Hay recuerdos de infancia que parecen pequeños hasta que, muchos años después, uno descubre que ahí comenzó todo. Para Arely Hernández, uno de ellos está en aquellas tardes en que debía entretener a sus primos más pequeños. Les inventaba actividades, jugaba con ellos y les contaba historias. Entonces no sabía que esa costumbre terminaría convirtiéndose en un oficio que la llevaría a narrar frente a bebés, niños, jóvenes, universitarios y adultos mayores. Hoy lleva más de diez años contando cuentos.
“Yo era la mayor y tenía muchos primitos así chiquitos, entonces era la encargada de entretenerlos. Me gustaba mucho contarles historias, ponerles actividades”, recuerda.
El siguiente paso llegó cuando tenía alrededor de 20 años. Supo que en el Parque Central había una hora del cuento en la que cualquier persona podía participar. Se acercó con Armando Molina, bibliotecario del lugar, comenzó como voluntaria y terminó metiéndose de lleno en el fomento a la lectura infantil. Vinieron talleres, lecturas y también una creciente colección personal de libros.
“Empecé a leer, a comprar muchísimos libros infantiles y poco a poco me fui involucrando con otro tipo de públicos también”, cuenta, al reconstruir una etapa en la que aquella curiosidad inicial comenzó a transformarse en una actividad constante y, después, en una forma de entender su relación con los libros y con quienes los escuchaban.
Con el tiempo descubrió que el cuento no conoce demasiado de edades. Aunque trabaja principalmente con educación básica, ha narrado para bebés, jóvenes, adolescentes, universitarios y adultos mayores. Ese tránsito entre públicos distintos terminó por confirmar algo que hoy considera esencial.
“Una buena historia no se le niega a nadie”, dice.
Contar historias en tiempos de pantallas
La escena parece cada vez más difícil de encontrar. Un grupo de niños reunido alrededor de una persona y dispuesto simplemente a escuchar. Celulares, tabletas y otros estímulos tecnológicos compiten por su atención. Arely, sin embargo, ha comprobado que las historias todavía consiguen detenerlos y provocar una respuesta distinta a la de una pantalla.
“Es parte de nuestra cultura humana reunirnos a escuchar historias. Es la principal forma en la que transmitimos conocimiento”, explica, mientras lleva la conversación hacia una práctica mucho más antigua que cualquier dispositivo: sentarse alrededor de alguien, escuchar una voz y permitir que cada persona complete con su imaginación aquello que no puede ver.

Para ella, escuchar un cuento es también un ejercicio creativo. Mientras el narrador avanza, los niños construyen imágenes, recuperan recuerdos y completan mentalmente aquello que no está frente a sus ojos. La historia deja entonces de pertenecer únicamente a quien la cuenta.
“Es un reto creativo, un reto a la imaginación”, señala.
Esa reacción, agrega, puede aparecer en una pregunta, una risa, un gesto o una respuesta inesperada. El público no permanece al margen y, en muchas ocasiones, obliga a quien narra a modificar el ritmo, detenerse o conducir la historia por un camino que no había previsto.
“Los niños reaccionan de formas muy creativas. Es un momento de convivencia, pero también detona imágenes en tu cerebro, detona recuerdos y además te llevas la historia”, agrega, al describir esa parte invisible del relato donde cada oyente termina construyendo su propia versión de lo escuchado.
Arely disfruta precisamente ese intercambio. Para ella, una de las mayores recompensas está en recibir de inmediato la reacción de quienes están enfrente.
“Es muy grato”, comenta.
La primera vez fue “pésima”
Cuando se le pregunta cómo recuerda su primera presentación pública como cuentacuentos, no busca una respuesta diplomática. La palabra aparece de inmediato y rompe con cualquier intento de romantizar los comienzos.

“Pésimo”, responde.
Fue en el Parque Central. Arely ya hacía teatro y creyó que aquella experiencia sería suficiente. Además, esperaba recibir alguna capacitación antes de ponerse frente a los niños. La preparación resultó bastante más directa de lo que había imaginado.
