José Emilio Pacheco acudió en 2010 a recibir la Medalla al Mérito Artístico. Salió convertido, según dos diputados capitalinos, en autor de Crónica de una muerte anunciada y Un tranvía llamado deseo. El error desató una ola de burlas nacionales, aunque el escritor prefirió responder con ironía antes que exhibir la ignorancia de sus homenajeadores.
Eso ocurrió en 2010, cuando la entonces Asamblea Legislativa de la Ciudad de México entregó la Medalla al Mérito Artístico a José Emilio Pacheco, uno de los escritores más importantes de la literatura mexicana del siglo XX. La ceremonia buscaba reconocer a un autor fundamental, pero terminó convertida en una lección involuntaria sobre la importancia de leer antes de hablar.
De acuerdo con las notas informativas publicadas tras el hecho, durante la sesión solemne, el diputado del PRI Cristian Vargas tomó la palabra y, con absoluta seguridad, atribuyó a Pacheco la novela Crónica de una muerte anunciada, una de las obras más célebres del colombiano Gabriel García Márquez. Como si la confusión necesitara compañía, la diputada del Partido Verde Edith Ruiz decidió sumar otro clásico inexistente al catálogo del escritor mexicano y aseguró que también era autor de Un tranvía llamado deseo, la famosa pieza teatral escrita por el estadounidense Tennessee Williams.
En cuestión de minutos, José Emilio Pacheco pasó, al menos en el imaginario legislativo, de ser poeta, ensayista, cronista y narrador mexicano a convertirse también en Nobel colombiano y dramaturgo estadounidense. Una hazaña literaria que ningún escritor, por prolífico que fuera, habría podido presumir.
Sin embargo, quien mejor resolvió el episodio fue el propio homenajeado. Lejos de incomodarse o exhibir a los legisladores, respondió con la mezcla de humildad, inteligencia y fina ironía que distinguió toda su obra.
“Agradezco mucho que me atribuyan obras tan célebres. Ya quisiera yo haber escrito ‘Un tranvía llamado deseo’ o ‘Crónica de una muerte anunciada’. No me ofende en absoluto, al contrario, me honra que me pongan a la altura de esos gigantes de la literatura”, declaró a los medios al concluir el acto.
La respuesta fue celebrada por escritores, periodistas y lectores, mientras el desliz de los diputados se propagó rápidamente por periódicos, programas de radio y televisión. Más que una simple anécdota, el episodio abrió una discusión sobre el nivel de preparación de quienes ocupaban cargos públicos y la paradoja de organizar homenajes culturales sin conocer la obra del homenajeado.
Porque José Emilio Pacheco no necesitaba que le prestaran libros ajenos para ocupar un lugar privilegiado en la literatura hispanoamericana. Desde Las batallas en el desierto hasta El principio del placer, pasando por Morirás lejos y su vasta producción poética reunida en Tarde o temprano, construyó una obra que dialoga con la memoria, la historia, el deterioro de las ciudades, la injusticia y la fugacidad del tiempo.
El escritor y crítico literario Vicente Francisco Torres Argüelles ha sostenido que, junto con Octavio Paz, resulta difícil encontrar una figura equiparable en la segunda mitad del siglo XX mexicano. Considera a Pacheco uno de los grandes poetas nacionales y destaca que Tarde o temprano constituye una obra indispensable, capaz de retratar tanto la nostalgia por el país perdido como la preocupación por las tragedias y contradicciones del México contemporáneo.
Su poesía transitó con naturalidad entre el verso libre, la prosa poética y las formas clásicas, siempre con un lenguaje preciso y una profunda conciencia histórica. En poemas como El reposo del fuego dejó imágenes que condensan buena parte de su visión del país: “Nuestra contradicción —agua y aceite— permanece a la orilla dividiendo, como un segundo dios, todas las cosas: lo que deseamos ser y lo que somos».
Quizá por eso el episodio de 2010 sigue recordándose más de una década después. No porque José Emilio Pacheco necesitara aquella medalla para confirmar su lugar en la literatura mexicana, sino porque respondió con la elegancia de quien entendía que la ignorancia suele hacer más ruido que la inteligencia. Mientras algunos diputados confundían autores, títulos y continentes, él convirtió un momento incómodo en una lección de cortesía, humor y cultura. Y, de paso, recordó que la mejor forma de homenajear a un escritor sigue siendo la más sencilla: leerlo.

