Sepa usted, quien se atreva a hablar de Macondo, que el tiempo no transcurre en una línea recta; y que el tiempo y el espacio son dos categorías que sirven para explicar toda la realidad, dos coordenadas que se entrecruzan para decir un algo antes indefinido, inexistente, que se curva, se contrae y gira sobre sí mismo en una espiral infinita; tal como lo intuyó Úrsula Iguarán al notar que las generaciones repetían no sólo los nombres, sino también las tragedias y los temperamentos. Recuerdo hablar con mi padre cuando me contaba sus anécdotas, sus vivencias, hoy a sus ochenta y seis años se quedó atrapado en un bucle que se repite una y otra vez. El abuelo vive un presente perpetuo donde los muertos y el pasado conviven con el día a día; he dado cuenta que uno regresa de la muerte, como Melquiades, simplemente porque no se soporta la soledad.
Esta dinámica resuena con la teoría de la relatividad: el tiempo no es un absoluto universal, sino un continuo espacio-temporal deformable sujeto a la percepción y la gravedad de los acontecimientos. Los Buendía habitan un tiempo propio, denso y dilatado, dentro de una sola historia, dentro de una sola casa en esta repetición incesante, viniendo de un cuarto a otro donde se manifiesta la compulsión a repetir de lo que puede hablar (Freud). Siendo el personaje de nuestra propia historia atrapado en la originalidad como el espiral de hojas al viento —el incesto latente, el miedo a la cola de cerdo y el asesinato de Prudencio Aguilar—. Al no procesar su pasado en el consciente, se ven condenados a actuarlo una y otra vez: Aureliano Babilonia repite la pasión destructiva del primer José Arcadio, mientras las distintas remedios y amarantas heredan la misma incapacidad para amar, porque tienes el alma de quimera, porque sabes que me muero y tú me dejas que me muera.
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Imaginé lo especular en teorías rítmicas, en diacronías crudas, en una cerveza oscura, notas en mi menor, en re mayor, en mi historia incandescente, en el sentido común de la imaginación donde la palabra existe en proyección lingüística, en lo tangible para el inconsciente arbitrario, la acústica de la sincronía.
La imagen perpetua del Bosco, la integración del ritmo que tiene el jardín de las delicias, un perplejo deseo en la ambiciosa música de los cuatro de Liverpool, en el Sargento Pimienta, en la complejidad del Disco Blanco, en fuga, re menor, todo ritmo da una complejidad de libertad, una auténtica y clara ventana a ello, el tiempo transitorio evocado por San Agustín, los ruidos del tiempo corren hacia el olvido, como si uno fuera con la lengua descalza en caminos empedrados, consumiendo los parpados del cielo.
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Ford Falcon 1963
En la carretera E 90 comencé a reescribir mi vida después de semejante boicot transversal de efímeros retrasos amorosos, yo quería estar acá desde que era un grajo, desde que tuve una clase de literatura española e internacional, desde que tuve una novia que era madrileña, tomé el auto viejo de papá, un Ford Falcón 1963; él me lo había regalado ya hace muchos ayeres, aún tenía ese aroma a auto clásico, con revestimientos de piel, y un rojo carmín combinado con blanco. Hace años que vivo en España, no quiero regresar a mi hogar, encontré trabajo hace casi ocho años, y parece que no regresaré; llamo a mi madre cada cinco días, el trabajo no me deja comunicarme con ellos, me pregunta si he pasado a ver los lienzos que hay en Roma o en la iglesia de la Sagrada Familia en Barcelona, ya que ella recordaba la pintura de Miguel Cabrera que vio en el Museo Nacional de Arte, en la Ciudad de México. Comencé mi viaje en Lisboa, Montijo, para ser exactos, Évora venía de paso, hasta Caía, llegué a la frontera de Badajoz, capital provinciana. Descansé en el río Guadiana surcando la ciudad del oeste. Es una provincia llena de grandes palacios y monumentos, castillos medievales. Madrid quedaba de paso, ahí donde cursé mis estudios en línea, una maestría en Grafología y Psicología Criminalística, la bella Zaragoza, tierra natal de mi banda favorita de rock en español, nada menos que Los Héroes del Silencio; llegué a Barcelona, ya estaba muy cansado, me quedé un par de días ahí, mantuve la postura y al ver a los hinchas del balompié me pospuse a ver un juego de futbol en el Santiago Bernabéu. Resultó eufórico, fue enigmático, suerte que llevo la ruta para llegar al calcio italiano, tomé la Carretera A-5 A-2 y, por supuesto, B23; la red de carreteras del Estado de España, toda una travesía marítima España-Italia: mi destino: Mazara de Vallo Sicilia, uno de los principales puertos marítimos de Trapani, que tiene un gran interés gracias a sus monumentos y obras de arte como aquella estatua del Sátiro Danzante, el Arco Normando entre varias iglesias. Me costó llegar hasta aquí mas de cincuenta años de vida, atravesar el charco cuarenta; tengo una sola imagen de una vieja estructura de piedra en mi mente, parecida a un faro en el mar. Quiero recordar aquel momento de mi infancia donde estuve frente a aquella estructura y el mar.
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Hanz A. Rentería es psicólogo, con formación psicoanalítica, tecnologo y ensayista mexicano, su obra explora la relación entre ciencia, tecnología, subjetividad, la relatividad y la ciencia ficción, experiencia en la educación pública, combina el pensamiento científico y la reflexión literaria, participando activamente en proyectos culturales como también en espacios de difusión artística, radio web en jalisco.t