“Me dijeron: ‘Sí, pues tráete un cuento y lo cuentas este sábado’. Y yo de: ‘Ay, bueno, ok’. Yo hago teatro, soy actriz de teatro, entonces dije: ‘Bueno, pues no va a ser tan difícil’”, relata, recordando aquella seguridad inicial que comenzó a desmoronarse apenas tuvo que enfrentarse al público y descubrió que actuar una historia y narrarla eran ejercicios diferentes.
Escogió un cuento infantil de Ibargüengoitia, lo preparó y llegó convencida de que tenía resuelto el ejercicio. Pero en cuanto comenzó entendió que algo no estaba funcionando como esperaba.
“Lo terminé actuando, no narrando”, admite.
La diferencia, dice, no era menor. El teatro y la narración podían compartir recursos, pero la relación con el público exigía otra disposición. La historia tenía que permanecer abierta al intercambio.
“Comparten bases, pero la narración es más un intercambio entre el público y tú, y la historia se puede ir construyendo en conjunto”, explica, al recordar la primera lección que obtuvo de aquella experiencia que entonces sintió como un fracaso y que después terminaría convirtiéndose en uno de sus puntos de aprendizaje.
Los nervios tampoco ayudaron. Su atención estaba puesta en repetir el cuento casi exactamente como lo había leído.
“Eso no es la narración”, dice.
Con los años entendió que contar exige apropiarse de la historia, quedarse con sus elementos esenciales y permitir que el cuerpo, la voz y la personalidad del narrador intervengan en ella. Ahí reside precisamente la diferencia entre reproducir un texto y convertirlo en una experiencia oral.
“La narración es extraer las ideas principales y usar tu personalidad, tu cuerpo, tu voz para nutrir la historia. Tú puedes escuchar la misma historia de diferentes personas y va a ser muy distinta”, explica, convencida ahora de que cada narrador deja una huella propia incluso cuando cuenta exactamente el mismo relato que otro.
Aquella primera experiencia pudo detenerla. No ocurrió.
“No me quedé con eso”, recuerda.
Después de su participación observó a otros narradores. Recuerda a Susana, responsable del proyecto Petauro Lector, además de Armando (Molina), Aureliano (Garcia Haros) y otros compañeros que encontró durante aquellos primeros años. Mirándolos comenzó a descubrir recursos, ritmos y maneras distintas de acercarse al público.
“Después vi a otros compañeros y ahí fue como empecé a descubrir”, cuenta, al reconocer que una parte importante de su formación ocurrió mirando cómo otros sostenían la atención de los niños y entendiendo que no existía una única manera correcta de contar una historia.

Una conversación con Armando Molina terminó por explicar buena parte del oficio.
“Aquí es pura práctica”, recuerda que le dijo.
Arely había llegado buscando una clase formal. Molina le respondió preguntándole qué iba a enseñar ella. La situación la desconcertó porque creía que era justamente al revés.
“Yo le dije: ‘No, pues si yo vengo a que tú me enseñes’. Y me dice: ‘No, aquí no, es pura práctica’”, relata, al resumir una enseñanza que todavía considera vigente: los talleres proporcionan bases, pero la verdadera formación ocurre exponiéndose una y otra vez a públicos diferentes.
Encontrar su propia manera de contar
Arely comenzó entonces a escoger historias que realmente le interesaban. Buscó relatos de niñas fuertes, pueblos, comunidades y tradición oral. La elección de esos textos también fue definiendo su identidad como narradora.
“Preparaba historias que a mí me atraían”, señala.

La práctica fue modificando poco a poco su manera de contarlas. Dejó de intentar reproducir exactamente el texto original y comenzó a incorporar humor, chistes y dinámicas propias.
“Los iba adaptando a mi propio estilo, a mi humor, a mis chistes. Iba incorporando dinámicas y poco a poco lo fui haciendo de mejor forma, siento yo”, explica, sin presentar el aprendizaje como una transformación repentina, sino como el resultado de muchas sesiones, errores, observaciones y ajustes frente a públicos que nunca reaccionaban exactamente igual.
Hace cuatro años comenzó a trabajar en la universidad y apareció un reto adicional: ampliar todavía más los públicos.
“He contado para todos”, resume.
La lista incluye adultos mayores, estudiantes universitarios, bebés y niños. Cada grupo exige ritmos y recursos distintos, pero también ha terminado por confirmarle que las historias pueden funcionar en prácticamente cualquier etapa de la vida.
