Bien lo decía Vladímir Propp: “no hay nada nuevo bajo el sol”. O quizá lo leí en la Biblia. El hecho es que siempre habrá algo que nos antecede y de lo que podemos inspirarnos. El destino del héroe es, de hecho, un arquetipo bastante común no solo en la literatura sino en la cotidianidad. Todos estamos forjándonos un destino a través de nuestras decisiones –y las decisiones de los de arriba que desgraciadamente no podemos evadir– y, por lo tanto, toda vida u obra puede servir de inspiración.
Si el material es poco, igual se puede agregar algo más; por ejemplo, el fanfiction. Y ese fue mi primer pensamiento al comenzar la lectura de Gringo viejo. Se que se siente ilegal pensar en Carlos Fuentes y la expresión fanfiction juntos,pero antes de que la academia del canon me acribille, debo decir que es un decir. Quizá “intertextualidad” sea la palabra correcta.
Reimpresa en 2025 por el Fondo de Cultura Económica (FCE), Gringo viejo es una novela escrita por Carlos Fuentes, publicada inicialmente en 1985. En términos generales, la obra nos habla de la memoria, las posibilidades, el viaje y el no regreso. Con una primera mirada profunda, aparece el tema de la otredad. Esa línea que marcamos entre las diferencias de “los ellos” y “los nosotros”, pero que, en este caso, resultan ser más “los nuestros”. Dicha línea se refleja dentro de una frontera geopolítica y personal.
La edición para la colección Aula Atlántica del FCE contiene un prólogo y notas al pie de página con información complementaria. Algo que agradecí mucho pues, como mencioné, Gringo viejo entra en un diálogo con algunas de las obras de Ambrose Bierce, especialmente con los cuentos “El jinete del cielo”, “Un hijo de los dioses” y “El golpe de gracia”.
Está escrita en retrospectiva. Es decir, tiene una estructura circular en cuanto a la narración. Inicia con “Ella” sentada, sola, recordando. Ella, Harriet Winslow, es la testigo de los hechos porque es la única viva entre los tres personajes principales, la única que guardó los tiempos de ambos. Sin embargo, la novela está narrada en tercera persona. No es una elección al azar, pues gracias a su dinamismo podemos conocer las posturas de cada personaje y, sobre todo, sus prejuicios frente a lo desconocido.
Se trata de la historia de un gringo viejo que emprende su viaje hacia la frontera sur de Estados Unidos buscando una muerte significativa dentro de la Revolución Mexicana en 1914. Ya del “otro lado”, conoce a Harriet Winslow, una institutriz estadounidense y al general Tomás Arroyo, un hijo ilegítimo y perteneciente a un grupo de revolucionarios de las filas de Pancho Villa.
La obra juega entre los límites de la novela histórica y la biografía. El gringo viejo no es otro que Ambrose Bierce, un escritor y periodista estadounidense de quien su muerte ha estado sumergida en el mito. Una vez que llegó a México, buscando enlistarse en las filas revolucionarias, no se volvió a saber de él. Éste es el núcleo de la historia, la novela teje una intertextualidad con la obra y algunas anécdotas biográficas de Bierce y le ofrece al lector una posibilidad, el cierre ficcional a su vida dentro de ese paradero mítico.
Dentro de la historia de cada personaje se contraponen vivencias e ideales marcados por el sesgo del poco conocimiento sobre el otro que pronto se reconoce en la muerte. En esta idea de que a la muerte no le importa quién eres, es fácil concluir que tendrás la misma forma de todos al final: huesos y polvo.
Algo que resalta es su construcción de las descripciones, las cuales son casi oníricas y paisajistas. Los personajes se mueven en los alrededores de una hacienda en ruinas en medio de un lugar desértico. La atmósfera, por lo tanto, está impregnada de nostalgia ante lo que pudo ser; un hombre alejado de la vida periodística que lo drenaba a causa de su jefe oportunista, una joven viviendo dentro de la alta sociedad de Nueva York con un padre militar condecorado y un niño habitando la hacienda que por derecho de sangre le pertenece junto a su madre debidamente casada, frente a la realidad que los personajes principales obtienen: un hombre viejo y desgastado anhelando una muerte simbólica, una institutriz que vivió bajo una sombra, esforzándose por mantenerse en rectitud y un hombre de campo obligado a trabajar en condiciones indignas para el padre que se niega a mirarlo.
La imagen del espejo está muy presente dentro de la obra. De hecho, el grupo de revolucionarios que quema la hacienda deja en pie solo el salón de los espejos que, para los Miranda, representaba opulencia y para los trabajadores representaba casi la prohibición del reconocimiento de su propia identidad. Asimismo, las personas, las batallas y los países funcionan del mismo modo.
El cuerpo ocupa un lugar importante dentro de Gringo viejo como una muestra de disidencia y como una forma de control. Por ejemplo, tanto las prohibiciones como los castigos impuestos son meramente físicos, provocando cicatrices. El silencio es lo único aprobado. El cuerpo del otro es visto como algo útil para un grupo, pero ajeno para la propia persona a la que pertenece. “Aquí te mataban si te oían hacer ruidos en la cama” (p. 112).
De hecho, esto no solo pasa dentro del México caótico en que la historia se mueve, sino también “del otro lado”: “Pero para eso me pagaban, para ser el idiota, el bufón, pagado por él, mi Amo y señor en esta tierra” (p. 121). El gringo viejo estaba atado a un empleo remunerado, aparentemente en mejores condiciones, pero lo cierto es que también tenía que vivir callado a pesar de no estar de acuerdo con las acciones de su jefe.
