Fadir Delgado Acosta es escritora y gestora cultural colombiana, con maestría en Creación Literaria. En 2023 recibió el Premio Nacional de Poesía de Colombia, otorgado por el Ministerio de Cultura, convirtiéndose en la primera mujer del Caribe colombiano en obtener este reconocimiento. En 2026, fue galardonada con el Premio Internacional de Poesía Tennessee Williams, que se otorga en Dallas, Estados Unidos.
Ha recibido otros premios y reconocimientos a lo largo de su carrera literaria. Entre ellos, fue finalista del Premio Internacional de Poesía Gilberto Owen de México, 2025; del Premio Internacional de Poesía Fundación Loewe de España, 2022; del Premio Juan Ramón Jiménez de Coral Gables, Estados Unidos, 2022, y del Premio Internacional de Poesía Jovellanos de España, 2020, entre otros.
Recibió el Premio de Poesía de la Universidad Nacional de Costa Rica, 2020; el Premio Distrital de Poesía de Barranquilla, 2017; el Premio Distrital de Cuento de Barranquilla, 2018, y el Premio de Poesía del Concurso Internacional de Literatura de la Universidad de Buenaventura, Colombia, 2014. Obtuvo una mención especial del Premio Internacional de Poesía de Puerto Rico, 2020, y la primera mención del Premio Tomás Vargas Osorio de Colombia, 2020.
Fue ganadora de la Beca de Circulación Internacional para las Artes en 2018 y 2024, otorgada por el Ministerio de las Culturas de Colombia. También obtuvo una residencia artística en Montreal, concedida por el Ministerio de Cultura de Colombia y el Consejo de Artes y Letras de Quebec, en el área de literatura, en 2013.
Recientemente fue seleccionada como escritora del año en el Caribe colombiano por el programa Leer el Caribe del Banco de la República.
La autora encontró en la escritura una manera de enfrentar las dificultades del lenguaje que padeció desde niña. Para ella, la poesía exige rigor, conocimiento y conciencia creativa. Desde la Fundación Casa de Hierro promueve experiencias culturales en espacios públicos y defiende la autonomía del arte frente a las exigencias del mercado.
Considera que escribir constituye un acto político y que la literatura permite explorar la violencia contra las mujeres desde su interior. También cuestiona la inmediatez que dificulta la lectura. Actualmente trabaja en tres proyectos literarios sobre la infancia, lo femenino y la vida cotidiana.
—¿Cómo empezaste a escribir y cómo supiste que querías ser o que eras poeta?
Yo me enfrenté desde niña a la imposibilidad de nombrar, imposibilidad que siempre está presente en el proceso creativo de la poesía.
Y digo esto porque tuve serios problemas de lenguaje. Hablé hasta los cinco años y no comencé a hacerlo como se esperaba, pues tuve problemas de tartamudez. No podía nombrar las palabras; como siempre digo, estas salían decapitadas, por partes. Era frustrante esta situación.
Comencé a escribir para lograr que las palabras no se me escaparan; sentía que podía meterlas como pájaros en una hoja, sentía que esta era una jaula. Así lo entendí al principio, pero luego comprendí que la poesía no tiene nada que ver con aprisionar, con someter; al contrario, la poesía libera los vocablos de sus significados, los hace libres, territorios abiertos.
Yo creo también que el ejercicio de la escritura implica un tipo de tartamudeo, pues quien escribe tartamudea en el papel, ya que debe ganarse las palabras en un terreno de lucha.
Siempre he dicho que la palabra se resiste, como si no quisiera ser nombrada o como si le molestara la manera en que intentamos darle otra respiración: dudamos en el papel, tachamos, reescribimos. Concertamos. Entramos en un proceso de paz con los vocablos. Cedemos como escritores y sentimos que las palabras también ceden.