“Con los adultos mayores es algo que se disfruta mucho porque también ellos juegan y vuelven a ser niños en ese momento que es la hora del cuento”, comenta, al describir sesiones donde la narración termina funcionando también como un espacio de convivencia y de recuperación de recuerdos.
Bebés que aparentemente no escuchan
Con los bebés la escena cambia. Arely trabaja con primeras infancias de cero a tres años. A esa edad, un niño puede levantarse, caminar hacia otra parte o comenzar a explorar mientras la narradora continúa.
“Parece que no están atentos”, dice.
Sin embargo, asegura que esa percepción puede engañar. Los primeros años son precisamente una de las etapas de mayor aprendizaje y la atención de un bebé no necesariamente se manifiesta con la quietud que espera un adulto.
“Sabemos que son los primeros años en los que más se aprende”, explica, al insistir en que el vínculo con los libros puede comenzar mucho antes de que un niño comprenda palabras escritas o permanezca sentado durante toda una historia.
En esa etapa, acercarse al libro significa también descubrirlo como objeto.
“Cambiar una página es todo un mundo”, comenta.
Algo que para un adulto resulta automático puede representar para un niño una experiencia completamente nueva. Tocar, abrir, cerrar y pasar una hoja forman parte de ese primer aprendizaje.
“La edad lectora no necesariamente está acompañada de la edad biológica. El niño puede tener siete años y, si nunca ha tenido contacto con el libro, hasta le cuesta cambiar la página”, explica, a partir de lo que ha observado durante su trabajo con primeras infancias y con niños que llegaron más tarde al contacto cotidiano con los libros.
Cuando ese acompañamiento existe desde temprano, la relación cambia.

“Tienen más soltura”, señala.
Los niños se acercan al libro, pueden elegirlo, reconocer lo que les interesa y manipularlo con naturalidad. Por eso Arely considera importante que la lectura deje de aparecer solamente como una actividad escolar.
“Que haya en un momento del día una actividad donde podamos juntarnos y contar un cuento. Muchas veces también son canciones, son rondas que de alguna forma llevan una historia”, explica, al ampliar la idea de lectura hacia sonidos, música y juegos capaces de convertir el relato en una parte ordinaria de la vida familiar.
A veces, mientras ella cuenta, el bebé termina varios metros más allá.
“Aun así está poniendo atención”, asegura.
Desde afuera puede parecer que perdió completamente el hilo, pero Arely ha aprendido a no medir la escucha únicamente a partir de la quietud.
“Aunque creamos que anda allá en lo suyo, también como narradora sé que lo está disfrutando. A su manera lo está disfrutando y algo lo va a acompañar”, comenta, al explicar que un bebé puede explorar el espacio y, al mismo tiempo, conservar fragmentos de las voces, sonidos y ritmos que escucha.
Puebla, Juárez y un teatro
Para encontrar otro origen de su relación con las artes hay que regresar nuevamente a la infancia. Arely nació en Puebla y tenía cuatro años cuando sus padres migraron a Ciudad Juárez.
“Los primeros años aquí fueron de no salir”, recuerda.
La ciudad todavía era un territorio nuevo y las experiencias fuera de casa eran pocas. Quizá por eso algunas terminaron quedándose con especial fuerza en su memoria.
“Mi papá trabajaba en una maquiladora y el 30 de abril, en lugar de hacernos una piñata o algo así, nos llevaban al Teatro Benito Juárez a ver obras. Y saliendo nos daban dulces”, cuenta, reconstruyendo aquellas salidas que terminarían siendo uno de sus primeros contactos directos con el mundo del escenario.
Esperaba cada año esa fecha.
“Sabía que íbamos a ir al teatro”, dice.
De las obras conserva pocos detalles. Lo que permanece con absoluta claridad es la experiencia completa.
“A lo mejor ya ni me acuerdo de la obra, pero recuerdo el momento. Yo me sentía feliz porque iba con mi familia, porque sabía que saliendo nos íbamos a ir a comprar algo al Borunda”, relata, y desde su trabajo actual como gestora cultural encuentra en aquel recuerdo una explicación de por qué una experiencia artística puede permanecer incluso cuando el contenido concreto se borra.
