Abogado, profesor y servidor público, Israel Rosey encarna una rara convergencia entre el rigor jurídico y la imaginación literaria. Formado en la Facultad de Derecho de la UNAM y con estudios de posgrado en derechos humanos y administración pública, su vocación por las leyes nunca desplazó la necesidad —casi rulfiana— de escribir.
Autor de El bosque de las sombras, Rosey creció en San Pablo Oztotepec, Milpa Alta, entre montañas, árboles y la memoria viva de sus abuelos campesinos, raíces que atraviesan su obra. Lector ferviente de Borges y devoto de Juan Rulfo, hoy trabaja en Antiguos Dioses, una novela que busca reconciliar historia, identidad y justicia desde la literatura.
El autor conversó con Poetripiados sobre literatura, vida y política.
-Estás escribiendo Antiguos Dioses, ¿qué historia encontrará el lector en esta novela?
Todo comenzó como un cuento. Nació de esa necesidad inevitable de escribir, de sacar las ideas y todo lo que uno lleva dentro, como decía Juan Rulfo. Lo que empezó como un relato breve fue creciendo hasta convertirse en una novela. Actualmente tengo cinco capítulos y estoy trabajando en el sexto.
La historia gira en torno a la posibilidad de reconciliar a dos pueblos que se aman y que han sido fraternos en distintos momentos históricos. Pienso, por ejemplo, en la Guerra Civil española, cuando muchas y muchos españoles llegaron a México y aquí encontraron refugio. Sin embargo, existe una herida histórica que no ha terminado de sanar y que todavía duele.
Provengo de una familia que ama profundamente las culturas de los pueblos originarios de México, y aun percibimos que esa llaga sigue latente. A veces persisten la discriminación y el menosprecio, y entendemos que no debería ser así. También hubo momentos luminosos en esa etapa de nuestra historia que no siempre han sido suficientemente reconocidos.
Me parece importante que en los últimos años se haya dado mayor valor a los pueblos originarios y a sus derechos, incluso con reformas constitucionales en la materia. Pero creo que la literatura también cumple un papel fundamental: puede ayudar a subsanar heridas, a erradicar la discriminación y el racismo.
La novela reflexiona sobre lo que ocurrió en Tenochtitlán, cuando dos culturas se encontraron en un contexto de violencia. En América, ese proceso significó el exterminio de muchos pueblos. Si bien la violencia no era exclusiva de un solo lado —Europa también atravesaba épocas marcadas por castigos y prácticas brutales—, me interesa imaginar si pudo haber existido un entendimiento distinto.
De eso trata Antiguos Dioses: de intentar sanar simbólicamente ese momento histórico y de plantear la posibilidad de una nueva etapa en la que nos reconozcamos como pueblos solidarios y fraternos.
-¿Cómo influyó Milpa Alta en la construcción de tus personajes o escenarios?
Cuando terminé mi libro El Bosque de las Sombras, comencé a escribir otros cuentos porque quería dedicar una obra a mi pueblo. Soy de Milpa Alta, de las zonas altas, específicamente del pueblo de San Pablo Oztotepec, que en lengua náhuatl significa “Cerro de Cuevas”. Estamos enclavados en la montaña, al sureste de la Ciudad de México. Son cerros boscosos, lugares tan hermosos que uno no quisiera salir de ahí. Sin embargo, la necesidad laboral muchas veces nos obliga a trasladarnos a la ciudad.
Aunque Milpa Alta forma parte de la Ciudad de México, es curioso: a veces parece que no lo fuera. Está más cercana a zonas rurales que a la parte conurbada. Es una tierra muy hermosa, donde aún hay personas que hablan náhuatl y continúan investigando y preservando tradiciones antiguas. Es una comunidad que respeta profundamente la naturaleza.

Yo amo la naturaleza. Una de las enseñanzas más valiosas de mi vida me la dio mi abuelo: plantar y cuidar árboles. Él practicaba lo que hoy conocemos como biocentrismo, aunque entonces no se le llamara así; simplemente sabía que debía amar y proteger la naturaleza. Plantaba árboles por todas partes y muchos no entendían por qué lo hacía. Hoy comprendemos la importancia de esa labor, especialmente ante la emergencia climática que vivimos a nivel mundial.
Gracias a personas como él, que piensan más allá del beneficio propio y actúan por el bien colectivo, entendemos que somos parte de una comunidad y de un entorno que debemos cuidar.
En El Bosque de las Sombras se refleja claramente ese amor por la naturaleza. Los árboles, para mí, son sagrados. Me he dedicado a plantarlos; quizá no he alcanzado aún el nivel de mi padre, a quien también le apasiona hacerlo, pero he sembrado miles y espero seguir haciéndolo durante muchos años más.
¿En algunos textos tocas el tema de tu abuelo? ¿Qué hay de eso?
Es curioso, porque hablo mucho de mi abuelito, pero fue una de las personas que más me marcaron en la vida. Si me preguntara a cuántas personas admiro realmente, probablemente una de ellas sería mi abuelito Luis, a quien le decíamos de cariño “abuelito Huicho”.