Lo mismo pasa con Harriet, aunque desde otra perspectiva. Ella tenía que apegarse a las enseñanzas para convertirse en una mujer virtuosa y acceder al matrimonio por ser “una buena chica”. Algo que incluso ella misma desestima y por esto decide instalarse en México como institutriz de los hijos de la familia Miranda.
Una vez en México, Tomás Arrollo coacciona a Harriet para tener relaciones sexuales diciéndole que solo así salvará al gringo viejo. “¿Me enseñaste a descubrir el amor sin amar? Esta no es la verdadera libertad de una mujer, te equivocas” (p. 171), este suceso no deja de ser un abuso independientemente de si Arroyo profesa amor a Harriet o si hubo deseo por parte de ella al final. Este encuentro toma por sorpresa al gringo viejo, que lo ve como una afrenta; no por Harriet sino por lo que representa en su imaginación: “ahora Arroyo era el macho que se cogió a la gringa y lavó con una eyaculación rápida las derrotas de Chapultepec y Buenavista” (p. 168). No es desconocido que, durante los tiempos de guerra, el cuerpo de la mujer es visto como una extensión de su patria.
El cuerpo representa conexión y comunicación con el otro. Sentir para entender: “desquítense de todos los años ciegos en que vivieron ciegos con su propio cuerpo, tentando en la oscuridad para encontrar un cuerpo –tu cuerpo– tan extraño, callado y lejano como todos los demás cuerpos que no te permitían tocar o a los que no te permitían tocarte a ti” (p. 172). Una vez que se siente lo ajeno, se vuelve propio.
El sueño y la imaginación también funcionan como conexión, pero ésta resulta más sesgada. Es aquí en donde las posibilidades convergen. Cada personaje se hace una idea del otro desde su propio conocimiento o anhelo, “Esta noche puedo imaginar muchas cosas que nunca fueron o desear lo que nunca tuvimos” (p. 175). En varias ocasiones se menciona al sueño como una manera de entrar en la cabeza del otro o incluso permitir ciertas cosas solo desde la idealización, porque “todos somos objeto de la imaginación ajena” (p. 192).
Otro tema importante es la imposibilidad de regresar al hogar. En la novela se representa de diferentes maneras físicas, como la quema del puente o la muerte. No obstante, lo que en verdad interfiere con el regreso es el movimiento: “ser y estar […] cambio constante, como el espíritu y la carne. El hogar es una memoria”. La obra nos aterriza con la idea de que jamás se vuelve a lo que un día fue. El lugar y las personas cambian e incluso uno mismo también. El hogar que se deja se diluye en el tiempo y como Villa menciona, “Nadie tiene derecho a regresar a su casa”. Es necesario forjar posibilidades.
La idea de la frontera como cicatriz y que todos llevamos una frontera dentro que, a veces, solo cruzamos de noche son las ideas que más me llevo de la lectura. A pesar de que el personaje central es el gringo viejo, personalmente, la historia que más me enganchó fue la de Harriet. Su función va más allá de ser el interés romántico de los otros dos personajes, radica en ser la única que completó el viaje: “Ahora he salido a la vida fuera de mí, la vida que ignoraba, ahora la admito, y tú eres parte de esa vida, pero solo parte, mi hombrecito, no te sientas tan orgulloso”.
Harriet logró traspasar esa frontera, esa “jaula de cristal” que la encerraba sin darse cuenta. Y cuando menciono “cristal” no me refiero a lo frágil, sino a lo transparente. Desde ahí observaba sin involucrarse, desde ahí imaginaba a otros. El contacto, tal como Arroyo menciona, “rompe el encanto” y entonces puede moverse, aunque sólo le quede acordarse de todo.
La novela sigue la estructura de las grandes tragedias clásicas, aunque no es un joven caminando a su destino impuesto, sino un hombre con afán de retomarlo bajo sus propios términos. Hay una frase en Alejandro y Julio César: Vidas paralelas de Plutarco en donde menciona: “llamando a este [Aquiles] bienaventurado porque en vida tuvo un amigo fiel y después de su muerte un buen heraldo” (p. 42); en Gringo viejo,Carlos Fuentes seconvierte en el heraldo de Ambrose Bierce.
Entonces, ¿un fanfiction?… Tal vez no.
Algunas observaciones fuera de lugar que quizá no sirvan para nada
Por momentos, algunas citas me recordaban a canciones, series y demás cosas. Porque, si lees y tu mente no divaga, ¿de verdad estás leyendo? A continuación, algunas divagaciones sobre el libro:
- “usted sólo se salvará de la corrupción si muere joven” (p. 130) Me recordó a: “O mueres como un héroe o vives lo suficiente como para convertirte en el villano” de El caballero de la noche (película). Una vez más el destino del héroe. Las tragedias clásicas están plagadas de esta idea, casi resulta romántico. Por favor: sólo vivamos una vida común si algún día nos niegan algo que creemos merecer y no desarrollemos intenciones de conquistar la galaxia o permanecer en la presidencia treinta años.
- “¿Una ley que no está escrita en papel? ¿Entonces para qué demonios aprender a leer?” (p. 221) me recordó a La ley del monte (canción) de Vicente Fernández. Como el prólogo del libromenciona, la legitimidad está en las letras, así que supongo que si algo no lo está es una promesa. Y no importa cuánto se esfuerce uno en defenderla ante los demás: si no hay registro, no cuenta. Sin embargo, eso no borra la promesa para los involucrados porque “Las pencas nuevas que al maguey le brotan vienen marcadas con nuestros nombres”, incluso si se cortan. O se queman, en el caso de la novela. Y supongo que por eso son tan importantes los pagarés.