Años después, cuando en secundaria se formó un grupo de teatro, aquella memoria reapareció.
“Yo quiero hacer eso”, pensó.
Para entonces ya organizaba pequeñas obras con sus primos y les preparaba actividades relacionadas con el arte.
“Comenzaba a jugar, a darles tallercitos de arte. Para mí fue ese momento que me conectó a las artes”, recuerda, al enlazar aquellas experiencias domésticas con una vocación que todavía no tenía nombre pero que ya comenzaba a tomar forma.
Su padre llegó a preguntarle de dónde provenía ese gusto.
“Pues si nadie lo hace”, recuerda que le decía.
Arely también se hizo esa pregunta durante mucho tiempo, hasta que regresó mentalmente a aquellas visitas al teatro.
“Pensando y recordando llegué a ese punto de decir: ‘Ah, pues es que yo me acuerdo que tú me llevabas el 30 de abril’”, cuenta, al encontrar en una experiencia aparentemente sencilla la primera explicación de una relación con las artes que terminaría acompañándola durante su vida adulta.
Cenicienta y Aladín rumbo a Juárez
La lectura tiene su propia escena fundacional. Ocurrió durante el viaje desde Puebla hacia Ciudad Juárez. Arely todavía no sabía leer y el trayecto en autobús podía durar alrededor de 30 horas.
“Traía Cenicienta y Aladín”, recuerda.
Los libros habían llegado a manos de su madre en el trabajo que tenía en el ayuntamiento de Puebla. Se los regalaron precisamente para entretener a la niña durante aquel recorrido tan largo.
“Yo no sabía leer, pero mi mamá me los leía y yo me los aprendía, para luego ya nada más con las imágenes irlos recordando”, cuenta, al explicar cómo antes de descifrar palabras ya podía reconstruir las historias mediante la memoria y las ilustraciones.
Los pedía una y otra vez.
“Después yo solita los ojeaba”, dice.
Ese recuerdo es una de las razones por las que insiste tanto en el acompañamiento durante los primeros años. Antes de saber leer ya existía para ella una relación con esos libros.
Cuando entró a la primaria apareció otro espacio decisivo: el Rincón de Lecturas y los libros del Fondo de Cultura Económica. “Esos fueron los primeros libros que me acompañaron”, recuerda, aunque considera que su descubrimiento pleno como lectora llegaría mucho después, cuando empezó a narrar cuentos y descubrió que existía toda una literatura pensada para las infancias.
“Ahí me descubrí cien por ciento lectora”, afirma.
La literatura infantil la sorprendió por la relación entre texto e imagen y por una aparente sencillez que, en realidad, exige una enorme precisión.
“Para que sea un buen contenido de literatura infantil tiene que ser fácil de leer. Y eso es muy difícil, es muy difícil lograr que sea sencillo, pero llegan a tener una poética tan profunda muchas veces que lo puede entender desde un niño hasta un adulto”, explica, al defender una literatura que durante mucho tiempo fue considerada menor y que ella encontró capaz de producir lecturas diferentes según la edad de quien se acerca.
Los libros álbum terminaron de conquistarla.
“Con la pura imagen te dicen todo”, dice.
Los autores y las historias que busca
Entre los autores que menciona aparece Francisco Hinojosa. También Jairo Buitrago, cuya obra le interesa especialmente por las problemáticas sociales que lleva hasta la literatura infantil.
“Me gustan mucho los libros de Jairo Buitrago”, comenta.

Encuentra en ellos historias de infancias que viven contextos difíciles, procesos migratorios y situaciones de vulnerabilidad.
“Sobre todo en sus textos toca problemáticas sociales, muchas veces son de infancias en contextos difíciles, en contextos migrantes, en contextos de vulnerabilidad”, explica, al destacar una literatura infantil que no necesariamente evade los problemas del mundo y que puede acercarse a ellos desde lenguajes comprensibles para los niños.
También menciona a Roger Icaza.
“Habla mucho de las emociones”, apunta.
A esos nombres agrega libros para primeras infancias y autores que ha ido encontrando durante su recorrido como lectora, narradora y promotora.
