—La verdad, la verdad, no es por dármelas de “Don Juan”, vecina, pero en la Ruta me llovían las proposiciones amorosas. En esos años no había celulares; entonces, mujeres de todas las edades, al momento de bajarse de mi camioneta y pagar el pasaje, me pasaban recaditos con mensajes románticos y otros más picarones. A lo mejor por eso mi madre celaba tanto a mi padre, porque sabía cómo corría el agua.
—Era mujeriego el muchacho.
—Qué le diré.
—Ya lo veo rompiendo corazones.
—Creo que les llamaba la atención mi edad, la música que les ponía, además del trato y el respeto con que las atendía.
—Vecino, déjeme ver si le voy entendiendo: usted trabajaba de lunes a viernes por la madrugada y los sábados y domingos todo el día… ¿y, aparte, rentaba su rutera de lunes a viernes?
—Así mero. Ganaba dinero mientras estudiaba, porque les rentaba mi camioneta a choferes que no tenían rutera. Pero también tenía pérdidas. Los choferes eran muy marranos; como las camionetas no eran de ellos, las maltrataban muchísimo. Las corrían sin aceite, las chocaban, forzaban los motores, a cada rato quebraban los muelles por el exceso de peso o porque manejaban a altas velocidades en calles de terracería y en mal estado. Además, se echaban muchas llantas. Era una monserga.
—Pero seguía trabajando, pese a los ruegos de mi madre para que dejara la Ruta. Tenía miedo de que abandonara la universidad y terminara haciéndome rutero de tiempo completo. Un maldito día estaba en la terminal, esperando mi salida, con la rutera medio llena, cuando me avisaron que mi madre había muerto. Bajé al pasaje y salí en chinga para la casa. Era verdad: mi madre había fallecido. Me atrapó una tristeza y una nostalgia inmensas con su muerte, pero tengo muy pocos recuerdos de ese fatal acontecimiento. Son de esos recuerdos que olvidé con la embolia y que no he podido recuperar.
—Lo entiendo perfectamente. Son cosas que uno quiere olvidar… o meter en un cajón del cerebro y no volver a abrirlo.
—Yo creo que eso me pasó.
—¿Era joven su mami cuando partió? Si me quiere decir.
—Relativamente. Tenía 47 años cuando murió, víctima de múltiples infartos.
—¿Y qué recuerdos agradables guarda de ella?
—Lo luchona que fue para sacar adelante a sus ocho hijos. También añoro la preocupación que siempre tuvo por mí. Me traía bien cortito y me dio varios huarachazos; yo era muy vago y respondón. Siempre estábamos contrapunteados, pero terminábamos haciendo las paces platicando en la cocina. Eso es lo que más extraño de ella.
»Y hay dos cosas que tengo muy presentes. La primera es que la ruta que manejaba pasaba frente a mi casa. Mi madre hacía caldo de res dos o tres veces por semana y siempre me encargaba las verduras del mercado, donde las vendían en una bolsita de plástico con las porciones ya preparadas: cilantro, calabaza, medio elote, papa y demás. Cuando pasaba por la casa le pitaba para entregarle la bolsita.
»La otra es que, al segundo o tercer día de su muerte, me rapé. Yo solo me corté el cabello y me trasquilé hasta quedar completamente pelón.
—Se deprimió… Se vale.
—Estaba enojado con el mundo.