Era un ser profundamente amoroso y cariñoso, respetuoso de la naturaleza. Tenía muchísimos perritos —yo recuerdo que llegamos a tener como siete— y todos lo adoraban. Era de esas personas que parecen mágicas. No sé cómo explicarlo: quizá lo veía así porque, aunque era un campesino muy humilde, tenía una sabiduría especial.
Mi familia es muy humilde y se ha dedicado al campo: a plantar nopal y a cultivar maíz, frijol, calabaza, frutales y otros productos. Pero con él todo se volvía mágico. El acto de sembrar, de trabajar la tierra, tenía algo especial cuando lo hacía a su lado.
A veces lo comparo con el abuelo de José Saramago, a quien el escritor dedicó su discurso cuando recibió el Premio Nobel de Literatura. Su abuelo, Jerónimo, no sabía leer ni escribir, pero para Saramago era el hombre más sabio que conocía. A mí me pasa algo muy parecido con mi abuelito Luis. Él sabía escribir muy poco; incluso conservo un documento en el que explica, con su propia letra, cómo sembrar maíz. Respetaba la tierra y sus procesos. Y la cuidaba porque la amaba.
Creo que la verdadera magia de algunas personas está en su capacidad de amar y respetar como nadie más. Mi infancia fue muy hermosa porque pasaba las vacaciones con mis abuelos. Mi abuelita Carmen y mi abuelito Luis prácticamente me adoptaban durante esos días, y yo era inmensamente feliz.
Ellos, además de trabajar el campo, llevaban sus productos a vender al mercado. En las mañanas preparaban lo que hubiera de temporada —chilacayote, calabaza, frijol, maíz— y lo llevaban a vender a Topilejo. Al regresar traían pan dulce y pequeños detalles que, para un niño, significaban el mundo. Pero más que las cosas, era el gesto: el amor con el que lo daban.
Por eso los recuerdo con tanto cariño. Mi abuelita aún vive, y mi abuelito sabe cuánto lo llevo en el corazón. Muchas de las frases que repito y que a veces parecen mías, en realidad son suyas. Muchas de las formas en que intento conducirme en la vida —hacer amigos, respetar a los demás, ser ético, rodearme de personas que quiero y admiro— vienen de él. Yo simplemente trato de seguir sus pasos.
-¿En qué momento sentiste que la lectura dejó de ser una influencia y se convirtió en vocación?
Tuve una gran influencia de mi tío Boni, otra de las personas sabias que marcaron mi vida. Era maestro y un gran orador. En la secundaria impartía cursos para enseñarnos a leer y a apreciar la lectura. En ese momento yo no me sentía completamente cercano a los libros, pero sí me fascinaba la manera en que él hablaba de ellos, la pasión y el asombro con los que los presentaba.
La primera vez que escuché hablar de Juan Rulfo fue gracias a él. También me acercó a Amado Nervo y a Sor Juana Inés de la Cruz. Sin embargo, mi primera gran cercanía personal con un libro llegó después, con Jorge Luis Borges, a quien considero mi maestro.
Conocí a Borges en la preparatoria, cuando un amigo me prestó un libro y me preguntó si quería leerlo. El primer cuento que leí no fue “El Aleph”, sino “La casa de Asterión”, el relato del Minotauro. Quedé profundamente impactado. Además, de niño mi mamá —que estudió Historia— me contaba muchos mitos griegos, así que al leer a Borges sentí que esas historias se mezclaban con su universo literario. A los 16 o 17 años, leer a Borges te sacude. Muchos de sus cuentos no los entendía entonces, e incluso hoy algunos siguen siendo complejos, pero su cosmovisión es extraordinaria, asombrosa.
Aunque conocí a Juan Rulfo antes que a Borges, literariamente considero que mi primer gran maestro fue Borges. Después tuve la dicha de leer Pedro Páramo, que para mí es la mejor novela que existe. Es el libro que más veces he leído en mi vida. No sé cuántas veces lo he vuelto a comprar y releer, pero cada vez que aparece en mis manos, regreso a él.
Pedro Páramo representa para mí la manera en que me gustaría escribir. La prosa de Juan Rulfo es una maravilla. Adoro a Borges, pero reconozco que es más complejo, más laberíntico; no siempre se comprende en una primera lectura. En cambio, cuando lees a Rulfo, encuentras una aparente sencillez: narrativas simples en su forma, pero profundamente bellas y poderosas.
Quizá algunos de los cuentos que he publicado les recuerden un poco a Rulfo. No es que me compare con él —es infinitamente superior—, pero siempre lo he considerado un gran maestro y una guía en mi manera de entender la literatura.
-¿Cómo se construye una identidad literaria cuando se admira tanto a un autor que parece marcar el tono y la atmósfera de lo que uno escribe?
La influencia de Rulfo en mí es indudable. Lo adoro y lo respeto profundamente; para mí es un maestro. He leído a muchos autores —a Borges, a Sor Juana, a Whitman, tantos otros— y reconozco que de todos hay huellas, pero Rulfo ocupa un lugar central. Incluso dentro del realismo mágico, junto a Gabriel García Márquez y, sobre todo, Elena Garro —mi gran referente por Los recuerdos del porvenir—, su presencia es definitiva.