Pero cuando se le pregunta qué libros deberían ofrecer los padres a sus hijos para comenzar, Arely no recurre a una lista cerrada de obras prestigiosas. Prefiere empezar por algo más sencillo: textos con ilustraciones y, sobre todo, por aquello que ya despierta curiosidad en el niño.
“Que escuchemos esos intereses”, recomienda.
Dinosaurios, princesas, caricaturas o personajes conocidos pueden funcionar como puerta de entrada.
“Si eso funciona para que sea el primer acercamiento, pues que lo hagamos. Yo muchas veces aquí en la librería veo cómo llegan buscando a lo mejor de Spiderman. Y yo diría: pues sí, ese”, cuenta, al rechazar la idea de que todo lector deba comenzar necesariamente con obras escogidas desde el gusto o las expectativas de los adultos.
Después pueden llegar otros libros.
“Hay que acompañarlos”, dice.
Arely recomienda visitar librerías y bibliotecas, hojear los materiales y permitir que niños y niñas descubran por cuenta propia aquello que les interesa.
“Que no se pierda eso, irlos acompañando en los intereses. Porque el gancho puede ser ese”, explica, al recordar que para muchas personas fueron sagas populares como Harry Potter las que terminaron abriendo el camino hacia otras lecturas.
Por eso tampoco cree conveniente satanizar los cómics.

“Son una buena entrada”, sostiene.
Los intereses cambiarán con el tiempo. Puede llegar el terror, la ciencia ficción o cualquier otro género. Ella misma atraviesa etapas distintas como lectora.
“Ahora estoy leyendo mucho de mujeres que se están redescubriendo”, cuenta.
No considera extraño que el gusto cambie. Lo importante, sostiene, es que la lectura haya logrado integrarse a la vida cotidiana.
“En este momento son mis intereses, pero de alguna forma que la lectura se vuelva un cotidiano ya es la base para que después tú solito vayas descubriendo qué otro interés te va llamando”, explica, al hablar de una relación con los libros que no necesita permanecer anclada a los mismos géneros ni a las mismas historias durante toda la vida.
La batalla no es contra el celular
La conversación llega inevitablemente a las pantallas. Los niños nacen rodeados de celulares, tabletas y computadoras. Arely no cree que sea posible desaparecerlos del entorno.
“Hay que buscar equilibrio”, plantea.
Su primera recomendación es sencilla: consultar la agenda cultural de la ciudad y animarse a participar en actividades que concentren la atención.
“Explorar qué otro tipo de ofertas hay en la ciudad, sobre todo en Juárez”, propone, al plantear que la respuesta a la presencia permanente de pantallas puede estar también en ampliar las experiencias disponibles para niños y familias.
Las redes sociales, de hecho, no son necesariamente el enemigo.
“Son una herramienta”, dice.
Arely las utiliza para llegar a públicos, comunicar actividades y despertar interés. El verdadero reto comienza cuando esas personas llegan físicamente al espacio.
“Una vez que los tengamos ahí, pues ya es nuestro reto hacer que ese momento se convierta en un momento sin pantallas, o un momento en el que sí tomes una foto y que te ayude a recordarlo, a compartirlo”, explica, al proponer una relación menos absoluta con el teléfono: puede formar parte de la experiencia sin convertirse necesariamente en su centro.
La actividad tampoco tiene que ser extraordinaria.
“Puede ser un simple paseo”, comenta.
También recomienda conocer museos, centros culturales y espacios independientes de Ciudad Juárez.
“Yo les invitaría a que consulten toda la oferta que tiene la red de museos y centros culturales de la ciudad, donde van a encontrar todo lo que existe, y también los espacios independientes”, señala, al insistir en que muchas posibilidades permanecen fuera de la rutina familiar simplemente porque no se sabe que existen.
Para muchas familias, reconoce, la salida más sencilla sigue siendo el centro comercial.
“Nos vamos al mall”, dice.
Arely observa que algunos centros comerciales han incorporado actividades culturales, aunque su objetivo principal continúa siendo comercial.
“Que exploren las actividades que hay, que exploren los espacios para que se vuelva nuevamente algo cotidiano”, propone, convencida de que el equilibrio frente a la tecnología no llegará únicamente mediante prohibiciones, sino incorporando otras prácticas a la vida diaria.
Los celulares no van a desaparecer.
“Eso no se puede”, reconoce.
