Caricaturas, números artísticos, niños recitando poemas, cantando o bailando eran el alimento para el alma de los peques juarenses en una época marcada por las crisis económicas. En aquellos años, el entretenimiento llegaba a través de unos cuantos canales abiertos con pocas horas de programación y la ilusión de que, al regresar de la escuela, algo bueno nos esperaba frente a la pantalla. Y muchas veces ese “algo” tenía una máscara, una nariz roja y un nombre que todavía permanece en la memoria de quienes fuimos niños en aquellos años, Niko Liko.
Para nosotros era parte de la tarde, de la casa, de la rutina. Después de la escuela, entre la comida, las tareas y los juegos que todavía quedaban pendientes, ahí estaba él, en el Canal 5, acompañado de caricaturas, concursos, canciones, bailes y todos los que llegaban al estudio con la ilusión de convertirse, aunque fuera por unos minutos, en artistas de televisión. En una ciudad acostumbrada a sortear dificultades, aquellas tardes tenían un encanto especial. Una caricatura, un concurso, un pastel o la posibilidad de enviar un saludo por televisión podían convertir una tarde cualquiera en algo extraordinario.
Niko Liko era, en realidad, Antonio Gaytán Muruato. Llegó muy joven a XEJ Radio y Televisión y aprendió el oficio desde abajo. Fue operador de audio y video, camarógrafo, editor y productor, hasta que Pedro Meneses Hoyos, fundador del canal, le dio la oportunidad de conducir un programa en vivo. Aquellos primeros años de televisión se hacían con poco personal y menos presupuesto, así que había que resolver con lo que se tenía. Antonio echaba mano hasta de los de intendencia, les enseñaba a “moquearle” a la cámara y los ponía a trabajar. El resultado eran tomas que se salían de cuadro a cada rato, se movían de un lado a otro y, en ocasiones, quedaban completamente desenfocadas. Eso era parte del día a día. Así se hacía televisión en aquellos años, con ingenio, pocos recursos y muchas ganas.
Para convertirse en Niko Liko, Antonio tomó lo que encontró, una peluca, un bombín, un saco rojo, un moño dorado y aquella máscara que terminaría convirtiéndose en una de las señas particulares del personaje. Apareció con una careta parecida a la de un luchador y una nariz roja en medio del rostro. Era una combinación extraña, pero funcionaba. Tanto que terminó siendo imposible confundirlo con cualquier otro.
El programa estuvo al aire de 1973 a 1992. Durante casi dos décadas, aquella figura se convirtió en una de las imágenes más reconocibles de la televisión infantil de Juárez. Entre las caricaturas que para nosotros eran casi de culto estaban La Hormiga Atómica, El Inspector Ardilla, El Pulpo Manotas, El Lindo Pulgoso y Bird Man, entre tantos otros personajes que aparecían en pantalla. El programa también tenía chamacos que llegaban al estudio a cantar, bailar o recitar poemas. Había concursos, llamadas telefónicas, saludos y peticiones para que transmitieran alguna caricatura en especial. Como premio, estaban los pasteles del Nuevo Pedernal y La Chiquita, que para un niño eran el mejor trofeo.
Y había algo más, una especie de guion no escrito que todos parecíamos conocer. Aquel que tenía la fortuna de estar frente a las cámaras sabía perfectamente lo que tenía que decir. Y si alguien llamaba por teléfono al programa, tarde o temprano aparecía la misma fórmula, “Un saludo a mi papá, a mi mamá, a mis hermanos y a todos los que me están viendo por televisión”. Era la manera de anunciarle a toda la ciudad que ahí estaba uno, aunque fuera por unos segundos. Para un niño de aquella época, cuando todavía conservábamos casi intacta la capacidad de asombro, aquello era lo máximo. Bastaba con que él dijera tu nombre, mandar un saludo o saber que, durante unos segundos, formabas parte de aquel mundo tan sencillo y fabuloso.
Claro que también estaban los escuincles bromistas. Nunca faltaba el que llamaba al programa y aprovechaba que todo era en vivo para soltar alguna barbaridad.
—¡Niko Liko, chinga tu madre!
Y ahí el payasito tenía que salir al paso como pudiera y respondía con una paciencia que hoy sería difícil imaginar.
—Ah, qué chamacos bromistas. ¡Chispitas, chispitas, para todos los niños traviesos!
Y seguía con el programa, como si nada. También era parte de la magia. La televisión podía equivocarse, recibir una llamada inesperada o salirse por un momento del libreto. Aquella espontaneidad tenía su encanto, porque nunca sabías qué podía pasar y, por un instante, hasta una mentada era posible.
Antonio también llevaba su talento fuera del estudio. Tenía su famosa Caravana Artística, formada por chamacos que aparecían regularmente en el programa. Ahí había de todo, uno cantaba una canción de Los Yonic’s, otro recitaba El caracol, unos bailaban al ritmo de Menudo y otros se aventaban con una ranchera. La caravana también salía de Juárez y recorría lugares cercanos como Puerto Palomas, Ascensión y Praxedis G. Guerrero. Era como llevar de viaje aquel pequeño mundo. Para muchos de esos niños y jóvenes, la experiencia significaba una oportunidad de salir de su rutina, conocer otros lugares y sentirse artistas, aunque fuera por un día.
Y si algo caracterizaba a Niko Liko era precisamente eso, parecía tener lugar para todos. Hasta para los luchadores. Antonio Gaytán llegó incluso a subirse al ring para medirse con uno de sus acérrimos rivales, un personaje llegado de Torreón que se hacía llamar El Tunero. La función tuvo como escenario el Gimnasio Allende. Resulta difícil imaginar hoy a un conductor de televisión infantil brincando de la pantalla al cuadrilátero para enfrentarse a un rival en una función de lucha libre. En aquellas épocas de la televisión juarense todo parecía posible. El payasito podía tener a los chamacos cantando y bailando frente a las cámaras y, llegado el momento, plantarse frente a El Tunero para ajustar cuentas arriba del ring.
Muchos años después, el luchador juarense Pagano rindió homenaje a Niko Liko al aparecer en una función con máscara, sombrero y atuendo alusivos al personaje, para alegría del público. Aquel payasito que durante tantos años entró a nuestras casas a través de la televisión volvía, de alguna manera, a meterse en el ring.
Tal vez por eso, cuando pienso en aquellas tardes después de la escuela, todavía puedo imaginar la televisión en blanco y negro, las caricaturas y, en medio de todo aquello, a un hombre con peluca, bombín, saco rojo, moño dorado, máscara y nariz roja.
El programa salió del aire en 1992. Antonio Gaytán murió en 2021, a los 81 años. Su personaje permanece en la memoria de varias generaciones de juarenses. A veces basta con recordarlo para volver a sentir que sigue ahí.

