—Vecino, ¿en dónde más ha trabajado?
—No sea ansiosa. Déjeme terminar de contarle mis años de rutero y por qué dejé el volante.
—¿Se aburrió?
—Nada de eso. Yo era feliz trabajando en la ruta y, además, sacaba buen dinerito. A los seis meses de trabajar en las madrugadas, al ver que me había tomado muy en serio manejar la rutera de 4:00 a 7:30 de la mañana, mi padre me dijo:
—»Mijo, ya te voy a cobrar renta de la camioneta y de las placas, y también tendrás que pagar la gasolina, como siempre… Aun así vas a sacar buen dinero».
Calculé los números y acepté seguir trabajando, pero con la condición de que también me rentara la rutera para laborarla todo el día los sábados y domingos. (Le dimos una mochada al agente de Tránsito encargado de vigilar la Ruta 2B y nos dio un permiso especial para que pudiera manejar la rutera cualquier día y a cualquier hora).
En la terminal de la 2B, pegada al área del mercado, los domingos eran el mejor día para trabajar. Después de las ocho de la mañana bajábamos de las colonias a la gente que iba a hacer el mandado o a darse el rol al Centro, y nos iba muy bien durante todo el día, subiendo y bajando pasaje.
Yo procuraba que mis pasajeros tuvieran una buena experiencia al subirse a mi ruta. Le puse un buen estéreo y les ponía música clásica —de la alegre—, rock clásico, canciones de Óscar Chávez, Joan Manuel Serrat, Chava Flores, música de protesta y todos los sones jarochos.
Las ruteras de antes, aquellas vans, traían el motor por dentro con su tapa. Yo aprovechaba ese espacio para acomodar a dos pasajeros y colocar una cartulina con alguna frase célebre. Además, siempre traía una cajita de Kleenex y un botiquín.
Esas vans las acondicionábamos para que cupieran hasta 25 pasajeros. La mayoría viajaba en cuclillas, de rodillas o agachada, hasta que se puso de moda instalarles una joroba de fibra de vidrio. Así, quienes no alcanzaban asiento podían ir de pie. Con las jorobas el cupo aumentó a 32 pasajeros. O sea que eran unas auténticas sardinas.
Al año ahorré y, con un préstamo de mi padre, me compré una van Ford y la convertí en rutera. Llovieron los pesos, porque mientras yo estaba en la prepa otro chofer la trabajaba. Así me la pasé varios años: terminé la preparatoria, luego me inscribí en Ciencias de la Comunicación, en la UACH, y seguí siendo rutero en las madrugadas y los fines de semana.
Mi madre notó que me gustaba mucho ser rutero y que ya no le estaba poniendo tanta atención a la carrera, y eso no le parecía. Creía que, con el dinero y el ambiente de la ruta, me iba a volver muy borracho y mujeriego y terminaría abandonando la universidad. Vecina, mi madre era muy celosa y sospechaba que mi padre andaba con una que otra mujer usuaria de la ruta.
SE DICE POR AHÍ
No, es un mito. La idea de que a los choferes y a los músicos «les sobran mujeres» es una creencia popular, un estereotipo cultural, pero no una regla que aplique para todos los que se dedican a esos oficios. Las relaciones de pareja y el éxito afectivo dependen de cada persona, no de su profesión.
Este mito suele mantenerse vivo por ciertas características de estos trabajos.
CHOFERES
En el caso de los conductores de transporte público, de carga o de plataformas, el mito se alimenta de la idea de que están todo el tiempo en movimiento y conocen a muchas personas. Sin embargo, la realidad de muchos choferes es distinta:
- Jornadas extenuantes: trabajan largas horas y los horarios rotativos suelen dificultar la vida social.
- Soledad: en el transporte de carga, los operadores pasan días enteros solos en carretera, lo que muchas veces provoca justamente lo contrario: distanciamiento de sus familias y de sus parejas.
- Presión laboral: es una profesión marcada por el estrés diario y la fatiga.
MÚSICOS
Con los músicos, el mito proviene del estereotipo del artista carismático y bohemio, o de la admiración que despierta el talento musical. La psicología y la ciencia han estudiado por qué ocurre esta percepción:
- Atractivo artístico: tocar un instrumento suele asociarse con la creatividad, la inteligencia emocional y la sensibilidad.
- Socialización: los músicos suelen desenvolverse en un entorno social muy activo durante sus presentaciones.
- Realidad vs. ficción: aunque algunos músicos pueden tener mucha interacción social por su trabajo, eso no garantiza que tengan relaciones fáciles o que «les sobren» las parejas. Como cualquier otra persona, buscan construir vínculos afectivos estables.