Pero sí puede cambiar el tiempo que se dedica a otras experiencias.
“Podemos convivir también con libros, con talleres de arte, que nos ayuden a desconectar un poquito”, plantea.
Nadie despierta queriendo leer a Shakespeare
El problema de la lectura también entra al salón de clases. Durante años, estudiantes de educación básica han tenido que enfrentarse a obras clásicas que pueden resultar extraordinarias, pero que no siempre encuentran al lector en el momento adecuado.
“Falta mediación”, afirma.
Arely no cuestiona el valor de los clásicos. Considera que el problema está en pretender que la lectura ocurra automáticamente.
“Claro que son textos importantes y profundos, pero lo que nos falta ahí es el puente, es la mediación”, explica, al señalar que un libro complejo puede convertirse en una experiencia frustrante si nadie ayuda al estudiante a encontrar una vía de entrada.
Recuerda algo que escuchó durante un diplomado.
“Nadie despierta diciendo: quiero leer a Shakespeare”, cita.
La frase se quedó con ella porque resume una idea central de su trabajo: el gusto por determinados libros no aparece por generación espontánea.
“Tiene que haber un acompañamiento y tiene que haber alguien que esté ahí, que acompañe tu proceso”, explica, al insistir en que esa persona puede ayudar a tender puentes entre los intereses del lector y obras a las que, de otra forma, quizá nunca se acercaría.
Ese mediador no tiene que ser necesariamente un profesor.
“Puede ser un hermano”, dice.
También un tío, una tía o alguien dispuesto a convivir con las infancias y hablar desde sus propios intereses.
“Son estas personas que se atreven a convivir con las infancias, que se atreven a hablar al nivel de las infancias, los que generan la mediación”, explica, al ampliar una responsabilidad que muchas veces se deja únicamente en manos de la escuela.
La falta de ese acompañamiento termina alcanzando también a la universidad.
“El problema llega hasta arriba”, advierte.
Desde que quedó a cargo del programa de Fomento a la Lectura, Arely ha encontrado una expectativa repetida: se supone que el estudiante universitario ya debería leer por iniciativa propia.
“Se espera que en la universidad el alumno o la alumna ya lea. Se espera que el estudiante ya lea, que ya por su cuenta lo haga”, señala, al observar que la educación superior recibe también las consecuencias de años en los que la lectura pudo haber quedado asociada únicamente con tareas y obligaciones.
Además, pocas universidades del país mantienen departamentos dedicados específicamente al fomento lector.
“Hay que replantearnos si de verdad no les gusta leer”, dice.
Con sus estudiantes suele comenzar por desmontar esa idea.
“Yo les digo mucho: ‘Es que tú ya lees. Ya lees. No estarías aquí si no leyeras. Lo que no has hecho es leer por placer, leer porque sea algo que te guste, que no sea impuesto’”, explica, al distinguir entre la capacidad de leer, indispensable para llegar a la universidad, y la construcción de una relación personal con los libros fuera de las obligaciones académicas.
El universitario que dejó de leer
Dentro de las aulas encuentra dos situaciones distintas. Están quienes antes leían novelas o cómics y dejaron de hacerlo al entrar a la universidad porque ahora deben concentrarse en los textos de su carrera.
“Dejan de leer por gusto”, observa.
En el otro extremo aparecen quienes nunca desarrollaron esa costumbre y enfrentan mayores dificultades cuando tienen que abordar textos especializados.
“Quienes no venían leyendo, les cuesta mucho leer lo que les pide la carrera”, explica, al mostrar cómo caminos distintos pueden terminar en un mismo problema: una relación con la lectura dominada completamente por la obligación.
El trabajo, por lo tanto, ocurre en dos frentes.
“Hay que recuperar lectores”, resume.
Unos necesitan reencontrarse con aquello que disfrutaban antes. Otros necesitan descubrir que existen libros muy diferentes a los que conocieron en la escuela.
“Es entre que el alumno que perdió la costumbre vuelva y que se reencuentre con otros textos, a lo mejor ahora ya en su vida profesional, y que los que no venían leyendo descubran la riqueza que hay de los libros y la diversidad de historias que hay”, explica, al rechazar una estrategia única para estudiantes que llegan a la universidad desde experiencias lectoras completamente diferentes.
