I.- En este artículo se responde a una sola pregunta: ¿De qué maneras Carlos Montemayor permaneció con los pies sobre la tierra, sin distanciarse de las condiciones de vida que lo instalan en una historicidad concreta, sin dejar a un lado las causas sociales y políticas que son parte de un agravio que prosigue? Quizá esta pregunta pudiera resultar innecesaria. Basta asomarse a los contenidos de la obra de Carlos Montemayor en su conjunto para responder la pregunta planteada.
Cuando la ética tiene lugar, cuando se manifiesta de forma viva, esto acontece de manera contundente, como un relámpago que se detiene en una pequeña eternidad, que se aquieta durante algunos segundos, que nos permite ver la tierra y el cielo al mismo tiempo en la juntura de un horizonte. Cuando lo justo y lo verdadero aparecen a la manera de un relámpago, como en el caso de la obra de Carlos Montemayor, los ojos y el pensamiento quedan colmados de luz y claridad de un solo golpe. Esto acontece al asomarse a la obra de Carlos Montemayor en su conjunto.
Lo que atraviesa la producción de la obra de este autor es una ética, una militancia ética que se manifiesta como militancia ideológica y política. Esto es lo que jamás podrá extraerse o sustraerse de la obra de Carlos Montemayor. Generalmente, las operaciones interpretativas que realizan los críticos literarios y los investigadores de las facultades de letras, proceden a través de operaciones de extracción y sustracción. Determinadas formas, determinados contenidos de la obra, son sometidos a procesos analíticos en los cuales son sacados y distanciados del total de la producción textual del autor y del contexto en el que tuvo lugar la producción de la obra. Una obra literaria es una maquinaria discursiva que al analizarse suele desarmarse, que puede ser entendida a partir de dos posibilidades interpretativas: A) privilegiando la importancia de alguna de sus partes por sobre otras, B) procurando una cierta totalización que pueda arrojar una iluminación lo más amplia posible de la obra en su conjunto.
Aquí se afirma, que al leer la obra de Carlos Montemayor la interpretación que resulta más certera es la que considera la militancia ética del autor, una militancia que se manifiesta ideológica y políticamente. Esta afirmación resulta problemática y puede debatirse a partir de las tesis que se derivan de los aportes de la hermenéutica a lo largo del siglo XX. Diversos autores (Gadamer, Ricoeur, Vatimmo, etc.) afirman que las obras literarias pueden ser leídas e interpretadas desde muy diversas perspectivas, a partir de la condición multifacética e inestable del discurso literario. Pero, en el caso de la obra de Carlos Montemayor, cuyo contenido ético-ideológico-político se manifiesta de manera ostensiva, ¿hasta qué grado una interpretación que no considere este factor determinante puede resultar certera?
II.- En una ponencia que presenté en las Jornadas Culturales Carlos Montemayor, en junio de 2012, en Parral, Chihuahua, hablé de las “formas de capitular la ausencia de Carlos Montemayor”. En su momento no clarifiqué suficientemente este concepto. En términos militares, “capitular” significa “rendirse o entregar una plaza al enemigo”. Quiere decir también “abandonar una discusión o pugna por cansancio o por la fuerza de los argumentos contrarios”. Un tercer significado tiene que ver con un “pacto o acuerdo entre dos o más personas”.
El concepto referido en torno a la figura de Montemayor, critica las formas mediante las cuales nos hemos ido apropiando del nombre y la obra de Carlos Montemayor en Chihuahua. Posterior a la muerte del parralense, hay un amansamiento del intelectual de izquierda y de su obra, una apropiación dulcificada de la voz áspera y aguijoneante del pensador y activista político que a lo largo de muchos años criticó e hizo reclamos a las instituciones políticas y sociales de nuestro país.
El primer indicio que puede percibirse, es la captura del nombre a través de las instituciones gubernamentales y educativas. En junio de 2010, la Universidad Autónoma de Ciudad Juárez (UACJ) asignó el nombre de “Carlos Montemayor” a su biblioteca central. En junio de 2012, habitaciones del segundo piso de la Quinta Gameros, administrada por la Universidad Autónoma de Chihuahua (UACH), fueron nombradas “Sala Carlos Montemayor”. En agosto de 2012, el gobierno del estado de Chihuahua, inauguró el Centro Cultural Bicentenario “Carlos Montemayor”.
El nombre de “Carlos Montemayor” colocado en edificios culturales o bibliotecarios, se fija y aquieta entre las paredes y el techo, entre el metal y el vidrio, entre los muebles y los pasadizos arquitectónicos de un proyecto gubernamental o educativo. El develamiento de las placas de bronce que inauguran a estos edificios con el nombre de Carlos Montemayor, es el oscurecimiento del perfil crítico y contestatario del escritor y activista político. Las placas de bronce colocadas en estos edificios en nombre de Carlos Montemayor, llevan su figura a la historia de bronce, que dulcifica y mitifica a los intelectuales.
El nombre de Carlos Montemayor, su intelectualidad crítica, su activismo político de izquierda, no radican en el cemento que constituye la arquitectura de un centro cultural o una biblioteca que lleva su nombre. No está en esas paredes y techos que encuadran y delimitan al saber depositado en la cultura y los libros. No está en el metal de una placa que nombra un edificio. No está en el bronce de una estatua que decora una plaza. Su nombre posee otra condición pétrea que puede leerse en el cierre del poema “Elegía de Tlatelolco (1968)”:
Todo quedó en esta plaza
tantas piedras lastimando el aire
tanta piedra que oyó el múltiple estertor
de muchachos y quedó en su raíz
la amargura y la dulzura de este silencio
(la luz precipitada en el cielo me descubre
y el afecto del día llega al dolor a través de la mirada
imposible olvidar
imposible quedarse muerto)…

