— ¿O sea que entró con su rutera a los patios de la cárcel con un cholo asaltando a los pasajeros?
— Así es, señorita.
— Como de película.
— Hubiera sido una buena noticia para un periódico. Lástima que en aquellos tiempos no existía internet ni cámaras de vigilancia; me hubiera hecho famoso por unas horas.
— Oiga, vecino, ¿y qué más trabajos realizó antes de hacerse escritor?
— Después de dejar la rutera, un año antes de terminar mi carrera de Ciencias de la Comunicación, trabajé en un restaurantito que estaba en el corazón de la Avenida Juárez, pero déjele cuento dos cosas que cambiaron el rumbo de mi vida.
— ¿Tanto así?
— Sí… A los 18 años (todavía era rutero) me inscribí en el primer Taller Literario que hubo en la ciudad. Caí ahí por culpa de mi madre.
— ¡Échele la culpa a su madre!
— Se lo juro… Ya estaba en la uni, trabajaba en la ruta un turno y me juntaba mucho en las noches con los compas o con los malillas del barrio, y mi jefita tenía miedo de que me hiciera mariguano o pegaloco… Un día, en El Fronterizo, salió una nota chirris donde el Museo de Arte (del Pronaf) convocaba a jóvenes que quisieran formarse como escritores… Era como una especie de beca. Mi madre “santa” recortó la nota y me la mostró cuando llegué como a las dos de la mañana: “Mira, cabroncito, ve al Museo y averiguas de qué se trata, ya que tú dices y dices que te convertirás en escritor”. Guardé la nota doblada en mi pantalón. Dos días después fui al Museo a pedir informes… Me atendió un señor muy elegante, amanerado, de traje azul cielo y un sombrerito coqueto; era el arquitecto Diego Lizárraga, director del Museo de Arte, quien muy amable me dio información y me explicó en qué consistía la beca… No se trataba de dinero; la beca consistía en asistir, cada quince días, a un taller viernes y sábado; un tipo de escuela para formar escritores. El taller lo iba a impartir el escritor potosino David Ojeda, ganador de varios premios de cuento, entre ellos el Premio Casa de las Américas, que se entrega en Cuba a escritores de toda América Latina… Y le dije a mi jefa: “Toma tu nota, ya fui al Museo; no te dan una beca (dinero), sino el derecho a tomar un curso gratis para escritores; o sea que te van a enseñar a escribir”. Mi madre, encabronada, contestó: “Pues ahora vas y te inscribes, y más te vale que alcances lugar”… Vuelvo al Museo y le pido al arquitecto Lizárraga, que ahora viste un traje de lino blanco, que me apunte, y dice que debo traer cinco poemas y mis datos personales.
— ¿Y fue seleccionado?
— No de inmediato. Al mes hablaron a la casa y le avisaron a mi jefa que el viernes próximo iba a iniciar el taller y que llevara tres poemas con diez copias cada uno… Ese viernes fui el primero en llegar y platiqué un buen rato con el maestro David Ojeda. El taller consistía en que cada uno leía su poema y los demás lo criticábamos o señalábamos errores; al final, Ojeda hacía la crítica más dura y nos señalaba dónde fallábamos. Era raro que nos lisonjeara o felicitara. Y cada quincena que venía a dar el taller nos traía libros y revistas, que leíamos y compartíamos. Asistir a ese taller me cambió el panorama y la visión de la vida… Al grado de que el taller era lo más importante para mí. Mi madre murió, dejé la ruta, me casé, seguí en la uni; todo esto pasaba y yo no abandoné el taller: seguí preparándome… El Taller Literario del Museo del INBA me catapultó como poeta. Nomás fíjese, vecina, del 80 al 83 el maestro Ojeda no nos dejó publicar nada… Decía que no nos desesperáramos, que más adelante nos iban a publicar… A mí ya se me quemaban las habas… Este taller fue un plan nacional del INBA: se trataba de abrir un taller en cada estado, y cada taller fue coordinado por un escritor de renombre… En Chihuahua ese taller se abrió en Ciudad Juárez.

