamente decadente, sin pudor ni pena por terminar abrazando aquello que durante años aseguró combatir. Las “tepocatas” y las “víboras prietas” dejaron de ser el enemigo. Ahora forman parte de una oposición con la cual considera necesario construir acuerdos frente a Morena.
Quizá Fox debió ser priista y nunca panista, porque así sería más sencillo explicar el desenlace. Quien prometió combatir las prácticas del PRI terminó sentado en su sede nacional, mientras los “peces gordos” que juró perseguir durante su gobierno quedaron como una vieja anécdota de aquella alternancia que prometió cambiarlo todo.
Fox sacó al PRI de Los Pinos, pero se le olvidó acabar con muchas de las prácticas que juró combatir. Veintiséis años después, terminó entrando por la puerta del tricolor para buscar coincidencias con sus antiguas “tepocatas”. Vaya vueltas que da la política. Quizá nunca quiso exterminarlas, solamente necesitaba tiempo para descubrir que podía sentirse bastante cómodo entre ellas.