El Quijote y Sor Juana pueden aparecer en algún punto del camino.
“Ya llegaremos”, dice.
El problema está en querer comenzar necesariamente allí.

“A lo mejor en algún momento vamos a llegar a eso, pero antes, lo que te decía de la edad lectora y la edad biológica, muchas veces no está conectado y vamos a tener que comenzar con textos más sencillos, con cómics, con apoyo visual”, explica, al recordar que facilitar una primera lectura no significa renunciar a textos complejos, sino construir el camino necesario para alcanzarlos.
Los recursos digitales también pueden servir.
“Son herramientas”, señala.
Hay libros digitales que incorporan actividades y otros recursos dirigidos a públicos jóvenes.
“Esas son herramientas que nos ayudan a jalar un poquito a los estudiantes”, agrega, utilizando una palabra que resume buena parte de su estrategia: primero hay que conseguir que el lector se acerque; después podrá decidir hasta dónde quiere llegar.
Para formar lectores hay que dejarse ver leyendo
Al final de la conversación, Arely vuelve a la familia. Su mensaje para los padres parte de una idea sencilla.
“Uno no puede acercarse a algo que no ve”, afirma.
Si queremos que los niños jueguen, creen y lean, considera necesario revisar también qué lugar ocupan esas actividades en la propia vida de los adultos.
“Si nosotros esperamos que nuestros niños, niñas jueguen, creen, lean, primero tenemos que ver cómo se incorpora eso, si se alinea también a lo que nos gusta”, explica, al insistir en que formar hábitos únicamente desde el discurso resulta mucho más difícil cuando los niños nunca observan esas prácticas en las personas que tienen alrededor.
El arte, recuerda, ofrece posibilidades para prácticamente todos.
“Hay para todos los gustos”, dice.
Películas, libros, pintura, fotografía y otras expresiones pueden servir como puntos de entrada.
“Hay películas para todos los gustos, hay libros para todos los gustos, hay pinturas, arte, fotografía para todos los gustos. La cosa es que comencemos a explorar un poquito más”, explica, al proponer que el adulto identifique primero sus propias afinidades antes de pretender transmitir un gusto que quizá ni siquiera ha encontrado para sí mismo.
Para quien nunca ha tomado un libro por iniciativa propia, Arely propone empezar desde algo conocido.
“¿Qué series te gustan?”, pregunta.
También puede empezar por las películas que una persona consume habitualmente.
“En Netflix o en las plataformas digitales muchas veces traen etiquetas: drama, comedia, coreano. Yo les digo a los estudiantes que esas etiquetas que ven en las series o las películas que les gustan las pongan en Google para que les haga recomendaciones”, explica, transformando el propio lenguaje de las plataformas en una herramienta para encontrar libros cercanos a los intereses de cada lector.
Incluso recomienda acotar la búsqueda.
“Libros de menos de cien páginas”, propone.
La idea es reducir la barrera inicial y encontrar algo manejable que permita comenzar sin convertir la experiencia en otra obligación.
“Ahí vas a empezar a encontrar”, señala, al mostrar que internet puede ser también una herramienta de descubrimiento y no únicamente una competencia permanente para la lectura.
Las redes tampoco son enemigas por naturaleza.
“Uno elige cómo usarlas”, dice.
La información está disponible; la diferencia reside en lo que cada persona decide buscar.
“Las redes, el internet, pueden ser nuestras herramientas porque la información está ahí. La cosa es que uno es quien elige cómo usar la herramienta. Y si tienes un ligero interés por explorar un poco el mundo de la literatura, pues eso es una sugerencia”, explica, cerrando el círculo de una conversación en la que los libros y las pantallas dejan de aparecer necesariamente como adversarios.
Todavía queda una alternativa más directa.
“Vayan a las librerías”, invita.
También a los centros culturales y a los espacios donde alguien pueda ayudar a elegir.
“Visiten las librerías, visiten los centros culturales, acérquense a las personas que ahí trabajan para que les hagan recomendaciones”, concluye, volviendo de alguna manera al principio de su propia historia: acercarse a un espacio, preguntar, encontrar a alguien dispuesto a compartir lo que sabe y permitir que una historia conduzca hacia la siguiente.

