I.- “La genealogía es gris; es meticulosa y pacientemente documentalista. Trabaja sobre sendas embrolladas, garabateadas, muchas veces reescritas…” Todo aquel que haya optado por caminar los territorios de la genealogía sabe que no hay líneas rectas, mapas que tracen trayectos predeterminados o lugares a los que se llega de manera definitiva.
II.- Los genealogistas se pierden en los caminos sinuosos y embrollados que surgen del trabajo archivístico. Ese objeto llamado “archivo” que crece hacia abajo, no tiene una forma arbórea. Si acaso, pudiera tener la forma del rizoma avistado por Deleuze. No hay estructuras predeterminadas, ni caminos trazados de antemano. Está el territorio selvático de la historia que no ha sido urbanizado, ni sometido a arquitectura alguna. Está el pensamiento que se despliega al margen de lo convencional.
III.- Los transcursos de la genealogía se transitan de forma accidentada, caminando a tientas sobre los territorios oscurecidos de la historia, donde suele esconderse lo no visto, lo no pensado, lo no historizado. El trabajo del genealogista es una de las varias formas de escribir la historia a contrapelo, nadar a contracorriente del establishment que se ha construido en nuestras maneras de pensar y escribir la historia.
IV.- Hacer genealogía es escarbar sobre una pila de documentos que se acumulan uno sobre otro. El pensamiento es una forma de escarbar, no para descubrir, sino para seguir escarbando hacia ese abajo de la historia donde hierven las preguntas. El genealogista deja a la vista capas y capas de acontecimientos donde el saber y/o el poder cuadriculan la vida humana. Lo que va apareciendo al escarbar surge de forma imprevista y azarosa, más allá de la historia que está hecha de estatuas de bronce, nombres que se colocan a las grandes avenidas y representaciones que santifican a la patria.
V.- Los historiadores decimonónicos hacen su trabajo a la manera de un anticuario que clasifica y colecciona objetos que son convertidos en reliquias y colocados en vitrinas que tienen la forma de un altar. El trabajo del genealogista que escarba en los lugares donde el saber y/o el poder son usados para gobernar y someter, es un sacrilegio que echa abajo el aura de divinidad colocada encima de los objetos de la historia.
VI.- Nietzsche refiere que hay que hacer filosofía a martillazos. Foucault subraya que hay que hacer historia y filosofía a golpes de zapapico, des-enterrando lo que ha sido en-cubierto por la historiografía decimonónica.
VII.- La genealogía des-entierra los objetos históricos impregnados de saber y poder, mientras los cuestiona a profundidad. En sus maneras de abrir boquetes en el suelo, las preguntas deben ser filosas e incisivas. Se trata de re-pensar la historia, de re-clasificar un cúmulo de objetos, de re-configurarlos y re-nombrarlos para quitarles de encima esa capa de polvo que los en-cubre y los vuelve presas de la fascinación y la inocencia.
VIII.- La historia no es una arquitectura, no es un edificio que se levanta hacia arriba. La genealogía ha dejado en claro que el trabajo de la historia es un acto escarbar y des-enterrar, una forma de hacer boquetes en el suelo para dejar a la vista los vacíos, las inconsistencias y las contradicciones, que se muestran como luchas por el saber y desembocan en luchas por el poder.
IX.- Tendido sobre el suelo de la historia, el genealogista no deja de escarbar sobre la pila de documentos que crece hacia abajo, hacia las profundidades donde la historia está plagada de escondites.
X.- El genealogista es un cartógrafo de los boquetes de la historia, que prescinde de las cavernas de Platón y se aproxima a los agujeros fragmentarios avistados por el pensamiento aforístico de Heráclito. Lo que el genealogista encuentra, son pedazos de la historia, las piezas de un rompecabezas que no forman parte de totalidad alguna.

