Por Miguel Ángel Chávez Díaz De León
—Oiga, vecina, yo ya le he platicado media vida y usted no ha terminado de contarme lo del secuestro del padre de su exnovio Elijah.
—No coma ansias, vecino, ya le contaré a su debido tiempo… Mejor sígame contando en qué más ha trabajado… Me llama la atención que tuvo muchos trabajos y apenas tenía 20 años.
—Entiéndase que le hablo de los años 70 y 80 del siglo pasado; en aquellos tiempos, y aquí en la frontera, había muchas maneras de ganar dinero y no había supermercados ni tiendas de conveniencia, así que uno podía vender de todo… Además, las familias eran de muchos integrantes y no estaba mal visto que los niños trabajaran… Ahora los mocosos de hoy, muchos, son unos huevones, están muy sobreprotegidos, salen de las prepas y universidades muy mal preparados y solo quieren ser influencers o creadores de contenido.
—¿Me la está regando?
—No se enfade, vecina.
—Pero tenga en cuenta que las calles ya no son tan seguras.
—Tiene un poco de razón… Antes no había tanta violencia ni peligro en las calles… Me acuerdo que fui a muchos bailes de quinceañeras en salones o barrios y uno se regresaba a casa a altas horas de la noche sin que le pasara nada; hacer eso hoy se tornó peligroso.
—No me cambie de página… Salió de la uni hecho todo un comunicólogo, ¿y dónde más trabajó? ¿Ejerció?
—Aquí es donde la cosa se pone nebulosa. Me titulé a los 21 o 22 años; según yo, me puse a dar clases y trabajaba al mismo tiempo en una hamburguesería ubicada en la Mejía y avenida Juárez… Ahí vendíamos hamburguesas, burritos y comidas corridas y, aparte, teníamos casetas de larga distancia; este era el verdadero negocio.
—¿Casetas de larga distancia? ¿Qué era eso?
—Se me olvida que usted es una niña y además fifí… Antes había locales donde te cobraban por hablar de larga distancia y no eran nada baratas esas llamadas. Recuerde que le hablo de cuando no teníamos a la mano el internet ni los celulares… Esa fondita pertenecía a la familia de mi exesposa y me puse a trabajar de mesero, cocinero, cajero y también en las casetas haciendo llamadas… conectando a la raza.
—Como todo un comunicólogo, ¡ja, ja, ja!
—No se burle de mi flamante carrera… Por cierto, yo lo que quería estudiar era Antropología; me veía como un antropólogo descubriendo tesoros, ciudades perdidas y fósiles de dinosaurios.
—¿En serio?
—Se lo juro… Era mi sueño: ser escritor y antropólogo… Pero me tenía que ir a estudiar fuera y, pues, no se podía… Agarré Ciencias de la Comunicación y, pues, ni modo… De esos tiempos en que trabajé en la Juárez casi no me acuerdo por el derrame cerebral, tampoco de mi labor como maestro (profesor)… Se me borró mucho el disco duro, pero me han dicho mis alumnos que fui buen maestro.
—¿Y qué clases daba?
—Di clases a nivel preparatoria… en varias particulares y en la prepa de la Escuela Superior de Agricultura… E impartí clases en la UACJ y también en el Instituto México… Las clases que daba eran de Literatura, Comunicación, Historia del Arte, Sociología, Etimología y otras que no tenían nada que ver con las matemáticas, la química, el álgebra y la física.
—Puras facilitas.
—No se crea, toda clase tiene su chiste… Además, tiene que hacerlas amenas y participativas; si no, sus alumnos se la zorrean o lo tiran al león… En ese trajín de dar clases por placer, nunca lo vi como un trabajo, me contrataron para dar clases en una secundaria, repleta de adolescentes burros y rebeldes… y nomás soporté ¡dos días!… No pude con esos mocosos… O sea que ser profesor o maestra a nivel secundaria es toda una odisea… Dar clases, en mi tiempo libre, me gustaba mucho… Y siempre tuve un trabajo alterno… Lo malo es que esa etapa de mi trabajo en la fonda y mi oficio de maestro la tengo muy borrosa por el derrame cerebral… Me llegan humazos, como dicen.
—Vecino, le voy a colgar… Voy a lavar mi ropa.
—Muy bien… Ahora que me acuerdo, yo también me voy a poner a lavar la mía.
—Por cierto, le voy a poner un regalo en nuestra canasta para que lo recoja hoy en la noche.
—¿Qué es?
—Una sorpresa.
—¿Está todo desinfectado?
—Sí, miedoso.

