Acuerdo con mi hija recogerla al terminar su clase de baile. Me queda una hora de espera.
Decido caminar. Voy al parque aledaño, pero antes me compro mi paleta de melón. ¿por qué no? el color naranja es mi preferido y el sabor melón es delicioso.
Caminar para relajar la tensión, reflexionar en cómo he llevado esta temporada a cuestas y con este clima tan extremo. Hacer ejercicio me ayuda a desubicar el tedio del día y a evitar enloquecer desde el silencio.
Camino porque me hace bien moverme, sentir el viento fresco en el rostro y notar cómo mueve ligeramente mi cabello, y disfrutar sentirlo caer sobre mis hombros. Respirar el aroma del ambiente. Pasa un señor con su perrito al lado mío y les sonrío a ambos (como si su mascota también entendiera ese acto natural de civilidad entre su humano y yo) cuando justo en eso el viento azaroso me regresa al rostro ese mechón de pelo que permanece siempre en rebeldía. Reír a carcajadas también es un acto de resistencia. A veces reímos para no ahogarnos en el llanto que nos acecha, o la tristeza que suele llegar a menudo.

En pleno acto peripatético conmigo misma retomo el pensar el pelo como una gran influencia sobre nosotros. El pelo, o mejor dicho el cabello es el que nos cubre la cabeza, nos protege del sol, nos mantiene en calor, nos ofrece una cierta personalidad y con ella le prometemos al mundo seguridad y dulzura.
Pero si se nos cae el pelo, nos sentimos perdidos, preocupados. Andamos pescando algún pelo en otras superficies, en la espalda, en las piernas, al caminar. Buscamos motivos de esas caídas constantes. Pienso en el pelo en sus múltiples facetas y noto que se vuelve a veces un sensor para investigar probables problemas. El tema del pelo de una misma puede ser motivo de serias conversaciones, descubrimientos, presagios.
Pensar en si tenemos pelo, si no lo tenemos, si antes era lacio y hoy crespo. Si hemos encanecido pronto, o si se nos cae mucho. Si es frágil. Si nos gusta traerlo corto o no tanto. Si nos rapamos por una apuesta perdida –a propósito del mundial de futbol–, por el calor del verano o por cuestión de salud. Si es por tema médico mejor usamos turbante y se vuelve código: dolor y empatía están ahí.

Todos los sentidos existen ahí en el pelo, en la sustancia y en la fragilidad de la vida.
El olor del pelo también nos habla. Depende también del champú y de la crema de peinar que usemos. El tacto nos condiciona. La vista del corte, el color natural o teñido, o en su defecto, las canas también. Hay niveles en las canas, como los hay en el teñido del cabello: peróxido o henna. Yo dejé de teñirme el pelo a los 48 años. Desde ese día soy más yo.
No sé explicarlo bien con palabras, pero con mi pelo blanco y mi tez tersa la gente me mira distinto. A veces me dan el paso como ocurrió aquí en el parque con el señor del perrito, y me habló de usted. Me ceden el lugar en el autobús o me ofrecen ayuda con algo tan pesado como un garrafón de agua purificada. Me indican ir a la caja de la tercera edad en el banco o en el gas.
Todos deseamos vernos frescos, naturales. Nos encanta pertenecer y además mezclarnos entre los menos atorrantes, para evitar entrar dentro de un tópico que tiene que ver con la moda o la tendencia. Y, aun así, me han preguntado en la calle por el número de tinte que uso en mi cabello y respondo: es mi pelo natural, son mis canas.

Aquí el viento de la noche es ideal para respirar profundo. Al otoño todavía le falta un rato para llegar y aun así siempre cambia todo.
Con este calor y el movimiento constante sudé tanto que me comienzo a animar a apostar mi cabellera ahora que se avanza a la final de la copa del mundial de fútbol. Si gano sé que seguiré derritiéndome; si pierdo, ganaré toda la frescura que promete este verano.
Miro el reloj y ya es hora de ir por mi bailarina.
¡Qué bien entrar una y salir otra después de una cana al aire en una buena caminata!