Viéndolo así, entonces, puedo decir que me enfrenté a esa lucha con el lenguaje desde niña. Comencé a ser escritora desde los cinco años sin saberlo. Me tocó concertar con las palabras, entenderlas y escucharlas para poder nombrarlas. Los poetas comienzan a tartamudear cuando escriben; yo lo hice desde la infancia, antes de llegar a la escritura.
—¿Se puede enseñar a escribir poesía?
Hay algo muy curioso en esto. La gente ve con normalidad que haya lugares especializados para estudiar pintura o música, pero siempre se cuestionan los espacios de aprendizaje para la escritura poética o creativa en general.
Creo que eso tiene que ver con que se cree que, con saber escribir, ya se puede escribir un libro, mientras que, para la música, por ejemplo, se puede tener el talento, pero se entiende que se necesitan unos conocimientos técnicos para afinar ese talento.
La pregunta es: ¿por qué no se piensa lo mismo del ejercicio poético? ¿Por qué algunas personas creen que con solo saber escribir —cosa que se aprende desde la niñez— ya se puede crear una obra literaria?
Yo creo que se pueden enseñar técnicas literarias para afinar un texto poético, pues la poesía no nace solo de la conmoción; como siempre digo, conmoverse no es talento. Ya lo dijo Jorge Enrique Adoum: «La poesía no está hecha de la espontaneidad del sentimiento sino del rigor de la palabra». ¿Y cómo llegamos a ese rigor? Bueno, teniendo conciencia de la escritura, de las técnicas creativas que implica, reconociendo —también desde la idea de Adoum— que la poesía no es un desahogo sentimental ni un flujo de emociones, sino un acto de conocimiento crítico.
Es decir, lo que se puede enseñar son técnicas y se puede generar un espacio de aprendizaje que permita pasar del primer estado de la emoción al estado de la conciencia creativa.
—¿Qué hace la Fundación Casa de Hierro y cómo se sostiene?
La Fundación Casa de Hierro nació hace 23 años en Barranquilla, Colombia, y busca dignificar el trabajo del artista. Realizamos experiencias culturales que permiten vivir la ciudad y los espacios públicos desde otras sensibilidades.
Trabajamos con la poesía y con el arte en general en diferentes espacios, tanto convencionales como no convencionales.
Hemos concretado un proceso cultural relevante para Barranquilla y el Caribe; por ejemplo, hemos logrado mantener, sin interrupción desde hace 20 años, un espacio de poesía permanente.
También hemos logrado concebir el barrio como un escenario capaz de producir experiencias culturales alternativas: convertirlo en un teatro, en un escenario sensible donde es posible encontrarse con el arte. Lo hemos convertido en galería, en auditorio, en escuela —pues hemos hecho talleres al aire libre—, en cine… En fin, hemos dinamizado el espacio público desde otras posibilidades estéticas.
La manera en que nos sostenemos tiene mucho que ver con el trabajo de gestión que realizamos. No es fácil conseguir recursos para espacios culturales. Nosotros postulamos a convocatorias públicas, pero muchas veces no conseguimos esos estímulos. Entonces toca recurrir al recurso humano como tal, donando nuestro propio trabajo. No debería ser así, pero la labor cultural implica muchas veces ciertos retos de autogestión o la creación de redes de artistas para poder concretar los proyectos.
—Si tuvieras la oportunidad, ¿qué le pedirías al Ministerio de Cultura?
Los espacios de promoción artística no se pueden someter a la lógica del mercado, la cual prioriza la oferta, la demanda y la estandarización.
El arte precisamente incomoda al mercado. Tiene que circular desde su propia lógica. Por ello, es triste ver cómo se quiere imponer esta idea desde las instituciones culturales.
En este caso, yo le pediría al Ministerio que entienda esto: que el arte no se puede someter al criterio del mercado, pues este todo lo observa desde la rentabilidad, y la rentabilidad del arte tiene muchas aristas que no se pueden medir de manera mecánica. Pues ¿cómo se miden las emociones, la sensibilidad, el disfrute estético, la conciencia que puede tener una comunidad gracias al arte mismo? El arte plantea una rentabilidad que no tiene nada que ver con el dinero, sino con lo humano en sí.
