Sidharta Ochoa nació en Tecate, Baja California, en 1984. Es escritora, editora y traductora. Fue becaria en la categoría Jóvenes Creadores del FONCA y del PECDA Baja California. Obtuvo la beca Brazilian Publishers en 2019, la de apoyo a la traducción del Ministerio de Cultura de Portugal y DGLAB (2019), así como la de Latvian Literature for Publishers en 2019 y 2020.
Recibió el Premio Nacional de Literatura “Magdalena Mondragón” en la categoría Ensayo (2019), la beca de Apoyo para Edición y Traducción Camões (2021) y la de KPIPA (Corea) en 2023.
Actualmente es editora en Abismos Editorial. Su último libro se titula La ilusión de la ligereza (Typotaller, 2025).
La autora reflexiona sobre los desafíos de la literatura mexicana, el centralismo cultural y la importancia de las editoriales independientes. Desde su experiencia al frente de Abismos Editorial, aborda el futuro del libro impreso, los riesgos del control digital y las políticas culturales.
También analiza el papel de la literatura norteña, sus posibilidades creativas y su capacidad para cuestionar los prejuicios del canon literario, además de compartir experiencias personales y proyectos editoriales.
—¿Cómo fue tu infancia en Tecate y cómo llegaste a la escritura?
Tuve una infancia típicamente fronteriza, muy cercana a mis abuelos maternos. Mi abuela compraba su mandado en Estados Unidos, sin falta, todos los fines de semana. Yo recortaba las fotos de las especiales de las tiendas y le pedía que me comprara algo. Mi mamá es profesora de inglés normalista; se formó en CDMX. Mis tíos abuelos fueron todos profesionistas, médicos e ingenieros, y dos de ellos estudiaron en Estados Unidos cuando eso era poco común. Mi abuelo se dedicó a trabajar para la familia; fue piscador en EUA junto con mi bisabuelo en los años 50, y eso le permitió tener ahorros y establecer sus tiendas. Se retiró joven, pero nunca quiso emigrar a Estados Unidos; a él le gustaba vivir en México, y a mis bisabuelos igual.
Ayer pensaba en eso en lo que casi nunca pienso: que fue deportado muchas veces y lo tomaba como parte del trabajo para poder hacerse de un capital.
—¿Qué te llevó a dar clases en el programa CUEX, Desarrollo y Gestión de Editoriales Independientes y Autogestivas, en la Universidad de Buenos Aires?
Ser editora. Tengo una editorial que se llama Abismos Editorial, ya de 14 años. Mi amigo, el editor argentino Ariel Sebastián Díaz, me invitó durante la pandemia a formar parte de este proyecto, junto con Griselda Marrapodi, en la UBA. Se trata de un proyecto que toma en consideración las problemáticas y barreras que enfrentan las editoriales independientes.
—¿Cómo fue el proceso? ¿Qué enseñaste y qué aprendiste?
Sigo en este programa con estudiantes argentinos. Actualmente está en marcha el diplomado. Me llama mucho la atención la visión argentina de la edición; diría yo que es menos mercantil que la mexicana. Hay mucha edición militante entre los editores independientes. Algunos publican poco y lo hacen de manera muy estratégica; los mexicanos tendemos a hacerlo en mayor volumen. Abundan los sellos que mueren al poco tiempo de ser creados, y tampoco los culpo.
Desde 2018 me he enfocado en proyectos de traducción en Abismos Editorial, y esto es lo que enseño en este programa: los programas de apoyo a la traducción en el extranjero. Además, en la plataforma de la editorial se imparten algunos diplomados en Edición: Textos y Proyectos Editoriales, en Corrección de Textos y en Derechos de Autor.
Desde ese año, en la editorial tradujimos la primera obra del idioma letón al español. Hugo Labravo ha traducido algunas obras complejas desde el francés, como La voz vertical, de Bruno Clément. Con el Laboratorio Traduxit editamos los libros Pasos apresurados, de Dacia Maraini, y Cuerpo, de Tiziano Scarpa.
Del portugués hicimos la traducción de varias obras de autores portugueses y brasileños, entre ellos Ricardo Adolfo, un autor angoleño que escribe en lengua portuguesa. Su novela se titula Después de que me muriera me pasaron muchas cosas, traducida por Brenda Ríos y Sonia Ferreira.
En Fráncfort conocí a la editora Paula Cajatay, que tiene dos editoriales, una en Portugal (Gato Bravo) y otra en Brasil (Jaguatírica). Conocerla fue clave para poder empezar en el camino de la traducción de obras. Colaboramos durante varios años y sus autores son parte de mi catálogo.
Editar autores fuera de México me abrió toda una perspectiva del mercado editorial y de otros mundos posibles. Creo que, sin estos autores y editores en esa época específica, no hubiera seguido editando, así que lo agradezco muchísimo.