Más que enseñarme a escribir, Rulfo me enseñó a amar la tierra que se narra. Él escribe desde el arraigo, desde el amor por su gente, y eso intento hacer yo cuando hablo de mi abuelo, de las costumbres y tradiciones de San Pablo. Me reconozco en esa narrativa cercana, cotidiana, humana.
Manitas Pintadas, que gracias a ti pude publicar, aborda ese tránsito entre la vida y la muerte, un territorio que Rulfo volvió palpable en Pedro Páramo. A veces intento no parecerme, pero inevitablemente regreso a él. Como dice la canción, tropiezo de nuevo con la misma piedra. Y, la verdad, no me molesta: Juan Rulfo es, sin duda, mi maestro en la literatura.

–¿Cómo llegaste a la política? ¿Cuál fue tu primer acercamiento al ámbito político?
Hice mi servicio social en el Senado de la República cuando estudiaba la carrera de Derecho. En realidad, yo no tenía planeado hacerlo ahí. Solo mi amiga Fabi sabe esta historia —aunque ahora la estoy balconeando—. A ella le harían una entrevista para entrar al servicio social y me pidió que la acompañara. Yo andaba bastante desorientado en esa etapa de mi vida, así que simplemente acepté llevarla.
El Senado de la República todavía estaba en el Centro, en la calle Donceles. Cuando llegó el momento, Fabi pasó a su entrevista y yo me quedé esperando, sin saber muy bien qué hacía ahí. A los pocos minutos salió nerviosa y, de pronto, el senador Alejandro Gonzalo Yáñez, del PT, me llamó a mí. Me sorprendí: yo no iba a entrevistarme. Aun así, pasé. Me preguntó qué me gustaba, si me interesaba la política. No duró ni cinco minutos.
Al día siguiente, Fabi esperaba la llamada que nunca llegó. En cambio, a mí me marcaron para ofrecerme el lugar en el Senado. El profe Anaya confió en mi perfil y comencé a colaborar con doña Rosario Ibarra, gran referente en la lucha de izquierda. Ajusté mis horarios en la universidad para dedicarme de lleno: entraba a las siete de la mañana, salía a las nueve, regresaba por la tarde. Eran jornadas pesadas, pero descubrí que la política me apasionaba.
Creo, como Aristóteles, que la política es un instrumento de cambio. Permite transformar la comunidad. Empecé sacando copias y hoy soy coordinador en temas legislativos, administrativos y políticos. Nunca lo planeé, pero el destino me puso ahí. Y lo agradezco infinitamente.
En 2024 contendí por el Distrito 7 de la Ciudad de México, que abarca parte de Tláhuac y Milpa Alta, gracias al respaldo de la senadora Geovanna Bañuelos y del Profe. Anaya que confiaron en mí. Fui el candidato más votado de mi partido en la capital, lo que me permitió alcanzar una diputación. Sin embargo, tras impugnaciones, el resultado se revirtió en tribunales. Aunque legalmente ganamos, la resolución no nos favoreció. Aun así, creo en el derecho y la justicia. Confiamos en que habrá otra oportunidad. El resto, como al inicio, se lo dejamos al destino.
¿Cómo conviven la literatura y la política en tu vida?
En mi vida conviven la literatura, la política, el derecho, la naturaleza y la docencia. Soy profesor universitario en Máxima Casa de Estudios. A nivel licenciatura y posgrado. Son dimensiones distintas, pero todas forman parte de lo que soy. La política es absorbente, te envuelve por completo y te apasiona, pero en el poco tiempo libre que tengo siempre busco un espacio para escribir. Para mí, escribir es como comer: no puedo prescindir de ello. Es parte de mi naturaleza. Incluso he comenzado a acercarme a la poesía, porque me atrae profundamente.
Hay etapas en las que no escribo nada y otras en las que, en cinco o seis horas, puede surgir un cuento completo, como ocurrió con algunos textos de El bosque de las sombras. Hay historias que nacen de un impulso y otras que requieren paciencia. Probablemente mi mayor pasión sea escribir. Es mi forma de procesar el dolor, el duelo y la tristeza. Como lo hicieron Piedad Bonnett y Cristina Rivera Garza, escribir también puede ser una manera de sanar el alma.
Disfruto mucho el diálogo. Hace poco participamos en una charla sobre Rosario Castellanos y yo quería seguir hablando incluso cuando me retiraban el micrófono. Eso se lo debo a la docencia. Llevo casi diez años dando clases y he aprendido a comunicarme con mayor claridad y sencillez, sin perder profundidad.
La universidad me ha dado formación académica, pero también humildad: en el aula siempre hay alguien que sabe algo que tú no. Mientras enseño, también aprendo. Y, finalmente, me gusta plantar árboles. En temporada de lluvias me dedico a ello. Cuidar la naturaleza es otra forma de coherencia con mi escritura, que nace de esa relación íntima e interdependiente con los seres vivos. Y leo, siempre leo. Eso me hace feliz.

