El traductor, en otro lenguaje y con signos diferentes
debe componer un poema análogo al original.
Octavio Paz
Octavio Paz, en su ensayo Teoría y práctica de la traducción, del libro El signo y el garabato, afirma que cada traducción es, hasta cierto punto, un invento en el cual el texto que se traslada de una lengua a otra se constituye en algo particular, único. También asevera que la antropología y la lingüística señalan y castigan la traducción literal como un acto aberrante, servil. Una traducción literal, dice el premio nóbel, es algo más próximo al diccionario que a otra cosa.
Paz cita a George Mounin para indicar que la susodicha traducción se encuentra mucho más enfocada a la traducción de los significados denotativos, pero aclara que la traducción de los significados connotativos es una operación imposible, un quehacer inútil, vano, aunque líneas más adelante parece olvidarse de dicha afirmación al apuntar que estas connotaciones pueden preservarse si el traductor de poesía es un poeta, que es quien consigue reproducir el lenguaje y el contexto poético en el que se engastan, como joyas, las palabras.
En 1984, con motivo de sus 70 años de vida, Octavio Paz concede una entrevista a sus amigos José de la Colina y Héctor Tajonar, en la cual hablando de su poema experimental Blanco y la manera en la cual éste fue creado, comienza diciendo que en los tiempos en los que Stephane Mallarmé había sido su dios, el magno poema de este poeta modernista francés, Un coup de dés n´abolirá l´hassard, le proporcionó la materia estructural para la creación de Blanco. Cito entonces unas palabras de esa entrevista que me parecen sumamente interesantes:
En el caso de Baudelaire, influyó (en los demás poetas con) su actitud; en el caso de Mallarmé influyó la práctica de la poesía, sobre todo su poema Un lance de dados, que muchos poetas han traducido mal, como Un golpe de dados, como si los dados nos golpeasen. Este es un disparate extraordinario, es Un lance de dados…
Al remitirnos a la palabra coup, el diccionario francés-español Larousse nos remite inmediatamente a la palabra golpe como su equivalente en castellano. Luego sigue el vocablo, herida. Posteriormente, tiro (cuya raíz se refiere a disparo) o como en la frase tiro de gracia, en francés Un Coup de grâce; luego proseguimos con, jugada y, finalmente, ensayo, intento, vez.
Aunque el verbo Coupir si se refiere a lanzar, de ahí que un latinismo que nos resulta familiar, incluso más coloquial sea el verbo compuesto escupir, lanzar saliva, la traducción de Octavio Paz, del vocablo coup, como lance, más que como golpe, no respetando el contexto en el que en la frase se dice: Un coup de dés n´abolirá l´hassard, nos habla de una experiencia de una mala traducción.
Si el argumento paciano sobre los dados que no pueden golpearnos es la única salida que se le ocurrió al nóbel mexicano para aseverar que los demás poetas lo habían traducido mal, sale mal parado de este asunto. Al lanzar los dados no lo hacemos para que nos reboten a nosotros, pues el envión, el empuje, siempre será hacia adelante.
Acudamos al contexto histórico-temporal de ambos poetas, el primero, francés; el segundo, mexicano, para argumentar. Los antros que Stephane Mallarmé visitó en la Francia decimonónica eran de pésima reputación. Mallarmé era un poeta hecho entre rufianes, mentirosos, estafadores, prostitutas y gente de muy baja ralea. Mallarmé tenía, como coloquialmente se dice, calle y callo. Los ambientes sórdidos eran muy comunes en la bohemia parisina. Y este Poeta maldito, simbolista, impresionista, cuyos maestros y compañeros eran, para empezar, Baudelaire y Arthur Rimbaud, solía frecuentarlos.
En cambio, Paz, nacido en 1914 (dieciséis años después de que Mallarmé había muerto), era un hombre de siglo XX, siempre fue un hombre refinado, culto, burgués. Jugar al cubilete como experiencia en cada uno de estos dos poetas de diversa época y distinto ambiente debió ser sumamente opuesto. Cuando Paz llegó a poco más allá de los treinta años, Mallarmé ya cumplía un siglo de haber nacido.
Mientras Mallarmé agitaba los dados en las tabernas de mala muerte francesas, Octavio Paz jugaba quizás de manera ocasional y seguramente en los mejores casinos mexicanos o europeos. Lanzar los dados sobre la burda madera en Mallarmé debió ser algo muy común. Al contrario, Paz debió lanzar los dados sobre terciopelo más que sobre un material duro. El golpe de dados en ambos casos debió entonces ser de índole completamente distinta, casi opuesta, diría yo. En el primero el golpe sería seco, como un estampido; en el segundo, un deslizarse suavemente como un leve murmullo. Entonces se entiende la mala traducción de Paz. Los dados no nos golpean, como él argumenta, y que es el verdadero disparate extraordinario, es una frase que se convierte en una posibilidad que se vuelve remota, imposible, ya que los dados golpean siempre sobre el material al cual los lanzamos.
Un coup de dés se convierte en Mallarmé en Un golpe de dados por todo este contexto histórico, pero también por una razón de psicología del jugador. Cuando alguien agita el cubilete rabiosamente, está pensando en ese golpe de suerte que puede esperarle… Los sonidos ásperos, casi brutales, de los dados, dados sobre la tabla anticipan el golpe definitivo, el golpe develador, revelador. Después del golpe seco de los dados sobre la madera de la mesa de juego, éstos se extienden como una misteriosa tela invisible que se descorre dejando ver la suerte del jugador. No se golpean los dados sobre una superficie blanda porque se perdería ese toque extraordinario que es como el golpe del agua fresca que apacigua la sed, las ansias del jugador empedernido. De la experiencia de los jugadores de cubilete nació esa frase que se ha vuelto categóricamente un cliché: Un golpe de suerte. De ahí que Octavio Paz, que nunca ha sido un santo de mi devoción, mucho menos mi dios, pero al que admiro profundamente como poeta y más como ensayista (en géneros se rompen gustos), se haya equivocado en su traducción (una traducción muy educada y políticamente correcta, incluso ecléctica) convirtiéndose en lo que reza la máxima italiana: traduttore-tradittore: Traductor-traidor.