—¿Por qué elegiste el tema y el título de Historia de las feminazis en América?
Es un libro de cuentos. Fíjate que quería crear un juego a partir de Literatura nazi en América, de Roberto Bolaño; todo salió mal. Actualmente reconsideraría el título, porque la idea central es registrar las acciones de un grupo secreto que intenta acabar con la idea tradicional de la feminidad.
Me parecía irónico en su momento; ahora me parece una bastante “mala idea”, pero creo que es el título mío que más comentarios ha tenido en redes. Hace un año, unos chicos jóvenes hicieron unos posts criticando el libro. No me desagradó; es un libro que se publicó hace ya diez años.
—Debió ser complicado. ¿Cómo lo manejaste en su momento? ¿Tuviste críticas a nivel personal?
Fíjate que no pensé en eso hasta muchos años después. Es decir, no pensé que posiblemente había sido una mala decisión poner un título así a uno de mis libros, sobre todo por la asociación inmediata. Primero dije: “Bueno, al menos comentan algo del libro”, pero se perdió, digamos, el centro de la idea.
Es un libro sobre la cárcel de los conceptos, la cárcel que al final es toda ideología. Eso es lo que me obsesiona como material de escritura: las ideas de supuesta liberación se convierten en cárceles para sus creyentes; la falta de matices y los claroscuros parecen desaparecer en ciertos sistemas de pensamiento. Pueden ser religiosos o políticos. Desde que empecé a escribir me gusta pensar a los personajes en estos términos.
—¿Qué opinas de la política cultural del gobierno actual?
Creo que es una política paradójica: se han abierto espacios para más autores y proyectos, al menos así lo veo en los resultados de las convocatorias, pero no sé si se ha logrado mayor calidad; sí, mayor inclusividad.
Se ha transformado la narrativa elitista de las artes. Hay programas que toman en consideración las pequeñas ciudades y las zonas subdesarrolladas.
Creo, sin embargo, que falta tomar en consideración a los editores en el diseño de ciertas políticas públicas, abrir el diálogo y nutrirlo. Así lo observo desde mi trinchera profesional, a título personal.
Es el caso de la Convocatoria para Editoriales Mexicanas 2026, ya que es muy complicado para un editor independiente cumplir con sus requisitos administrativos. Aunque sé de algunos que sí lo lograron, no es inclusiva en un sentido general.
Me decepcionó un poco que se recortara el programa Jóvenes Creadores, que considero un parteaguas, al menos en mi caso, en términos de aprendizaje de otros compañeros y de la naturaleza del medio editorial.
Algunos estudiantes de los diplomados que obtuvieron esta beca me comentaban que ya no se hacen los encuentros trimestrales en alguna ciudad mexicana para cada una de las disciplinas y que ahora las tutorías son virtuales.
Me parece una lástima. Era un gran programa. Ahora veo muchos tutores sin experiencia o con poca trayectoria en el medio.
—Entonces, ¿cómo visualizas el futuro de las editoriales y de los libros físicos en el mundo?
El libro no morirá; el libro impreso tampoco. Justo hace poco compré un libro digital en una cadena de librerías. Jamás pude leerlo porque Kobo no era compatible con la computadora. No hubo poder humano que me hiciera tener acceso al material, ni atención al cliente. Hasta me dio risa: lo compré porque sería más rápido.
Terminé comprándolo en el FCE, en versión impresa, y esta fue la forma más eficiente de lectura.
Por otro lado, está el peligro de la censura en Amazon, en su versión Kindle, con características que se presentan como una innovación tecnológica, pero que pueden convertirse en controles que solo la Iglesia católica tuvo con los monjes amanuenses: control digital y control directo de los contenidos y las ganancias del libro.
Por ejemplo, como editor puedes hacer cambios sobre la edición de un libro, corregir errores y hacer que estos se reflejen de forma inmediata en los dispositivos de los lectores que han comprado la obra. Puede parecer eficiente; sin embargo, también puedes cambiar contenidos profundos de forma unilateral y estos cambios se expresan en la versión que el usuario ya adquirió. El usuario no se percatará de esto. Me parece peligroso.
Creo que el aumento exagerado de los costos de la edición pudiera no ser tan catastrófico, ya que habrá menos libros circulando a largo plazo. Se produce mucha basura; ahora muchas personas con nulo conocimiento o cultura pretenden escribir y vender libros.
Ya sé que a muchos les causa rechazo Vargas Llosa, que era un novelista genial, aunque quizá sus ideas políticas eran debatibles, pero él decía que el libro tendría un público reducido y casi clandestino. Muchos libros buenos ya están en esta situación.
—¿Cómo ves el feminismo en México y en América Latina hoy?
Es un momento complejo. Por un lado, se han hecho grandes avances hacia una igualdad, al menos en términos discursivos y de conquista de espacios públicos, pero, de igual forma, ha aumentado la violencia feminicida.
