Preparar sándwiches en casa, esconderlos en una bolsa junto a los refrescos y las botanitas, era un paso obligatorio porque en el cine todo parecía inaccesible. La permanencia voluntaria estaba abierta y pasar un domingo entero dentro de una sala era uno de los mejores planes posibles. Aquello terminaba pareciéndose a un picnic familiar, solo que, en lugar de ir a El Chamizal o al Parque Borunda, la cita era en el Cine Victoria, el Reforma, el Variedades o el Juárez 70.
Poco importaba llegar cuando la primera película ya había comenzado. Existía la bendita costumbre de quedarse a la siguiente función y esperar pacientemente a que la programación diera la vuelta para recuperar los minutos perdidos al principio. Nadie tenía prisa. El tiempo parecía abundar y una tarde podía durar lo suficiente para ver dos películas, compartir unos sándwiches aplastados en la mochila y regresar a casa con la sensación de haber viajado muy lejos sin haber salido de Ciudad Juárez.
Ir al cine en los años ochenta era todo un ritual. Cada sala tenía personalidad propia y uno terminaba identificándolas casi como si fueran miembros de la familia.
El Reforma y el Plaza eran territorio de balazos, persecuciones y venganzas. Ahí reinaban Mario y Fernando Almada, Valentín Trujillo, Álvaro Zermeño y Miguel Ángel Rodríguez. También dominaba el cine de ficheras, con Alfonso Zayas, Luis de Alba, César Bono, René Ruiz “Tun Tun” y Alberto Rojas “El Caballo”, cuyas películas parecían ocupar eternamente los carteles.
Para la palomilla infantil, en cambio, el verdadero templo era el Cine Victoria.
Tenía algo especial. Sus murales, la cantera labrada y aquella enorme sala hacían que entrar pareciera importante, como si uno estuviera a punto de asistir a un acontecimiento que merecía cierta solemnidad. Con los años supe que el edificio guardaba además una parte de la historia de la ciudad, pues se levantaba en el mismo lugar donde estuvo la casa de Inocente Ochoa, quien hospedó al presidente Benito Juárez y a su gobierno republicano durante la intervención francesa.
Pero de niños nada de eso importaba demasiado.Lo que importaba era estar ahí. El Cine Variedades traía las grandes producciones de Hollywood. Ahí aparecían los Gremlins, los Cazafantasmas o Marty McFly viajando en el tiempo en Volver al futuro. El Juárez 70, por su parte, tenía una personalidad inconfundible: proyectaba películas de artes marciales llegadas desde China, con doblajes imposibles y peleas tan exageradas que resultaban maravillosas. También fue ahí donde muchos descubrimos que el espacio podía dar miedo gracias a Alien, el octavo pasajero.
Por las noches, los autocines ofrecían programas dobles que parecían organizados por alguien decidido a mezclar cualquier cosa con cualquier cosa. En una misma función podían convivir Bruce Lee y Antonio Aguilar, el Superagente 86 y Vicente Fernández. Nadie cuestionaba la lógica de semejantes combinaciones.
Simplemente funcionaban.
Ya que todavía éramos niños, la película muchas veces terminaba pasando a segundo plano. Lo verdaderamente importante era todo lo que ocurría alrededor. Era correr por los pasillos mientras las luces permanecían encendidas entre función y función. Era rodar una y otra vez por la famosa «bajadita» alfombrada frente a la pantalla, un lujo arquitectónico inexistente en la mayoría de las casas del barrio. Era caminar lentamente frente a la dulcería para admirar tesoros inalcanzables: los chocolates Toblerone, las copas de nieve servidas en recipientes elegantes, las enormes bolsas de palomitas, las gomitas, las pasas cubiertas de chocolate y aquellos sándwiches del mostrador que llevaban tantas horas esperando comprador que la mayonesa parecía haber pasado a formar parte permanente del pan.
Y entonces uno sacaba discretamente la comida que había traído de casa.
Los sándwiches llegaban ya un poco aplastados, con el pan tibio y las esquinas deformadas por las horas dentro de la bolsa. Sabían mejor que cualquier cosa de la dulcería, aunque a veces se nos atoraran en el paladar. Quizá porque eran parte del ritual. Quizá porque comer a oscuras, mientras en la pantalla alguien peleaba, escapaba de un monstruo o viajaba en el tiempo, convertía aquel refrigerio sencillo en un verdadero banquete.
Con la llegada de los multicines, como los Gemelos de Río Grande Mall, la experiencia cambió de formato, pero la magia logró sobrevivir. Ahí quedó marcada para toda una generación la trilogía de Karate Kid, responsable de que cientos de muchachos saliéramos del cine lanzando patadas y golpes contra enemigos imaginarios durante el resto de la tarde.
El cine de aquella década poseía una identidad difícil de repetir. Antes de los efectos digitales, de las pantallas gigantes y de las franquicias interminables, las películas dependían más del ingenio, de la imaginación y, muchas veces, de la capacidad para hacernos creer lo imposible.
Quizá por eso seguimos regresando a ellas.
Pero, si soy sincero, sospecho que no volvemos únicamente por las historias.
Volvemos porque en aquellas salas existía algo que ya no es tan fácil encontrar: tiempo.
Tiempo para quedarse una función más. Tiempo para esperar a que la programación volviera al principio. Tiempo para compartir unos sándwiches escondidos en una mochila, recorrer los pasillos, contemplar la dulcería sin comprar nada y regresar a la butaca sin mirar el reloj.
Aquellos viejos cines de permanencia voluntaria nos enseñaron, sin que nos diéramos cuenta, que una película podía terminar y, sin embargo, la tarde continuar.
Tal vez por eso una parte de nosotros sigue sentada en aquellas butacas, esperando pacientemente a que la función vuelva a dar la vuelta. Y mientras tanto, alguien abre una bolsa, saca unos sándwiches aplastados y nos pregunta si queremos uno.
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Miguel Ángel Gámez Castillo nació el 9 de septiembre de 1974 en San Luis Potosí. Es profesor desde 1996 y ganador del Premio Voces al Sol 2026, de la UACJ. Su trayectoria combina más de tres décadas dedicadas a la enseñanza con su trabajo en la literatura.