Bueno, lo anterior lo digo asumiendo que aún tendremos Ministerio en mi país, pues dolorosamente el actual gobierno ha suspendido programas importantes que hacían parte de las políticas culturales del Estado, y el destino de estos es incierto. A esto se suma el poco presupuesto que se le ha asignado, lo cual amenaza la existencia del Ministerio, pues hay una política de asfixia hacia este.
—¿Qué papel tiene la literatura frente a la violencia contra las mujeres?
Que visibiliza los entornos de violencia que viven las mujeres, pero no desde las cifras o la interpretación mediática, sino desde adentro. La escritura creativa hurga en lo que no se puede ver, visibiliza lo que no se cuenta, es decir, el interior, lo cual nos hace mirar con otros ojos, nos hace enfrentar la violencia desde las profundidades más insospechadas del lenguaje. La mujer en la literatura deja de ser una cifra y encarna su propio universo.
—¿Debe un escritor opinar sobre política en público?
Escribir ya es un acto político. La escritura se rebela frente a la realidad, la confronta. Le dice que no es lo único que existe, que debajo de ella hay otras realidades que tienen que verse y respirarse. Entonces, quien escribe ya opina sobre lo político. Es inevitable. Eso sí, desde la escritura no se repite el discurso: este se rompe, se deshace y se vuelve algo más. Como siempre afirmo, este acto político como literatura explora un lenguaje libre de las interpretaciones impuestas; un lenguaje que no se le arrodilla a la realidad, que no le pone velas ni le reza, sino que la señala, la reta, la hace sentir incómoda. Le revela que lo político está en lo más mínimo, en el espíritu sensible de los objetos, como diría Bachelard.
—¿A qué poetas, escritoras y escritores recomiendas?
Siempre he dicho que leamos a partir de las búsquedas estéticas que tengamos. Yo no leo por azar: voy trazando un mapa de lecturas de acuerdo con lo que intento hallar como escritora. Por ello, les recomiendo primero esto antes de seleccionar cualquier autor. Podría mencionar que busquen a Warsan Shire, Héctor Rojas Herazo, Marguerite Duras, Gaston Bachelard… Hay muchos; estos son los que yo he encontrado desde lo que me interesa como escritora.
—¿Por qué se lee poco en América Latina?
Estamos en un tiempo donde impera la dictadura de la inmediatez, donde la gente no se detiene. Decía Robert Frost que la gente no se detiene porque tiene miedo a comprometerse. Teniendo en cuenta eso, podría decir que leer es, entonces, un acto de pausa, y cuando lo hacemos, de alguna manera nos estamos comprometiendo. A la gente no le interesa eso hoy. Leer puede asustar a muchos.
—¿En qué estás trabajando ahora?
Vine a México a participar en el Encuentro Internacional de Poetas de Zamora, que organiza Roberto Reséndiz, y en el Encuentro de Poetas que lidera Carmen Nozal. Allí estuve participando en la lectura de Querétaro. También participé en una lectura en Ciudad de México, que une el espacio literario que se realiza en Bolero Café, que coordina Javier Moro. He estado compartiendo mi obra literaria en estos espacios y antes estuve en una gira por las ocho ciudades del Caribe colombiano como poeta seleccionada en el programa Leer el Caribe. Esto me ha permitido tener una retroalimentación de mi trabajo que ha sido vital para seguir con los proyectos de escritura en los que ando: tengo tres propuestas de libros en las que estoy avanzando. Continúo explorando la infancia, lo femenino y lo cotidiano.
Entre sus obras destacan La Casa de Hierro, El último gesto del pez, posteriormente traducido al francés y publicado en París por la editorial Encre Vive; La temperatura exacta del miedo, Lo que diga está lleno de polvo, No es el agua que hierve, Sangre seca en el espejo, La tierra que se tragó el cuerpo, Cama de hospital vista desde abajo, Escritura del precipicio y Amenaza de aborto.