Políticos que han cometido violencia de género siguen enquistados en el poder, y los movimientos conservadores amenazan derechos de forma siempre latente y de manera más reaccionaria que nunca, pues han perdido espacios. Hay que estar atentos a esos discursos, a esas acciones.
—Tatema y Tabú (Borrador Editores, 2011) fue tu primer libro y se editó en Lima. ¿Por qué se publicó primero en Perú?
Realmente no encontré interlocutores en México en ese momento. Es decir, lo envié a un par de editoriales independientes, que en ese tiempo eran pocas, y se trataba de editores de otra generación, con una concepción distinta de lo que debe ser la literatura. Algunos hasta fueron groseros, jaja.
Gracias a un amigo peruano tuve contacto con editores más cercanos a mi edad. En ese entonces creo que tenía 26 años. Me trataron de lo mejor, viajé a Lima y fue una gran experiencia ese primer libro. Algunos de mis editores aún siguen editando en otros sellos.
El libro en sí mismo fue un proyecto de juventud que tenía pretensiones serias.
—¿Cómo es un día ordinario en tu vida? ¿A qué hora te levantas? ¿Qué haces primero?
Paso casi todo el día trabajando, alternando con salidas mensuales a otras ciudades que me resetean la cabeza. Realmente, el trabajo editorial es absorbente; hay demasiadas cosas por hacer.
Empiezo el día alrededor de las 10 a. m., sacando a uno de mis perros afuera. Inmediatamente me tomo una taza de café y me pongo a contestar los mensajes y correos del día. Doy dos cursos que me encantan, y esa es una de mis partes favoritas del día.
—¿Qué papel tiene la frontera norte en la literatura mexicana?
Creo que la literatura norteña cuestionó los prejuicios que el centralismo literario tiende a perpetuar a su favor. Es decir, el centralismo siempre cae en la tentación de dictar las formas correctas o incorrectas de escribir.
Me recuerda un poco a la idea de Gayatri Spivak, cuando se pregunta: “¿Puede el subalterno hablar?”. El canon centralista determinó durante mucho tiempo quién tenía derecho a escribir y de qué manera, quiénes debían (y podían) hacerlo.
La literatura norteña dejó los buenos modales y los temas esencialmente “literarios” para hablar de otras cosas, entre ellas un asunto que ahora es central: el narcotráfico.
Le llamaban narcoliteratura cuando, en realidad, muchas de esas novelas (las que no sucumbieron a la idea meramente mercantil del tema) son novelas y son literatura pura y dura, que se escribe desde lo vivido y lo creado, no desde otros intereses extraliterarios.
Pienso en Hilario Peña como un referente de un autor del norte que solo quiere contar historias, que no se somete a las canonjías. También en la misma Tristana Landeros, que, aunque es de San Luis, pasó su vida entre EUA, Sonora, Monterrey y Veracruz, adoptando formas de escritura que no son propias de la dramaturgia mexicana clásica, no solo cambiando de brújula conceptual a nivel temático.
El mismo Vasconcelos era un poco norteño; cuando era niño cruzaba diariamente hacia Eagle Pass, Texas, desde Piedras Negras.
Pienso en autores del norte que tejen una obra lejos de las polémicas, con preocupaciones poéticas o formales, como Claudia Berrueto, de Coahuila, y Franco Félix, de Sonora, que tiene una obra brillante, el canijo.
En fin, el norte es muy amplio y vasto. Quizá esta pregunta sea un buen punto de partida para organizar una exploración de las voces de la literatura del norte.
—¿En qué proyecto estás trabajando actualmente?
Trabajo en una colección de la editorial que se llama Pensadores para Leer el Siglo XXI, que integra fundamentalmente a autores de filosofía, como Maurice Blanchot, María Zambrano y Bruno Clément. Algunos de ellos ya están en circulación en librerías y se alista una segunda parte con pensadores no occidentales.
En términos de escritura, tengo un libro de ensayos inédito sobre edición que me gustaría ampliar. Le he dado muchas vueltas; el primer ensayo de ese libro ganó un premio, pero se ha quedado en el cajón. Quizá ya lo concluya.
Me interesa terminar una novela; es mi objetivo terminarla. La he empezado varias veces en la última década. Ay, suena un montón decir: una década.
Libros publicados
Tatema y Tabú (Borrador Editorial, 2011), libro de cuentos.
Estética de la Emancipación (Herbert and Ash Books, 2012), obra experimental.
Historia de las feminazis en América (FONCA / Piedra de Cuervo, 2013), libro de narraciones y cuentos.
Radical Chick (Mantarraya Ediciones, 2015), libro de ensayos sobre literatura norteamericana y fronteriza.
La ilusión de la ligereza (Typotaller, 2025), libro de cuentos.

